Cuaderno de espiral

Dublinesas

«Dublín es como un jersey hecho a mano ―quizás como esos de las islas de Arán― ciertamente hermoso, cuyas hebras nunca nos cansamos de desentrañar». Un artículo de Pablo Luque Pinilla.

/ Cuaderno de espiral / Pablo Luque Pinilla /

Toda persona debería permitirse llevar a las páginas de un cuaderno los momentos y enseñanzas más significativos de su vida. Ver como esta se evapora siempre me ha parecido la añagaza con que el sentimiento de pérdida, la necesidad de conservar lo mejor que nos pasa, la nostalgia, qué se yo, consigue ponernos a escribir.  Al final, en retrospectiva, nuestra vida se parece a un prontuario de instantes que nos gustaría conservar para siempre; verlos recogidos en volúmenes que custodiamos en los anaqueles de la experiencia formando parte de una biblioteca de fondo inagotable. No otra cosa es lo que hago en este Cuaderno de Espiral, en el que voy dejando nota de mis pasiones, desvelos y perplejidades. Por esta razón, según avanza esta colección, recapitulo sobre cuanto le falta, pero aún así forma parte de la orografía que dibuja mi andadura. Simplemente, preferiría que su ausencia fuera remediada y el asunto omitido apareciera en alguno de los múltiples puntos de paso del mapa de la existencia por aquí voy trazado. ¿Qué es acaso el escritor sino un topógrafo de lo cotidiano; un desconcertado y burocrático amanuense de lo que le sucede? La vida será lo que aquí cantemos, dice el poeta, y parte de cuanto se ha tatuado en la mía se relaciona con algunas estampas dublinesas que me propongo reunir en este texto.

El camino es largo, y la mirada un hábito extenso donde surgen aeropuertos, ciudades, carreteras, campos, y personas retando a la mirada como el silencio reta al tiempo. Donde brotan circunstancias que cumplen o frustran las expectativas con que las vivimos. Esto atañe tanto el tramo que hacemos solos como al que recorremos acompañados, acaso porque soledad y compañía son solo dos caras del mismo rostro del hecho de sabernos uno y sabernos muchos. Mis dos experiencias dublinesas tuvieron lugar en agosto de 2004, junto a Marta y nuestra hija Sara, de entonces nueve meses, y en diciembre de 2009, dejando a los dos niños ―ya por aquel entonces― en Madrid.

Muchos son los enclaves que jalonan sendos viajes, pero donde quizás se recoge mejor el ánimo con que todos ellos fueron recorridos, como antesala de cuanto supusieron ambas singladuras, es en estos versos iniciales del poema «Trébol» de mi libro Cero: «Contemplo la estructura de su haz,/ el mapa que despliega su lección/ de simetría en la isla de St. Patrick,/ en la piel de Dublín: Baile Átha Cliath». Mezclando ambas estancias creo que tejimos –o quizás destejimos― un entramado dublinés bastante rotundo y promisorio de vivencias inolvidables. Además, el nombre de la ciudad trasladado al gaélico en el poema presidía, en un luminoso, la popular Grafton St en el último de los periplos, hecho de ineludible mención, pues todo idioma es una ciudad fundante en algún lugar del alma, y en ese rótulo destellan aún paisajes y acontecimientos imborrables de nuestras aventuras irlandesas.

Hazelbrook House fue el primer destino. Un B&B funcional, no muy lejos de Talbot St, donde una estatua de Joyce nos anunciaba que pisábamos la patria del escritor de Dublineses ―libro de relatos que no oculto inspira el título de este escrito. Antes de visitar la zona turística del sur de la ciudad, al otro lado del gran canal que forma el río Liffey, decidimos merodear por More St para hacernos una idea del Dublín de los vendedores callejeros, inmortalizados por el imaginario irlandés en la figura de Molly Malone, uno de sus emblemáticos representantes. Fish and chips, unas buenas piezas de fruta a un precio disparatado, y un ambiente bullicioso y jovial es el recuerdo mejor custodiado de aquel espacio. El paseo nos llevó hasta el Writers Museum, aún más al norte, y de allí de vuelta hacia el Liffey, amparados por la anchurosa senda de O’Connell St, franqueada de tiendas para turistas y el General Post Office, que aún conserva en su fachada los signos del asedio del ejército inglés tras el alzamiento de Pascua de los irlandeses en 1916. O’Connell es ya una avenida que cualquier visitante previo reconocerá como parte del paisaje más familiar de su aterrizaje dublinés. Desemboca en la estatua del libertador O’Connell, la confluencia más transitada del centro de la ciudad. El majestuoso Liffey, cruzando ante nosotros de lado a lado, con su peatonal puente del Ha’penny al fondo a la derecha, la presencia del Banco de Irlanda y el Trinity College, vislumbrados enfrente, al otro lado del río, y la mencionada avenida de O’Connell, a la espalda, conforman una de esas escenas en trescientos sesenta grados imperecederas. Pocas veces había tenido la sensación de pulsar mejor la arteria femoral de una urbe para desentrañar su carácter que en esa céntrica plaza presidida por la estatua del político irlandés y bautizada con su nombre. Una vez en la zona sur de la capital, según la delimita el afamado Liffey, nos perdimos por el Trinity College, en cuya biblioteca unos empleados aspiraban hoja a hoja los incunables, y una muralla de libros hacía soñar con la posesión de un conocimiento y una sabiduría infinitos. La estancia la apuramos con la visita al histórico Book of Kells, cuya emanación monacal propició que recreara de inmediato la visión de los amanuenses que le dieron vida. Lo que vino después fueron dos catedrales espectaculares. Una anglicana, Christ Church, y otra católica, St Patrick Cathedral. Años más tarde descubriría en Nueva York dos templos de semejante prestancia y credos religiosos rivalizando en una misma metrópoli, donde San Juan el Divino y la catedral de San Patricio, respectivamente, conviven y deslumbran en la ciudad estadounidense. Como deslumbra y sobrecoge la idea de San Patricio, el santo irlandés, explicando la Santísima Trinidad a los pueblos celtas de Irlanda con el trébol de tres hojas. Aquella jornada casi concluyó en la Marsh Library, la histórica biblioteca, donde Roibeard, el entonces bibliotecario, nos enseñó el alfabeto y algunas palabras en gaélico. A propósito de estos últimos acontecimientos, dejé escrito en mi poemario Greenwich unos versos que no se me ocurre mejor momento para evocar: « Lo recuerdo como fotogramas de un tiempo promisorio/ […]/ Mientras contemplábamos los muros de Christ Church, sus rasgos ojivales,/ el luminoso deletreo del misterio pronunciándose en la altura, confirmando nuestro rumbo hasta St Patrick tras el reclamo de sus piedras,/ o tras la entrada a Marsh Library atraídos por el murmullo de sus libros,/ alentados por la complicidad de Robert Hynes, que accedió a escribir en irlandés nuestros nombres». El día lo apuramos con un té avivando nuestros sueños de padres primerizos en el hotel Clarence, que Bono y The Edge ―junto a algún otro socio―, los miembros más conspicuos de la legendaria banda irlandesa U2, compraron y remodelaron en Dublín.

La segunda vez que estuvimos en la ciudad fue un fin de semana prenavideño, que dedicamos a vivir más que a ver y recorrer, si la contradicción es admisible. Fueron dos intensas jornadas entre las compras en O’Connel St; las cenas y pintas en el barrio de Temple Bar; los copiosos desayunos irlandeses a base de huevos, panceta, salchichas, tostadas, y tomates y champiñones a la plancha; y los maravillosos toasted sandwiches en el Grogans, un bar frecuentado por pintores y escritores al que acudí guiado por la amistad con el poeta irlandés afincado en Madrid John Liddy, y donde pude saludar, a instancias de Liddy, a su dueño y amigo Tom Smith. Al fin y al cabo, la gastronomía y las personas son la mejor manera de degustar un país y una sociedad. La estancia estuvo presidida por la visita a la National Library, donde en una insospechada exposición de W. B. Yeats escuchamos grabaciones de su poesía recitada por Sinead O’Connor; y la National Galery, en cuyas salas de exposiciones temporales estaban ofreciendo una panorámica de la obra de Jack Bulter Yeats, el hermano pintor del nobelizado e ínclito poeta. Esta sorpresa, junto al Prendimiento de Caravaggio, fue el mejor regalo de aquella incursión museística. Años más tarde repararía en que Thomas MacGreevy, el máximo poeta del modernismo irlandés, de cuya poesía completa me encargué en una reseña titulada «Aquella que es el segundo don» para El Cuaderno, había sido entre 1950 y 1963 director de esta pinacoteca. Como coda de nuestra estancia de poco más de cuarenta y ocho horas, Marta y yo disfrutamos de largas paseatas por Grafton St, escuchando a sus músicos callejeros como si estuviéramos en un fotograma de Once, el maravilloso filme protagonizado por Glen Hansard y Markéta Irglová. Paseo finalizado en la paz de los jardines de St Stephen’s Green junto a la policromada estatua de Oscar Wilde, que le ponía una sonrisa irónica, aristocrática y genial a nuestro viaje. Gracias, maestro.

Dice Patrick Kavanagh, en sus «Versos escritos en un banco del Gran Canal, Dublín» erigidos en memoria de la Sra. Dermon O’Brien: «Conmemórame donde haya agua,/ agua de canal, a ser posible,/ tan calma y verde en el hondo verano». Lo que me recuerda, a similares efectos evocadores, en relación con la capital irlandesa en su conjunto, a estos otros que dejé escritos en mi poemario Greenwich: «Rememoro el incesante desfile de coches junto al Liffey,/ la aleta que dibujan las ruedas en el asfalto mojado,/ los chasquidos que provocan sobre una breve agua de agosto,/ como esa palabra súbita que eriza el ánimo, que quebranta su silencio». Porque Dublín es como un jersey hecho a mano ―quizás como esos de las islas de Arán― ciertamente hermoso, cuyas hebras nunca nos cansamos de desentrañar.


Pablo Luque Pinilla (Madrid, 1971) es autor de los poemarios Greenwich (44º Premio Ciudad de Irun de Poesía, Algaida, 2021), Cero (con ilustraciones de Fromthetree, Renacimiento, 2014), SFO (con fotografías de José Luis R. Torrego, Renacimiento, 2013) y Los ojos de tu nombre (Huerga & Fierro, 2004), así como de la antología Avanti: poetas españoles de entresiglos XX-XXI (Olifante, 2009). En Estados Unidos publicó la versión bilingüe inglés-español de SFO (trad. Korbin Jones, Tolsun Books, 2019). Fue el creador y director de la revista de poesía Ibi Oculus (2008-2018, Ed. Encuentro) y junto a otros escritores fundó y dirigió la tertulia Esmirna (2007-2012).  Ha publicado poemas, críticas, prólogos, estudios, artículos y entrevistas en diversos medios españoles y ediciones bilingües italianas, y participa de la poesía a través de encuentros y recitales, entre ellos el ciclo El Latido que celebrara el Instituto Cervantes de Roma.

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