Escuchar y no callar

Pseudoprogres

Miguel de la Guardia escribe contra lo que considera falso progresismo.

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En portada: estatua «Progreso», frente al Buckingham Palace de Londres

Empiezo a estar cansado de la letanía perpetua del gobierno autocalificándose de progresista y de que se me intente colar de rebote que el PNV, EH Bildu y JXCat son partidos progresistas. Me fatiga que me vendan que imponer las lenguas minoritarias en el sistema de enseñanza e incluso en la vida cotidiana sea una actitud progresista y que favorecer que las regiones más industrializadas de España puedan desgajarse del resto del país es una propuesta de progreso.  Al final, tratan de convencerme de que intervenir en la economía por razones ideológicas y crear bolsas de voto cautivo en los colectivos financiados por los gobiernos es más importante que favorecer la justicia distributiva a través de los impuestos y de la educación.

Creo que es progresista mantener vivas las lenguas minoritarias y garantizar una educación primaria en la lengua familiar de los escolares, en todos los casos, aunque no tenga tan claro que ocurra lo mismo con la enseñanza secundaria y, desde luego, creo que impartir la docencia universitaria en lenguas de escasa proyección regional y nula incidencia científica internacional supone sacrificar el futuro de las personas por razones ideológicas.

No es progresista gobernar a base de promesas que nunca se cumplen, relativas a la construcción de viviendas sociales y otros temas que afectan directamente a la economía de los ciudadanos.

No es progresista asesinar a quien piense de manera diferente a la mía. Creo que las personas están por encima de las ideologías y evidencian su vertiente autoritaria quienes bloquean en las redes sociales a los amigos que no comparten sus ideas.

Nunca será progresista el insulto ni alimentar el odio a quien sea diferente o piense de otra forma, como tampoco lo es, en mi opinión, favorecer a los correligionarios con prebendas y beneficios ante la ley.

No es progresista encubrir los delitos o los errores de los correligionarios, y pienso que los partidos deberían ser más categóricos en la persecución de sus propios miembros de lo que lo son con los contrarios; por lo que el argumento de que otro lo hace o lo hizo peor en el pasado no puede ser una actitud progresista.

Nunca será progresista el fanatismo ni seguir acríticamente las consignas de ningún líder. En mi opinión, las actitudes progresistas deben asentarse en la crítica razonada, y de ninguna manera en el ataque ciego a nadie.

No es progresista dañar el patrimonio cultural de todos argumentando que se hace para llamar la atención sobre la necesidad de evitar los daños ambientales, porque el arte y la cultura también son una parte de este planeta.

Creo firmemente en la separación de poderes como garantía del sistema democrático y abomino de los dirigentes que se jactan de controlar a la Fiscalía y de quienes pretenden juzgar a los miembros del poder judicial desde la política. Es más: el hecho de haber sido propuestos para los cargos que ocupan no debería controlar las opiniones técnicas de magistrados, y de ninguna manera se debería calificar a los magistrados de conservadores o progresistas según quien pretendiera controlar sus veredictos. Antes al contrario, jueces y magistrados se deben tan solo a la aplicación de las leyes y el servicio de los ciudadanos, sin servilismos políticos de ningún signo.

No es progresista el llamado lenguaje inclusivo si de lo que se trata es de repetir todos los sustantivos con diferentes vocales y otros símbolos. Lo que se consigue de esa guisa es convertir el discurso en un galimatías difícil de comprender y no visibiliza en lo absoluto el derecho de las personas a ser diferentes.

Coincido con mi buen amigo Rafael Calduch cuando afirma que progresar supone mejorar las condiciones o circunstancias existenciales básicas o decisivas imperantes en un determinado momento, en cuanto se refiere a los seres humanos individual o colectivamente. No me negarán que todas las actitudes que de manera general he criticado en este artículo están muy lejos de la idea de progreso social.


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Miguel de la Guardia es catedrático de química analítica en la Universitat de València desde 1991. Ha publicado más de 700 trabajos en revistas y tiene un índice H de 77 según Google Scholar y libros sobre green analytical chemistry, calidad del aire, análisis de alimentos y smart materials. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es editor jefe de Microchemical Journal, miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y es Premio de la RSC (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV.


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1 comment on “Pseudoprogres

  1. Ana Ortí Navarro

    Ya hece tiempo que venía pensando para cuandoo pensaban los políticos,
    en teoría no progresistas, renegar de esa clasificación totalmente manipulada y engañosa .Me alegro que por fin alguien que sabe pensar y escribir lo haya hecho. Mi enhorabuena 👏

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