Rescates

Luis Fernández Roces: encuentro con lo inesperado

Álvaro Acebes Arias hace el «rescate» de un narrador y poeta tardío del que es «una verdadera lástima» que su nombre «no figure en el cuadro de honor de la literatura del siglo XX».

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Decía Claudio Magris que existen escritores a los que uno admira y aprecia y hay otros a los que tenemos la necesidad de dar las gracias. Agradecerles la huella que su literatura ha dejado en nuestra vida, su facultad para abrirnos ventanas a otro mundo o el hecho de que, cada vez que volvemos a sus personajes y escenarios, nos reconocemos en ellos. Los autores de esos libros fomentan los sueños y los días que transcurren en sus páginas ensanchan los nuestros, tal vez porque su escritura, más que delimitarla, dispara la imaginación. A mí eso me ha ocurrido con un descubrimiento tardío, el del asturiano Luis Fernández Roces (1935-2023), un autor que habitó siempre en la periferia de lo que llamamos institución literaria. Resulta difícil explicar por qué ciertos escritores no alcanzan a integrarse plenamente en ella, si es por una cuestión de alergia a los círculos culturales, por su deseo de afirmar orgullosamente su independencia o acaso por la ceguera de quienes se empeñan en trazar sus límites. En muchos casos, domina este último elemento y las consecuencias de esa exclusión las sufren, claro está, los interesados, pero, sobre todo, los lectores, privados sin saberlo de páginas que podrían enriquecer una vida. Dicho esto, creo que, en realidad, a Fernández Roces la posición lateral que ocupó durante toda su trayectoria le tuvo sin cuidado, pues lo suyo fue cultivar con discreción una obra de una inteligencia, riqueza y originalidad pasmosas. Es una verdadera lástima, en cualquier caso, que el nombre de este narrador y poeta tardío no figure en el cuadro de honor de la literatura del siglo XX y, si hay algo de justicia, uno espera que esa ausencia se repare pronto. La última palabra, como debe ser, la tienen siempre los lectores.

Nacido en Pumarabule, en el concejo de Siero, hijo de un minero que fue represaliado tras la guerra y afincado la mayor parte de su vida en Gijón, ciudad donde trabajó como sanitario y a la que dedicó algunos de sus libros, la trayectoria de Luis Fernández Roces lo hace difícil de encasillar entre sus contemporáneos. Siempre fue un escritor bastante atípico en cuanto a los usos literarios predominantes y ni siquiera el ramalazo experimentalista que tienen algunas de sus primeras novelas se acomoda fácilmente a las corrientes renovadoras que triunfaban en los setenta. No: el autor de La borrachera fue una rara avis desde sus inicios o, mejor dicho, un francotirador de muy certera puntería, dotado para una escritura de vuelo libre en la que hablaba de lo que le venía en gana y con la que procuró apartarse de las exigencias editoriales. Puede que eso, en un contexto donde la comercialidad garantizaba el éxito y la vida del libro, le pasara factura. A ello se suma que en una época donde los galardones literarios servían para conceder visibilidad a un escritor, la mala suerte se cebara con él. Varias de sus novelas y cuentos, aun resultando premiados, no encontraron después un editor que las publicara o, si lo hicieron, no gozaron después del respaldo crítico que merecían. De las dificultades para que un escritor novel se diera a conocer en aquel entonces, contando con el único recurso de los premios literarios para salir del anonimato, mejor hablamos otro día.

A Fernández Roces le gustaba contar, como hizo en una impagable entrevista publicada en este diario, que se inició en las letras con la lectura de Julio Verne en la biblioteca de Carbayín. Excelente magisterio si tenemos en cuenta que, por más que se le haya querido despachar con el marchamo de novelista juvenil, el autor de La vuelta al mundo en 80 días está muy lejos de ser un simple entretenimiento y ofrece en sus obras toda una representación de las emociones humanas. A ello le siguió la redacción de crónicas futbolísticas para La Nueva España, en una labor que lo curtió de manera parecida a como le ocurriría a su paisano Gonzalo Suárez, quien allá por los años setenta escribía sus artículos sobre fútbol bajo el pseudónimo de Martín Girard.

No fue hasta 1968 que Fernández Roces publicó su primera novela, Ven y arrójate el mar, que pasó desapercibida, y a la que siguieron Una voz callada en silencio y El buscador. Esta última, que vio la luz al filo de los setenta, recibió el Premio Novelas y Cuentos que otorgaba la editorial Magisterio y, por fin, el beneplácito de la crítica. Se trata de una auténtica novela-río, a medio camino entre la visión mitológica y la histórica y donde Fernández Roces, inspirado por los modelos de los narradores hispanoamericanos que habían desembarcado recientemente en España y valiéndose de todo tipo de recursos que conforman una suerte de rompecabezas estructural y formal, ofrece una completa panorámica de Asturias a lo largo de casi dos siglos, sirviendo de hilo argumental la trayectoria de una familia y de su protagonista, Pedro Incógnito, un personaje en busca de su identidad.

No es esta, sin embargo, la novela que prefiero de Fernández Roces. Aun sin negar la habilidad técnica, la ambición y el dominio narrativo que exhiben El buscador y los títulos precedentes u otros posteriores como El paraje escondido, una narración como La borrachera (1981) no solo se presenta como el mejor modo de acceder a la obra del escritor asturiano, sino que es un excelente destilado de todas sus preocupaciones y temáticas. Es una novela, además, que vuelve a mostrar su insobornable independencia respecto a las corrientes mayoritarias de su época. La anécdota es muy simple: durante una noche de embriaguez, y a bordo de la embarcación de su amigo Facio varada en el muelle de Gijón, el médico Sotero Granda repasa su vida. Dice el tópico que los niños y los borrachos siempre cuentan la verdad y no sé qué pensaría de esto el propio Fernández Roces, pero no es casual que su protagonista vaya desgranando sus peripecias mientras se agarra una monumental cogorza, pues ello, además de favorecer la digresión y la libre asociación de ideas en el discurso, permite al protagonista enunciar unas cuantas verdades sobre un futuro que se antoja cada vez más degradado e inquietante y, a su vez, interpelar directamente al lector. En su monólogo, elegía de un tiempo ido o, si se quiere, el himno de un solitario que evalúa las penalidades y miserias del pasado y las contradicciones de un presente en el que la dignidad del hombre se ve amenazada, toman especial protagonismo las figuras femeninas, las grandes víctimas del ayer, y el relato de sus destinos, junto con el de otros personajes, acaba convirtiendo la novela en una especie de retrato colectivo, tan multiforme como complejo. Escrita de un tirón, según el propio autor, y mientras hacía las guardias nocturnas en una compañía siderúrgica donde trabajaba como enfermero, La borrachera es un relato impresionante que se desentiende de estructuras y corsés y que uno lee arrebatado por el fraseo a media voz con que el médico protagonista va realizando su confesión. Al final, todo deviene en una parábola llena de humor negro donde Fernández Roces deja entrever el profundo humanismo que caracterizó a su escritura, siempre atenta a rescatar las voces de los más humildes, y con la que, gracias a la contraposición de distintos mundos (el del campo y la ciudad, la tradición y la modernidad, la emigración laboral y el desarrollismo industrial), logra una epopeya a pequeña escala de las transformaciones de la ciudad de Gijón en las últimas décadas.

Junto con la poesía, que dio a publicar bastante tarde en títulos como Viejos minerales (2008) o Salas de espera (2011), Fernández Roces solía afirmar que de lo que más orgulloso se sentía era de sus cuentos. Tal vez fue el género que más alegrías le deparó, habida cuenta de los premios cosechados, entre los que destaca el Hucha de Oro en 1969 y la inclusión de algunos de sus relatos en distintas antologías, como la que preparó Medardo Fraile en 1986 y donde se reunieron las mejores muestras del cuento español de posguerra. Esta ficción breve quedó recogida en distintos volúmenes como De algún cuento a esta parte (1990), Ageón (2001) y Un lugar muy lejos del mundo y otros cuentos (2018) y que dan cuenta de la perfecta máquina narrativa y del prodigio de inventiva que puede ser la literatura de Luis Fernández Roces: juegos de perspectivas, complejidad estilística, superposición de distintos puntos de vista, combinación del testimonio y la fábula con los elementos simbólicos y una prosa matizada siempre por lo lírico. Uno lee estos relatos y no puede dejar de sorprenderse ante su música escondida, ante la habilidad de su autor para penetrar y representar el mundo y la sutil seducción de cada palabra, que nos va ganando lentamente hasta hacernos suyos. También por la manera en que se mueve la escritura, siempre entre dos fuerzas centrífugas, el realismo y la fantasía. Sobre este punto, Fernández Roces era consciente (como lo son los grandes maestros de lo breve) de que cualquier obra literaria se nutre de la experiencia humana y que la pura descripción de los hechos cotidianos difícilmente puede considerarse ficción. Es necesario, por tanto, desmontarlos, examinar su estructura emocional y ensamblarla de nuevo para conseguir, una vez que todas las piezas han encajado y tienen un equilibrio interno, una historia capaz de sacudir y perturbar el ánimo del lector.

Me resulta difícil quedarme con un solo cuento del escritor asturiano: son todos magníficos. En lo que toca a esa segunda inclinación por lo fantástico y el absurdo, que mezcla a Rulfo con Kafka y tiene sus afluentes en Buzatti o García Márquez, fíjense, por ejemplo, en «La viuda en el cementerio» y en «Relato de noche», cuento este último que podría haber firmado Julio Cortázar, aunque, como dijo Medardo Fraile, es probable que el escritor argentino no hubiera alcanzado a cerrarlo de forma tan magistral. O «La pierna amputada», un delirio en el que se narra la historia de un hombre que ha perdido su extremidad. Para su sorpresa y la incredulidad de cuantos lo rodean, el muñón vuelve a crecer y el relato en ese momento toma los rumbos del esperpento, trazando una sátira del sistema burocrático, para culminar con una solución digna del autor de La metamorfosis. En varios cuentos Fernández Roces presenta, en cambio, una visión más realista que atiende a los gestos cotidianos y ofrece una mirada compasiva y crítica con la que denuncia las dificultades que marcan la vida de los más desfavorecidos, como en «Los fusiles» o «Cemento y réquiem». En otros casos, huye de una geografía precisa y de los límites de la realidad para centrarse en cuestiones esenciales del individuo, como ocurre en «Un lugar muy lejos del mundo», tal vez uno de los mejores relatos que escribió, o en «Sobre este cadáver de ceniza», una implacable vuelta con Goya de por medio a las oscuras inclinaciones del hombre por la violencia. Fernández Roces sabía muy bien, por otra parte, que los escritores suelen ser a menudo personajes de sí mismos y de su propia fantasía. Esa idea queda perfectamente retratada en el cuento que cierra Ageón, «Rollos de papel» y que contribuye a explicar el título del volumen. Según parece, el autor asturiano perdió el original del libro pocos días antes de que fuera a entregarlo a la editorial. Nunca lo recuperó y en apenas quince días reescribió todos los cuentos, introduciendo la historia de ese extravío en la nueva redacción. El relato sobre este episodio, todo un juego metaliterario, es una siniestra distopía que en nada tiene que envidiar al Ray Bradbury de Fahrenheit 451 y, al mismo tiempo, un reconocimiento de la pasión, intensidad y desconcierto con que el autor de La borrachera vivía el ejercicio de la literatura.

Decía más arriba que he llegado tarde a la obra de Fernández Roces. Tras leer sus novelas y releer sus cuentos no dejo de lamentar mi error y me cuesta explicar por qué la trayectoria de este escritor asturiano ha padecido durante mucho tiempo un injusto eclipse que le ha impedido ser considerado uno de los grandes nombres de la narrativa española del siglo XX. En su tierra natal obtuvo homenajes y reconocimientos públicos, pero parece que, fuera de un pequeño grupo de fieles congregados en torno a la editorial Trea, responsable de editar sus últimos libros, la obra de Fernández Roces espera aún en la clandestinidad, como uno de esos tesoros que permanecen inadvertidos en la sombra. Quienes lo conocieron hablan de un hombre afable y humilde, renuente a los corrillos literarios y solo preocupado de cultivar con amor y en secreto una obra que hunde sus raíces en el mismo corazón de la vida. Sus libros, quizá por ello, son un milagro, un ejemplo de honestidad e ingenio que, lejos de ofrecer soluciones a los misterios que se agazapan en toda existencia humana, se preocupa más bien por profundizar en esos interrogantes, aspecto que el propio escritor señaló como una de las bases de su arte literario: «Así quieres contar lo que no existe,/ sin mentir,/ y que así viva en ti y en ti perdure así/ lo inesperado».


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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