Narrativa

Concavidad de los días

Fermín Herrero reseña un dietario de Avelino Fierro, un «caudal de sabiduría y discernimiento, por añadidura variopinto».

/ una reseña de Fermín Herrero /

Si, como dijera más o menos Jorge Luis Borges, con su infalible tino, somos lo que leemos, es decir, los libros que hemos leído, Avelino Fierro es mucho ser. De los que más. De los eminentes. De los que ha llegado más lejos. La amplitud y profundidad de los autores que frecuenta lo demuestra. A poco que se conozca su obra se tiene esa seguridad y la certeza de que, por encima de escritor, marbete que le queda pequeño, nos encontramos ante un animal literario, letraherido para los cursis, que vive en y para la literatura, ante un autor tan versado que acoquina bastante al abordarlo, ante un literato, en suma, en el más amplio sentido del término, el que se atribuía a sí mismo Rafael Cansinos Assens.

Su nueva publicación, Días sin rostro, por embozados, cuando parecíamos «forajidos del Medio Oeste», que me propongo destripar con el menor daño posible, es una buena piedra de toque para corroborar que mi aserto de entrada es oportuno. En un sucinto «Atrio» el propio autor, sin nombrar el maldito virus —más adelante «elhijoputadeestebichoqueestáasolandolahumanidad», antes de que sufra su contagio y duro ataque— habla del «difícil respirar del mundo», de que «todo se volvió tan frágil», de que «de nada servían los cuidados que poníamos en el vivir». El dietario abarca los años 2020 —desde mayo, al poco de la muerte de su padre, a quien se lo dedica, y del periodo del encierro domiciliario, vertido en las cartas digitales que conformaron Estatuas de sal— y 2021. Concluye el texto introductorio señalando que «podréis oír cómo en aquellos días creció el silencio», que efectivamente, y además, parafraseando a Kierkegaard, con «temor y temblor». Era una atmósfera lánguida, desgarrada, entumecida, angustiosa, de no dejar, como fijase con precisión Tomás Sánchez Santiago, de palparnos la ropa.

La intertextualidad del resbaladizo filósofo danés es la primera de la miríada de alusiones librescas, invariablemente bien traídas, así que no es de extrañar que como aperitivo —para su gusto, podríamos decir quizá vermú, con «pingarates— de esta quinta entrega de sus dietarios, siempre con el sello de la increíble, tanto cuantitativa como cualitativamente, editorial Eolas, nos ofrezca un discurso de cabecera, pregón de la Feria del Libro también de su ciudad, León, en el que podemos hacernos una idea de la multiplicidad y alcances de su bagaje lector, impresionante —como «yonqui de la lectura» lo calificó Juan Cruz, y a sí mismo se retrata como «un modesto amanuense de toda la riqueza que está en la vida y en los libros». Y lo mismo vale para las facultades mnemónicas, ya desde la edad escolar, de Fierro el memorioso, ensayadas una y otra vez a fin de engastar siempre la cita justa en el momento apropiado.

Esta concisa declaración de intenciones, defensa cerrada y radiante de la cultura de verdad y de su base única que no es otra que la lectura, ese «vicio impune», vale un potosí, como luego numerosas entradas del dietario, justifica por sí misma una publicación, y de altura. Aduce como lema el estribillo de aquella canción de Luis Eduardo Aute, con letra de Jesús Munárriz, que figuraba como cortinilla inicial de un programa televisivo de libros de Fernando Sánchez Dragó: Todo está en los libros. Y tanto. Declara además que «los libros nos hacen libres. Son nuestra educación sentimental». Define metafóricamente a las librerías como «los hospitales del espíritu» y aparece de ordinario cercado por los libros acumulados en espera de poder encararlos en busca de conocimiento y placer.

Es un frontispicio donde se nos muestra de antemano como un lector voraz y omnívoro. Sólo en este emotivo delantal de las anotaciones diarísticas —que comienza con una confesión en crudo: «Le he cedido a los libros gran parte de mi vida»— acude, tras un recordatorio intertextual del cacereño Basilio Sánchez y, a seguido, dos citas comentadas de los también poetas Elizabeth Bishop y Gottfried Benn, en unas ocho páginas, a Homero, Aristóteles, Platón, Petrarca, Bacon, Quevedo, Hopkins, Milton, Wordsworth, Keats, Montaigne, Samuel Johnson, Flaubert, Tolstói, Salgari, Rimbaud, Mandelstam, Pla, Thomas Mann, Cernuda, Auden, el mentado Borges, Blas de Otero, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma, Larkin, Tranströmer, Sontag, Piglia, Steiner, Judt y Stasiuk, ¿quién da más y mejor como prueba de su diálogo incesante, y fecundo, con los libros?

Ya en el sucinto, una página, «Atrio» —así lo denomina por amor a la palabra exacta, que no prólogo o los académicos prefacio, preámbulo, proemio o exordio— alude a Valéry y Stendhal, para después suministrarnos multitud de referencias a cual más valiosa. He aquí alguno de los fármacos de papel, para alivio, consuelo y serenamiento de nuestros días, que nos receta a lo largo de Días sin rostro el doctor Fierro y cuyo efecto benéfico puedo garantizar por haberlos probado, por lo que me permito regodearme: Zagajewski, a quien se encomienda el colofón, en verso y prosa; Marco Aurelio en sus meditaciones sin parangón; Steiner en sus crónicas del «New Yorker» contra «la banalización, que es la calamidad de nuestro tiempo»; la Dickinson desde «la esperanza —ese ser con plumas que se posa en el alma y sin palabras entona su canción»; Simic como monstruo, a lo Kusturica, en su laberinto; Joseph Roth redimido de su leyenda de santo bebedor; Cioran asomándose a los abismos de sus Cuadernos; Bruckner como senderista hacia la longevidad; Bobin con el enigmático brillo de los días sin argumento; Benjamin en su pobreza ibicenca o dejando una «capa de grasa de cocido en la mollera» tras inmiscuirse en sus pasajes; el pillo de Pla desde lo infinitamente pequeño… Tengo una lista larga con aquellos que han ido apareciendo y desconozco, o bien algún libro concreto, de entre quienes me han parecido más interesantes, para hincarles el diente en cuanto pueda. Voy a empezar por La pureza de Ruth Miguel, en Ediciones Menguantes, que tengo aquí a mi vera. La erudición, en forma de obras atractivas que nos salen al paso y nos invitan a acompañarlas en estos tomos de diarios de Fierro, es un pozo sin fondo.

Sólo la lista de colegas diaristas con los que nos cruzamos es de impresión: al menos, Marcos Ordóñez, Paul Klee, André Gide, José Luis García Martín, José Luna Borge, Ennio Flaiano, Pedro Ojeda, Guido Ceronetti, Julio Ramón Ribeyro, Lorenzo Villalonga, el inigualable José Jiménez Lozano —con un poema suyo, «Ecos», pos Auschwitz-Kolymá, se finiquita el libro— o el sumo pontífice del asiento contumaz Andrés Trapiello. He releído, por cierto, simultáneamente, por razones que no vienen a cuento, la antología Diario disperso del pionero, en las lenguas peninsulares, Marià Manent, en la casi mítica, para iniciados, edición de Trieste a cargo del propio Trapiello, con lo que he podido cotejar el pasado y el presente del subgénero en nuestras letras, cómo ha ido variando y enriqueciéndose su visión.

No hay terreno que no pise con solvencia y lucidez Fierro, el enigmático flâneur benjaminiano del callejeo establecido con parada y fonda en garitos de alcurnia dudosa o bien noctívago y errático. El musical, como diyéi o como melómano irredento, siempre competente y con criterio, apto para conjugar a Schubert con Lou Reed, una cantata de Bach con un «castañazo punk». El pictórico, recuerdo una sugerencia sobre la dificultad de plasmar los colores del paisaje a partir de Carus. El arquitectónico, como cuando se adentra en los conceptos de conservación, restauración y desarrollo. El poético, con glosas, entre otros muchos, de Rainer Maria Rilke, T.S, Eliot, Charles Wright, John Burnside, Joseph Brodsky, Joan Margarit, Friedrich Hölderlin o Charles Baudelaire. La primera cita del libro es del olvidado integrante de Claraboya Agustín Delgado, de su sobrecogedor Espíritu áspero.

En realidad, lo lírico permea numerosos párrafos, verbigracia, todos los que abordan su disección obsesiva de la luz, sus atributos y matices sin fin. O los de índole paisajística. Como muestra vale un botón desde el tren, hacia Madrid, con tintes azorinianos, adjetivación clavada, detallismo impresionista: «Miro el paisaje parduzco y gris de la tierra de Castilla. Hay alguna caseta para guardar los aperos. Chopos solitarios rayando el horizonte azul. Un rebullón de pinos. Lomas y alcores. Un galgo y un cazador. Una granja de cerdos. Un gran pájaro que desciende vertical. Música antigua. Motetes, quizá». Hasta el tono melancólico habitual, habida cuenta de lo poco que somos, de «cómo lo arruina todo el tiempo» —eneasílabo legítimo, dan ganas de apropiárselo—, parece salido de los hondones poéticos. Pongamos el episodio en el que se encuentra unas cartas abandonadas en un cajón que le llevan a evocar el esplendor en la hierba adolescente.

En su conjunto, las notas fechadas responden grosso modo a aquello de Maurice Blanchot, que cita: «El diario es el ancla que raspa contra el fondo de lo cotidiano», o de Ordóñez, que también: «Sujetar lo que se escapa de los días». No de todos los días, claro. En consonancia con el distingo juanramoniano, un punto finolis, entre los días convexos en los que nada suena y la vida se muestra espantosamente sorda, y los cóncavos, propicios al acorde sensible, Fierro se queda con estos últimos y escancia lo mejor de ellos, sin cansar nunca, acogiéndose a su persistencia, una forma de pervivencia en definitiva, «junto a las horas», a «la luz de la costumbre que hace que todo quede bien zurcido».

Incluso los días anodinos, los de rutinas laborales y caseras —más hogareña esta entrega, menos viajera, a la fuerza ahorcan, cualquiera transgredía las draconianas medidas gubernamentales y autonómicas— en los que «el tiempo abunda y sobra y entorpece», endecasílabo grávido cuya autoría ignoro, como tantas cosas de las que dispone tranquilamente el discurso del autor; incluso, como digo, los días provincianos de aquellos años enrarecidos es capaz de levantarlos, aunque, como en el poema de Vallejo «amanezca a ciegas».

Los diarios se completan con una larga adenda —alrededor de cien páginas cundidas, si contamos la parte final «Migas de pan»— que bien podría considerarse un libro exento del género didáctico-ensayístico, en parte, por aquellas que giran en torno a la naturaleza y particularidades de los diarios, pues la mayoría de los capitulillos o fragmentos sueltos pudieran ser entradas normales, aun sin estar datadas, como en otros dietarios anteriores. No se me alcanza por qué el autor las ha segregado. Algunas parecen ser del año 2019, un interregno que pasó en prao diarístico, volcado en otros menesteres de escribidor, puesto que el dietario precedente terminaba en 2018. Pero las pequeñas grandes migajas del último apartado, no, se emplazan en paralelo con la pandemia.

Estos textos dispersos constituyen una silva de varia lección, vagamente nucleadas con marchamo temático: carnavalesco, amoroso y erótico, de una jornada electoral, de excursiones montañeras, caminero —en la estela de su ensayo La belleza del caminar—, fotográfico —por el acabamiento minero con su allegada Cecilia Orueta—, pictórico —el texto para el catálogo de una exposición de Miguel Galano—, navideño, al cabo, con un relato que demuestra a las claras que Fierro no se lanza a la narrativa de ficción, y lo mismo valdría para la poesía —revela que tiene poemas de juventud agavillados en una carpeta astrosa—, porque no quiere, aunque coquetea regalándonos un jaiku —«Cayendo nieve…/el mundo se esconde./Se duerme el alma»— o presentándonos el conato de un esbozo de novela. Y a modo de bonus track, como anticipaba, degustación de postre variado, una macedonia de pedazos «extraviados» o «caídos», la coda «Migas de pan», reunión heteróclita de «textos mínimos», «vislumbres», «incitaciones» plurales, siempre singulares.

Como propina, y no pequeña, completa la edición la separata Una semana particular, título que parafrasea el de la película de Ettore Scola. El cuaderno recoge las anotaciones exhaustivas de una semana, del 6 al 11 de mayo de 2021, un diario en sentido estricto, registro «a calzón quitado» de absolutamente todo lo que le sucedió por esas fechas. Se trata de un experimento de pureza diarística, si es que tal cosa existe, al que pomposa y sarcásticamente llama «proyecto», escrito a tal efecto en unos folios grapados de cualquier manera, desechados en el juzgado donde trabaja como fiscal, salvados así de la trituradora de papel, un pliego «sostenible fabricado artesanalmente», según lo pinta con su guasa habitual.

Por «demasiado apegado a la anécdota y a lo efímero», dada su naturaleza, y al tiempo compuesto «sin filtro alguno» debido a la premura subsecuente a la obsesión notarial, acaba desfondándolo e irritándole, lo extenúa al punto de hacerle enfermar «de los nervios». No sé si este crescendo hiperbólico es una crítica implícita a los diarios en exceso prolijos y enfangados en lo redundante o un embrión de poética a la contra. En todo caso, me lo he pasado pipa, como en otros episodios recreados, con su peculiar humor soterrado, esquinero, irónico, más socarrón que cáustico.

Me lo he pasado pipa, en resumidas cuentas, como provecto enano mental, con Días sin rostro. Tengo debilidad, no exenta de envidia, por la prosa aquilatada y a la par fluida de este escritor de raza, que conserva engañosamente, estando trabajada al pormenor milimétrico —y aquí me imagino a la mecanógrafa y correctora Mar Astiárraga, siempre al quite hasta dejar la composición afinada y aseada en última instancia— la impresión de bote pronto que la produjo, esa espontaneidad tan difícil de proteger en la escritura. Algunos quiebros convertidos en rasgos de estilo me encantan, por poner alguno sencillo, su recurso para evitar el baboso yo, insoslayable al hablar sobre sí mismo, cuando recurre a «un servidor» en vez, pongamos, del redicho y fastidioso «uno» del que echa mano a menudo Trapiello.

Lástima que este reseñista, aunque haya perpetrado la recensión escuchando de continuo a Jóhann Jóhannsson, sea, como mucho, uno de los que Pedro Salinas, siguiendo a Virginia Woolf, motejaba peyorativamente como revistero; me siento incapaz de dar cuenta cabalmente del caudal de sabiduría y discernimiento, por añadidura variopinto, con que nos obsequia ahora Fierro tras el mencionado Estatuas de sal, curioso epistolario; Calendario, una colección de tristuras con las que nos alborozó el corazón; y La belleza del caminar, un ensayo en andantino vibrante. Como de costumbre, eso sí, he disfrutado tanto con estos apuntamientos, igual de amenos que de provechosos, que sólo querría honrarlos y declararme por último, sin más, a su zaga, «un lector agradecido».


Días sin rostro
Avelino Fierro
Eolas, 2023
300 páginas
22 €

Fermín Herrero Redondo (Ausejo de la Sierra [Soria], 1963) es un poeta que circunscribe la mayor parte de su obra al paisaje de su pueblo natal, en torno a la presencia de la naturaleza y sus ciclos unidos a la existencia, la belleza de lo humilde, la recuperación del tiempo pobre y agrícola de los padres, el recordatorio del horror de las ideologías que calcinaron el siglo XX, la lentitud y la espera. Hasta la fecha, ha publicado los libros Anagnórisis (1994), Echarse al monte (1997, Premio Hiperión), Un lugar habitable (1999), Paralaje (2000), El tiempo de los usureros (2003), Endechas del consuelo (2006), Tierras altas (2006), La lengua de las campanas (2006), De la letra menuda (2010), Tempero (2011), De atardecida, cielos (2012, Premio Ciudad de Salamanca de Poesía), La gratitud (2014), Sin ir más lejos (2016, Premio Nacional de la Crítica), Alrededores (2019), Húrgura (2020), En la tierra desolada (2023) y Estancia de la plenitud (2023). Figura, entre otras, en las antologías Cambio de siglo, Animales distintos Fuera de campo.


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