La escritura encubierta

Pérez de Ayala y Clarín

Ricardo Labra escribe sobre la relación de dos grandes literatos ovetenses con la ciudad de los obispos, y con los obispos de la ciudad.

/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /

En uno de los manuscritos inéditos de Tambor y gaita, facilitado por Ana Cristina Tolivar Alas a Joan Oleza, Alas Clarín comienza su relato con una afirmación categórica: «Nací en la ciudad de los obispos».

Creo que Ramón Pérez de Ayala suscribiría con agrado este enunciado clariniano; de hecho, él también nació en la ciudad de los obispos, la misma a la que subrepticiamente se refería Alas Clarín en el capítulo inicial de su apenas esbozada última novela. Pérez de Ayala fue un buen discípulo de Leopoldo Alas Clarín, y no solo como universitario, sino también como escritor. El autor de La caída de los limones tiene la vitola de haber sido uno de los estudiantes que levantó la voz, más bien el grito, ante la damnatio memoriae decretada en la ciudad sobre el autor de La Regenta. Su emotivo «¡viva Clarín!» en el patio porticado, en plena celebración del Tricentenario de la Universidad de Oviedo, aún resuena por las piedras centenarias del noble edificio académico de la calle San Francisco.

Ramón Pérez de Ayala parece querer homenajear a su maestro sobre todo en las novelas de su último periodo creativo, en donde aborda grandes temas y escribe sus más identificables novelas de Oviedo, de su Pilares: Belarmino y Apolonio y Tigre Juan y El curandero de su honra. Es curioso cómo Pérez de Ayala llega a Pilares a través de Vetusta, como bien señaló Andrés Amorós: «Al escribir la epístola poética a Azorín, en 1906, todavía sigue fiel Ayala al nombre clariniano: “Te hallas, amigo, ahora, en mi amada Vetusta,/ la noble, la sarcástica, la devota, la augusta./ Acaso sientes que esta mi ciudad te convida/ en su tácito seno a afincar de por vida”». Relación genesíaca que se continúa expresando a lo largo de los años en sus novelas, estableciéndose un inequívoco nexo conceptual entre Vetusta y Pilares, como ciudad aletargada y murmuradora. En La pata de la raposa Pérez de Ayala hace una significativa descripción de la ciudad en la que desliza toda la tópica clariniana: «Pilares, la decrépita ciudad, centenario asilo de monotonía y silencio, yacía al sol poniente más callada y absorta que nunca. De vez en vez, la voz medioeval e imperecedera de las campanas sacudía, como errante escalofrío, la modorra de aquel pétreo organismo». Tópica clariniana y lugares comunes que vuelve a amplificar con letras de oro en la magistral página que inicia Tigre Juan, donde el genio ayalino solo precisa unas breves y memorables líneas para transformar la plaza del Fontán en símbolo y aleph de Pilares:

«La plaza del mercado, en Pilares, está formada por un ruedo de casucas corcovadas, caducas, seniles. Vencidas ya de la edad, buscan una apoyatura sobre las columnas de los porches. La Plaza es como una tertulia de viejas tullidas que se apuntalan en sus muletas y muletillas y hacen el corrillo de la maledicencia. En este corrillo de viejas chismosas se vierten todas las murmuraciones y cuentos de la ciudad. La Plaza del Mercado es el archivo histórico de Pilares».

Se pueden establecer, sin forzar demasiado, numerosas analogías entre las obras de Alas Clarín y de Pérez de Ayala. Por ejemplo, el tema donjuanesco y calderoniano del honor tratado en Tigre Juan y El curandero de su honra puede enlazar en determinados aspectos, aunque desde diferentes perspectivas, con algunos sustantivos núcleos argumentales de La Regenta. Es cierto que Pérez de Ayala no deja caer a Herminia, el personaje femenino de su novela dual, como hace Alas Clarín con Ana Ozores, pero la solución que otorga en su redención vuelve a emparentarlo con la otra novela del hacedor de Guimarán: Su único hijo. La paternidad adquiere en Tigre Juan y El curandero de su honra el mismo sentido de religión de familia que le otorga Alas Clarín a los anhelos regeneradores de Bonifacio Reyes en Su único hijo. En este caso Tigre Juan no solo tiene relación con don Víctor Quintanar por su afición a la lectura de las tragedias calderonianas, y por su inveterada concepción del honor, sino que también enlaza caracterológicamente con las aspiraciones de Bonifacio Reyes. Otro paralelismo podría establecerse entre Vespasiano y Álvaro Mesía, los dos donjuanes de ambas novelas; o, incluso alguno más subrepticio, como el que puede establecerse entre las dos iluminadas almas bienhechoras de ambas novelas: Frigilis e Iluminada.

Pero entre ambos escritores también pueden establecerse otras correspondencias más personales y sutiles, aunque sus temperamentos fueran disímiles: Alas Clarín más activo y Pérez de Ayala más sosegado, como demuestra el hecho de que pasase los últimos veinte años de su vida sentado en un sillón, leyendo y escribiendo exclusivamente artículos. Lo que unifica a estos dos grades escritores ovetenses, además del vínculo con su ciudad, es su destino literario. Los estudiosos en la obra de Alas Clarín no dejan de preguntarse, sin acabar de obtener una respuesta satisfactoria, ¿por qué el autor de La Regenta tardó tanto en escribir una segunda novela: Su único hijo?, y ¿por qué dejó sin concluir sus numerosos proyectos literarios, como las inconclusas Sinfonía de dos novelas y Cuesta Abajo? Se aduce, para justificar el abandono del género cervantino, su enfermedad, su afición al juego, los onerosos gastos que conllevaba la compra de libros, especialmente las ediciones francesas, y por lo tanto sus acuciantes necesidades económicas a las que tenía que corresponder con agotadoras colaboraciones periódicas. Tal vez la causa de que no haya culminado más novelas se encuentre no solo en algunas de las expuestas sino en la suma de todas ellas, aunque conviene tener muy presente los efectos desmotivadores que le ocasionó la frustante recepción de su Regenta. Pero si en Alas Clarín esto resulta sorprendente, el hecho de que un escritor genial abandone su arte, o no le rinda el culto que por ejemplo otros escritores le profesaron, escribiendo sin cesar novela tras novela; todavía se muestra más llamativo en el caso de Pérez de Ayala. El escritor de Luz de domingo dejó de escribir novelas prácticamente a los 46 años, despidiéndose con Tigre Juan y El curandero de su honra. Solo escribió una novela corta, la Justicia, publicada en 1928. Es decir, que estuvo 36 años (o 34) —Pérez de Ayala muere en 1962— sin escribir novela alguna, dedicado únicamente, desde el ámbito intelectual y creativo, a escribir artículos, casi como su maestro Leopoldo Alas Clarín, quien dedicó sus últimos años a escribir solamente cuentos y artículos.

Pero volvamos de nuevo al Pérez de Ayala novelista y a su novela más emblemática de Oviedo: Belarmino y Apolonio. Una obra cautivadora en la que contrapone la superficialidad que requiere el arte dramático, para apresar y representar la realidad, a la insondable profundidad que precisa su dilucidación. Ambos extremos encarnados por el filósofo, el zapatero remendón Belarmino, y por el dramaturgo, el zapatero de fuste Apolonio. Si he señalado más arriba en Tigre Juan y El curandero de su honra alguna analogía con La Regenta y Su único hijo, estas resultan todavía más evidentes en Belarmino y Apolonio. Las tertulias de la duquesa de Somavia recuerdan inevitablemente a las celebradas en casa del marqués de Vegallana, solo que la marquesa de Vegallana, Rufina, se muestra más condescendiente que la duquesa de Somavia, doña Beatriz, quien, para hacer constar la supremacía de su linaje, se divierte humillando a sus invitados. Pérez de Ayala recurre a la ironía bufa para ejemplificar la jerarquía aristocrática que impera en la ciudad, mostrándonos a la duquesa de Somavia en una histriónica escena en la que obliga a hacer la trucha, para escarnio y divertimento, al magistrado de la Audiencia provincial:

«»Don Hermenegildo, hace tiempo que no nos obsequia usted con el salto de la trucha»”». Don Hermenegildo se puso en pie. […] Era un magistrado de la Audiencia provincial; viejo ya, calvo, diminuto, flaquísimo […] Ante mis ojos estupefactos, don Hermenegildo se puso a cuatro patas. Entonces, Pedro Barquín, colono de la duquesa, hombre tosco y de aspecto soez, se colocó detrás del viejo magistrado, e introduciéndole el pie por la entrepierna, lo levantó en vilo y lo lanzó a larga distancia. La bochornosa operación se repitió varias veces, con gran goce y algazara de los presentes, incluso del presbítero Chapaprieta» [Repárese también en el nombre del presbítero].

Los personajes de Vetusta bullen por Pilares en la mayoría de las páginas de esta originalísima novela. Si Leopoldo Alas Clarín se inspira para su Fortunato Camoirán —el obispo de La Regenta— en su querido y venerado Sanz y Forés, Pérez de Ayala se inspirará igualmente, para su Fray Facundo Rodríguez Prado, en otro obispo con claras implicaciones en la lectura ideológica de La Regenta: fray Ramón Martínez Vigil; lectura ideológica, a través de una pastoral, que propicio la damnatio memoriae clariniana.

No deja de resultar extraordinaria esta ficcionalización de Ramón Martínez Vigil que nos permite acercarnos literariamente, a través de la lupa ayalina, a este controvertido personaje. Martinez Vigil centra últimamente la atención de los clarinistas debido a la transcendencia que su pastoral tuvo en la recepción de La Regenta, cuyos perniciosos efectos todavía se están tratando de subsanar en Oviedo.

Que el modelo de Facundo Rodríquez Prado es Martínez Vigil parece ofrecer pocas dudas. En una nota a pie de página, de la edición de Cátedra de Belarmino y Apolonio a cago de Andrés Amorós, se señala que: «Según Pérez Ferrero, su modelo real es Ramón Martínez Vigil: “El obispo se distinguía por cacique y presumido. Le protegía la familia Pidal, que le había sacado de las brañas y enviado a Filipinas”. El novelista descubrió y publicó que plagiaba las pastorales de Baudrillart, arzobispo de Burdeos, lo que produjo un gran escándalo».

Ciertamente, fue Pérez de Ayala quien puso al descubierto las veleidades plagiarias del obispo de Oviedo en El Progreso de Asturias, el 30 de enero de 1902, bajo el seudónimo de Pánfilo y el denotativo título de «Los pecados de la lengua. Pastoral del obispo de Oviedo D. Fray Ramón Martínez Vigil».

Los avatares por los que Pérez de Ayala llega a descubrir las pastorales plagiadas del obispo de Oviedo son propios de otro capítulo de La Regenta, comparable solo a la rocambolesca denuncia que dio lugar a la tristemente célebre pastoral de Martinez Vigil contra la ficción del catedrático de la Universidad de Oviedo. Pastoral en la que el obispo no duda en acusar, entre otras lindezas, a Alas Clarín de «salteador de honras ajenas».

Pérez de Ayala descubre las pastorales plagiadas en un libro del obispo francés monseñor Landriot que le había regalado el propio Martinez Vigil a su tío, alcalde de Oviedo y máximo representante del partido conservador de la ciudad. El tío del escritor, se supone que inocentemente, facilitó el ejemplar a su sobrino, que por entonces comenzaba a darse a conocer en Oviedo como acerado articulista de la estirpe anticlerical clariniana. El joven escritor se dio cuenta de que tenía en su haber un material explosivo que no dudó en hacer público, no solo en El Progreso de Asturias, sino a través de unos versos publicados en la revista cómica El Liberal, donde la mano de Ramón Pérez de Ayala, como señala Florencio Friera Suárez, resulta «incuestionable». La noticia del plagio del obispo fray Ramón Martínez Vigil desencadenó un gran escándalo en la amurallada ciudad.

Resulta aventurado establecer una relación causal, aunque sea de manera muy tangencial, entre la animadversión de Ramón Pérez de Ayala hacia Martínez Vigil y el comportamiento del obispo con Alas Clarín; si bien es de suponer que Pérez de Ayala tendría alguna noticia sobre la persecución a la que el prelado había sometido a su maestro. Por lo tanto, creo que el episodio en el que denuncia al obispo de plagiario, como el ácido retrato que le hace en Belarmino y Apolonio, se debe sobre todo a su anticlericalismo, reforzado por las acciones y el conocimiento directo del personaje mimetizado.

En Belarmino y Apolonio el intelectual ovetense nos cuenta que el obispo Facundo Rodríguez Prado «había sido en su mocedad pastor de vacas, al servicio del duque de Somavia. La duquesa continuaba tratándole como criado. Los Somavia [léase los Pidal y Mon], merced a sus influencias le habían hecho obispo. Provenía de una orden dominicana. Había vivido algunos años en Filipinas».

Pero Pérez de Ayala no se conforma con estos descriptivos e inequívocos datos. sino que tras este esbozo biográfico le hace un mordaz retrato moral: «Era un cacique, tenía el cráneo como una bola, faz sombría y concupiscencias políticas».

Es curioso cómo la ficción ilumina la realidad y como la realidad se filtra germinativamente en la ficción. Sí: Ramón Pérez de Ayala nació en la ciudad de los obispos, entre los carcomidos pilares de Vetusta.


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Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.


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