Creación

El jugador de damas, 16: «La almohada»

Nueva entrega de una novela de Antonio Aledo Sarabia.

/ una novela por entregas de Antonio Aledo Sarabia /

El jugador de damas, 15

Clemente

Clemente nació dos años después que José Luis pero enseguida, por llevar un ritmo vital superior, le sobrepasó en edad. Cuando se fue era al menos diez años mayor. Vivió una de esas vidas desordenadas que acaban mal y pronto, pereció enloquecido a causa de una sobredosis de heroína entre símbolos incomprensibles dibujados en las paredes de una casa abandonada en la huerta, destinados a repeler la acometida del maligno. Se había dejado barba y melena y sus carnes clareaban, un traumatólogo no hubiera necesitado mandarle radiografías para diagnosticarlo. Aunque su enfermedad debía ser mental. Ya desde pequeño, en lugar de dedicarse a ver la televisión y leer tebeos como José Luís o al saludable placer de la mesa como su otro hermano, que llegó a sobrepasar los ciento veinte kilos, se entregó con afán a la literatura, leía todo lo que caía en sus manos y componía pequeños poemas telúricos que luego destruía. Quizá hubiera terminado siendo un profesor de instituto o un don quijote al uso si no hubieran empezado a pasarle cosas extrañas.

La almohada

La primera vez tenía doce años. Una pegajosa noche de verano en la cama de abajo de una litera que llenaba casi todo el espacio de una habitación diminuta por cuya ventana entraba de día como por el objetivo de una cámara de fotos la cúpula verdosa de la iglesia de un colegio de monjas y tejados parduscos donde familias de gatos desarrollaban la complicada arquitectura de sus vidas, y ahora, en mitad de una oscuridad más grande que un océano, más grande que el espacio donde un globo pierde altura, apartaba el lastre de la almohada sospechando infundadamente que ella tenía la culpa del calor sofocante que le impedía dormir. A cada vuelta se topaba con ella decidiendo exilarla más allá de sus pies en el estrecho espacio que quedaba entre el colchón y la pared. Pero al poco descubrió que el calor no se había mitigado y el cuello empezaba a dolerle, así que fue a buscar la almohada allí donde la había dejado unos instantes antes, tanteó en la oscuridad jugando primero a no encontrarla, palpando después meticulosamente debajo de la cama con la absoluta certeza de que la maldita tenía que estar allí, certeza que se resistía a soltarse de su cerebro habituado a la permanencia de las cosas, pues la realidad es la permanencia de las cosas. Aguantó todo lo posible hasta encender la luz, quizá porque temiera que tampoco así la encontraría y tendría que aceptar entonces la contingencia de todo, aunque no conociera esa palabra que luego llegaría a ser el credo de su vida, la posibilidad de que las cosas sucedan o no sucedan. No, no podía suceder que la almohada hubiera desaparecido. Se resistía a caer de la que hasta ese momento había sido su convicción como un jinete se agarra al cuello del toro embravecido que lo sacude.

—Apaga la luz —le dijo su hermano despertando.

—Es que se me ha perdido la almohada —contestó él.

—No digas tonterías.

Cogió ropa con la que hizo un revoltijo para suplir el cabezal y así pasó la noche, confiando como muchas veces hacemos que al despertar todo se hubiera solucionado.

Al día siguiente su madre le gritó y le pegó por descuidado y pierdelotodo.

—¡A saber que has hecho con la almohada!

Un día repetido

Un año más tarde su vida se rayó como un disco. A los trece años soñaba, como todos los niños de su edad, con cosas extraordinarias que le ocurrían a él. Esos sueños a lo largo de los años se lavan y se vuelven a poner encima, se lavan y se vuelven a poner encima tantas veces que el tejido se cae de puro viejo, y entonces uno tiene que probarse sueños nuevos de un corte menos juvenil, por ejemplo morirse rápido y sin demasiado dolor. Raramente a nadie le ocurre nada extraordinario y a lo mejor esa es la razón por la que existe un mundo habitable. Se levantó una mañana de domingo. Era primavera. Su madre había hecho chocolate con buñuelos para desayunar. Su hermano José Luis explicaba a su padre una cosa que había aprendido en el colegio, porque su madre guardaba el aceite donde freía, en este caso los buñuelos, para dárselo a su madre, la abuela de Clemente, para hacer jabón y a su padre le chocaba que con algo tan pringoso y tan sucio se pudiera confeccionar un producto de limpieza. El aceite de oliva es un ácido, decía José Luis a su padre, cuando se junta con una base, por ejemplo la cal que es hidróxido de calcio, o la lejía que es hidróxido de sodio o incluso la ceniza de madera que contiene carbonato de potasio, se forma un compuesto cuya molécula tiene una cabeza afín al agua y una cola afín al aceite. La suciedad, que es básicamente aceitosa, no la podemos quitar con agua porque el agua no interactúa con el aceite. El jabón se agarra al agua con su cabeza y al aceite con su cola y por eso el agua puede arrastrar la suciedad. El hermano menor de Clemente, ajeno a estas explicaciones comía a dos carrillos. El gato se estiraba en el suelo de la cocina, se aseaba a lametones. Siempre se estaba limpiando con su lengua. De alguna manera podía pasarse sin jabón para estar reluciente. Se le conocían tantas novias como a José Luis, lo cual es decir mucho, si bien superaba a su amo en la culminación final de sus amoríos porque si para un humano la virginidad en aquella época se perdía a partir de los veinte él podía jactarse de reconocer su propia cara en una gran cantidad de gatitos del tejado.

Entre su hermano menor y su madre se había entablado una especie de competición. La una trataba de hacer más buñuelos de los que el otro podía comer, hasta que se acabaron las existencias de harina y tuvo que darse por vencida. Eso la puso de mal humor. El gato por si acaso se metió debajo de la mesa y todos los demás trataron de pasar desapercibidos. Todo lo tenía que hacer ella. El cielo no la había bendecido con el nacimiento de ninguna niña que pudiera ayudarla y ya fueran días laborales o festivos tenía que matarse a trabajar. Para ellos era un día de excursión —habían planeado ir a comer a la pinada—, para ella un día de castigo. Cuando por fin todo estuvo hecho y habían montado en el coche puso el grito en el cielo porque su hijo pequeño se había bajado al gato. Al final ella tendría que cuidarlo.

No pasó nada significativo durante el viaje: una avispa escapada de un presidio que se metió en el coche y tuvieron que parar a sacarla, la verborrea incesante de José Luis. Clemente sin ser menos inteligente era más callado. Tampoco en la playa ocurrió nada que no pudiera esperarse de un día de finales de mayo: el agua estaba helada, las olas se sucedían unas a otras como si el mar tuviera un número interminable de ellas, el aire pugnaba por arrancar de la arena las escasas sobrillas que como si fueran hongos habían crecido de la noche a la mañana sin unas raíces profundas. Nadie se bañó. Incluso pasear por la orilla era desagradable. José Luis explicaba a quien quisiera oírlo que las olas son producto del viento pero no necesariamente del viento presente. Se forman en alta mar y tardan unos días en llegar a la costa, con lo cual es posible encontrarse un oleaje terrible sin una pizca viento o, a la inversa, un mar apaciguado bajo un ventarrón. A su padre ese conocimiento le traía sin cuidado y maldecía la hora en que no hizo caso a otro más arraigado, como era el refranero. Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. Y aún no estaban a treinta.

Todas las mesas de las dunas estaban vacías y escogieron una al socaire del viento. José Luis sacó su tablero de ajedrez y ofreció una torre a su padre para jugar una partida. Su padre rechazó la ventaja pero aceptó la partida. Ni con las dos torres de ventaja hubiera ganado. Su hermano pequeño tiraba una ramita con la pretensión de que el gato fuera a por ella y la trajera con la boca. Naturalmente el gato pasaba de él. Clemente había sacado un libro de cuentos de Lovecraft, los mitos de Cthulhu, y leía con pasión. La madre se ocupaba de la mesa y las viandas ¿Por qué no le habría dado el Señor una hija?

Comieron tortilla de patatas y conejo frito con tomate. Los mayores, José Luis incluido, bebieron cerveza. La cerveza se había calentado y su madre la sacó deprisa y zarandeándola como si la inutilidad de la nevera portátil que tenía fuera una afrenta personal.  Antes de abrirla José Luis dio dos datos muy pertinentes sobre el particular: que la cerveza está comprimida dentro de la botella con una presión dos veces mayor que el aire en los neumáticos de los coches y que el dióxido de carbono es menos soluble en los líquidos tibios que en los fríos, razones por las cuales al abrirla podía desparramarse. Su padre no le hizo ningún caso y la cerveza efectivamente se desparramó. No es de extrañar que, un año más tarde, cuando José Luis anunció que dejaba los estudios para ponerse a trabajar, su padre, aunque careciera de dinero suficiente para pagarle la universidad y aquella decisión fuera más o menos lógica, lo sintiera de verdad.

Mientras los cinco varones jugaban a un juego de adivinar personajes por medio de preguntas y respuestas —el hermano pequeño y el gato eran un peso muerto en uno de los equipos—, alguien misteriosamente había quitado la mesa, había metido la basura en bolsas de plástico y la había arrojado en unos contenedores más sucios que la propia basura donde toda clase de insectos esperaban impacientes como clientes en un restaurante de moda. El viento se había calmado y la paz solo era perturbada muy de vez en cuando por el paso de un coche. Al final se alegraban de estar allí. 

A las cuatro las chicharras empezaron a cantar como un coro griego que anunciara un peligro. Los coches transitaban con más frecuencia y el gato, imprudente, trató de perseguir una sombra bajo uno de ellos y las ruedas le pasaron por encima. Era un gato simpático, muy querido por todos, pero estaba tan aplastado y sangrante que debieron improvisar un entierro allí mismo, en  las dunas. Todos lloraban, incluso Clemente que estaba habituado, en su imaginación, a cosas más terribles. El regreso fue triste. El padre les prometía a todos otro gato sin darse cuenta que eso era ofender la memoria del que se había ido. Sólo los objetos se pueden reemplazar, no las personas. Ni los gatos.

En el camino de vuelta José Luis explicó que una diosa egipcia llamada Bastet era representada con cuerpo de mujer y cabeza de gato. En las excavaciones de su santuario en la ciudad de Bubastis, en el delta del Nilo, se han encontrado una gran cantidad de gatos momificados, dijo. ¿Y qué? pareció responder el silencio por boca de todos.

Al día siguiente Clemente tenía un examen de Naturales y una de las preguntas que le podía caer era precisamente el gato común. Estudió un poco antes de dormir y aprendió que su esqueleto tiene 230 huesos, 24 más que el del hombre que sólo tiene 206. Eso, junto al dato experimental de que las ruedas de un coche pueden aplastarlos todos y cada uno de ellos en un segundo, podía hacerlo aprobar. Qué lástima no haberlo sabido antes, cuando su hermano se puso tan pedante con lo de la diosa. ¡Cómo le hubiera callado la boca!

El día tocaba a su fin y la madre pensaba en la comida del día siguiente. Con el tiempo la alimentación humana consistirá en una pastilla del tamaño, más o menos, de una aspirina. Se tomará por la mañana con un vaso de agua y se acabó. Ese día se perderán muchas tradiciones y costumbres que giran en torno de la mesa, los paladares exquisitos vagaran aturdidos como almas en pena entre los carteles de “se vende” colgados en las puertas de bares y restaurantes, algunos, no digo que no, serán más desgraciados, pero la madre de José Luis lamentaba profundamente que esa situación no fuera ahora. Tener que comer todos los días, esa era la única queja que levantaba en contra de la evolución. Con ese rezongo en la cabeza cambió maquinalmente el agua del tazón del gato. Los gatos necesitan agua fresca, se dijo. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo se puso a llorar. En la cocina. Por el gato, por su hermana que murió a los veinte años de una picadura de avispa, por su madre que murió sin reconocer a ninguno de los que la rodeaban, por la humanidad desamparada, por la maldita necesidad de comer. No la vio nadie, todos los demás bastante tenían con asistir al desgranarse de las últimas horas del domingo y aprestarse a recibir el lunes como quien espera un golpe.

Nada más abrir los ojos se dio cuenta Clemente de que algo no estaba donde debía estar. Era la luz. La luz era demasiado intensa, no esa luz raquítica y vacilante de las primeras horas de la mañana, sino luz experimentada, luz que ha tenido tiempo de cebarse y engordar y camina con paso firme. Llegaría tarde al colegio pero no era su culpa. A los trece años todo es culpa de los padres. Sus padres se habrían quedado dormidos. Se levantó y en el pasillo sintió el olor de los buñuelos. Su hermano le explicaba en la cocina a su padre cómo se hacía el jabón a partir del aceite y él, aturdido, preguntó: ¿qué hora es? cuando en realidad quería preguntar qué día. De alguna forma había vuelto al domingo y su madre preparaba las cosas para salir de excursión. La impresión lo dejó paralizado. No podía pensar. Acompañó a su familia más espectro que nunca y está, acostumbrada a su mutismo, no se dio cuenta. El viento volvió a arrancar las sombrillas de la arena, el padre y el hermano volvieron a jugar al ajedrez, el gato volvió a perseguir sombras entre las ruedas del coche. Todo igual. En el viaje de vuelta José Luis habló de una diosa egipcia que tiene cabeza de gato. Clemente abrió la boca por primera vez en todo el día y le preguntó a su hermano si sabía cuántos huesos tienen los gatos en el cuerpo, su hermano contestó que no y entonces se lo dijo.

Se acostó temprano imaginando que cuanto antes recogiera el día sus castillos de naipes diseminados por las calles y reintegrara las cartas al mazo para barajarlas de nuevo antes acabaría su pesadilla. Se durmió pronto y se despertó por lo tanto temprano. Esperó a que su hermano se levantara pero pasó la hora habitual de los días lectivos sin que lo hiciera y sospechó primero y supo después que no había podido abandonar el domingo. Clemente pensaba mejor en la cama que en cualquier otro sitio. Pensó en lo que le estaba pasando como en un disco que se raya. ¿Debería comunicárselo a sus padres? ¿Qué les diría? Esto ya lo he vivido, les diría. Probablemente su hermano apostrofaría que esa es una sensación muy común, asociada según los psicólogos a estados de cansancio. Los franceses la llaman déjà vu. Es una impresión fortísima de que uno ha vivido ya lo que está pasando. A penas dura unos momentos. Pero a él le duraba todo un día y podía demostrarlo. Podía profetizar que al gato lo atropellaría un coche en la carretera de las dunas. Lo malo es que esa profecía misma anularía el suceso y quedaría desmentido. Es imposible que nadie me crea, concluyó. Anunciarlo era inútil. ¿Cuánto duraría? ¿Y su cuerpo? ¿Sería el único objeto en el mundo que no volvería para atrás igual que su consciencia no volvía para atrás? Decidió comprobarlo por si ocurría de nuevo. Hacerse, por ejemplo, un pequeño rasguño y esperar al día siguiente a ver si había desaparecido. Sería terrible si no ocurriera así. Se imaginaba repitiendo el domingo cada vez mayor. Al principio sus padres se sorprenderían: sí que has crecido esta noche. Luego, cuando vieran que se había acostado el sábado un chico de trece años y se había levantado el domingo un hombre de treinta, no le darían crédito, lo acusarían de impostor, llamarían a la policía. ¿Y cuando por fin se levantara anciano? No quería pensar en eso, era demasiado espantoso. Antes alguien se daría cuenta de que el disco estaba rayado y pondría la aguja en el lugar correcto. Trató de buscar el lado bueno del asunto. Hubiera sido peor que el tiempo se rayara un lunes. No hubiera podido soportar una eternidad de clases de matemáticas. Además le gustaban los buñuelos con chocolate que hacía su madre. Se levantó más animado. Desayunó por tercera vez. Miró sus uñas ¿habían crecido? Le pareció que sí pero no estaba seguro. Las uñas le trajeron el recuerdo del gato. Tenía una madera especial donde las desgastaba para no arruinar los muebles. Su madre había puesto el grito en el cielo cuando lo descubrió en el coche. Cuando salían lo delató. Una delación caritativa que le salvaría la vida.

—Mamá, David se lleva al gato.

—Déjalo —dijo la madre—. También tiene derecho el pobre.

No había sido tan sencillo. Los adultos son impredecibles, pensó.

En las dunas, a la hora en que las chicharras cantaban, se puso al gato en el regazo y lo apretó fuerte. El gato se revolvió y le arañó el brazo. ¿No quería un rasguño? Ya lo tenía. Salió corriendo y se precipitó bajo las ruedas del coche. Todos le echaron a Clemente la culpa de la muerte del gato. Era injusto pero era así.

Por la noche se entregó a estas reflexiones: Estaba claro que las fuerzas que rigen el destino del universo eran más intrincadas de lo que un niño de trece años podía imaginar. Incluso la hipótesis de la divinidad, desechada prematuramente por poco probable, podía tener cabida. ¿Tendría que volver a creer en los dioses? Él había hecho la primera comunión. Jesús hacía milagros, Josué detuvo el curso del sol para ganar una batalla. En el caso de existir ¿por qué tendrían que ser necesariamente verdaderos sus dioses y no los de los otros? Los dioses egipcios, por ejemplo. ¿Una diosa, como decía su hermano, con cabeza de gato y cuerpo de mujer es menos extravagante que un dios uno y trino? Llegado a tal punto de desconcierto no se podía descartar ninguna posibilidad. Bastet, esa era la diosa. Después de habérselo oído a su hermano tres veces seguidas se había quedado con el nombre. ¿Y si existía realmente la diosa Bastet y era ella la que estaba repitiendo el día para salvar al gato?

Salvar al gato se convirtió en la tercera prioridad nada más despertarse, la primera fue comprobar que, efectivamente, estaban otra vez en domingo, la segunda mirarse el rasguño que el mismo gato le había infringido el día anterior, si se puede llamar así. El rasguño había desaparecido. Se quedó más tranquilo. Su cuerpo también volvía al punto de partida, sólo su mente avanzaba. En esa tesitura podría leer todos los libros del mundo y hacerse sabio. Pero había un problema. En domingo la biblioteca pública estaba cerrada. También las librerías. En su casa apenas había libros. Lamentó que el día que se había rayado no fuera lectivo. Había cambiado la sabiduría por unos buñuelos.

Apenas hubo terminado de desayunar, se vistió, engatusó al gato y con él en brazos salió de la casa sin que nadie los viera. Sabía que su padre le pegaría pero estaba decidido a emplear medidas drásticas, no podía permitirse el lujo de fallar. Se pasó correteando por la orilla del río hasta que el reloj biológico que era su estómago le indicó pasada la hora de comer. Había malogrado la excursión de la familia y el castigo fue más feroz de lo que  había imaginado. Fue tan grande que, habiendo llegado por pura casualidad vivo a la noche, deseó que ese domingo infausto se borrara de la mente de todos y tener otra oportunidad para dejar morir al gato y a todo el género felino si se ponía a tiro. El nuevo día eliminaría los correazos y el enfado de su padre. Lloró un poco más y se durmió.

Cuando se despertó oliendo a buñuelos dio gracias a dios. Ahora sabía que el gato podía llegar vivo a la noche sin que eso cambiara nada. Era el quinto día.

Durante todo ese día estuvo muy animado. Salvó al gato de una forma sencilla y cuando llegó a casa rompió la hucha y salió a gastarse todos sus ahorros. La hucha era de barro y al darle con el martillo hizo un ruido hueco. Podía romper impunemente. Si hubiera sido adulto quizá se hubiera visto compelido al delito. Mañana la hucha estaría otra vez entera y el dinero dentro. Mintió a su madre diciéndole que no tenía nada que estudiar. Podía mentir. Carecer de futuro le daba prerrogativas que tendría que explorar detenidamente. Comió helados hasta reventar. Miró a las niñas de su edad —su sexualidad ya se había despertado—, escogió y anotó mentalmente sus itinerarios. Tenía una eternidad para el primer encuentro pero carecía de tiempo para la intimidad. Eso lo hizo meditar. Nunca llegaría a adulto, eso era malo; nunca llegaría de viejo, eso era bueno. Todo tenía sus pros y sus contras.

Al cabo de diez días empezaron a hastiarle los buñuelos y el chocolate, la tortilla de patatas y el conejo frito lo habían cansado antes. Una jornada se parecía terriblemente a otra. Había intentado establecer conversaciones con muchachas que se habían reído de él. ¡De él, que era un viajero del tiempo! Seguía encontrando placer en romper cosas y verlas arregladas al día siguiente, pero dudaba que ese placer durara mucho.

La noche del undécimo día sintió la necesidad de descubrir el momento del cambio. Un niño que viera sucederse interminablemente la noche de Reyes terminaría deseando contemplar el instante preciso en el que los Reyes le dejan los juguetes. Clemente llevaba once días asistiendo a la reconstrucción del mundo. Durante el día se deshacía el manto y por la noche alguien lo tejía. Él quería estar allí cuando sucediese. Cualquier cosa valdría. Una toalla que tirar al suelo debería volver por si sola al toallero. Una cuchara que doblara por la mitad se enderezaría. Los miles de fragmentos de un vaso de duralex se buscarían unos a otros para recomponer el todo. Decidió que lo haría en el water, el único sitio de la casa donde una luz podría pasar desapercibida, con un caramelo. Le quitaría la envoltura a un caramelo y cuando el mundo volviera para atrás varía cómo el caramelo se metía por su propio pie en el papel y se enrollaba de nuevo. ¿Lo vería? ¿Con qué luz? La luz del baño se apagaría porque la madrugada del domingo original la luz del baño estaba apagada. ¿Quién lo vería? No él porque la madrugada susodicha él estaba durmiendo. Reprodujo en su mente la situación: toda la noche esperando el suceso y de repente amanece en su cama oliendo a buñuelos. Otra vez buñuelos. Por lo menos, se consoló, sabría la hora exacta en el que se produce el cambio. Valía la pena perder unas horas de sueño.

Cuando todos se hubieron dormido se levantó de la cama, se metió en el baño, encendió la luz, se sentó en la taza del water, puso su reloj de pulsera en el lavabo y esperó.

A las dos y media tocaron a la puerta. Era su madre.

—¿Qué hacías?

—Estaba meando.

—¿Meando? —dijo su madre mirando dentro del water, donde no había ningún resto de orina—. ¿Meando, cochino? Si te tocas te vas a quedar ciego. Vete corriendo a la cama.

Trató sin existo de mantenerse despierto.

A la noche siguiente, si se puede llamar noche siguiente a la noche del mismo día, espió atentamente sus movimientos. La oyó entrar en el baño y volver a salir. Esperó un poco, un poco más. Cuando estuvo seguro repitió su despliegue estratégico. Sentado en la taza del water vio como el reloj marcaba las tres, las cuatro, las cinco, las seis, a las siete se levantó su padre. Tenía que afeitarse para ir al trabajo. A las ocho su madre los llamó a ellos. Era lunes. Tenía un examen de naturales y lo había olvidado todo.

También se había olvidado ese día de salvar al gato.

La primitiva

Esta no es la historia de Clemente, nacido el 7 de febrero de 1962 y fallecido el 1 de marzo de 1984 a los 22 años, como se puede deducir fácilmente por la simple resta de esos dos guarismos; aunque el perezoso que no se apreste a hacerla y mire la fotografía que sus padres escogieron para ornamentar su lápida pueda pensar que murió más joven, a penas a los dieciséis años. No encontraron una foto más reciente donde estuviera presentable. Si he traído algunos de los sucesos de su vida a colación es para explicar en qué circunstancias le tocaron a su hermano José Luis ciento cincuenta millones en la lotería primitiva.

Segunda carta: el pacto

El 2 de marzo de 1984, viernes, José Luis recibió una carta con su nombre escrito en unas impersonales letras mayúsculas que no levantaron sospechas. La carta había viajado poco en cierto sentido pues había sido depositada unos días antes en un buzón de la misma ciudad, pero mucho, muchísimo, en otro pues era, como descubrió conmocionado nada más abrir el sobre, de su hermano Clemente y a este lo habían enterrado el día anterior.

—Un momento —me interrumpe Emilia. Puedo creerme que un hombre desapareciera durante quince años, que alguien se reencarne, que un hermano gemelo sufra las experiencias del otro, que un niño repita el mismo día una y otra vez… yo también he visto la película, el día de la marmota, creo que se titulaba. Lo que no puedo creerme es que alguien escriba cartas. Las cartas dejaron de escribirse hace más de un siglo y esta es la segunda que aparece en tu historia.

—Y no será la última, querida. Existen cartas fechadas hace más de tres mil ochocientos años. El estilo epistolar es demasiado viejo e importante como para que jovenzuelas como tú lo pongan en peligro con sus conversaciones por el móvil y sus mensajes con faltas de ortografía. Así pues, veamos la carta.

Querido hermano —leyó. Te escribo esta carta para donarte mi herencia. Todo lo que poseo se encuentra cifrado en los seis números que verás al final de la presente. Te he escogido a ti, persona con la cual no me unen más que unos cuantos genes egoístas y ciegos, como un macabro reconocimiento del hecho incuestionable de no haber conseguido tener un verdadero amigo en todos los días de mi vida y mucho menos una mujer que me hubiera amado. Ahora es demasiado tarde. De todas formas no es malo, a la hora de la muerte, estar libre de ataduras. Me alegra no dejar a nadie que me busque llorando por los rincones de una casa. Pero incluso las personas que han llevado una vida ejemplar, cuando llega el declive, vienen a ser un fastidio para los suyos.

Una noche (tú estabas durmiendo y no te enteraste de nada, nunca te has enterado de nada) se me apareció el diablo. Debía de tener un ataque de bondad. Así como dios, de natural bueno, a veces se cabrea, por ejemplo: el diluvio, el diablo una vez cada siglo al menos necesita hacer el bien. Me ofreció un deseo a cambio de nada. Yo estaba congestionado y le pedí que me liberara de los mocos. ¿Te imaginas? Esa noche puede respirar a pleno pulmón. Como Diógenes pidiéndole a Alejandro que no le quitara la luz yo no necesitaba entonces nada más. ¿Quién no tiene su vida plagada de oportunidades perdidas? Ya sé. Tú José Luis. Eres la única persona que no tiene su vida plagada de oportunidades perdidas.

En mi relación con lo maravilloso me he portado como un provinciano. Excepto una vez que acabé yo solo con una sequía que duraba años invocando mediante conjuros que luego sería incapaz de repetir al dios maya de la lluvia, el terrible Choac, cuyo nombre es onomatopéyico, lo que me hizo pensar que era un auténtico dios, excepto esa vez todas mis incursiones por la región del milagro han sido estériles y azarosas. Realmente tengo poderes, pero al no poder controlarlos en nada se diferencian del azar. Una vez, cuando tenía trece años, repetí trece veces el mismo domingo, ese en que murió nuestro gato, y luego seguí como si tal cosa. Otra vez, era verano y la calle estaba desierta, me encontraba en el balcón aburrido pretendiendo cosas imposibles al estilo de un aprendiz de brujo. Levanté un camión con la sola fuerza de mi mente, levitó, flotó en el aire a más de un metro del suelo. Me asusté y lo dejé caer. Después he intentado hacerlo de nuevo sin conseguirlo. Más tarde empecé con la droga como ya sabes. Aquello era seguro y mejor, pero caro. Al final, como el de una persona respetable que paga una hipoteca y tiene hijos en la universidad, mi problema se convirtió en un problema de dinero. Necesitaba mucho para que el milagro fuera permanente. ¿Puedes entenderme?

Recuerdas cuando gané la bicicleta en la tómbola. Cientos de sobres colgados como ropa mojada y de pronto se hicieron transparentes, vi donde estaba el premio mayor. Dinero. ¿Por qué no sacarle dinero a este poder? Me vi haciendo quinielas como un paleto, tratando de adivinar, yo, a quien nunca le ha interesado el fútbol, qué equipo le ganaría a qué otro. Y mientras tanto daba sablazos a todo cristo, mentía y robaba. ¡Cuántas veces te he pedido prestado a fondo perdido! Eras mi mejor cliente. Aun conociendo la teoría de que la mejor forma de ayudar a un drogadicto es no darle dinero nunca tenías corazón para negarte. Ya que el comportamiento de los equipos de fútbol era imprevisible, traté de soñar los números de la lotería. Tuve la misma suerte.

La gota que colmó el vaso de mi desesperación cayó un día extremadamente soleado. Hemos tenido unos últimos meses del otoño espantosos. El uno de noviembre se helaban hasta los muertos. Diciembre fue más gélido aún, despedí el año envuelto en mantas, casi congelado en esta casa sin calefacción. Enero empezó a suavizarse y este febrero está siendo primaveral. ¿Te das cuenta? Ahora podría ser una persona normal, subir y bajar en los ascensores con mis semejantes hablando del tiempo. He cambiado mucho.

Hace apenas dos semanas toqué fondo. Siempre he considerado a los borrachos que se juntan en los bancos de la glorieta para compartir botella tras botella de vino peleón como el último peldaño de la escalera hacia el abismo. Meterse heroína en la soledad de una casa de huerta tiene un punto de romántico, pero esa comunidad del fracaso es degradante. No acostumbrado a la situación busqué un banco solitario para emborracharme a gusto. A los pocos minutos, atraído por el olor, acudió uno de los habituales. Sus manifestaciones de compañerismo y solidaridad me dieron nauseas. Yo me lo había buscado.

Al poco de llegar, mi colega descubrió un billete de dos mil pesetas doblado a los pies del banco. Me dio rabia no haberlo visto antes. Mortificado inventé un derecho de propiedad tan traído por los pelos que no me lo creí ni yo.

—Es mío —le dije—. Lo acabo de perder.

Al principio se lo tomó a chufla, pero luego, impresionado por mi gravedad y mi insistencia, y como le dijera que tenía pruebas y que estaba dispuesto a llamar a la policía, empezó a dudar.

—¿Qué pruebas tienes, tío listo?

—Me sé el número de serie del billete.

Entonces, ante su sorpresa y la mía propia, recité todos y cada uno de los números de serie del billete sin equivocarme en uno solo. Desconcertado me entregó el billete y se marchó muy serio. A los pocos pasos se lo pensó mejor, volvió, me dio una paliza y me lo quitó.

Sangrando por la nariz y con un ojo morado regresé a esto que llamo mi casa. Era una prueba más de la inutilidad de mis poderes. Estaba borracho, pero sobre todo estaba harto, decepcionado. Vomité. En la suciedad imperante, el vómito pasó desapercibido. Creo que fue entonces cuando invoqué la presencia del diablo. Toda esa parte está un poco confusa en mi mente. Creo que firmé un documento con mi propia sangre. Al día siguiente, en el polvo de la mesa del comedor, apareció la siguiente combinación de números: 1, 4, 16, 33, 40 y 45 y una fecha: ocho de marzo. Había vendido mi alma al diablo. Quizá exagero el efecto de la borrachera, cuando firmé lo hice sin que mi voluntad estuviese enajenada, ningún tribunal me absorbería. He jugado con fuego y me he quemado.

Ahora ya no me interesa el dinero, ni siquiera las drogas. El miedo es una droga potente, el miedo verdadero, auténtico, mejor que la metadona para desengancharte. He invocado a las fuerzas benignas, ellas me han sugerido palabras que no entiendo, símbolos mágicos que podrían funcionar si muero antes de cobrar la paga. El jueves 8 de marzo juega la combinación que te he dicho a la lotería primitiva, entonces sabrás que no miento.

Querido hermano, como todo testamento esta también es una carta de despedida. Quizá por haber vivido ese día más que ningún otro, recuerdo el domingo en que murió nuestro gato con una nitidez mayor. El José Luis al que hablo, independientemente de que ahora seas una buena persona, es ese muchacho que nos explicaba cómo se hacía el jabón y jugaba con papá al ajedrez. Y la imagen que quiero conservar de mí mismo es la del chico que leía todo lo que caía en sus manos. Pienso que si no hubiera tratado de descubrir la intimidad del milagro me habría podido quedar a vivir para siempre en ese domingo paradisíaco. A lo mejor no es demasiado tarde.

Cuídate.

La prueba

José Luis pensó que su hermano había muerto enloquecido. Pero era un hombre práctico y de mente abierta que aceptaba las pruebas. Veamos, se dijo, si la combinación sale premiada. Y la combinación salió premiada. José Luis se convirtió en creyente de las cosas fantásticas y en un hombre rico.

Después de caerle la lotería, empezó a comprender cuan extensa y necesitada era su familia y cuántos amigos, también necesitados, había reunido a lo largo de su vida. Aquel tenía una buenísima idea para un negocio, este necesitaba un piso nuevo o un coche. Cuando no era una operación urgente que la Seguridad Social demoraba, eran los estudios de un chaval que prometía. Todos lo buscaban para pedirle algo y cuando decía una vez que no, no importaba que hubiera dicho cien que sí, era el malo de la película. Empezó a construirse un chalet en el campo que le quitó el sueño durante dos largos años. Aquellos albañiles no sólo se pasaban el día bebiendo cerveza sino que encima tenían el descaro de pasarle a él la factura. Después del primer año exento de impuestos el gobierno también empezó a meter mano en su dinero. Fue un periodo negro. Siempre parecía que le debía algo a alguien. El diablo estaba ganando.

Al tercer año de ser millonario se deshizo de lo poco que le quedaba y reanudo su trabajo como vendedor de coches. Volvió a ser pobre y feliz. Relativamente pobre y feliz pues había invertido buena parte del dinero en la compra de inmuebles, que en aquel entonces no estaban tan caros, y el tiempo le devolvería esa inversión centuplicada. Tenía un chalet en el campo, otro en la playa y tres pisos en la ciudad. Con el alquiler de uno de los pisos pagaba los impuestos del resto de las viviendas. A los veintisiete años y tras esquivar a todas las muchachas que corrieron tras él con la excusa de su dinero (en realidad el dinero era lo que menos les importaba) necesitaba una mujer y unos hijos que disfrutaran su patrimonio.

Todo héroe desciende alguna vez a los infiernos, algunos ascienden con quemaduras y un susto en el cuerpo que no se les va nunca, otros, como José Luis, con casas en la playa. Otra cosa sacó del asunto, y fue su afición por lo esotérico. Nunca había sido creyente y ni siquiera ahora lo era, pero creía más que nunca en fuerzas sobrenaturales incomprensibles. Los deístas exigen a los ateos una explicación de los misterios, los ateos ciertamente no pueden dársela, de ahí infieren los deístas la existencia de dios. Como si dijeran:

Deísta: —Escondido en este bolsillo del pantalón tengo un elefante.

Ateo: —No lo creo.

Deísta: —¿No? ¿Entonces qué llevo?

Ateo: —No lo sé.

Deísta: —Luego un elefante. Demostrado.

El jugador de damas, 17


Antonio Aledo Sarabia (Orihuela, 1956) estudió filosofia en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia y es funcionario del Servicio Valenciano de Salud. Ha publicado relatos en revistas nacionales como Ánfora Nova, Calandrajas, Empireuma o La Lucerna. En 1991 fue primer premio del Concurso Internacional de Poesía Miguel Hernández con el poemario Recuerdos del jardín de las Hespérides (1992). Tiene varios poemarios inéditos (El infiernillo, Sobre fantasmas y Sobre los altos hombros), participa activamente en la obra coral El murmullo, editada en formato digital por M. Susarte y es autor de la novela El jugador de damas.


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