/ por Antonio Aledo Sarabia /
Cuarta carta: continúa la historia de Lucila
De Andrés Tejero a José Luis Abad
Salud
Así empezaban los romanos sus misivas. En mi pueblo aún se emplea la fórmula: Espero que al recibo de ésta estés bien, yo bien gracias a dios. En el fondo son iguales, de las dos maneras se desea la sustracción del amigo de las garras de la enfermedad. ¿Te has dado cuenta que la palabra saludo se compone de la palabra salud más una o que la enmascara? Un escritor que murió hace poco de cáncer formulaba la siguiente ecuación: salud más literatura es igual a literatura, enfermedad más literatura es igual a enfermedad. Tenía razón. Te digo esto porque la semana que viene me hacen una biopsia y temo que encuentren lo peor.
Este es el estado en que se encuentra el narrador de la historia. Hay que tenerlo en cuenta. Como hay que tener en cuenta el contexto en el que se desarrolla. Lucila nació en el año 286 después de Cristo en el seno de una de las familias más ilustres de Roma, la familia Flavia. No, no bromeo. Cuando Lucila vino al mundo Roma era aún capital de imperio y su padre miembro de un Senado que, frente al poder omnímodo del emperador, no tenía otro prestigio que la catadura moral de cada uno de sus miembros. Por esas vueltas que da la vida, que unas veces quita y otras da hasta que la cuenta final sale cero, ese padre, descendiente del emperador Tito, el cual sofocó la revuelta de Judea destruyendo después la ciudad de Jerusalén y el templo de Salomón, se había convertido al Cristianismo.
La afirmación anterior le supone a Lucila una edad de 1698 años, edad, desde luego, que está muy lejos de aparentar.
Ella pudo nacer realmente en Roma a finales del siglo III y a los dieciocho años, una mañana calurosa de mes de Julio, desaparecer de allí, caer en un agujero espacio—temporal como un actor en un teatro baja por el escotillón abierto en el escenario y reaparecer en Murcia diecisiete siglos más tarde. A mí, personalmente, no me gusta esa posibilidad. A pesar de la extraña peculiaridad de mi cerebro, que no es más sorprendente que el de aquellos que pueden retener grandes cifras en la memoria o hacer operaciones matemáticas increíbles, he aprendido a considerar el universo como un mecanismo de precisión sometido a leyes inmutables. No creo en el infierno ni en el cielo. Cuando muera, y ahora veo la muerte muy próxima, confío en el descanso supremo de la inconsciencia. Si a estas alturas pusiera en cuestión la física todo sería posible, como en las pesadillas y eso me llenaría de pánico. ¿Quién me aseguraría entonces que no puedo convertirme en una cucaracha como en el cuento de Kafka? O en algo peor. A pesar de que el mundo no va muy allá es mejor dejarlo como está.
La otra alternativa, más de mi agrado, es suponer que todo se ha desarrollado únicamente en su mente. Alguien de pequeña le habrá enseñado latín, también sabe leer y hablar perfectamente el griego, alguien la habrá interesado por las persecuciones cristianas en la época de Diocleciano y su cerebro ha hecho el resto; en una especie de locura psicótica se ha inventado todo lo que yo he visto en sus sueños de una forma tan precisa que ha llegado a creerlo suprimiendo cualquier otro recuerdo. También es absurdo, pero nos aleja de la posibilidad de convertirnos en cucarachas gigantes.
De una u otra forma el pasado de una persona es el que tiene en la cabeza y reconoce como suyo, poco importa su origen, sea real o sea inventado es el que es.
Lucila abrió los ojos al mundo en una época de cambios. El emperador Diocleciano, cuyo padre había sido esclavo, y eso ya es un cambio teniendo en cuenta que durante mucho tiempo el imperio había sido hereditario, debido a la dificultad para gobernar un territorio tan extenso, dividió el poder con un amigo suyo llamado Maximiano, nombrándolo augusto y encomendándole el control de la parte occidental de sus dominios. Eso ocurrió en el 286, año del nacimiento de Lucila. Siete años más tarde se produjo una profunda reforma administrativa. Fue tal el borrón y cuenta nueva que Maximiano, que había adoptado a Constancio Cloro nombrándolo cesar, trasladó la capital de occidente a lo que hoy es Milán. Por su parte Diocleciano, que había adoptado y nombrado a su vez cesar a Galerio, instaló la capitalidad de oriente en Nicomedia, una ciudad de Asia Menor. Así se instauró la tetrarquía: dos augustos y dos cesares. Se fraccionó el imperio en 101 provincias, agrupadas en 12 diócesis, tres diócesis bajo la influencia de cada uno de los jerarcas. Se dictaron leyes tendentes a controlar la vida económica; el Edicto de Diocleciano o del Máximo en el 301 fijaba los precios máximos a los que podían venderse las mercancías y los salarios que se podían percibir en todo el imperio; y más tarde, en el 303, en su afán de fiscalizarlo todo, incluso las almas de sus súbditos, se prohibió la práctica del cristianismo y se inició una despiadada persecución de sus acólitos, la más violenta de todas, precisamente unos pocos años antes de que Constantino, el hijo de Constancio Cloro, declarara el cristianismo religión oficial. La persecución fue como un grano infectado, más virulento cuanto más cerca está de estallar y curarse. En el año 304 el grano tenía un aspecto muy malo. Pero no adelantemos acontecimientos.
En una época revolucionaria Lucila fue también una muchacha revolucionaria. No por el hecho de ser cristiana. Sus padres y buena parte de los clientes de su padre lo eran. En trescientos años, el cristianismo había hecho metástasis en todo el cuerpo social hasta el punto de que operar resultaba inútil. El estoicismo le había allanado el camino. A emperadores como Adriano sólo les faltaba creer en pequeños detalles como la divinidad de Cristo para llamarse cristianos. Fue él quien prohibió a los amos disponer a su antojo de la vida de los esclavos. El padre de Lucila ya no tenía esclavos sino asalariados, gente libre que trabajaba por un jornal justo. Desde muy pequeña ella había mamado la religión del amor al prójimo; incluso a los enemigos, le habían dicho, porque si amáis a los que os hacen bien ¿qué merito tenéis? ¿Acaso no hacen lo mismo los publicanos? Amad a vuestros enemigos. Ese precepto fundamental la atraía y la asustaba como un animal peligroso y fue objeto de muchas polémicas con su preceptor, un tal Lactancio, un maestro de origen griego que le enseñaba tanto a leer a Homero como a estudiar los evangelios ¿Se puede amar realmente a los que te hacen daño?
Lo especial de Lucila era su carácter y una especie de feminismo muy adelantado a su época. En esos recuerdos podrían los defensores de la segunda opción, los que se decantarían por suponer su historia el producto de una mente enferma, encontrar apoyo. Su actitud general ante la vida es más propia de nuestro siglo. No es normal que una muchacha romana, cuya edad de contraer matrimonio rondaba los quince años, y más de su condición y su hermosura, permanezca soltera cumplidos los dieciocho, no es normal que siga estudiando después de los doce. Pero Lucila no es lo que se dice normal.
Recuerda perfectamente el día que entró en el jardín una serpiente enorme que asustó a todos sus compañeros de juegos. Eran niños llamados a luchar contra los bárbaros y a apuntalar el imperio, sin embargo huyeron despavoridos; ella se abalanzó imprudentemente hacía el ofidio, por suerte la serpiente resultó no ser venenosa, y la cogió del cuello. Tenía tanto miedo como los muchachos, pero no quería que nadie la despreciara por ser chica. Su maestro le había hablado del pueblo mitológico de las amazonas, las mujeres guerreras, quién sabe si soñaba con ser la primera mujer que mandara una legión. Desde luego arrojo no le faltaba. En todos los juegos físicos se empecinaba tanto en vencer que al final acababa lográndolo. Pronto dejó claro a su padre que se casaría con quién ella escogiera y cuando le pareciera oportuno. Él no se atrevió a discutirlo, menuda era cuando se enfadaba.
José Luis pensó que en el poco tiempo que la conocía nunca la había visto enfadada. No se la imaginaba enfadada.
Por lo demás, siguió leyendo, era un pedazo de pan, tan generosa que cuando no podía darlo todo tenía problemas de conciencia. Para muestra esta estampa del álbum de sus recuerdos. Acababa de cumplir dieciséis años.
Por la noche ha tenido un sueño. Se le ha aparecido el dios de los cristianos y le ha dicho: bienaventurados los ricos porque pueden escoger la pobreza, bienaventurados los amos porque pueden escoger la servidumbre. Ella tenía que purgar un pecado. El día anterior, un patricio joven e inteligente, sofista descarado, con una sonrisa burlona en los labios, en el patio, tras recibir por enésima vez la primicia de su cristianismo, le propuso amablemente que le entregara su virginidad como prueba de amor al prójimo. Yo deseo tu cuerpo, le dijo, ¿no sería cruel negármelo? Ella reconoció lo acertado del razonamiento. Guardaría su virtud como un pecado. Esperaba hacerse perdonar con la oración por el dolor que le infringía. Escogería una vida de sacrificio para compensar la maldad de no entregarse a todo hombre que la requiriera. Estas palabras sonaron como broma, pero en el sueño se veía a sí misma cortando las manos que se tendían hacia ella, un montón de manos se extendían limosneras, suplicantes, y ella las cercenaba. Las palabras del joven resonaban en los rincones de su sueño: sólo quien se da a sí mismo da algo importante, lo demás es calderilla. ¿Yo sería importante para ti si fuese fea?, contestaba ella. Sólo los que tienen pueden dar. Se reflejaba en un espejo, su imagen se quedaba atrapada en su superficie y ella la ofrecía, los hombres con el espejo grabado se sentaban en el suelo y, tras observarlo un rato, lo rompían. Esto es un fraude, exclamaban. Luego una voz la llamaba desde un enorme resplandor: Lucila, coge tu cruz y sígueme. Ella buscaba su cruz por los cajones. Entraban grupos de jóvenes, cada uno la cogía de un brazo y tiraba de ella como en el juego de la cuerda. Coge tu cruz y sígueme. Allí estaba, su cuerpo era su cruz. Se sintió liberada de un peso, casi flotaba, unos ángeles encadenaban a los hombres, una vez asidos ella los alimentaba, les curaba las heridas. Ahora despierta, reflexiona sobre la cruz; la tarde anterior, bromeando con su amigo, ella había cerrado los ojos y abriendo los brazos le había dicho: está bien: tómame. Él se había excusado. ¡Esa cruz de su cuerpo ofreciéndose con una sonrisa al sacrificio!
Lucila a los diecisiete años pensaba en la muerte con esa forma absoluta que tienen los adolescentes de pensar en ella: ahora estoy, ahora no estoy; tan catastrófico que justifica la fascinación que despierta. No quería morir. Los que hemos llegado a cierta edad nos damos cuenta que morir es un proceso lento de perdidas constantes que acaban en la pérdida de la consciencia como una más entre muchas. Es, como si dijéramos, el último billete de una fortuna quebrantada. Lucila pensaba que la muerte le arrebataría toda la fortuna de golpe y por eso la quería guardar en el banco del más allá. También creía, como le había enseñado su maestro, que los pobres y los sufrientes son bienaventurados. Es otro efecto secundario de la juventud, se sentía tan importante por lo que era que nada de lo que poseyera podía aumentar o disminuir un ápice su valía. Y pensaba que todo el mundo era así. Su cristianismo tenía pues unas bases biológicas. Este profundo convencimiento unido a su hermosura y a su gracia le habían granjeado un caudal enorme de fama y buena reputación entre la comunidad de los fieles, era, por así decirlo, su abanderada. ¿Te has dado cuenta de que nunca escogen como reina de las fiestas a la más fea? Es la vida.
Aunque no lo hubiera visto en el sueño de muchas mujeres tendría la convicción de que la sexualidad femenina es más reposada. A los dieciocho años Lucila no tenía la imperiosa necesidad de masturbarse dos o tres veces al día como los jóvenes de su edad del sexo opuesto. La mayoría del tiempo era dichosa con la sola plenitud de su espíritu, y si en algunos momentos experimentaba una carencia incomprensible, una falta de algo que la llenaba de inquietud, lo atribuía a la imperfección de una existencia que sólo alcanza su saciedad en el cielo. Sus experiencias sexuales habían sido prácticamente nulas. Lo digo porque esta es una historia, por más que me pese, de sexualidad.
Volvamos primero a la realidad de la época. Las persecuciones a los cristianos por parte del imperio fueron más políticas que religiosas. Los romanos tuvieron manga ancha para los cultos extranjeros, pero no podían consentir que hubiera una multitud de personas organizadas dependientes de un poder ajeno al del emperador. Olvidadas las acusaciones de canibalismo e incesto de las primeras épocas, dos eran las faltas que se les achacaban: pertenecer a un colegio o corporación ilícita y no ofrecer sacrificios a la figura divinizada del cesar. Ambas eran ciertas. En resumen: un pulso entre el estado y la iglesia.
En Roma, como en otros lugares, el cristianismo se respiraba en el aire, era silbado por los criados, lo reflejaban los espejos, lo componía el sonido de los cascos de los caballos. Allí la persecución fue encarnizada y estúpida. El odio tiene un sueño ligero y despierta pronto. Si la pugna se localizaba entre una maniobra política del emperador con todo el aparato ejecutivo por un lado y la comunidad cristiana por el otro, para el tercero en discordia, la población no creyente, se resumía en una especie de situación de saqueo; se encontró de la noche a la mañana con que su vecino le era entregado maniatado para satisfacer cualquier venganza, envidia, deseo o frustración personal. Si un hombre había deseado infructuosamente a una cristiana era el momento de conseguirla porque, entre la lascivia dominante, la castidad era inequívoca muestra de cristianismo, por lo que la corrupción de la inocencia era considerada como un servicio al estado. Si un pagano deseaba las tierras de uno de ellos o quería evitarse competencia en los negocios o vengar el asqueroso espectáculo de decencia que aquel le daba tenía el terreno abonado. Unos pocos apostasiaron por miedo a morir pero los más aceptaron el suplicio por la fe que los animaba. Pronto empezaron a correr historias asegurando que los tormentos no causaban dolor a los que tenían fe, lemas como que la aniquilación del cuerpo era la salvación del alma y otras cosas por el estilo. Incluso milagros como el de Eufemia, la cual se conservó virgen porque la mano del juez que la iba a violar se secó en el acto y cuando, resentido, mando reunir a los jóvenes más libertinos de la ciudad para que abusaran de ella hasta matarla, estos se convirtieron uno por uno al verla orar y oír sus palabras.
Aunque quiero pensar que fueron más los ciudadanos que se estremecían al ser informados del encarcelamiento de su vecino, de su amigo o del profesional cuyos servicios demandaba. He comprobado en mi ya dilatada vida la abundancia de las personas honradas en relación con las otras y también, por desgracia, cómo éstas, las malvadas, van ocupando astutamente los lugares más notorios.
Ulpiano ha dormido una larga siesta. Despierta pasadas algunas horas del mediodía. En la calma de la habitación cálida, en penumbra, se cuelan trinos de pájaros y un barullo de gente tranquilizador. Los hombres, como en puntillas, en esa luminosa tarde de un verano que empieza, mueven las cosas de aquí para allá y ese movimiento es una garantía de que la vida sigue y es cómoda.
Ulpiano es un magistrado de cierta edad. Cuando era joven escribió en el margen de unos apuntes de derecho político: “nunca transigir con la injusticia”. Eso fue cuando era joven, cuando aún no se tienen demasiados recuerdos y uno podría vivir en cualquier parte y de cualquier forma. Esa es la fuerza de la juventud, ahí reside lo que los adultos consideramos renuncia. Nosotros no podríamos vivir sin nuestras comodidades, ellos sí. No han tenido tiempo de dejarse esclavizar por el hábito, de la nada han pasado a la vida, de ser niños a hombres, todo en muy pocos años. Pueden seguir cosechando diferentes modos, nunca transigir con la injusticia aunque eso suponga el cataclismo de su mundo, pero ¿cuál es su mundo? Los jóvenes pueden vivir y crecer entre las rendijas de las losas que pavimentan Roma, la ciudad, el Estado del que hablaba el texto. El texto trataba de justificar la condescendencia del legislador ante la injusticia por razón del bien común.
Yo no veo culpa en estos hombres, murmura, porque también ha leído los libros de los otros. Pero ya es viejo, tiene una casa, esclavos. Ha atesorado riquezas en este mundo y está atrapado, ya no escribe en los márgenes de nada, ahora es él, junto con otros como él, quien dicta los textos. Las injusticias a veces son necesarias, le dice al recuerdo desvaído del joven que fue.
Ulpiano ha recibido el edicto que lo conmina a la persecución. No sé si tiene la rarísima facultad de la adivinación o la aún más rara del raciocinio, lo cierto es que, en estos momentos, a la hora de elaborar un plan, una pitonisa que vive en su cerebro le susurra: esta puede ser la última persecución de cristianos o puede no serla. Las pitonisas nunca se comprometen demasiado con sus oráculos.
Una persona razonable siempre se pone en el peor de los casos, de esta manera está preparada para afrontarlos ya que los casos buenos se afrontan solos. Si la situación cambiara radicalmente, si diera un giro de ciento ochenta grados… Ulpiano no se cree la doctrina del amor a los enemigos que predican. La oposición es muy fácil, el poder no. Tiene que nadar y guardar la ropa.
Esperaron los cristianos más de doscientos años el retorno de su dios, pletórico de fuerza y de justicia, rodeado de legiones de ángeles. Me voy pero volveré, les había dicho, y ellos creían que un plazo razonable era pasado mañana, por eso estaban siempre como en vísperas y era fácil cogerlos, torturarlos, tan fácil como difícil era hacerlos renegar ante unos oídos que estaban ahí. Quizá llegara dios en el mismo momento en que el verdugo iba a encender la hoguera, quizá se interpusiera entre las garras del león y su cuello en el preciso instante en que el león saltaba. ¿Cómo resistirse entonces y exponerse a que dios los pillara en esa renuncia?
Durante el siglo III eran otros los aires que corrían por la Iglesia. Nadie se atrevía a confesarlo, pero todos pensaban: esto puede durar, va a ser larga esta lucha. Y este pensamiento colectivo desembocó en la implícita determinación de construir una nave sólida para no hundirse en las aguas del paganismo mientras esperaban. Es posible que resistan todavía el martirio sin revelarse, aunque esta vez lo harán por vergüenza, por orgullo, por no ser menos que aquellos mártires que cantaban más felices cuanto más sufrían. Un huevo de rencor se puede estar fomentando en el nido de sus almas ahora que tienen que vivir en este mundo. No conviene lanzarse a una injustificada masacre, pueden convertirse de perseguidos en perseguidores. La otra lengua de lava que avanza es su número creciente. ¿Qué pasará el día en que yo mismo sea cristiano, cuando ordene al carcelero encarcelar y éste sea cristiano, cuando el verdugo lo sea y el soldado? ¿Qué pasará cuando el mismo emperador se convierta? Conviene se prudente.
Así meditaba Ulpiano. Nueve años después se promulgaba el edicto de Milán. Ejércitos con la cruz en sus escudos habían vencido a sus enemigos. Los soldados no habían puesto la otra mejilla.
Lactancio, el pedagogo, hacía honor a su nombre en dos sentidos, siempre iba escrupulosamente de blanco y daba de mamar a sus alumnos la leche del conocimiento. La tarde antes de que se llevaran a Lucila discutía con ésta los peligros de su permanencia en Roma. Todos le habían aconsejado, también él, que huyera porque dada su notoriedad era inevitable que siguiera pronto los pasos de tantas jóvenes martirizadas: Águeda, una virgen siciliana a la que un cónsul rechazado hizo prender y torturar, pidió expresamente que le cortaran los pechos y se los presentaran en una bandeja; Eulalia, una muchacha de Barcelona, a la que le desgarraron la carne y arrancaron las uñas, quemaron los costados con fuego y luego crucificaron; Engracia, que de camino a Francia se encontró en Zaragoza con el más cruel de los suplicios, la arrastraron por la ciudad atada a la cola de un caballo, después los verdugos desgarraron su carne con garfios, le sacaron el hígado y le cortaron un pecho, ¿quería ella que le pasara algo parecido? Lucila no sabía muy bien qué era y para qué servía, ignoraba en qué parte del cuerpo se encontraba, quizá por eso mismo lo que más la aterrorizaba era que le sacaran el hígado, debía ser muy doloroso. No quería, naturalmente, pero ¿qué podía hacer? Para huir de dios no necesitaba irse al campo y esconderse en un zulo excavado en el establo bajo las vacas, para huir de dios bastaba con sacrificar al emperador, decir yo no creo en Jesús era suficiente, pero era imposible. Había leído un poema:
El que se enfada con su mujer tiene dos opciones
El divorcio o la reconciliación
El que se enfada con sus hijos tiene dos opciones
El repudio o la reconciliación
El que se enfada con Dios sólo tiene la
reconciliación
Porque, decidme, ¿cómo os podéis marchar
De la casa de dios?
No es que ella no quisiera huir, no es que no le asustara el tormento. Es que estaba atrapada en dios como en una jaula. Además, terminó diciendo, cuentan que Eulalia sonreía cuando le arrancaban las uñas.
Lactancio estuvo a punto de decir: yo de ti no contaría con eso, pero se calló. Se había dado cuenta de que su posición era inamovible y no quería desmoralizarla. El tormento, después de todo, no es tan malo como se cree, pensó, en eso se parece al placer, del cual es su reverso. Ambos tienen una medida, colmada la cual no puede seguir aumentando.
A la mañana siguiente vinieron los soldados de Ulpiano, el padre de Lucila los invitó a pasar con amabilidad, pero ellos dieron gritos y rompieron los cristales de las vitrinas. El ruido de cristales rotos la hizo despertar sobresaltada. Cuando aterrizó en la realidad y comprendió que había llegado el momento lo único que deseó fue tener tiempo para lavarse. No quería que el verdugo que le sacara el hígado pensara que descuidaba su higiene. Entraron en la estancia los soldados que habían apabullado la casa como un huracán y al ver a Lucila se apaciguaron. Milagro, dijeron después los sirvientes. No hay tal. Ante una mujer muy bella los hombres se sientes sobrepasados, se apocan, se vuelven tímidos, no saben dónde mirar. No hay nada sobrenatural en ello. Cuando ella ordenó al cabo que mandaba la tropa que esperara, que tenía que ir al baño, él bajó las orejas y acató la orden.
La mazmorra donde la llevaron era fría y solitaria, las paredes rezumaban humedad como si se tratase de una cava donde se guardan los vinos. Una hora antes había tenido que decidir qué ponerse. ¿Qué se pone una chica cuando va al tormento? Como estaban a principios de Julio había escogido un traje de lino sin mangas ajustado a la cintura por una pretina. Su madre, por inercia, como siempre que salía de viaje, le había recomendado que llevara algo de abrigo y ella, también por inercia, no le había hecho caso. ¿Te imaginas, amigo José Luis, ir al patíbulo con la rebeca bajo el brazo? Ah, pero en este caso hubiera sido de provecho. Al rato de estar allí, en el calabozo, Lucila tiritaba como una profesional, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. Quizá el castañeteo de sus dientes emitiera un mensaje en un código que aún no se había inventado. Tengo frío y miedo, decía. El frío lo pudo mitigar con una manta vieja que cubría el jergón destinado a su sueño ¿la torturarían durante más de un día? el miedo, una vez desaparecido el frío, se hizo omnipresente. No podía dejar de templar.
Pasó tanto tiempo allí que una estalactita empezó a formarse en el lado más húmedo de la celda. Lloró y cuando se quedó sin lágrimas se había hecho de noche y otra vez de día. Por un tragaluz alto con gruesos barrotes, entraba, como si hubiese tenido que salvar un sinfín de obstáculos, una luz fatigada. Ella empezó a percibir el cubículo como algo conocido, la pequeña mesa de madera con el taburete, la bacinilla en el rincón, el camastro sin patas, la puerta reforzada con hierros, la pequeña ventana inaccesible, había pasado horas mirando todo eso. Con que no viniera nadie a hacerle daño podría sentirse feliz.
Junto con la claridad se filtraba por el ventanuco, que debía dar a un patio interior, una salmodia de quejidos. Eran quejidos rancios, caducos, como si se hubieran pasado de fecha. El que los profería debía estar tan cansado de sufrir que ya no ofrecía credibilidad alguna. Lucila venció la tentación de taparse los oídos con las manos como si escucharlo fuera una manera de consolarlo. La única. No pensaba llegar a tener un dolor tan viejo. Dudaba si eso era mejor o peor para ella, creía que mejor pero no estaba segura. Se imaginaba en las próximas horas un dolor tan concentrado que no podría sobrevivirse. Ese dolor la asustaba. ¿Y su fe? ¿No debía su fe liberarla del miedo? No. El mismo Jesucristo estaba asustado la noche antes de su calvario. Imaginaba los azotes, la corona de espinas, los clavos en las manos y los pies, el agotamiento de una postura imposible en la cruz. No quería todo aquello. Si es posible pase de mí este cáliz, dijo Lucila entre dientes. Aunque ya sabía la respuesta.
Su vecino llevaba horas emitiendo un lamento de bajo consumo que no tenía apariencia de acabar nunca cuando, coincidiendo con el sonido de pasos en el corredor y un tintinear de llaves, se paró de repente. El muy iluso creía que si se callaba se olvidarían de que estaba allí y pasarían de largo. Lucila también aguantó la respiración. Cuando oyó que una llave se introducía en la cerradura de su puerta creyó desmayarse, su corazón empezó a latir con fuerza, su cuerpo empezó a segregar esas sustancias analgésicas que segrega cuando se encuentra en peligro; pero ya sabrían ellos, que eran expertos, hurgar allí donde esas sustancias no llegaban. Gruesas lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas.
El carcelero que apareció en el umbral era un hombre rechoncho cuyas ropas parecían tener la doble función de cubrirlo y de servir como trapos de cocina, el olor que emanaba de sus axilas era tan fuerte que algunos reos confesaban cuando se aproximaba a ellos creyendo equivocadamente que esa era la tortura, su boca halitósica no tenía un solo diente sano y el sudor que lo cubría era sólido, como si tuviera el cuerpo embadurnado con manteca. No estaba casado y más de una vez, sin que nadie lo supiera, había realizado coitos rápidos y apasionados con mujeres muertas. Cuando entró echó a Lucila una mirada de entendido. Esperaba sinceramente, casi amorosamente, que no la quemaran. Se imaginó su cuerpo maleable por la docilidad de la muerte y sintió un cosquilleo en la entrepierna. Pero esos brutos casi siempre me las dejan hechas un asco, se lamentó.
Las crenchas grasientas de su cabeza subrayaban una calvicie que de otro modo hubiera sido más discreta. Su cara estaba repleta de barros infectados y tenía la estatura límite para no parecer más ancho que largo. En medio de toda esa fealdad, como dos piedras preciosas perdidas en una letrina, dos ojos verdes de una claridad prístina hicieron concebir a Lucila la esperanza de que la miraba bondadosamente. Esa mirada, unida al hecho de que aquel hombre no era más que el encargado de repartir la comida, lo convirtieron en un ser adorable.
Comió con apetito una especie de gachas confeccionadas con trigo porque de alguna forma se había convencido de que por la tarde no trabajaban los torturadores y que la dejarían en paz hasta el día siguiente. Serían las seis cuando en la celda contigua, donde se habían reanudado los ayes, se oyó cómo se llevaban al hombre para la sesión vespertina. Sacando fuerzas de flaqueza opuso una resistencia desgarradora. Si esas súplicas no eran capaces de enternecer a los verdugos nada sería capaz de hacerlo. Lucila se desengañó y temió que vinieran a por ella de un momento a otro. Sólo cuando la oscuridad empezó a borrarlo todo se sintió segura, como si las tinieblas fueran una muralla.
Una muralla desde la que saltar al vacío. No quería dormirse. Cada hora que la separaba de la mañana era la pieza de una coraza que la protegía pero, ay, se iba despojando de ellas demasiado deprisa. Un caracol sin su concha sería menos vulnerable, el roce de la manta con la que se cubría le hacía daño, el sonido distante del canto de los grillos la asustaba, que alguien le tienda una emboscada al sol, la mañana estará llena de agujas. ¿Por dónde empezarían? No quería pensarlo. Habían empezado dándole esa noche para que ella misma se atormentara, en su mente se metía cuchillos bajo las uñas, se estrujaba los pezones con unas tenazas, tendida boca abajo se despellejaba la espalda, se sacaba los ojos con una cuchara, se cortaba la lengua, se metía un sacacorchos por la nariz hasta llegar al cerebro, se introducía cristales rotos por la vagina, era una torturadora capaz, habían hecho bien en dejarla sola consigo misma. No podía más, necesitaba dejar de pensar, refugiarse en la oración, en el consuelo de su fe. Bienaventurados los que sufren.
El canto del grillo se había transformado y ahora parecía, también lejano, un pájaro. La oscuridad era tan completa que se había vuelto luminosa. ¿o era… ¡Dios mío, no!… la mañana? Efectivamente, se había quedado dormida sin darse cuenta y ahora despertaba. Durante el sueño un ángel, que había tenido cuidado de borrar sus huellas, debió infundirle un valor del que carecía la noche anterior pues su primer movimiento fue de resolución: ya estoy preparada, empecemos. Siempre un poco por delante de la realidad, su mente adelantaba ahora los goces del paraíso. Su recompensa sería la eternidad. Estaba ansiosa. Quiso llamar a sus verdugos: perezosos, ¿os pagan para que durmáis? No veía llegar el momento y se clavaba las uñas en el antebrazo para ir adelantando faena.
Como si sus ruegos hubieran sido escuchados se oyó la llave forzar la cerradura y la puerta se abrió cansina.
Yo a Lucila, a pesar de haber estado muy poco tiempo con ella, la quiero como a una hija. Por eso no puedo contar con pelos y señales lo que le hicieron en las siguientes horas de la mañana. Hemos llegado demasiado lejos para callar ahora —te dirás—. Hemos gastado tinta, papel y tiempo describiendo cosas que podría haber leído en cualquier libro de historia y ahora, cuando por fin llegamos a lo que me interesa ¿sólo voy a obtener silencio? No puede ser, espero que sea una broma. No, no es una broma. Una persona tiene derecho a su intimidad, ni aún los matrimonios mejor avenidos hacen juntos sus necesidades. De todas formas, y siguiendo el ejemplo, cuando la mujer de uno se encierra en el retrete uno sabe con poco margen de error lo que está haciendo, las posibilidades no son muchas.
A Lucila se la llevaron dos jóvenes atractivos. Ella pensó: me van a torturar dos ángeles. Eso no tenía sentido, era algo que no concordaba, como un reloj de pulsera en una película de romanos. La trasladaron a una habitación con seda en las paredes, la ataron a una cama y practicaron con ella el sexo durante tres horas con tal suavidad que ni siquiera cuando la desfloraron le hicieron daño. Tuvo varios orgasmos. Ella no quería tenerlos, pero tampoco hubiera querido sentir dolor si la partida se hubiera jugado con otras cartas. ¿Qué le hicieron exactamente? Puedes sacar una selección de películas pornográficas del video club y podrás hacerte una idea. A las tres horas todo necesariamente se repite. Lo que se le puede hacer a una mujer es limitado. Basta decir que lo hicieron contra su voluntad.
Sería la una cuando la devolvieron a su celda. Se sentía cansada, como debe sentirse una pista sobre la que han corrido muchos atletas, y avergonzada; avergonzada por lo que había pasado, avergonzada por lo que pensaría de ella su familia y sus amigos cuando supieran lo que había pasado y, sobre todo, avergonzada por la felicidad que la inundaba. Bajo el reproche a su dios por haberla privado del martirio se escondía un agradecimiento infinito.
Como si los muchachos que se habían turnado sobre ella quisieran agradecerle su entrega le enviaron una comida suculenta adornada, en un búcaro, con un ramo de rosas. Encima tenían detalles. Lucila comió con apetito y se echó la siesta. Por la tarde, las quejas renacidas en la celda de al lado la hicieron desmoronarse y se pasó llorando hasta la noche. Se sentía sucia, quería morirse. Acarició la idea de colgarse de los barrotes con un jirón de manta, pero los barrotes estaban demasiado altos y el suicidio era un pecado. Ella no había pecado por la mañana ¿o sí? Cuando estaban trabajándola había rezado a Cristo para no sentir nada, pero el demonio había ganado, lo cual indicaba que ella no era buena.
La cena también era sabrosa y opulenta, se habían acabado las gachas de trigo, ahora era la entretenida de dos jóvenes importantes y velaban por ella. Arrojó la cena contra la pared y lamentó no haber hecho lo mismo con la comida. Estaba furiosa. Si al día siguiente alguien intentaba besarla o ponía algo alargado delante de su boca lo iba a lamentar. ¡Dios! Se sorprendió haciendo planes para el día siguiente.
Cuando se despertó sorprendió a un sueño que trataba a toda carrera de escapar de su mente y huir. Era un sueño bueno, de cuando ella era libre y feliz, un poco disparatado como todos los sueños (se mezclaban lugares y personas), pero bueno. Lo cogió del rabo y lo atrajo hacia sí ¿a dónde crees que vas? Lo metió en una jaula. En su situación no podía permitirse dejarlo marchar. En el sueño, aunque con otras caras, incluso con otros cuerpos, salía Flavio, su amigo, Lactancio, su maestro, sus padres. En el jardín de su casa las rosas en lugar de rosas eran palmeras.
Se desperezó. No haber cenado la había dejado más ligera que de costumbre. Sentía que podía volar. Si los barrotes del tragaluz no hubieran estado tan juntos lo habría intentado. Cuando se volvió a mirar otra vez al sueño éste ya no estaba. Había cortado los barrotes con los dientes y se había fugado. No podía estar, como ciertos animales, en cautividad.
A las ochos, precedido por los heraldos de su olor, el carcelero le llevó el desayuno. Aunque la mugre que lo recubría era un día más vieja se encontraba a sí mismo limpio porque se había pasado cinco minutos peinando sus cuatro pelos delante del espejo. Los había echado hacia la frente, los había echado para un lado y para el otro. Al final se encontró más atractivo con ellos para atrás. Sonrió a Lucila y le deseó un buen día. Cuando hubo pasado el recuerdo de sus dientes podridos se bebió la leche ¿de qué serviría una huelga de hambre?
Una hora más tarde aparecieron sus violadores. Esta vez otro joven, igualmente bello, los acompañaba. La tarde anterior debieron reclamar refuerzos al ministerio de la guerra, debieron informar por escrito lo dura que había sido la batalla.
Lucila trató de dialogar con ellos, apelar a sus buenos sentimientos, pero a la primera palabra la amordazaron. En un momento, las dos armas que había velado por la noche, el discurso convincente y, si este fallaba, los dientes afilados, se habían quedado mellados. Se la llevaron a rastras pues, en el último momento, ejerció su derecho al pataleo.
La sesión fue más larga y, si cabe, más vil. Al final le hicieron las cosas por las cuales la ciudad de Sodoma fue destruida, cosas nada agradables a Dios. Por fin, aunque trataron por todos los medios de no hacerlo, le hicieron daño. No como si le hubieran sacado el hígado ni como si le hubieran arrancado las uñas, eso no, no podría ese dolor figurar en el Acta de los Mártires, pero algo de daño sí y, aunque en total había tenido más orgasmos que el día anterior, no regresó a la celda tan hundida.
¿Por qué le hacían eso? —se preguntó—. Lucila, tú lo sabes, es muy inteligente y llegó sin pensarlo mucho a una conclusión convincente. Le habían cambiado un dolor que la haría sentirse orgullosa por un placer que la hacía sentirse mezquina. Querían, y casi lo habían conseguido, que se avergonzara de sí misma. ¿Hasta cuándo duraría su empeño? ¿Hasta que deseara por la tarde que llegara la mañana para volver a verlos? Se rio. Si pensaban que un poco de placer podía hacerla renegar de Cristo eran más tontos de lo que creía. Se rio más fuerte. Su fe era una roca viva que los muy estúpidos querían deshacer a lametones.
Pasó toda la tarde orando. Los gemidos de dolor de la celda contigua habían cesado, no se oía ningún ruido, parecía tarde de domingo. Su oración no era una oración establecida: Padre nuestro que estás en los cielos, Dios se salve María, etc., frases hechas muchas veces carentes de sentido, sino una creación cercana a la poesía. Se complacía sobre todo en enumerar, para contrarrestar y sepultar la maldad de ellos, los dones del espíritu, un verdadero canto de alabanza, tantas cosas que hacen feliz que para enunciarlas todas necesitaría una condena a cadena perpetua. Te doy gracias, Señor, por las hojas de hierba. Todas las cosas bellas del mundo son como señales, como pistas que han ido dejando en el camino del Paraíso, sólo hay que ir recogiéndolas. Te doy gracias, Señor, por las crines de los caballos, por los ojos sin párpados de los peces, el mar es su párpado, por las gotas de lluvia que caen siempre hacia abajo y nunca hacia arriba, lo cual demuestra que más allá de las nubes debe existir, de agua dulce, un océano.
En algunas cosas estaba equivocada.
Llegó la mañana del cuarto día de su encierro y se levantó con el aire aburrido de un oficinista al que espera un monótono día de trabajo. Quizá había dormido diez años porque los jóvenes que aparecieron esta vez en la puerta, aun siendo extraordinariamente atractivos, frisaban la treintena. Todo en ellos era más rotundo. Sus manos, se dio cuanta después, pesaban más. Estuvo todo el rato incómoda, pero también, todo hay que decirlo, como fascinada por esa virilidad en sazón. Más niña que los días anteriores, más sumisa. Era una suerte que estuviera atada porque aunque hubiera tenido libres las manos no se habría movido. El primer orgasmo fue tan fuerte, tan brutal, que no pudo resistirlo y se le escaparon, sin querer, unos gritos. Era la primera vez que manifestaba su placer y eso la humilló. Estuvo toda la tarde oyendo sus propios jadeos, no se los podía quitar de la cabeza. Sentía que había apostasiado, que semejantes chillidos descontrolados equivalían a sacrificar al emperador: Él es Dios y yo soy su sierva. Tuvo miedo. Comprendió que estaba lejos de manejar la situación, que quien movía los hilos tenía una infinidad de recursos que ella, pobre muchacha, desconocía. Pidió ayuda: por favor, Señor, no me abandones. Su oración de esa tarde era de socorro.
El calor del verano (¿o era su propio sofoco?) había encontrado la manera de llegar a la cueva y Lucila prescindió por primera vez de la manta. Por la mañana estaba caldeada la habitación de la “tortura”, por la tarde, por el contrario, el frío y la humedad imperaban en la celda, por lo que se extrañó de no haberse constipado aún. Mas esa tarde, ya casi noche, se estaba bien allí con un vestido ligero. Cuando entró el carcelero a llevarle la cena se le salieron los ojos de las órbitas, no llegaron a caer al suelo porque estaban sujetos por dos muelles, y se le desencajó la mandíbula inferior, quedando la boca abierta como una caja registradora. Cuando se le pasó la sorpresa de verla así, con el vestido ceñido, empezó a lloriquear. ¿Por qué no era él uno de los torturadores? ¿Porque era viejo y feo? ¿Porque olía mal y tenía los dientes podridos? ¡No era justo! ¿Qué culpa tenía él de ser así? Lucila creía que las lágrimas que veía en sus ojos eran de compasión. Desde el principio había creído que el carcelero era bueno, quizá cristiano, y eso lo confirmaba.
—Estoy bien —le dijo ella para animarlo.
Era la primera vez que oía su voz y se excitó más. ¿Y si se abalanzaba sobre ella y la violaba? Una vez más no iba a importar. Pero sí, sus jefes lo matarían. ¿Merecía la pena? Estaba a punto de responder afirmativamente cuando le entró el miedo y reculó, amaba demasiado su hediondo pellejo. Con un nuevo absceso de llanto se fue precipitadamente. Pobre hombre —pensó Lucila.
Habría transcurrido una hora desde el instante en el que salió el carcelero como alma que lleva el diablo y ya se aprestaba ella a cortar la maroma que la amarraba al puerto de la vigilia cuando se volvió a oír murmullo de gente tras la puerta. No se asustó porque creyó que ya se había dormido y estaba soñando. Cuando se abrió la puerta y entraron los visitantes nadie diría que había juzgado mal su estado pues lo que apareció en el umbral parecía sacado del mundo de la fantasía nocturna: una muchacha.
Un paréntesis. Lucila, como le pasaría a cualquiera con un mínimo de curiosidad intelectual, se ha lanzado como una loca a conocer la historia que separa su siglo del nuestro. Poco a poco se va haciendo una idea de lo que ha cambiado y de lo que permanece igual. Llegará pronto, si no lo ha hecho ya, a la historia de la Iglesia y se dará cuenta con horror que ella, mártir de esa misma Iglesia, con su pensamiento de los primeros años del siglo cuarto, es una hereje. En el medioevo la habrían quemado en la hoguera por pensar lo que piensa. Es arriana antes de que Arrio fuera investido sacerdote, antes de que el concilio de Nicea condenara su credo. Plotino fue el maestro de Lactancio y Lactancio le ha transmitido a ella la doctrina filosófica de las emanaciones. Del Uno emana el Verbo, del Verbo emana el Alma del mundo, del Alma del mundo emana el mundo corpóreo. Arrio no hace más que darle al Uno el nombre de Dios Padre y al Verbo el nombre de Jesucristo. Dios crea a Jesucristo y Jesucristo crea el mundo ¿Por qué la Iglesia posterior no puede aceptar eso? Es de pura lógica. Este es mi hijo bien amado en el cual me complazco —dice Dios durante el bautizo en el Jordán.— No se haga mi voluntad sino la tuya —dice Jesucristo la noche antes de la pasión—. Todo parece indicar la relación de subordinación de quien ocupa un nivel inferior con respecto a otro que ocupa uno superior. Lucila no comprende que el Espíritu Santo (que ella identifica con al Alma del mundo de Plotino) y Cristo mismo sean, junto con Dios Padre, la misma cosa. Lo que es diferente no es igual. No acepta, ni yo si vamos al caso, el misterio de la Trinidad. Ese manierismo de la Iglesia le pilla muy lejos conceptualmente. Dios para ella, eso es lo que le han enseñado, es como una fuente de luz, y conforme se alejan las cosas de esa fuente la oscuridad y el mal se van adueñando de ellas, hasta llegar a la materia que es la privación de realidad y de bien.
Como verás junto a la fe de campesina de Lucila coexiste un fuerte bagaje teológico.
Por eso cuando vio a la muchacha que entraba pensó que ésta estaba más cerca de la luz que nadie a quien hubiera visto nunca. Parecía, por así decirlo, un ángel.
El recuerdo de esa aparición en la mente de Lucila me recordó la llegada al cuartel de los quintos del reemplazo posterior al mío y siguientes. Llegaban de noche, con un petate en las manos y las caras asustadas. Los habían sacado de sus casas y los habían traído lejos, a un lugar desconocido donde peligros sin nombre los acechaban. Excepto algunos sádicos que les preparaban bromas crueles, los más les teníamos pena y aprovechábamos en sus figuras patéticas la oportunidad de compadecernos de nosotros mismos.
Claudia, que así se llamaba la muchacha que entró en la celda precedida por un carcelero que dejó precipitadamente el jergón en el suelo y se marchó, temblaba de pies a cabeza. Para que no le castañetearan los dientes (no quería que confundieran el frío con el miedo) tenía la boca abierta, lo cual le confería un aspecto asombrado; pero, intermitentemente, cuando no podía más, los aproximaba como si los dientes chocando unos con otros, ramas que se frotan para hacer fuego, pudieran calentarla. Lucila buscó en el bulto amorfo que le serviría de cama a la nueva una manta, al no encontrarla la tapó con la suya.
—Seguro que tu madre te dijo que te trajeras ropa de abrigo ¿verdad? —dijo Lucila.
—Sí, pero pensaba que me quemarían enseguida o, al menos, me torturarían con hierros candentes. He oído que eso pasa.
—¡Por favor! Eso pasa en provincias. Aquí en Roma son más finos, te torturan haciéndote cosquillas en los pies con una pluma.
—¿A ti te lo han hecho?
—Sí.
—¡Dios! No podré soportarlo.
Claudia pronto sustituyó la risa por un temblequeo que hizo que Lucila la abrazara con energía para confortarla.
—¡Cálmate! —le dijo—.
Claudia tembló más fuerte y volvió a sonreír.
Se acostaron y en la oscuridad se contaron sus vidas. Si la palabra compañero designa a aquellos que comparten el pan habría que inventar otra para aquellos que comparten la manta. En eso se habían convertido.
Claudia tenía diecisiete años, le gustaba llevar las uñas largas y pintárselas de colores, ostentaba fragilidad e ignorancia delante de los chicos para obtener de ellos una respuesta inmediata de protección. Y vaya si lo conseguía. Daba grititos y saltitos cuando se asustaba. Era la quintaesencia de lo femenino. Dios no puede tomar a mal que esta niña reniegue de Él para que no le hagan daño —pensó Lucila. Sutilmente llevó la conversación a ese tema.
—¿Por qué no claudicas antes de que las cosas se pongan feas?
—¿Tú también crees que soy débil de espíritu?
—No sé. ¿Lo eres?
—Un poco. Pero tengo mi genio. Cuando me enfurruño soy terrible. Dios quiere que me enfurruñe en este asunto y no hay nada que hacer.
—Comprendo.
Entonces Lucila se lo contó todo ¿cómo podía ocultárselo? La oscuridad la protegía contra la vergüenza. Fue una sesión de psicoanálisis muchos siglos antes de que naciera Freud. Cuando terminó se sintió liberada, como si contar en voz alta todo lo que le habían hecho le quitara importancia.
—Son unos cerdos —dijo Claudia—. ¿Tú eras virgen?
—Sí.
—Yo también. ¿Te hacen daño la primera vez?
Lucila le dio un pescozón.
—¿Tú no venías dispuesta a que te quemaran viva?
La voz de su madre llegó hasta ellas diciéndoles que terminaran la conversación, que mañana tenían que levantarse temprano. Les esperaba un día duro. Aceptaron y se durmieron.
Lucila se despertó antes y a la claridad de las primeras horas de la mañana contempló a su compañera dormida. Como no solía mirarse en los espejos no estaba acostumbrada a una belleza semejante. ¿Cómo podía nadie querer hacerle mal? Seguro que dentro de poco vendrían a ponerla en libertad, a pedirle disculpas por haberse atrevido a tocarla siquiera. Cuando Claudia despertó, su belleza, que en reposo había llenado hasta el último rincón de la celda, se expandió en sus gestos.
—Buenos días.
Se las llevaron juntas hasta que el corredor se bifurcó en dos direcciones contrarias y las separaron. Se despidieron con una mirada de complicidad. Pase lo que pase tenemos a Dios y nos tenemos la una a la otra.
A Lucila la encerraron en la habitación de siempre. Esta vez, preocupada como estaba por la suerte de su amiga, se mostró frígida. En la cara de los hombres se reflejaba la misma desesperación que acomete al jugador empedernido cuando echa a la máquina tragaperras sus últimas monedas y la maldita no se abre. Eyacularon sobre su cuerpo (por alguna razón nunca habían eyaculado dentro) y se miraron consternados. Siguieron una hora más, pero sin entusiasmo, como trabajadores cansados que esperan que suene la sirena para marcharse a casa.
Lucila también estaba deseando que terminaran para contarle a Claudia su triunfo, un triunfo que algunos escépticos dirían que se debía achacar a la habituación, al aburrimiento, a la pura monotonía de lo que se repite más que a la fe en Dios o a la amistad. Sea como sea ella estaba contenta y esperaba impaciente. Tardaba en llegar. Media hora de granos de arena o de gotas de agua o de sombras que giran habían transcurrido desde que volvió a la celda cuando apareció Claudia.
Complot para rescatar a Lucila
Esto que voy a contar ahora lo supo Lucila después y la pena que le produjo la noticia superó con creces sus consecuencias negativas pues sin el complot que se empezó a organizar el mismo día de su captura y su estrepitoso fracaso quizá los ánimos le hubieran sido menos hostiles.
Fue Lactancio (el padre de Lucila estaba demasiado apesadumbrado) quien lo organizó. Si hubiera sido más joven hubiera marchado en primera línea, pero ocupado como estaba en llevar a cuestas la carga de la vejez no le restaban fuerzas para empuñar un arma y tuvo que coger la pluma, más ligera, para aguijonear a otros. Persuadió a jóvenes vigorosos. De faltarles la convicción de luchar por lo justo ellos se habrían dejado matar por una mirada de Lucila. Flavio se constituyó en jefe. Él fue el primero en recibir esta nota de Lactancio:
A Lucila nuestra muchacha se la han llevado.
Su pureza, que es nuestra pureza, corre peligro.
¿Qué sabe una muchacha de dieciocho años de la vida?
Nada. Y sin embargo, sin ella, nosotros, que somos
sabios,
Balbuceamos palabras sin sentido y escribimos
garabatos en nuestras tablillas.
¿Es más importante la vida que el sentido de la vida?
Ahora sé vuestra respuesta, diréis que no.
Quizá mañana sea tarde y prefiráis la seguridad
de vuestras casas.
Así pues, ea, coged los escudos y las espadas,
Asaltemos en tropel la torre.
El complot fracasó porque tenía que fracasar, porque Ulpiano jugaba al ajedrez, un juego oriental que conocían pocos, desde hacía tiempo y estaba acostumbrado a prever las jugadas del contrario. Les tendió una emboscada y se hubiera contentado con pillarlos, como si fuera un juego, si ellos no hubieran sacado espadas de verdad. Murieron algunos y otros resultaron heridos. La última palabra de Flavio —le dijo Lactancio o Lucila después— fue tu nombre. Puro melodrama, porque él no estaba allí para oírlo.
Yo, sin embargo, en cierto modo sí estuve allí el momento en que apareció Claudia y aún recuerdo la honda impresión que me causó su estado.
Claudia
Venía sostenida por dos hombres de facciones duras, estaba semidesmayada, la cara aparecía blanca como un folio donde un niño inexperto hubiera pintado dos ojos con un trozo de carbón y luego los hubiera tratado de borrar, tenía el rostro húmedo. Se hubiera pensado que la causa de esa humedad eran sus lágrimas si no fuera porque el pelo y la ropa también estaban mojados. Los esbirros la soltaron sin miramientos y desaparecieron. Ella cayó al suelo como un saco. Sus manos estaban envueltas en lienzos ensangrentados. Me han arrancado las uñas, trató de decir, pero su garganta, de tanto gritar, se había inflamado y apenas dejaba pasar el aire. También trató de llorar sin conseguirlo, como echar un cubo en un pozo seco. Lucila la cubrió con la manta y lloró en su lugar.
—Cada vez que me arrancaban una uña me desmayaba, ellos entonces me echaban agua para reanimarme y proseguían. En el hueco que dejaban las uñas me clavaban astillas. Era insoportable. Yo perdía el sentido a menudo. Para evitarlo me colocaron los pies en alto, como se hace con la gente que se marea, para que la sangre fluya al cerebro. Les dio resultado. Ya no tenía otra defensa que los gritos. ¿Me oíste gritar? Es imposible que no me oyeras. No debe haber un solo rincón en el mundo donde no me oyeran. Hasta que ya no pude gritar. Cuando acabaron con la primera mano había llegado al límite de mis fuerzas. Y aún quedaba la segunda. Me dejaron descansar. Me liaron la mano herida para que no me desangrara. En la celda sólo se escuchaba el gimoteo de un animal, busqué por todas partes con la mirada, tenía que haber caído en un cepo, haberse roto una pata, pero no vi nada. Mis torturadores se notaban incómodos, hombres poco dados a la conversación deseaban reanudar un trabajo que les excusara de la palabra. Uno dijo: ¿vamos ya? Y el otro: espera un poco. El animal seguía quejándose, daba pena oírlo. Venga, dijo el más impaciente. Entonces me cogieron la otra mano. Me volví loca de terror. Hubiera dicho lo que ellos querían oír si hubiera sabido qué era. Cuando faltaban dos dedos para acabar uno de ellos observó: se va a morir. Y entonces lo dejaron. Hasta mañana.
Lucila había formado un charco de lágrimas donde cabían peces. No recordaba haber sentido nunca tanta amargura. Pasaron la tarde en un monótono monólogo de quejidos. A la mitad de la tarde Claudia, febril, pareció delirar, pero luego se calmó y reanudó su salmodia desamparada. Lucila de vez en cuando le hablaba del paraíso que les esperaba, pero sin convicción. Con menos convicción aún recitaba las oraciones que entonces estaban en uso. ¡Qué bien habla el sano con el enfermo! se decía a sí misma. Al final se contentó con acariciarle el pelo y compartir en silencio su sufrimiento. Por fin se hizo de noche, en la oscuridad Claudia empezó a quejarse más alto, de una forma más desesperada. Me duele —dijo. Cálmate —le propuso Lucila. Sus palabras sonaban falsas.
—Cuéntame lo qué te han hecho a ti.
Estaban muy juntas, Lucila abrazaba la espalda de Claudia para darle calor, la temperatura había bajado con respecto a la noche anterior.
—Cuéntame todo lo que te han hecho desde el primer día.
Claudia quería oír una voz que la distrajera, tener otra cosa en la cabeza a parte del dolor. Cuando Lucila empezó a hablar los gemidos bajaron de tono. La vergüenza de rememorar las sesiones pasadas era calderilla que pagaba gustosa. Claudia pedía detalles y cuanto más abundaban éstos menos se lamentaba. Pero al cabo las palabras, como un analgésico demasiado flojo, empezaron a perder efecto. Con la mano izquierda, esa que habían dejado a medias, Claudia llevó la mano de Lucila hasta su pecho.
—Acaríciame mientras me lo cuentas —le dijo. Lucila hubiera matado para calmarle el dolor. —Mete la mano bajo mi vestido.
Pasó una eternidad acariciándole los pechos, los pezones, excitados, en punta. El cuerpo fabrica su propia morfina interior. Claudia se calló por completo. El placer y el dolor habían llegado a un equilibrio, se habían anulado mutuamente. Lucila estaba maravillada, contenta de poder por fin hacer algo. Claudia de repente empezó a gemir. Lucila creyó que era de placer y sintió un cosquilleo súbito en su propio sexo. Pero enseguida reconoció el padecimiento. Me duele —exclamó Claudia. La dosis era demasiado floja. Fue Lucila, sin necesidad de que la otra la guiara, la que bajo la mano y buscó entre las piernas de Claudia, que se separaron, un analgésico más potente. Las dos sentían vergüenza, pero Claudia ya no se dolía. Al rato, un jadeo inconfundible animó a Lucila a seguir, segura de la eficacia del remedio. Luego se quedaron dormidas. A media noche la enferma se despertó rabiando, tenía dijo, toda la sangre del cuerpo en la punta de los dedos, con cada latido veía las estrellas, le iban a estallar. Le pidió, por favor, que la aliviara.
En los cuatro días que siguieron, a Claudia le arrancaron tiras de piel, la quemaron con carbones ardiendo, le descoyuntaron los miembros, le rompieron las muelas y le hurgaron en los nervios con un clavo, le metieron espinas entre las uñas de los pies. Cada día venía más derrotada. Deseaba morir con todas sus fuerzas. Lucila tenía que aplicarle dosis masivas del único ungüento que tenía. Al quinto día ya no la trajeron. La esperó toda la tarde. En vano. Por fin se había cumplido su deseo. Imaginó su cuerpo revestido con la coraza de la muerte. Ahora nadie podría hacerle daño. Nunca más.
Este, amigo mío, es el pecado de Lucila. Ella se moriría de vergüenza si lo supieras, por eso, en su sueño, hay manos que le tapan la boca. Te dejo la decisión de decirle que conoces su pasado o, por el contrario, dejar que éste se apolille en el sótano de su inconsciente y acabe desmoronándose de puro viejo. Creo que el psicoanálisis le da demasiada importancia a los dramas ocultos. Yo, si quieres un consejo, reivindico el derecho de ocultar lo desagradable. Cuanto más hondo mejor. Si se lo dices es algo que siempre estará entre vosotros como una realidad, si callas se irá desvaneciendo en su mente como un sueño.
El resto de la historia, son pecados de otros. Inmediatamente después de la muerte de Claudia, Ulpiano convocó en asamblea a los cristianos más conocidos de su distrito con el propósito de avergonzarlos contándoles con pelos y señales los casi diez días de orgía permanente. No es de extrañar, ese era su proyecto desde el principio. Los que oyeron el relato se sintieron abochornados primero y apenados después. Hubieran preferido que a Lucila le hubieran arrancado las uñas y la hubieran quemado viva, pero, en fin, comprendían que todo había sido hecho contra su voluntad y eso la absolvía. En el fondo no podían sentirse orgullosos de su virtud, pero tampoco podían reprocharle sus vicios. ¿Qué quería demostrar el juez? ¿Que a una chica atada a una cama, sea cristiana o no, se la puede mancillar? Para eso no hacía falta sacarlos de sus casas. A no ser que quisiera después echarlos a todos a los leones, en cuyo caso entonarían cánticos y aceptarían el martirio.
—No, lo único que quería demostrar —dijo Ulpiano— es la catadura moral de una mujer cuya virtud he oído alabar. Si los mejores de entre vosotros tenéis menos ética que mis criados no veo en esta religión un gran peligro. Ahora comprenderéis por qué digo esto. Que pase la muchacha.
La traición
Entonces entró Claudia. Contó las relaciones homosexuales que habían mantenido en la celda y el calibre de las mismas. Y no las había mantenido, desde luego, contra su voluntad.
Lucila miraba las manos de Claudia. Sus uñas, largas, cuidadas, pintadas de rosa, le arañaban el corazón. La había engañado desde el principio. Pensaba que su amiga la había engañado desde el principio, no Ulpiano ni nadie, su amiga. Se quedó abatida.
—¿Es cierto lo que cuenta? —le preguntó el juez.
—Sí —respondió. En realidad era cierto.
En ese momento todos recordaron a los jóvenes que habían muerto intentando rescatarla y la cólera los cogió por la garganta, les impidió respirar, les puso las caras rojas como borrachos.
—A la hoguera —empezó a gritar uno.
—A la hoguera —le secundaron otros.
Ulpiano pensó rápidamente las ventajas de condenar a la muchacha. No veo mal alguno en ella, se dijo. Pero tener a todos los cristianos atados por un crimen era goloso.
—¿Queréis que la condene a la hoguera?
—Sí, sí.
—Sea. Yo me lavo las manos.
Dijo esto último como un postrer intento de salvarla. Ellos reconocerían la frase y se darían cuenta de su error. Pero no lo hicieron.
En la celda, antes de subir a la pira, Lactancio la visitó para reprocharle su conducta.
Las llamas después la convirtieron en humo y el viento la empujó hacia ti, el más afortunado de los mortales.
¿Qué más? Eso es todo.
Espero el milagro de vuestra visita. Dale recuerdos.
Antonio Aledo Sarabia (Orihuela, 1956) estudió filosofia en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia y es funcionario del Servicio Valenciano de Salud. Ha publicado relatos en revistas nacionales como Ánfora Nova, Calandrajas, Empireuma o La Lucerna. En 1991 fue primer premio del Concurso Internacional de Poesía Miguel Hernández con el poemario Recuerdos del jardín de las Hespérides (1992). Tiene varios poemarios inéditos (El infiernillo, Sobre fantasmas y Sobre los altos hombros), participa activamente en la obra coral El murmullo, editada en formato digital por M. Susarte y es autor de la novela El jugador de damas.
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