Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (57)

Del murmullo del mundo registra en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago la capacidad de las estaciones para mostrarnos la diversidad de lo vital o una escena de dignidad a prueba de todo en un restaurante.

textos de Tomás Sánchez Santiago ·
fotografías de Luis Marigómez (serie Buracos)

El mirlo ha despertado de su afonía invernal. La picaza sigue protestando con sus metales roncos. El jilguero puntea el aire con minuciosa caligrafía. Pájaros fríos. Concilio de confidencias. O un motín sinfónico. Habría que preguntarlo.


Otra vez ahí la muchacha que espera cada mañana el vehículo que ha de llevarla al centro donde la cuidan diariamente. Mucho tiempo sin verla. Sigue vistiendo de rosa pálido, con su graciosa gorra de aires marineros. Mientras su padre aguarda firme en la parada donde se supone que la recogerán, ella pasea nerviosa arriba y abajo tal vez presintiendo que podrían no venir a por ella esta mañana. Y eso basta para que yo la acompañe aún más con la mirada y la atención desde el ventanal, para estar junto a ella en todos los modos posibles. Me pongo entonces a escribir esta nota en el cuaderno, atraigo a la muchacha de rosa hacia mí hecha palabras, la vigilo desde aquí arriba y no la suelto ya. No quiero que esté tan preocupada; tiendo hacia ella, de espaldas al mundo activo, mi secreta compañía.


La duración: qué extraño concepto inaprensible. Más allá de las vigencias, más allá del golpear de los fenómenos contra los sentidos, más allá de eso que llamamos el tiempo nuestro, más allá de los agotamientos y de los finales (el final: esa palabra ilusoria que no sabe de la vitalidad resistente de todo cuanto hubo), más allá del imperio de lo visible…, más allá de todo eso está la duración, que no pertenece al tiempo regulado ni a la voluntad de practicar el olvido. Magnitud de lo incierto, resuena la duración con su paso oscuro en los callejones más insospechados de la memoria.



¿Cómo ha sido esto? Ya ha pasado un año más para ti. No te lo explicas muy bien. Has atravesado la estampida de los meses en el calendario como quien cruza paredes de papel. ¿Qué encuentras si miras hacia atrás? Pequeñas hogueras que aún distingues porque las encendió el amor a la vida. Solo eso. Pero en nombre de ese amor, tú sigue hacia adelante en el puro quehacer de encontrar. Sin deliberaciones y con el deseo presto. Buscándote a ti mismo en aquel verso de Sophia de Mello: «Porque los otros calculan pero tú no».


Paso ante los tractores que han ocupado hoy la ciudad. Parece una parada militar, un aquelarre de motores asmáticos y bocinas acuchillando el aire. Su corpulencia y su lentitud sauria me hacen pensar en criaturas de una mitología antigua o en máquinas de guerra plantadas pacientemente a las puertas de los palacios silenciosos, esperando una rendición. Provoca sobrecogimiento verlos emplazados fuera de sitio, en este escenario urbano y aséptico que no contaba con estas presencias. Estábamos acostumbrados a verlos en las afueras tambaleándose por pagos y carrizos, levantando polvareda o atravesando, como figuras tristes que no saben qué hacer con su tamaño, los campos ya oscurecidos a ambos lados de las autovías. En cambio, viéndolos rodar por la ciudad provocan una extrañeza dramática; da miedo su morfología en la inopia civil en la que aquí vivimos, tutelados por escenarios urbanos donde todo está domesticado a nuestra medida. Ellos exceden lo previsible. Muchos exhiben banderas y se oyen consignas patrioteras que hacen perder encanto y crédito a la rebelión de los campesinos. Quién sabe qué adhesiones ideológicas defienden. Seguramente hay entre ellos muchos propietarios, que ahora vuelven a hacer rugir sus tractores subvencionados. Busco con los ojos a la mano de obra; no la veo; quisiera saber algo de eso.



Este sigilo oblicuo en el vuelo de la nieve de hoy. Muy pocas menudencias se parecen a él. Si acaso el trasiego de las mariposas, el latido apagado de algunos péndulos, el candor de los algodones sobre las heridas abiertas… y todo aquello que se detiene, justo antes de ganar peso, para no ser molestia.


Escena en el restaurante. Llega un comensal al que acompañan y sientan en una mesa justo al lado de la que ocupamos. Se trata de un hombre no muy mayor, enjuto y muy silencioso, con el envaramiento involuntario de quienes no pueden disimular su incomodidad en ese lugar. Viste de manera precaria, en el límite de la indigencia. El camarero que lo atiende —un hombre de modales sin desbastar del todo— lo conoce, sabe por qué está aquí. «Pide lo que quieras, que ya sabes que paga él», le dice desabrido. Pero el hombre elige algo del menú del día, y poco más. Come poco. Y contesta con desganada suavidad a preguntas inquisitoriales. Termina enseguida. Está muy claro que se quiere marchar cuanto antes. Con tosquedad altisonante, el camarero vuelve a la carga: «Tómate café, hombre, y un buen whisky; aprovecha, ya sabes que paga él». Ese «él» queda entre veladuras. Pero el hombre lo rechaza todo. Solo le faltó responder, como aquel jornalero andaluz: «En mi hambre mando yo». Y algo así quise entender en su actitud elegante, de una dignidad a prueba de todo, incluidas las tentaciones de San Antonio con que le atosigaba el camarero montuno.


En el nombre pronunciado va impuesto, como un coro de sombras, el resto de nombres descartados que no llegaron a la voz.



Mientras sorbe un helado despreocupadamente, el presidente de Estados Unidos anuncia la posibilidad de un alto el fuego de Israel. Es la imagen de la banalización que empaña la vida pública, incluso en sus asuntos más dramáticos. La pregunta de Adorno, tras Auschwitz, ha cambiado. Ahora es esta: ¿puede conjugarse el horror con un capricho irreprimible? Puede. Porque ya no está mal visto. En los informativos a presión de las televisiones se nos ha educado en eso: se suceden noticias inmediatas de distinto signo (tras una matanza en África, la preocupación por el menisco de un futbolista) y esa ley ya rige en cualquier ámbito. También ayer, durante un desfile de alta costura, se instó al público a lanzar desperdicios sobre los ropajes estelares de las modelos como signo de protesta contra el exceso de consumo. Así, se sustituye la contundencia del acto real por el simulacro. Todo se reduce a acciones, gestos, performances…, hasta ahí se llega y ya se ha cumplido. En el fondo, el helado de Biden y el pase de modelos lapidadas con blandas inmundicias inofensivas comparten el mismo mensaje inocuo: Que la vida siga… como hasta ahora.


A las seis y media, en el punto antes de empezar a atardecer, un sol meticuloso y ya cobarde va encendiendo una por una todas las cosas (ventanas, árboles, fachadas, camiones aparcados) como en un afán por pasar lista, a ver si todo está en su sitio antes de que llegue la primera oscuridad a apropiarse poco a poco de todo, a dejarlo revuelto y flotando en el alma ciega de la noche.


En esta época de indiscriminación climática vuelvo a pensar en el fenómeno de las estaciones, aquella capacidad que ellas tenían de mostrarnos la diversidad de lo vital. En los juegos públicos de los niños, por ejemplo: el tiempo de las canicas, el tiempo de las chapas, el tiempo del clavo… Así los llamábamos entonces. Una cronología mítica más allá de  la rigidez de los calendarios. Como dice ese poema de Fernando Menéndez en su libro Ni el número ni el orden: «Cada/ estación/ nos daba/ lo que/ uno/ podría/ llegar/ a ser». Eso es. Y nosotros tomábamos lo que podíamos de cada una de ellas para completarnos un poco mejor.


En el incierto corazón de la noche, se infla la próstata con sigilo macho y nos urge a levantarnos deprisa y a tientas. Quién sabe si en alguna ocasión conseguiremos llegar a tiempo de sorprender el desvelo y las correrías no sabidas de las cosas nocturnas. Pero hasta ahora no lo logramos: todo está en su sitio, el sitio de las cosas, así que volvemos entre banderas rotas a pedir permiso para ingresar en el sueño, que ya vuelve a rozarnos con sus guantes pegajosos.



War Requiem, de Britten. ¿De dónde viene esta música que sobrepasa el estado del aire de la mañana? Procede del linaje amargo de los sollozos, de la anatomía de las lágrimas, de los sueños encasquillados que se desvían por su cuenta hacia el vapor del olvido. La escucho estos días mientras continúa la masacre de Gaza. Ya son miles y miles de asesinados, la mayoría mujeres y niños. Un genocidio a ojos vista del mundo, que lo divide, como dijo Juan Carlos Pajares, «entre lo que debió seguir siendo y lo que ya nunca será. Hierve en el humus de las sementeras la sangre de los masacrados por los siglos».


La aparición de un libro propio de poemas es justamente el último gesto de un desprendimiento. Inútilmente, uno pretende entrar del todo en él pero ya no es su amo. Y lo que fue acogimiento ahora es exclusión y falta de pertenencia. El libro ya es de cualquiera. Leerlo a partir de ahora será para mí un esfuerzo por corregir la dirección no prevista que el libro va tomando. Ya no es propiedad; es estampida. Así lo vuelvo a sentir.


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Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.


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9 comments on “Los cuadernos pálidos (57)

  1. Agustín villalba

    «… continúa la masacre de Gaza. Ya son miles y miles de asesinados, la mayoría mujeres y niños. Un genocidio a ojos vista del mundo…»

    En tres frases, tres mentiras. Lo de Gaza no es una masacre, sino una guerra entre dos ejércitos, con «víctimas colaterales», como en todas las guerras. El ejército israelí mata ante todo a soldados del Hamás (él mismo ha dado la cifra de 12.000 – las cifras que se ven en los periódicos son las que da el Hamás o las agencias pagadas por rusos e iraníes y que la prensa suele «comprar» sin preguntarse jamás si son verdaderas o si están multiplicadas por 2 o por 3 siguiendo los viejos métodos de propaganda de los islamistas y los putinistas).

    Si en Gaza no hubiera varias decenas de miles de soldados del Hamás bien armados, Israel no hubiera necesitado bombardear el enclave, le hubiera bastado con entrar en él sin matar a nadie.

    Y la tercera mentira es la del genocidio. ¿Está seguro Tomás Sánchez Santiago que Israel quiere eliminar a los 2 millones de habitantes de Gaza, como los turcos quisieron eliminar a los armenios o los nazis a los judíos de la faz de la tierra, asesinando a millones de ellos sin guerra alguna entre los ejércitos turco y armenio o nazi y judío?

  2. guillermoquintsalonso

    Tanta víctima colateral repugna a la inteligencia y sensibilidad humanas. Guillermo Quintás.

    • Agustín Villalba

      Imagino que tanto como la masacre del 7 de octubre en Israel. O los más de 20.000 civiles ukranianos asesinados por Putin. Víctimas que parecen estar menos de moda en este momento…

  3. jose m ferrandez

    Estoy con Villalba

    Puede que Israel debería haberse quejado al papa o a la Onu o a algún otro, en lugar de atacar a unos terroristas que al fin y al cabo lo único que habían hecho era lanzarles varios miles de misiles sin avisar para ver qué pasaba

    Tal vez así los israelíes habrían obtenido la atención y el apoyo moral de estos organismos que habrían mostrado una justísima indignación contra los terros y los habrían amonestado con terroríficas palabras capaces de paralizar un ejército

    Deberían haber hecho eso, sin duda, y de este modo todo el mundo estaría contentísimo, hasta los propios socios de Jamás

    Habérselo tomado como una simple traca para las fiestas del pueblo con lo cual los autores de ese jolgorio de cohetes habrían pensado que era muy del gusto del pueblo judío y que era cuestión de repetirlo más veces para amenizar la vida de la gente en general

  4. Beatriz Rodriguez Soto

    B

  5. Beatriz Rodriguez Soto

    Me complace encontrar en los Cuadernos la contribución de Tomás Sanchez Santiago, un gran escritor y mejor persona, de notable sensibilidad y criterio.
    Ya que cada uno puede dar su opinión libremente, la mía es que matar a otro es un pecado contra la naturaleza. Los seres vivientes y el hombre, en consecuencia, sólo tienen un
    precepto: vivir. La guerra es una aberración, tolerada y santificada socialmente. Y apoyar la guerra, sostenerla y financiarla es igualmente aberrante. ¡ Qué horrible papel el de los EE.UU., en el fondo de todas las contiendas! Y qué triste la intención de Israel de exterminar a un pueblo!

  6. j m ferrandez

    Una de las formas clásicas de perder el tiempo es que alguien diga A y venga otro u otra y le recrimine por haber dicho B

  7. Mariano Martín

    Estoy leyendo las palabras de Tomás Sánchez Santiago y algunos comentarios me han dejado perplejo; mi capacidad de entender y amar se siente sobrepasada; hay que puntualizar algunas cosas para no faltar al respeto a todo el mundo.
    Primero: me abruma la falta de sensibilidad de quienes no sufren por quienes sufren. Ni una palabra de conmiseración por las miles y miles de víctimas que hay en Gaza, muchos de ellos niños; ni una brizna de ese dolor insoportable que produce en nosotros tanto sufrimiento. Sólo interesa justificar a Israel.
    Segundo: si se mete un criminal en tu casa y la policía nos mata a todos para matar al criminal, ¿estaríamos todos de acuerdo? ¿Sería un efecto colateral? Y si luego hay gente que defiende a las víctimas inocentes ¿estaría trabajando para los criminales? ¿Defender al inocente sería lo mismo que justificar al culpable? Podemos lamentar que los judíos sean víctimas de Hamás, pero, al parecer, nadie tiene derecho a lamentar que los palestinos sean víctimas de Hamás… y de los judíos; doblemente víctimas, por cierto.
    Tercero: Los judíos han padecido el genocidio nazi: ¿justifica eso que nadie critique a los inocentes de ayer si hoy se vuelven culpables? Si las cosas fueran tan fáciles, bastaría con que me pegaran una paliza para ponerme a matar gente sin que nadie tuviera el derecho de pararme.
    Y por último, que es lo más importante: el pueblo de Israel ha sufrido lo indecible y eso me llena de tristeza. Si leemos a José Antonio Abella (Yuda) sentiremos el sufrimiento de toda esa gente que tuvo que dejar Segovia cuando la reina católica expulsó a los judíos; y si leemos a Mariano Fuente (Últimos días de Adonay en la ciudad menguante) sentiremos también el dolor de cuantos se quedaron; y sentiremos, sobre todo, el sufrimiento de aquellos judíos que tuvieron que soportar la intolerancia de sus propios hijos por haberse quedado; si leemos a Yuval Noah Harari (que, hasta donde llega mi conocimiento, es judío) recordaremos que reflexionar sobre la historia no tiene nada que ver con justificar a una de las partes haga lo que haga. ¿El pueblo judío es perfecto? ¿Nunca se ha equivocado? Quien diga eso blasfemaría puesto que el único que no se equivoca nunca sería, según su propia doctrina, Dios. Y si ese pueblo se equivoca, ¿pecaríamos si le hiciéramos recapacitar sobre sus errores? ¿No se encolerizó Dios contra los judíos en el monte Sinaí? La mejor prueba de amor que puedo darle a mi hijo es enseñarle la crítica, no incitarle a pegar a quien se atreve a criticarlo.
    Pero nos hemos olvidado de Tomás Sánchez Santiago. De la majestuosa palidez de los cuadernos pálidos. De la prístina sencillez de lo grandioso. De la belleza agarrada a la humanidad, que nada tiene que ver con la que no siente el dolor; del dolor infinito ante una niña, un mendigo, la presencia de un tractor, el jornalero que no aparece entre los tractores, nos hemos olvidado de tantas cosas… Y si no se puede hablar de ello sin que su nombre levante ampollas, también nos hemos olvidado de Gaza. No es más que el murmullo del mundo. El poeta rescata cada mes un par de emociones y las convierte en palabras. Sentir esas palabras está en el corazón del lector, y con eso basta.

    CODA: una cita del filósofo Bertrand Russell.
    “Tres pasiones simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad”. Cuánto sufre uno por el pueblo judío. Y cuánto ha de sufrir, también, por lo que pasa en Gaza.

  8. j m ferrandez

    Me alegro de que existan buenas personas capaces de sentir un dolor insoportable por quienes lo están pasando mal y salen en el telediario

    Pero hay cientos de millones de personas que lo están pasando mal y no salen en los informativos

    de todas formas no hay que irse muy lejos para ver gente que lo pasa mal

    basta salir a la calle y andar un poco

    hay pordioseros por todas partes

    Si su dolor por el pueblo palestino es insoportable, supongo que algo sentirá por los pobres de las esquinas

    Pero sufrir por los que sufren es inútil si no se les echa una mano

    Empiece por ayudar a esos que están sentados en el suelo con una caja de cartón

    Deles una parte de su dinero para que coman o se compren lo que quieran

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