Rescates

Mario Lacruz: el arte de la discreción

Álvaro Acebes Arias dedica uno de sus «rescates» a Mario Lacruz, conocido como uno de los grandes editores españoles, pero también pudoroso autor de una obra de la que se descubrió un enorme volumen inédito tras su muerte, en un armario.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

En unas conversaciones con el periodista Severino Cesari, el gran Giulio Einaudi se refirió a dos formas distintas de entender la labor editorial, indicando que la edición sí es aquella que sale al encuentro de los lectores, preocupada por dejar una formación duradera e introducir en la cultura nuevas tendencias, aunque sea a contracorriente, mientras que la edición no es la que trata de satisfacer los intereses más obvios del público y, renuente a los riesgos, siempre se posiciona a favor del mercado. Estas palabras (que deberían estar enmarcadas en el despacho de cualquier editor) describen el recorrido y la labor de un puñado de sellos que fueron los artífices de la revolución en el sector que tuvo lugar en Europa en la segunda mitad del siglo XX: la propia Einaudi, Feltrinelli, Fischer Verlag, etcétera. Si miramos en España, tenemos los casos de Anagrama y Mario Muchnik, por poner algunos ejemplos, pero es curioso que cuando se menciona el nombre de los grandes editores que ha habido en nuestro país pocas veces se haga referencia al trabajo decisivo de Mario Lacruz (1929-2000), quien fuera director de Plaza & Janés, Seix Barral o Argos Vergara.

Responsable de la publicación de más de 5000 autores a lo largo de casi cuatro décadas y del descubrimiento para el público español de figuras como Graham Greene, Leonardo Sciascia, Milan Kundera, Isabel Allende o Michel Tournier, entre otros muchos, se atrevió incluso a editar Los versos satánicos de Salman Rushdie, lo que le valió amenazas de muerte. A ello habría que sumar las colecciones de bolsillo que puso en marcha, como los libros Pulga o la mítica Reno, y que, en plena década de los sesenta, introdujeron en España novedades europeas y norteamericanas, o que diera su primera oportunidad a escritores como Julio Llamazares, Rosa Montero o Antonio Muñoz Molina, para los que hizo el papel de figura tutelar. La publicación, por cierto, de las primeras novelas de Javier Marías y Roberto Bolaño también son responsabilidad suya. Es evidente, por tanto, que con la excepción de unas pocas editoriales independientes que siguen trabajando de acuerdo con el aserto enunciado por Einaudi, Mario Lacruz fue el último de los mohicanos, un tipo con un olfato extraordinario para las novedades, que conocía muy bien la materia con la que trabajaba y que no temía arriesgarse. Con él, hay que decirlo así, se acabó una época.

Puede que el silencio y el desconocimiento que pesa sobre la labor editorial de Mario Lacruz, similar al que existe sobre su obra, por más que este obedezca a otras razones, tenga mucho que ver con su carácter discreto y su humildad, que lo mantuvieron siempre en un segundo plano. A este hombre de modales exquisitos, que había empezado estudiando derecho y fue habitual de las tertulias barcelonesas donde trabó amistad con Barral, Gil de Biedma, Goytisolo o Castellet, le gustaba presentarse como un «editor accidental»; alguien que llegó a ese mundo por casualidad y que aparcó su propio trabajo como escritor para dedicarse a pulir y dar a conocer la obra de otros. Tras esa decisión, aseguraba, había una familia numerosa que mantener. También algo de modestia y pudor, como cuando afirmaba tras leer las novelas de Sciascia o Nabokov que estaban apareciendo en España que para qué iba él a dar libros a la imprenta habiendo ya obras de ese calibre. Igualmente, el desencanto y la bobería del mundo editorial, donde muchas veces no es oro todo lo que reluce y hay mucho papanatismo, pudo influir en ese eclipse voluntario.

No obstante, algo se nos escapa. ¿Por qué un autor que había alcanzado cierto éxito con sus tres primeros títulos y una colección de cuentos, llegando a obtener premios de renombre y gozando del beneplácito de la crítica, renunció a su propia obra para volcarse en la ajena? No son tan raros los autores que abandonan la escritura y las razones para ese silencio son tan peregrinas como prosaicas. William Burroughs, por ejemplo, se limitó a indicar que ya no tenía nada más que decir y Juan Rulfo, harto de que le preguntaran por qué no escribía, ponía la disculpa de que se le había muerto su tío Celerino, el hombre que le contaba las historias. Sin embargo, el enigma de Mario Lacruz aún se hace más notable cuando, tras su repentina muerte, su familia descubrió un formidable legado de textos inéditos apilados en un armario de herramientas. Casi metro y medio de silencio autoimpuesto, y uno solo puede describirlo de esta forma si tenemos en cuenta que estamos hablando de alguien al que sobraba reconocimiento y no habría tenido ningún problema para publicar. A la manera del Bartleby de Melville, Mario Lacruz simplemente prefirió no hacerlo, si bien queda claro tras ese hallazgo que el autor de La tarde, por más que se negara públicamente a sí mismo, nunca dejó de ser un escritor. Visto el valor del material que dejó, habría que añadir que fue, además, uno de los muy buenos.

El inocente (1953), la primera novela de Mario Lacruz que vio la luz y por la que ganó el premio Simenon, está considerada como la precursora de la novela negra en España. Más tarde llegarían García Pavón, Tomás Salvador, Vázquez Montalbán, González Ledesma y tantos otros, aquilatando y desarrollando la fórmula hasta que, en la actualidad, el género ha muerto de éxito, quedando en manos de los presentadores de televisión. El libro de Lacruz, que lo consagró con apenas treinta años y estuvo a punto de ser adaptado al cine por Orson Welles, fue una rareza en su momento, por eso de que en nuestro país no se estilaba mucho lo del relato policíaco y, para ello, solo hay que ver la suerte que corrieron las primeras ediciones de Chandler y Hammett allá por los cincuenta, que pasaron sin pena ni gloria. En realidad, lo que hizo su autor fue utilizar la trama detectivesca como pretexto para urdir una novela existencialista, casi abstracta, que, influida por el impacto que había tenido la reciente traducción de las obras de Camus, giraba en torno al problema de la culpa y los complejos edípicos. Una orientación similar se observa en La tarde (1955), retrato desvaído de la burguesía de principios de siglo XX, y protagonizada también por un solitario que ve cómo sus impulsos por relacionarse con el mundo se ven siempre superados por la inacción y la abulia. La introspección psicológica, el planteamiento existencialista y el tono lírico de ambos títulos contrastaban fuertemente con la corriente testimonial vigente entonces en nuestra narrativa, haciendo de Lacruz un extemporáneo respecto a los modelos y los modos de los autores realistas. Ese rasgo se subraya aún más con el último libro que publicó, El ayudante del verdugo (1971), y que, frente a los primeros, contenía una carga crítica mucho mayor y ponía su intención en el reflejo de un sistema corrompido hasta la médula. A comienzos de los setenta, cuando se había conseguido que la malhadada «generación de la berza» fuera solo un molesto recuerdo y muchos escritores españoles estaban comprometidos con malabarismos formales que no pocas veces enmascaraban una alarmante pobreza de ideas, la novela de Mario Lacruz certificaba su condición de raro entre los raros, alguien que trabajaba en tierra de nadie y que respondía únicamente ante su propia escritura. 

De entre todos los libros de Mario Lacruz, incluso por encima de los que llegaron póstumamente, es este el que prefiero. Ya el título constituye una metáfora sobre las figuras empresariales que estuvieron detrás del desarrollismo franquista, tratándose del relato de las trayectorias entrelazadas de un abogado sin escrúpulos y del magnate de una gran compañía de comunicación. La narración de cómo este verdugo se ha hecho rico gracias a todo tipo de triquiñuelas y fraudes nos llega a través de la perspectiva de su ayudante, quien, en el día en que su jefe recibe una condecoración al mérito empresarial, rememora los inicios del negocio en la primera posguerra y traza su propia biografía. Antaño un joven idealista comprometido con la aplicación de las leyes, al igual que el antihéroe picaresco el personaje se ha visto sometido a un paulatino proceso de corrupción y ha terminado por aceptar que el único modo de alcanzar el bienestar material y una buena posición social pasa por renunciar a todo principio moral.

Por otro lado, la descripción de cómo la empresa despegó, aprovechándose del estraperlo y de la miseria social de los años cuarenta hasta convertirse en un imperio mediático, descubre el arribismo, la falsedad y la naturaleza perversa de las relaciones de poder que se dieron durante el franquismo. No olvidemos, en este punto, que El ayudante del verdugo se publicó en las postrimerías de la dictadura y que su protagonista, en un momento en que ya se estaban empezando a articular los resortes que marcarían el cambio a la democracia, se halla, como decía Lázaro, en «mi prosperidad y la cumbre de toda buena fortuna». A la vista de los homenajes, se antoja difícil que esa situación varíe y es así cómo la crónica sobre el exitoso devenir de la empresa y el ácido retrato de sus promotores, protegidos y alentados por las instituciones oficiales, se convierte en representación alegórica de una entidad mayor que no es otra que el propio Estado y en advertencia acerca de la prolongación en las siguientes décadas de una mentalidad cínica y pragmática que fiara todo a las apariencias y al afán de lucro, aun a costa de renunciar a la integridad y a la dignidad personal. Habrá que esperar hasta los años noventa para que un novelista como Rafael Chirbes consiga en Los disparos del cazador una imagen parecida de la generación que sustituyó a quienes cimentaron el sistema franquista. 

Como les decía al principio, tras esta novela Mario Lacruz optó por callarse. No abandonó la escritura y su hijo Max Lacruz, responsable de la edición en Funambulista de las tres novelas anteriores bajo el título Trilogía de la culpa, contaba que su padre siguió escribiendo a escondidas, aprovechando las vacaciones y los momentos de respiro que le dejaba su trabajo. De esa labor secreta saldrían Gaudí (2004), apasionante relato biográfico del arquitecto catalán, Intemperancia (2005), que muestra nuevamente la deuda con los presupuestos existencialistas de sus primeras obras, y Concierto para disparo y orquesta (2006), en la que volvía sobre los cauces de la novela negra. Mención aparte merece la colección Un verano memorable y otras historias (2006), con piezas que son dignas de figurar en las mejores antologías del género y que también confirman la habilidad y delicadeza de su autor en las distancias cortas.

A la espera de que se publiquen más inéditos, como una novela sobre la guerra en la que estuvo trabajando durante casi veinte años, el caso Mario Lacruz continúa siendo un misterio. Hablamos de un escritor excelente que eligió quedarse al margen, quizá por desgana o por escepticismo, vayan ustedes a saber. A mí se me ocurre, no obstante, que la explicación para ese aislamiento voluntario es que Mario Lacruz entendió bien que la condición natural del escritor de verdad, como dijo Jean Genet, debe ser el anonimato. Así, en silencio y apartado de la fama concibió una obra que, como él hubiera querido, es uno de los secretos mejor guardados de nuestra narrativa. Por más que eso suponga faltar a su voluntad, es hora de descubrirlo.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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