/ por Priya Satia /
Artículo originalmente publicado en Noéma el 22 de junio de 2021, traducido del inglés por Pablo Batalla, y adaptado para conjugar en pasado alguna referencia al Gobierno entonces en ejercicio de Boris Johnson, así como para introducir alguna acotación sobre hechos menos conocidos para el lector español que para el inglés (como la madre estadounidense de Churchill)
Imagen de portada: Retrato de Winston Churchill encargado a Graham Sutherland, que lo pintó en 1954, y Churchill acabó quemando un año después porque le desagradaba profundamente
A Winston Churchill siempre le gustó llamar la atención. Hoy es objeto de disputas acaloradas sobre el pasado y presente del racismo y en torno a si celebrar o condenar la historia imperial de Gran Bretaña. En marzo de 2021, una oleada de protestas en contra de la violencia policial contra mujeres llevó al Gobierno a rodear su estatua en el centro de Londres con protección policial, incluso horas después de que la gente se dispersara. Semanas más tarde, otra serie de manifestaciones en contra de una propuesta de leyes que restringieran el derecho a protestar, incluyendo castigos duros contra la vandalización de estatuas, provocaron la misma respuesta gubernamental, aunque los manifestantes mostraban poco interés en atacar la escultura. El Gobierno detentado entonces por Boris Johnson, nostálgico de la grandeza imperial británica, solía convertir las críticas a sus políticas en ataques al héroe personal del primer ministro. A aquellos que criticaban a Churchill, como un grupo de trabajo académico sobre «Churchill, raza e imperio» —ahora disuelto— en el Churchill College de la Universidad de Cambrigde, también se les increpaba por no comprender que los puntos de vista violentamente racistas de Churchill eran sencillamente típicos de su tiempo. En realidad, las opiniones de aquel no solo reflejaban, sino que también influyeron enormemente en su tiempo. Lo más interesante es que en no pocas ocasiones estaban notablemente fuera de sintonía con su propio tiempo; como algo típico tan solo de su posición como miembro de la clase alta gobernante de Gran Bretaña.
En 1974, el actor Richard Burton escribió en The New York Times que interpretar a Churchill era odiarlo. Burton era hijo de un minero galés, y aquel comentario nos recuerda hasta qué punto las opiniones de la gente son, con frecuencia, más típicas de un lugar que de un tiempo. Los mineros galeses nunca perdonaron a Churchill el aplastamiento violento de su huelga cuando era ministro del Interior en 1910-1911. Del mismo modo, la clase dominante británica consideró que la opinión de Burton era prácticamente una traición: el departamento de drama de la BBC vetó al actor de por vida. En aquel momento, aún no había pasado una década de la muerte de Churchill. Ahora disponemos de una visión más amplia, de más registros y de una profesión histórica más inclusiva, que debería ser más capaz de comprender el impacto histórico de Churchill. Pero el cuestionamiento de su legado sigue pareciendo un indicio de traición a quienes insisten en que el papel crucial de Churchill en la derrota de los nazis debe salvarlo de toda crítica.
Que el anterior es un punto de vista condicionado por la clase resulta obvio en el momento en el que comprobamos que Churchill fue objeto de reproches continuos en el curso de su propia vida. Incluso antes de que se terminara la segunda guerra mundial los británicos lo estaban rechazando en las elecciones de 1945, buscando en el Partido Laborista nuevas políticas sociales e imperiales, en parte porque muchas de las políticas de Churchill en los años de guerra habían sido muy controvertidas. Por ejemplo, su decisión de 1944 de destruir en lugar de apoyar la resistencia antifascista griega, antes de la derrota de los nazis, había sido criticada por los miembros del Parlamento en debates tormentosos. Más tarde, en las elecciones de 1959, vio reducirse su mayoría en su escaño de Woodford. Si la rendición de cuentas electoral no era una traición entonces, ¿por qué debería serlo hoy la rendición de cuentas histórica? Incluso al principo de su carrera, durante la primera guerra mundial, había sido Churchill degradado por su participación, como primer lord del Almirantazgo, en la desastrosa campaña de Galípoli. En las elecciones de 1922, perdió su escaño en el Parlamento. Pero en esos períodos en los que su estrella declinaba, Churchill agarraba la pluma (y el pincel), consciente de que su trabajo como historiador podría mitigar la fuerza de las críticas de sus contemporáneos para las generaciones futuras. Nuestra visión de él como el hombre que se interpuso entre la libertad y el fascismo fue moldeada conscientemente por él mismo, aunque la verdad, como de costumbre, resultaba más compleja.
Desde su juventud, Churchill había vivido su vida de una forma encaminada a producir material para la escritura de historia. Consciente de su linaje como descendiente del duque de Marlborough, se sentía destinado a la grandeza y procuraba sujetarse a un rasero moral distinto del de la gente común. Al adquirir la mayoría de edad a finales de la era victoriana, cuando las imágenes y los sonidos del Imperio impregnaban la emergente cultura de masas británica, comenzó a usar su apellido para participar en conflictos en el extranjero, con el fin de hacer la historia que luego escribiría. Comenzó por ayudar a los españoles a reprimir a los insurgentes cubanos y más tarde se unió a las expediciones británicas en la India, donde también leyó a Edward Gibbon y Thomas Macaulay: dos historiadores anteriores cuyas populares obras habían sido acicate crucial de la expansión imperial británica. Su experiencia como periodista acompañante del relevo de una guarnición británica en la frontera noroeste de la India británica proporcionaría el material para su primer libro, que le valdría una fama tanto autoral como militar: La historia de la Malakand Field Force (1898). La guarnición había sido asediada por los afectados por la división de aquellas tierras por la Línea Durand, la frontera que los británicos habían trazado entre Afganistán y sus posesiones en la India. Churchill expresaba su indignación por ver «armas del siglo XIX en manos de salvajes de la Edad de Piedra», pero en su siguiente aventura no apreció salvajismo alguno en el uso británico de la nueva ametralladora Maxim para matar a miles de rebeldes anticoloniales sudaneses en la batalla de Omdurman, en la cual participó, y que describiría en La guerra del Nilo: crónica de la reconquista de Sudán (The River War, 1898). Sus siguientes libros relatarían sus aventuras en la guerra de Sudáfrica y harían aparición coincidiendo con el lanzamiento de su carrera parlamentaria en 1900. Manejaban poderosos tropos racistas y orientalistas que reflejarían tanto como influirían en la configuración de las imágenes populares del Imperio.
Hay que decir que Churchill no carecía de matices. Se opuso a un proyecto de ley contra la inmigración judía en 1905 y ayudó a redactar la primera ley nacional de Seguros en 1911. Aplastó violentamente las huelgas obreras y llegó a proponer la esterilización de los británicos «degenerados», pero también era amigo del poeta anticolonial Wilfrid Blunt y estaba dispuesto al uso de la fuerza para la implantación del gobierno autónomo irlandés, e impedir la partición de la isla. Como secretario de Estado para el Aire y la Guerra, planeó y ejecutó en 1919 un ataque químico sostenido contra aldeas controladas por los bolcheviques en la guerr civil rusa, e instó al uso de armas químicas contra las tribus de la frontera noroeste, en contra de las objeciones de sus colegas de la Oficina de la India, pero luego se mostró horrorizado por el uso de bombardeos para recaudar impuestos en el Irak británico, abogando en su lugar por el uso de gases no letales.
La de si estos puntos de vista eran propios de su tiempo es una pregunta engañosa e imposible: todos los tiempos —también el nuestro— están atravesados siempre por una gran disputa entre múltiples sistemas de valores. La brújula de las decisiones de Churchill era menos la coherencia intelectual que su noción de un derecho irrestricto a tomar decisiones —a menudo oportunistas— basadas en intuiciones románticas. Veneraba a T. E. Lawrence, con quien diseñó un régimen de terror aéreo para vigilar el Irak británico después de la primera guerra mundial. El aura onírica de Lawrence como genio militar intuitivo y escritor épico, famoso por sus aventuras encubiertas en tiempos de guerra en Oriente Próximo, representaba para Churchill el mantenimiento de la posibilidad de la agencia histórica de un gran hombre incluso después de que las trágicas batallas europeas de la Gran Guerra hubieran levantado intensas dudas al respecto. Dedicó un capítulo a Lawrence en su libro de 1937 sobre Grandes contemporáneos y, durante la segunda guerra mundial, forjó lo que se conoció como el ejército secreto de Churchill —un grupo de espías y saboteadores— basándose en las actividades de aquel.
Esa noción de Churchill del derecho de nacimiento histórico, del privilegio masculino de clase alta de hacer la historia sin rendir cuentas por los costes humanos, es hoy anhelo de las clases dirigentes británicas. Pero semejante prerrogativa empezó a cuestionarse ya en tiempos de nuestro hombre. Su escaño en el Parlamento, lo perdió en 1922 debido a su expansión autocrática del imperio en Oriente Medio y fue a parar al laborista Edmund Dene Morel, una figura destacada del movimiento en pos del control democrático de la política exterior. No cabe duda de que Churchill encontró más pensadores afines en el Partido Conservador a partir de 1924 —año electoral que se saldó con una aplastante victoria de los tories, y en el que nuestro hombre recuperó el escaño—, pero aquella era una época de dudas crecientes en torno al imperio, y dicha tendencia lo encontró concienzudamente enfrente. Su desafío a su propia época se hace evidente en una frase pronunciada en la Comisión Peel sobre Palestina en 1937: «No admito», clamaba entonces, «que se haya hecho un gran daño» a los nativos americanos y los aborígenes australianos al reemplazarlos por «una raza más fuerte». Sus convicciones acerca de la superioridad de la «raza aria» concordaban con la ideología nazi hasta un punto que resultaba incómodo para muchos británicos de entreguerras. Elogió a Mussolini en los años treinta y siguió haciéndole halagos durante la guerra. Se puso del lado de los fascistas en la guerra civil española y admiraba a Hitler, protagonista de otro capítulo de Grandes contemporáneos. No se oponía al fascismo, sino al expansionismo continental de Alemania.
Su don para las palabras y su disposición beligerante le permitieron despertar a una nación asustada para luchar en una coyuntura crucial, pero como jefe de un gobierno de coalición anclado en el laborismo. La conciencia inquieta por sus decisiones cuestionables en tiempos de guerra, como el bombardeo de civiles alemanes, la tranquilizaba agarrándose a su fe en una justicia poética superior: «quienes han desatado», decía, «estos horrores sobre la humanidad sentirán ahora en sus hogares y personas el golpe demoledor del castigo». Cuando las políticas de requisa causaron una hambruna en Bengala en 1943, se negó a satisfacer las solicitudes del virrey de la India, Lord Wavell, de hacer envíos de grano de emergencia. Esto no era expresión de un alma excepcionalmente malvada: se podía esperar una actuación similar de otros políticos británicos. Pero eso no es menos cierto que el hecho de que a muchos funcionarios —incluido su propio secretario para la India, Leo Amery, un archimperialista que aplastó sin piedad la rebelión anticolonial india en tiempos de guerra— les asombraban los argumentos racistas con que Churchill defendía su decisión: que los indios se reproducían como conejos, que si la hambruna era tan grave por qué Gandhi seguía vivo, que la inanición de los bengalíes importaba menos que la de los «fornidos» griegos. Churchill «no estaba del todo cuerdo» con respecto a la India, concluía Amery, encontrando poca diferencia «entre su punto de vista y el de Hitler».
Incluso dejando de lado las opiniones de los indios y otros «no arios», es difícil quitar hierro a las opiniones de Churchill considerándolas como típicas de su tiempo: una época en la que muchos británicos reconocían el arianismo como una ideología nazi e incluso compañeros conservadores consideraban extremos los puntos de vista churchillianos. Estos surgían de un sentido clasista de su papel histórico personal como alguien destinado a tolerar estoicamente todo tipo de males en nombre del progreso. Eran esa ética anticristiana del imperio que tanto deploraban los pensadores anticoloniales y también marcaron la supervisión de Churchill de la brutal guerra británica en Kenia en la década de 1950, en la que innumerables personas fueron asesinadas y torturadas en un «oleoducto» de campos de concentración, y la contrainsurgencia en Malasia, donde los británicos se convirtieron en la primera potencia en utilizar el agente naranja. ¿Hasta dónde podemos llevar la justificación de la «tipicidad», dada la oposición masiva a tales políticas en las colonias y la significativa oposición dentro de la propia Gran Bretaña? El Churchill que desafió a Hitler también derrocó al primer ministro iraní elegido democráticamente en 1953 por atreverse a nacionalizar la Anglo-Persian Oil Company (en la que Churchill había conseguido que su gobierno comprara una participación mayoritaria en 1914), en un momento en que la propia Gran Bretaña estaba nacionalizando industrias clave. El Reino Unido y Estados Unidos auspiciaron a partir de entonces una brutal dictadura monárquica. Y Churchill tuvo que aplicar su punto de vista de forma encubierta, en parte porque iba muy en contra de la sensibilidad de la época. ¿No hace el culto obligatorio a Churchill un flaco favor a los británicos que abrazaron puntos de vista genuinamente antifascistas, antirracistas y antiimperialistas en su propia época?
Amery y Wavell creían que la hambruna de Bengala ennegrecería para siempre el nombre de Gran Bretaña, pero Churchill y su legión de biógrafos se aseguraron de que no fuera así. En nuestros días, a medida que una nueva generación de académicos pone de nuevo aquel episodio olvidado sobre la mesa, la reacción violenta que ello genera testimonia la consagración de la leyenda de Churchill, que arraiga obstinadamente incluso cuando se cuestiona la cosmovisión histórica que dio forma a la vida del primer ministro: una visión de la historia como algo hecho por grandes hombres que se atreven a alzarse por encima de los raseros morales ordinarios. Los puntos de vista de Churchill no eran, no, típicos de su tiempo, sino de la raza, la clase, el género de su tiempo; y debido a su influencia cultural, también en parte del nuestro. La clase dominante británica lo adora, por supuesto, pero aún más comprensible es la incapacidad del resto del mundo para hacerlo. Aquellos que se niegan a considerarlo como algo más, y más complejo, que la némesis de Hitler son los mismos que no aprecian necesidad de disculparse por el pasado imperial de Gran Bretaña, porque siguen participando de los valores de la supremacía blanca innata de la clase alta sobre los cuales se fundó aquel. De hecho, Churchill ayudó a prolongar su vida con su visión del «telón de acero» de la guerra fría, inauguración de una era nueva de contienda imperial. La guerra contra el terrorismo, enraizada en los tejemanejes británicos en Oriente Medio bajo el mandato de Churchill, la han extendido aún más, hasta el siglo XXI.
Los británicos rehúyen la confrontación con la realidad racista y violenta de su imperio y han permitido que el mito nublara la memoria, borrara la hambruna y sustituyera el orgullo por la abolición de la esclavitud por el reconocimiento de la misma (que persistió mucho después de su abolición). La industria cultural churchilliana, el flujo incesante de películas, hagiografías y programas de televisión que lo han convertido en un talismán de la élite británica, han jugado un rol importante en esto. También para las élites estadounidenses, debido al vínculo «anglosajón» que el propio Churchill ayudó a popularizar en tanto que descendiente de la clase alta estadounidense a través de su madre, Jennie Jerome, una socialité norteamericana, hija de un multimillonario neoyorquino.
Este Churchill desnatado de puntos de vista raciales o imperialistas no se parece en nada al que se vuelto ineludible en cualquier historia seria del colonialismo británico. Pero el deseo popular de ajustar cuentas con el pasado imperial tras un aplazamiento interminable se ha intensificado en los últimos tiempos en forma de demandas de equidad racial, reparaciones, restituciones, monumentos conmemorativos, disculpas y debates sobre qué figuras históricas deberían venerar en piedra los británicos, así como una conciencia creciente de cómo esa devoción perpetúa la cosmovisión heroica, del gran hombre que hace la historia, que posibilitó la edificación del imperio. Para la clase dirigente británica, poner en cuestión el lugar de Churchill en ese panteón es cuestionar la visión instrumental de la historia que lo guio y con que justificó el imperialismo: el mismo instrumentalismo con que los miembros del Gobierno de Johnson pedían a los británicos que toleraran en silencio, sin protestar, todo tipo de dificultades, desde cierres patronales hasta el Brexit, bajo la promesa, como aspirantes a grandes hombres, de que Gran Bretaña emergería entonces de nuevo como «el mejor lugar de la Tierra». No es la ética de una época concreta, sino la de una clase particular (definida también con arreglo a la raza) que considera su predominio como un derecho de nacimiento.

Priya Satia es una historiadora estadounidense del Imperio británico, con especial atención a Oriente Medio y el sur de Asia. Ejerce como catedrática de historia internacional en la Universidad de Stanford. Es autora de los libros Spies in Arabia: the Great War and the cultural foundations of Britain’s covert empire in the Middle East (2008), Time’s monster: how history makes history (2020) y el recién traducido al castellano El imperio de las armas: la formación violenta de la revolución industrial (2023).
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