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La pollera de Mi Ley y ‘El tambor de hojalata’

Un artículo satírico de Javier Pérez Escohotado sobre el presidente argentino, que le hace acordarse de la gran novela de Grass y con quien busca equiparación en el 'Bestiario' de Juan José Arreola.

/ por Javier Pérez Escohotado /

Gracias, Javier, gracias Milei, perdón, Mi Ley. Tú no eres un tirano ni tampoco autoritario, ni autócrata, ni auto siquiera; ni proboscídeo, ni preboste, ni siquiera probo. No puedes: eres Mi Ley. Ahora me doy cuenta de que pollera, ese vocablo tan mío y tan argentino, viene de pollo, por el polluelo que se acoge a la protección del suntuoso pecho y el mullido, envolvente plumaje de su madre. Tú, Mi Ley, también eres hijo de madre, que te habrá expulsado de su tibio regazo para que te hagas un pollo adulto con motosierra, como en la publicidad de esos catálogos de aparatos motocultores en las que un tío en mono azul de tirantes demuestra lo macho que es su aparato con las amapolas y la dócil hierba del jardín.

En alguna parte he leído que el refugio en las faldas de una mujer ha sido un derecho practicado en algunas sociedades antiguas con pasado que recordar. El demérito o desprecio de esa institución jurídica histórica que son las faldas de una mujer no es solo grave, Mi Ley; es el rasgo verbal más significativo de un célibataire même, o sea, un soltero mismamente que, con fervoroso empuje, ejercita la manopla mientras rememora aquel oculto Playboy bajo el felpudo y contempla porno en el móvil que pagan los ciudadanos para matar los tránsitos de vuelo largo y la presión de los plenos plenipotenciarios. No me lo tomes como una crítica, ni mucho menos como un insulto, sino como una celebración, porque imagino que tu liberalismo xtremo —de ninguna manera libertario— incluye la educación pornovirtual y tú, Mi Ley, eres tu primer y aventajado alumno. No quiero acudir al argumento feminista para lo de tu pollera porque sería el recurso más a mano, más evidente y, sobre todo, por no herir, a lo loco, la inteligencia de mis colegas con faldas y con pantalones, y sin ellos.


El tambor de hojalata

Contigo, Mi Ley, me descojono; perdón, contigo celebro tu mención a las polleras, porque me suscita de inmediato algo que tú habrás leído y visto: El tambor de hojalata, la novela de Günter Grass (1959), ya sabes, ese premio nobel alemán todoenminúscula (1999) y la película de Schlöndorff del mismo título (1979), donde verás lo que te cuento. Recuerda que allí el pequeño Oskar, tras caer por unas escaleras que conducen a la bodega, decidió no crecer más, pero a los tres años recibe el ruidoso regalo de un tambor, no una motosierra como otros, que se convertirá en el talismán de toda su vida y en su compañero inseparable. La historia se cuenta, si la memoria no me flaquea, desde el manicomio en que está recluido Oskar, como Mi Ley recordará. Pero el episodio de la pollera tiene que ver con la concepción. Oskar, en su aparente desvarío, sorprende a todos con la surreal idea de que él fue concebido en un campo de patatas, que no es tu caso, Mi Ley. ¿En cunita de plata? Un día su abuela Ana, que trabajaba en ese campo, ve que se le acerca José, un pirómano que huye de la policía. El tal José le pide a Ana que lo esconda dentro de sus faldas, o sea, le solicita el histórico asilo de su pollera. Cuando desaparece la policía, deducimos que después de la imaginable y esperada relación entre la abuela Ana y el ardiente pirómano, nace Agnes, la madre de Oskar. No seguiré con la biografía de Günter Grass, porque está al alcance de cualquiera. Ya sabes, eso de que a los diecisiete años ingresó en las SS y se pasó toda su vida justificándose; pero El tambor de hojalata es, sin duda, el mejor alegato a su favor y, a día de hoy, la completa amortización de su deuda, que no de su olvido. Pero esta escena primera de El tambor de hojalata no reproduce una situación picaresca ni antropológica, sino que recupera una tradición cultural más extendida de lo que sabemos: una modalidad de asilo bajo la intimidad o proximidad de las haldas femeninas. Algunos perseguidos, justa o injustamente, por las autoridades autocráticas o por la Inquisición, podían acogerse al derecho de asilo que ofrecía una iglesia o un monasterio como espacio sagrado. Las faldas de una mujer son, desde luego, un lugar más estrecho, más recóndito, más secreto, pero más literario y, además, un recurso de inmunidad documentado por la costumbre y el derecho. También los pañuelos de las madres de los desaparecidos pueden ser protectores.


Freud y los no diagnosticados

Pero si Mi Ley no necesita sustancia alguna para decir las sandeces all over de world que dice allá por donde va, alguien de su entera confianza tendría que examinar lo que respira y come y bebe. O, en su defecto, acudir al psicoanalista. No al psiquiatra, un profesional que sabe suministrarte sustancias, aunque puedan dar positivo en las aduanas, sino al psicoanalista, que te da palabras, eso, verbos, ideas, conceptos, y te tumba en un diván al pie de una reproducción de Freud o Lacan, mientras tú te desahogas largo y tendido. Con Mi Ley, que no va al psico, que no toma ni aspirina, con dos cojones, tenemos un macro-diplomático-problema que nos va a costar caro, o sea, dinero. Todos los reyes e incluso los presidentes —yo lo he sido de mi escalera y conozco por eso el odio— tenían a un oficial que probaba lo que iban a comer; mientras, el noble presi espera la reacción que hacía. Si el probador moría, es que el alimento o la bebida estaban envenenados. En el pasado, eran oficios de total confianza el de los proveedores de la despensa y cocina, y el de los probadores de lo que iban a injerir los reyes, nobles y personas de alguna autoridad; pero, claro, una república no tiene ni idea de la complejidad que implica una monarquía parlamentaria, o sea, las buenas maneras, el protocolo, las relaciones internacionales, los besamanos y el peinarse un poco, al menos como el león de la Metro para rugir en el momento oportuno. Porque tú, Mi Ley, el protocolo te lo pasas no por la polla, por la pollera. Y así te va. No llores por mí, Argentina.


El enemigo extranjero y la independencia de América

Y si, como amenaza implícita, Mi Ley, quieres recordarnos la independencia y la emancipación de América, debes saber que el primer independentista sudamericano fue Lope de Aguirre, un conquistador cruel y asesino al que le han dedicado muchos estudios, todos justificados, y alguna película, como la que protagoniza Klaus Kinski en Aguirre, la cólera de Dios, de Werner Herzog (1973). Este sujeto le envió una carta a Felipe II denunciando las irregularidades de las autoridades españolas en los territorios de la Nueva España, el mal reparto de las riquezas y los títulos, y la flaqueza en la persecución de los luteranos. Tras aquellas denuncias, decidió acogerse a un derecho que conservaban los vizcaínos: se desnaturalizó del rey y se declaró sujeto emancipado de la Corona española. A Mi Ley no le interesa, aunque podría, lanzarse ahora a la reconquista de las Malvinas, en poder todavía de los ingleses, pero le interesa destapar el frasco de un colonialismo de telenovela, que por lo menos, y con franqueza, acabó cuando el general Perón le vendía trigo al general Franco. Porque a los ingleses les gusta la colonia y a nosotros también. ¡Varón Dandy para todos! Si yo fuera serio, que lo soy, diría que este recurso de amenazar con el enemigo exterior, y, en este caso, con el complot de España y no sé qué kirschnerismo de silicona adinerada que suena demasiado a fruta escarchada, a postre de Navidad para pobres y, además, a temario del que oposita para un ingreso de mérito en la CIA.


El insulto como una de las bellas artes

Y si lo que desea Mi Ley es renovar el repertorio de insultos, podemos recurrir de nuevo a Lope de Aguirre y recordarle una obra de Miguel Otero Silva, un escritor venezolano que sin duda Javier conoce a fondo incluso cuando se holograma como Mi Ley. En su novela, Lope de Aguirre, príncipe de la libertad (1979), Otero Silva nos proporciona una suculenta sarta de insultos que le regalo a Mi Ley para su próxima entrevista en los canales habitualmente babosos con el Gobierno de turno y, sobre todo, para que amplíe la oferta: «traidores, iscariotes, cobardes, faldetas, esclavos del tirano, bujarrones de fraile, hideputas, malparidos, luteranos, caínes, pedorros, cornudos, untos de mierda, puercos, alcahuetes, grandes cabrones, putos, sorbeletrinas, puñeteros, capones». Un poquito más de literatura y menos pollera, distinguido Mi Ley.

Pero tú, Mi Ley, no te mereces ninguno de estos elogios, que otros llaman insultos, porque tú no eres un hombre de lengua libre; eres un hombre sin diagnosticar, tal vez solo un raro homúnculo sin describir, un espécimen no pensado por Darwin ni identificado por Celestino Mutis entre la fauna, la flora de esas tierras americanas que los españoles amamos más de lo que merecemos.

Pero eres Mi Ley. No eres el cóndor, que ya pertenece a los Andes y a Simon y Garfunkel. No eres, como el bisonte, «un montículo de polvo impalpable y milenario». Ni el león, que es «como su alma, bastante perruno y desmedrado». No eres el elefante que «está dotado de inteligencia y memoria». Pero eres alguno de los animales que Juan José Arreola conoció o imaginó. Tampoco la iguana, por tu semejante mirada; ni la cebra que «toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada se entigrece». No, tú eres único, Mi Ley.

Eres el ajolote, «pequeño lagarto de jalea. Gran gusarapo de cola aplanada y orejas de pólipo coral. Lindos ojos de rubí […], lingam de trasparente alusión genital. Tanto, que las mujeres no deben bañarse sin precaución en las aguas donde se deslizan estas imperceptibles y lucias criaturas». Ya sé que no conoces el Bestiario de Juan José Arreola, pero con estas citas te reembolso parte de tu tradición literaria desde el siglo XVI hasta hoy mismo y, de paso, te devuelvo la concha de tu madre patria.


Coña final

El divertido lector que haya llegado hasta aquí me permitirá un desahogo diplomático. Hace unos años, para justificar que uno había normalizado socialmente la homosexualidad, se usaba la muletilla: «yo, que tengo muchos amigos homosexuales…». Ahora, para lanzarse a intervenir en los entretenidos quilombos que suscita Mi Ley, habría que decir: yo, que tengo tantos amigos argentinos…, sobre todo para que no ofendan las críticas a una nación hermana, esto sin apuntar al nuevo eje EEUU e Israel, que está a punto de regalarle a Mi Ley una kipá, ¿pa’ké?

Finalmente y antes de salir a tomar unas gambas al ajillo, admitiré un contrito mea culpa nacional: tampoco hacía falta que un ministro con toda la barba se excusara por decir lo que dijo sobre la sinsustancia de Mi Ley. No hacía falta que lo dijera porque es evidente que a Mi Ley no le hace falta tomar nada. Compañero Puente, ponte a los monólogos como yo. Me sangran los dedos cuando escribo y me los chupo como un mutilado en un grabado de Goya.


Javier Pérez Escohotado, ensayista, poeta y crítico, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Sus investigaciones se orientan hacia la gastronomía, la Inquisición y la vida cotidiana. Autor de los poemarios Laura llueve (2000), Papel japón (2002) y del experimento textual La vigilancia de los acantos (2017), ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Sexo e Inquisición en España (1998), Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo. Proceso inquisitorial, Toledo 1530 (2003), Donjuanes, bígamos y libertinos. El filo de la Historia (2005), Crítica de la razón gastronómica (2007) y El mono gastronómico. Ensayos de arte y gastronomía (2014). Asimismo, ha editado y prologado Jaime Gil de Biedma. Conversaciones (2002); ha colaborado en Poemas memorables: antología consultada y comentada 1939-1999 (1999)  y ha editado Inventario de disidencias, suma de calamidades (2010), sobre la vida trágica de don Santiago González Mateo. Recientemente ha prologado Los santos inocentes y El hereje, de Miguel Delibes. Ha publicado artículos de opinión y crítica en diversos diarios y revistas.


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