/ por Mary Jo McConahay /
Artículo originalmente publicado en New Humanist el 25 de junio de 2024, traducido del inglés por Pablo Batalla Cueto
El próximo mes de noviembre, los estadounidenses están convocados a elegir entre la preservación de la democracia, con un voto a Kamala Harris, o una autocracia permeada de valores fundamentalistas cristianos, si optan por Donald Trump. El nacionalismo cristiano, la creencia de que la ley y las instituciones del país deben regirse por una perspectiva moral cristiana, llega más fuerte que nunca a las elecciones presidenciales de este año. Y aunque gran parte de la atención se haya centrado en la alianza de Trump con los cristianos evangélicos, existe otro grupo que podría ser todavía más influyente, e inclinar la balanza a su favor.
Los obispos católicos encabezan el grupo religioso más grande del país, con 73 millones de creyentes o, lo que es lo mismo, un quinto de la población (los protestantes en su conjunto constituyen un grupo más grande, pero se encuentran divididos en varias denominaciones). Su influencia es poderosa: los católicos votan en porcentaje más alto que la mayoría de los estadounidenses, y desde 1952, sus votos han ido generalmente al ganador. Hoy en día, los grupos católicos trabajan cada vez más en alianza con grupos evangélicos a fin de impulsar leyes, efectuar cambios políticos y apoyar al Partido Republicano.
Un ejemplo reciente de esta alianza es la eliminación de la salvaguarda federal del derecho al aborto en 2022. Los obispos estadounidenses celebraron junto a sus pares evangélicos blancos la anulación por el Tribunal Supremo de Roe contra Wade, la sentencia judicial de 1972 que la había instituido. Fue la culminación de una batalla de décadas librada por ambos grupos, en la que la elección de Trump resultó crucial. Este se había ganado a los votantes conservadores y religiosos con su promesa de nombramiento de jueces antiabortistas para el Tribunal, que después cumplió. Trump se refirió a sí mismo como el «mejor [presidente] en la historia de la Iglesia católica» en una llamada telefónica de 2020 con el cardenal Timothy Dolan, de Nueva York, que le brindó su apoyo efusivo.
Tres de los magistrados del Tribunal Supremo que tumbaron Roe contra Wade habían sido nombrados por Trump, lo que había elevado el número de jueces criados como católicos a siete de nueve. El principal asesor de Trump en las nominaciones, su «susurrador en el Tribunal» [court whisperer], era Leonard Leo, hombre de misa diaria, que controla una red de oenegés de ultraderecha y posee fuertes vínculos con la Conferencia Episcopal Estadounidense (USCCB), uno de los grupos de presión más poderosos de Estados Unidos.
Los 274 miembros activos de la Conferencia Episcopal son todos hombres; la gran mayoría, blancos y de mediana edad. Su Oficina de Relaciones Gubernamentales en Washington se encarga de diseñar estrategias «para influir en las acciones del Congreso». Cifran su éxito en la eliminación de la protección constitucional del aborto, pero como una batalla más en una guerra larga para insuflar su visión del catolicismo a todos los aspectos de la ley y la sociedad estadounidenses. Ahora presionan para que se prohíba a nivel nacional y se impida a cualquier mujer que viva en Estados Unidos acceder a un aborto seguro y legal. Algunos católicos de alto perfil también han utilizado el fallo para poner en cuestión otros derechos constitucionales que chocan con la doctrina religiosa. El juez Clarence Thomas, católico y el miembro más antiguo del Tribunal, escribió en su voto concurrente con la decisión que había llegado el momento de revisar decisiones anteriores que reconocían el derecho a la anticoncepción, al matrimonio entre personas del mismo sexo y a las relaciones sexuales entre parejas del mismo sexo. Todos están prohibidos por la Iglesia, y todos podrían estar en peligro bajo una segunda presidencia de Trump.
También está prohibida por la Iglesia la fecundación in vitro (FIV), que permite congelar embriones y desechar aquellos que no se utilicen o estén dañados. En 2021, el 2,3% de los bebés de Estados Unidos fueron concebidos mediante tecnología de reproducción asistida, en su mayoría FIV. Recientemente, el Tribunal Supremo de Alabama ha decidido que un embrión congelado tenga todos los derechos constitucionales de un niño, y que destruir un embrión no utilizado sea cometer un delito de «homicidio culposo». La cuestión llegará con toda seguridad al Tribunal Supremo de Estados Unidos. Mientras tanto, las decisiones sobre el aborto y la fecundación in vitro han provocado que las elecciones de noviembre para elegir a los jueces de los tribunales supremos estatales sean de las más reñidas del año. Están en juego unos ochenta cargos.
Ruptura con el Vaticano
La obsesión de la Conferencia Episcopal Estadounidense con el aborto es una de las muchas formas de su desafío al Papa Francisco, el argentino elegido en 2013 que se ha hecho famoso por su compromiso con los pobres, los inmigrantes y las personas de otras religiones, sus reformas de las anticuadas estructuras del Vaticano y su profunda preocupación por el calentamiento global y el medio ambiente. Los obispos estadounidenses siguen señalando el aborto como la preocupación «preeminente» a la hora de tomar en consideración candidatos a cargos públicos, pero el Papa Francisco afirma que la cuestión «provida» no debe tener prioridad sobre las demás, incluidas la pena capital, la eutanasia, el cuidado de los pobres y de toda la «creación» de Dios.
Francisco también brega contra la politización de la fe e insta a los obispos a ser «pastores» y exhibir «cercanía, compasión y ternura». Sin embargo, solo una dramática intervención vaticana de última hora impidió que los prelados estadounidenses prohibieran la Sagrada Comunión a Joe Biden cuando se convirtió en presidente en 2021. Biden es católico de toda la vida, solamente el segundo presidente católico en la historia de Estados Unidos, pero su defensa de la ley proaborto fue esgrimida como justificación para negarle el sacramento.
¿Cómo se ha producido esta divergencia entre la comunidad católica mundial, liderada por el Vaticano, y los obispos católicos de Estados Unidos? Los prelados estadounidenses no siempre han sido ultraconservadores. A principios de la década de los ochenta se oponían a la proliferación nuclear y abogaban por una economía justa que tuviera en cuenta a los pobres. Se oponían también al apoyo de Estados Unidos a los gobiernos derechistas de Centroamérica que emprendían matanzas de decenas de miles de civiles desarmados durante las insurrecciones. Los misioneros católicos trabajaban en la región e informaban a los obispos de los crímenes que veían; varios obispos hicieron sus propios viajes para comprobarlo por sí mismos.
Sin embargo, en aquella misma década, los católicos tradicionalistas ya se estaban alineando con los evangélicos blancos para hacer del antiabortismo la prueba de fuego de los candidatos políticos, y eso ha vinculado a los obispos desde entonces al Partido Republicano. Hoy, los obispos católicos estadounidenses y los evangélicos fundamentalistas blancos caminan por la misma senda política, apoyan a menudo las mismas cuestiones y a los mismos candidatos y suenan inquietantemente parecido en la arena pública. Más de la mitad de los simpatizantes del Partido Republicano se identifican con el nacionalismo cristiano. Donald Trump se ha autodenominado nacionalista. No es religioso, pero busca de forma oportunista el apoyo de los católicos y evangélicos conservadores exhibiendo posturas favorables a su deseo de que sus puntos de vista religiosos se conviertan en la ley del país. Llama a la Biblia «mi libro favorito».
Las raíces del nacionalismo cristiano estadounidense
Puede que el nacionalismo cristiano haya encontrado hoy un líder en Donald Trump, pero sus raíces se remontan a la década de los setenta y al trabajo de Paul Weyrich, un católico devoto que operaba en Washington. Weyrich, que atesoraba una tremenda energía e inteligencia política, consideraba que la derecha política estaba demasiado centrada en la economía y la política exterior y decía poco sobre la vida personal de la gente. Consideraba que los padres fundadores habían pretendido que Estados Unidos fuera una nación cristiana y creía, como clave de este pensamiento, en el «excepcionalismo estadounidense»: la suposición de que Dios ordenó que el país fuera único en el mundo, moralmente superior y destinado a liderar a otros países. Weyrich se propuso crear una «Nueva Derecha» y que el Partido Republicano le sirviera de vehículo.
Weyrich sabía que los católicos no podían esperar conseguirlo solos. Millones de cristianos evangélicos fundamentalistas constituían un bloque gigantesco potencial, que había que aprovechar para la causa. Pero los evangélicos no votaban: creían que la política no formaba parte de su vocación y consideraban el aborto una «cuestión católica», en torno a la cual sus líderes se mostraban equívocos. Para ellos, en esa época, el asunto político más importante era el mantenimiento de la discriminación racial bajo el pretexto de la «libertad religiosa». Después de que el Tribunal Supremo ordenase en 1954 el fin de la segregación racial en las escuelas públicas, habían iniciado una construcción furiosa de escuelas e institutos cristianos solo para blancos, y luchaban constantemente para eludir la ley y evitar que tales escuelas fueran gravadas con impuestos u obligadas a cumplir las normas gubernamentales. Weyrich quería los millones de votantes que los evangélicos podían conseguir para la Nueva Derecha, pero su perspicacia política le decía que el racismo no era una herramienta de movilización atractiva y de amplia base. El aborto, en cambio, sí podía serlo.
En 1976, Weyrich viajó a Lynchburg (Virginia) para reunirse con Jerry Falwell, un popular líder evangélico cuyas emisiones de radio y apariciones amasaban una audiencia de millones de personas. Falwell compartía con Weyrich su opinión sobre la deriva anticristiana del país. Los evangélicos y los católicos conservadores, junto con algunos judíos, podían cambiar ese rumbo de secularización de la sociedad si se mantenían unidos, dijo Weyrich al famoso predicador. «Ahí fuera hay lo que podríamos llamar una mayoría moral», aseveró.
Falwell estaba de acuerdo. El movimiento de la «Mayoría Moral» despegó. A los evangélicos se les empezó a decir que era pecado no votar, y el aborto se volvió el tema estrella. El primer candidato favorito de la alianza, Ronald Reagan, había firmado una ley a favor del aborto cuando era gobernador de California, pero como presidente elegido con el apoyo de los nacionalistas cristianos (1981-1989) arremetió contra él. En un Desayuno Nacional de Oración, dijo que las respuestas a «todos los problemas» conocidos por el hombre podían encontrarse en la Biblia. La Nueva Derecha Religiosa estaba en marcha.
Hoy las encuestas indican que entre el 20% y el 30% de los estadounidenses son nacionalistas cristianos o simpatizantes, cifra que se eleva a dos tercios entre determinados grupos religiosos. Las cruces y las Biblias hicieron aparición junto a las banderas confederadas, las sogas de ahorcado y otros símbolos de supremacía blanca caros al nacionalismo cristiano durante el intento de golpe de Estado del 6 de enero de 2021, cuando Trump exhortó a sus leales a negar la victoria electoral de Joe Biden y a marchar hacia el Capitolio.
La Conferencia Episcopal de Estados Unidos también se ha subido a la ola de la guerra cultural, adoptando posturas similares a las del Partido Republicano con frecuencia. En 2021, tras una oleada de protestas de Black Lives Matter, el arzobispo de Los Ángeles, José Gómez, presidente de la Conferencia, calificó de «pseudorreligiones» a movimientos de solidaridad y justicia social como BLM y los acusó de pretender sustituir al cristianismo. Una de las pocas voces que se alzaron dentro de la Iglesia católica estadounidense en contra de la caracterización de Gómez correspondió a uno de sus escasos teólogos afroamericanos, el reverendo Bryan Massingale, de la Universidad de Fordham. Dijo Massingale: «El nacionalismo blanco es la verdadera pseudorreligión idólatra que supone una grave amenaza tanto para la unidad nacional como para la auténtica fe cristiana».
Patrones ricos
La comunidad católica de Estados Unidos es diversa y está atravesada por las divergencias en torno a muchos asuntos, pero llama la atención que muchos de los católicos laicos más ricos apoyen la agenda de los obispos más conservadores. Podemos tomar como ejemplo a Thomas Monaghan, fundador de la cadena Domino’s Pizza, que decía esto a un biógrafo: «Intento recordar que mi principal trabajo es convertirme en santo». En 1987, Monaghan creó con ese fin la influyente asociación Legatus, que reúne a ricos directivos católicos de empresas. La cadena de televisión católica Eternal Word la describe como «una especie de base espiritual para los católicos que llevan el timón del barco empresarial de Estados Unidos».
Además de Legatus, Monaghan también es el creador —no hay otra forma de describirlo— de Ave Maria, toda una ciudad de inspiración católica en Florida, con una Facultad de Derecho en su corazón para preparar a la próxima generación de abogados de derechas. Su plan de estudios fue diseñado en parte por el difunto magistrado ultraconservador del Tribunal Supremo Antonin Scalia, y su discurso de dedicación fue pronunciado por el ya citado magistrado del Tribunal Supremo Clarence Thomas.
El rey de la pizza también fundó el Thomas More Law Center (TMLC), uno de varios bufetes de abogados de defensa cristiana que «se asientan en la encrucijada de la Iglesia y el Estado», como se describe a sí mismo otro de ellos. «Enfrentarse a la amenaza del islam radical» es uno de los intereses declarados del TMLC. El cardenal Raymond Burke, un cabecilla de los obispos derechistas estadounidenses, patrocinador de TMLC, dice que oponerse a la inmigración islámica es «el ejercicio responsable del propio patriotismo». Esto se alinea con las políticas de Trump, que declaró una «prohibición de musulmanes» [Muslim ban] contra los inmigrantes de ciertos países en uno de sus primeros actos como presidente. La prohibición fue revocada bajo el mandato de Biden, pero Trump dice que quiere volver a imponerla «con más firmeza» si obtiene un segundo mandato presidencial.
Ese segundo mandato de Trump es posible, y los grupos de presión católicos pueden ayudar a empujar a los republicanos más allá de la raya, ejerciendo una influencia tanto pública como discreta. En asociación con Americans for Prosperity [«Estadounidenses por la Prosperidad»], el principal grupo de defensa política del multimillonario Charles Koch, TMLC ganó un caso en 2021 en el Tribunal Supremo que permite a las organizaciones benéficas y sin ánimo de lucro hacer uso de «dinero oscuro»: fondos de donantes que las organizaciones no están obligadas a identificar. La decisión ha sido una bendición para decenas de organizaciones conservadoras sin ánimo de lucro —como los grupos católicos provida— que utilizan la política y los tribunales para instalar su versión de la cristiandad.
Otros tipos de influencia se efectúan a plena luz. Un ejemplo es la conservadora Fundación Heritage, cofundada por Weyrich. En 1981, la fundación publicó el primer libro de su serie Mandate for Leadership, en el que enumeraba recomendaciones políticas específicas para el Gobierno entrante de Ronald Reagan. Desde entonces, ha publicado diez nuevos libros, con listas de nombramientos políticos recomendados. El actual mandato para una hipotética Administración Trump, denominado Proyecto 2025 aboga por la remodelación del Gobierno para otorgar poderes extraordinarios al presidente, la sustitución de miles de empleados de la función pública por trabajadores prorrepublicanos, la restricción de los derechos de las personas LGBTQ+, la eliminación de agencias administrativas y el despedazamiento de normativas medioambientales en favor de las industrias de combustibles fósiles.
Mientras tanto, los miembros del secreto Consejo para la Política Nacional (CNP), otra iniciativa de Weyrich, son firmes partidarios de Trump. Se trata de personas de alto poder adquisitivo vinculadas a las empresas más ricas del país y activistas bien conectados, incluidos poderosos católicos de ultraderecha como Leonard Leo y Ginni Thomas, esposa del juez Clarence Thomas. Haciéndose eco del mensaje de los nacionalistas cristianos de que se hallan en un combate existencial en pos de la creación de un país regido por las «leyes de Dios», como ellos las ven, el presidente del comité ejecutivo del CNP dijo una vez en una reunión de donantes pro-Trump: «Es una batalla espiritual la que libramos. Esto es el bien contra el mal».
Los obispos y el clero católicos están obligados a reconocer la separación entre Iglesia y Estado. Es un principio de la Constitución de Estados Unidos y se recoge expresamente en los documentos del histórico Concilio Vaticano II (1962-1965). No deben respaldar a candidatos a cargos públicos por su nombre, ni a movimientos políticos como el nacionalismo cristiano. Los padres fundadores de la nación no reconocieron específicamente ninguna religión estatal. Crear virtualmente una ahora, como quieren hacer los nacionalistas cristianos, violaría las mismas ideas sobre las cuales se fundó el país, incluida la democracia. Pero a menos que cambien de rumbo, los obispos, junto con otros ultraconservadores, alimentados por el dinero oscuro de donantes superricos, pueden llevar a Estados Unidos por el peligroso camino del extremismo y la autocracia en las próximas elecciones nacionales y más allá.

Mary Jo McConahay es una de las más reputadas periodistas católicas de Estados Unidos, conocida por su trabajo como corresponsal de guerra en Centroamérica en los años ochenta. También ha trabajado en Oriente Próximo, como corresponsal económica. Es autora de tres libros: The Tango War: the struggle for the hearts, minds and riches of Latin America during World War II y Maya roads: one woman’s journey among the people of the rainforest y Playing God: American Catholic bishops and the far right campaign.
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