Rescates

Julián Ayesta: la promesa del verano

Álvaro Acebes Arias dedica uno de sus «Rescates» al autor de la cautivadora 'Helena o el mar del verano', breve novela sobre el paraíso de la infancia y la eclosión del primer amor.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

A Juan Rulfo le bastó con hacer dos obras tan misteriosas y perfectas como El llano en llamas y Pedro Páramo para pasar a la historia de la literatura. Apenas trescientas páginas que, al decir de García Márquez, son tan valiosas como todo lo que nos ha llegado de Sófocles. Luego el mexicano tuvo que pasarse años justificando su renuncia a la escritura. Que si se le había muerto el tío Celerino que le dictaba las historias y qué se yo cuántas excusas y cábalas que han hecho los críticos. Yo creo que, en realidad, es que no tenía nada más que añadir a esas páginas inagotables. Lo demás solo podía ser silencio, como el que sigue a la estremecida lectura de esas narraciones hechas de ruidos, rumores y viento, habitadas por fantasmas sonámbulos y campesinos sin tierra. Hay escritores que se han pasado toda la vida intentando emular el éxito que tuvieron una vez. Antes que repetirse, Juan Rulfo escogió callarse y dejó que sus dos obras maestras hablaran por él. Se me ocurre que en con ese gesto quiso lanzar un aviso a navegantes.

De ese tipo de silencios sabía algo otro maestro de la levedad como Julián Ayesta, el autor de Helena o el mar del verano. En la literatura española habrá pocas obras más bellas que esta. Menos aún las que sean tan perfectas en su brevedad. La he releído hace poco y de nuevo he vuelto a sentirme tan fascinado como la primera vez. Es lo que pasa con los libros verdaderamente grandes ―y aquí, si medimos la extensión de la novela, esto ya es una paradoja―: que uno se aproxima a ellos para encontrar una tregua en el presente y descubrir una verdad que no es la verdad cotidiana y convencional que gastamos en el día a día, sino otra mucho más poderosa, consoladora y auténtica que tiene que ver con la propia vida. La lectura como un lugar en el que refugiarse cuando la realidad impone sus tempestades y porque, aun siendo un precario sustituto de esta, nos entrega los perfiles de un mundo más completo que aquel en que vivimos. Leer en esos casos se convierte en algo parecido a una cura, un modo de limpiarse o simplemente de quitarse de encima, como dijo Pavese, las ofensas de la vida. Ustedes tendrán sus propios remedios y alegrías privadas para combatir estos males, pero, puesto a hablarles de los míos, ninguno mejor que el de esas deslumbrantes y delicadísimas noventa páginas del libro de Julián Ayesta, la única novela que este escribió y donde se cuenta entre susurros la historia de un primer amor tal y como deben ser todos los primeros amores, algo arrebatador, excesivo, lleno de vértigo y escalofríos y que no entiende de limitaciones. «El verde paraíso de los amores infantiles», dijo Baudelaire. Tal vez los más importantes, pues todos los que vendrán después se medirán siempre con ellos por más ingenuos o inocentes que los recordemos. De eso va Helena o el mar del verano, una píldora contra las fatigas del día a día que todo lector debería administrarse.

Julián Ayesta no es un escritor olvidado, visto que su única novela ha seguido publicándose de manera más o menos regular. Tampoco fue un escritor proscrito, por más que tuviera enfrentamientos con algunos jerarcas del régimen. Pero sí pertenece a la nómina de autores secretos que hay en nuestra narrativa y una señal de ello es su ausencia en los recuentos que se suelen hacer de la literatura de los años cincuenta. La razón es que una obra tan escueta como la suya (aún más que la de Rulfo si pensamos solo en la novela y en el puñado de cuentos que escribió) no tenía nada que ver con el realismo que triunfó en aquella década. Ayesta estaba muy lejos de los modos empleados por compañeros de generación como Aldecoa, Martín Gaite, García Hortelano y compañía, pero esas distancias también se adivinaban en lo ideológico. Si pensamos en un grupo en el que situarle, sería el de los autores falangistas que se dieron a conocer a principios de los años cuarenta, con Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Ignacio Agustí, José Antonio Giménez-Arnau o Rafael García Serrano, aunque aquí también se encuentra a años luz del estilo bronco y la artificiosidad retórica de quienes celebraban la España eterna. Ayesta, además, se desencantó muy pronto de todo aquel triunfalismo, como se ve en algunos de los textos que publicó en las revistas de aquel momento (Garcilaso, Juventud, Correo Literario) y en donde ya desde los años cuarenta dejó entrever una posición crítica. La suya, por su intimismo y tono lírico, es entonces una obra escrita a contracorriente de todas las modas y filiaciones literarias de su época. Un verso suelto.

El escritor nació en 1919 en Somió, un pequeño pueblo próximo a Gijón, y con quince años ya vestía la camisa azul de Falange. Mucho más tarde, diría que aquello era la moda, algo común entre muchos de los jóvenes que habían visto de cerca el fuego de la Revolución de Asturias. Tras hacer la guerra en distintos frentes, se instaló en Madrid y durante la década de los cuarenta se hizo conocido por su participación en las tertulias, sobre todo la del enjambre de literatos que recalaba en el Café Gijón, donde asombraba a todo el mundo con un ingenio de primera clase y por escribir obras de teatro que no tenían compañía que las estrenase y unos cuentos que prefería dar a leer a los amigos antes que publicarlos. Entretanto, y a pesar de los ánimos de un pope como Cela, que lo animó a renunciar a los estudios y a convertirse en escritor, cambió las clases de Letras por las de Derecho. Había muerto su padre y los apuros económicos le obligaban a seguir otros caminos más prácticos. Quién sabe lo que podría haber sido la obra de Ayesta de haber mantenido aquella pasión inicial. En 1947 aprobó las oposiciones para diplomático y luego se movió por las cancillerías de medio mundo: Beirut, Viena, Bogotá, Ámsterdam. A finales de los sesenta lo enviaron a Sudán, donde ni siquiera había embajada, como castigo, después de que se supiera que era el autor de varios textos críticos con el régimen. Ayesta, que formaba parte de la corriente joseantoniana y reformista, llevaba tiempo publicando en el diario falangista SP virulentos artículos contra el rumbo que tomaba la dictadura de Franco, utilizando como pseudónimo el número de su DNI, pero el que puso de los nervios al ala dura del franquismo fue uno contra las repugnantes manipulaciones que hizo el Abc de los diarios del joven Enrique Ruano después de su asesinato. Aquello fue entendido como una provocación en toda regla y decidieron quitárselo de encima. Cuanto más lejos, mejor. Ya antes había tenido problemas con las autoridades franquistas, como cuando la censura prohibió la representación de una de sus primeras obras teatrales. En Jartum, donde sobrellevaba el calor como podía y se dedicaba a escribir protegido por una mosquitera, fue secuestrado por el grupo terrorista Septiembre Negro, que asesinó a los embajadores de Estados Unidos y Bélgica. Ayesta fue el encargado de llevar las negociaciones para liberar a los rehenes. Aquello le valió la vuelta a casa y una medalla. Antes de pedir la jubilación, y llegados a tiempos democráticos, todavía alcanzó a ver la caída del régimen comunista de Belgrado. Fue el único embajador español que tuvo el estado de Yugoslavia. A principios de los noventa regresó a Somió, a cuidar su jardín y visitar las playas de su infancia. Estaba ya muy enfermo y en el pueblo pocos podían relacionar a aquel anciano discretísimo, de porte aristocrático y mirada melancólica, con el muchacho que había salido del pueblo sesenta años atrás. Murió en junio de 1996 y, más allá de algunos apuntes en la prensa asturiana, no hubo necrológicas en los diarios nacionales. Dejó muchos textos que continúan inéditos y quienes lo trataron en esa última época dicen que le hacía ilusión saber que la novelita que había escrito cuarenta años atrás se seguía publicando.

Helena o el mar del verano apareció en 1952 en la revista Ínsula. A pesar del entusiasmo de Vicente Aleixandre, que había recomendado los textos de Ayesta al director José Luis Cano, el libro pasó sin pena ni gloria, solo apreciado por un puñado de lectores que sí se dieron cuenta de que aquello no tenía nada que ver con lo que se estaba publicando entonces en España. Los pocos críticos que se ocuparon de ella la despacharon diciendo que era una muestra más del estilo memo y afectado de la prosa falangista. Tuvieron que pasar unos cuantos años para que otro poeta, ahora Pere Gimferrer en Seix Barral, le diera una nueva oportunidad y esta vez sí se empezaron a escuchar los elogios. Los gustos y sensibilidades habían cambiado o quizá lo hicieran las particularidades ideológicas desde las que antes se había leído la novela. El caso es que a partir de finales de la década de los ochenta, cuando el libro de Ayesta conoció una tercera edición, los aplausos se volvieron unánimes. Así, hasta hoy, si bien sigue siendo menos conocido de lo que debería. José Carlos Mainer comentó que el retraso en ese reconocimiento general se debía a que Helena o el mar del verano nació como un libro destinado a ser reconocido y apreciado veinte o treinta años después de su publicación. Razón no le faltaba, pero es que ya me dirán qué acogida le esperaba a esta novela sobre los paraísos perdidos de la infancia y el amor en la grisura de un tiempo que había clausurado toda posibilidad de paraíso.

En su novela el autor asturiano contaba una historia que parecía transcurrir fuera del tiempo y que no tenía escuelas a las que adscribirse. Ni siquiera a las genéricas, pues siempre ha habido bastante debate a la hora de definir al libro, que puede entenderse como una novela o una colección de cuentos caracterizados por una pasmosa unidad. Ni siquiera el propio Ayesta lo tenía claro. A su modo, Helena o el mar del verano fue el principio y el fin de toda su trayectoria, una obra que se estuvo gestando durante más de diez años y que solo alcanzó su forma definitiva cuando apareció en las páginas de Ínsula. Pienso, por otra parte, que todas estas cuestiones importan muy poco a la hora de sumergirse en una historia cuyo argumento podría resumirse en apenas cinco líneas, pero que contiene resonancias de las que no se terminaría de hablar nunca. El libro, en realidad, no es más que una sucesión de estampas que evocan desde tres momentos temporales (verano, invierno y, de nuevo, verano) la fascinación infantil del narrador por una joven llamada Helena. Entremedias, los ambientes familiares, la asfixia de la vida escolar en un colegio de frailes y el salto a la vida adulta. No hay nada más en la trama, solo el deseo de eternizar unos instantes y de ofrecer un testimonio vibrante de todo aquello que deja su huella en el fluir de la vida: la seducción del mar, la luz y los colores del paisaje del Cantábrico, el tiempo detenido en su eterno transcurrir, los retazos de sueños en el relajo del verano, la felicidad de la infancia y los primeros misterios del amor. Las experiencias secretas y primordiales que todos atesoramos, aquellos prodigios de los que sentimos añoranza y que se adecúan con un aprendizaje vital. Tenía razón Rilke al decirnos que el destino no es otra cosa que la plenitud de la infancia. Volver a esos momentos cardinales, aunque sea en el recuerdo, es nuestro consuelo.

Leer Helena o el mar del verano es algo parecido a rozar el milagro. Una prosa cuidadísima, de una belleza deslumbrante y donde poesía y naturaleza aparecen perfectamente fusionadas para hablarnos de lo inefable y lo inmenso. Esa atención a los detalles, el cuidado en retratar las cosas liminares de la vida infantil y la mezcla de ensueño y sensualidad. El tema transformado en estilo. No es extraño que el libro no encontrara acomodo en el momento en que fue publicado. Ayesta presentaba un mundo refinado y resplandeciente, a salvo del daño, la erosión del tiempo y de los conflictos cotidianos. En esas apretadas páginas brillaba y sigue brillando la promesa de una vida verdadera. Por todo ello, y para dejarse iluminar por la riqueza de significados que contiene, hay que leer Helena o el mar del verano con todos los sentidos despiertos: «No hablamos más. Íbamos juntos, solos, entre el silencio del crepúsculo. Solos entre el silencio del tiempo. Solos para siempre. Juntos y solos, andando juntos y solos entre el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran arco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra luz y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre…».


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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