/ una reseña de Jorge Praga /
En la parte final de Volveréis (Jonás Trueba, 2024) hay una escena rememorativa en la que Alex, el protagonista interpretado por Vito Sanz, busca por un cementerio en un día lluvioso una tumba, que resulta ser la de François Truffaut. La secuencia no es un mero eslabón narrativo, sino que revela varias fuentes de construcción de la obra. Lo que vemos de esa búsqueda no fue rodado por Jonás Trueba, sino que pertenece al archivo personal de Vito Sanz: diez años atrás viajó a París y su pareja le grabó visitando varios lugares de la ciudad. La biografía de los actores, la de sus cuerpos reales, se entremezcla con la de sus personajes sin que sea fácil ni siquiera posible deslindar los campos. Al fin y al cabo el guion lo firma Jonás Trueba en unión de sus intérpretes principales, Itsaso Arana y Vito Sanz, un guion que fue labrándose en paralelo al rodaje. El hallazgo emocionado de la tumba señala además una devoción hacia Truffaut que también invade la elaboración de la película. Cabe recordar que en La noche americana (François Truffaut, 1973) el director francés utilizaba un rodaje como materia narrativa, lo que le permitía exponer las entrañas de una película con todo el amor y todos los peligros de un cinéfilo declarado. En ella un personaje, asistente del director en la ficción fílmica, proclama que entre el cine y la vida se queda siempre con el cine, sin ninguna duda. Jonás Trueba, en esa senda que viene de Truffaut, da un paso más: el cine y la vida están tan mezclados en el mundo que cimenta sus obras que no los puede separar, son un todo indisoluble que se realimenta y se mezcla sin cesar.
Volveréis supone un paso más en la carretera cinematográfica de Jonás Trueba, un paso al alimón de los que van cumpliendo su cuerpo y su vida «según sentencia del tiempo» (Anaximandro, y muchos siglos después Jaime Gil de Biedma). El paralelismo entre biografía y obra es otra herencia de Truffaut, que llegó a crear un sosias cinematográfico en Antoine Doinel, sustentado por la fidelidad del actor Jean-Pierre Léaud y desarrollado desde Los 400 golpes (1959) hasta Domicilio conyugal (1970). La filmografía de Jonás Trueba también va marcando los tiempos de su desarrollo personal y sentimental: los amores inmaduros de Todas las canciones hablan de mí (2010); la algarabía pandillera y juvenil apagándose poco a poco de Los ilusos (2013), de La reconquista (2015), de la maravillosa y desenfrenada Los exiliados románticos (2016); la reflexión sobre la soledad y la pareja que atraviesa La virgen de agosto (2019), donde se encuentran en el reparto por primera vez Itsaso Arana y Vito Sanz; la estabilidad doméstica que incita a la propiedad inmobiliaria en Tenéis que venir a verla (2022), de nuevo con esa pareja de actores. Y ahora la separación, la ruptura, tan meditada y amistosa que los desconcertados amigos devuelven la noticia, a modo de defensa propia, con un pronóstico de futuro inmediato: Volveréis (de los ocho largometrajes que ha dirigido Jonás Trueba solo se escapa de ese paralelismo biográfico el documental Quién lo impide (2021), aunque cabría darle acomodo en las búsquedas sociológicas y políticas que también empujan al director).
Volveréis habla de una crisis, del tiempo quebrado de las lejanas ilusiones juveniles y del más cercano horizonte de pareja consolidada. Y cómo tal crisis no ofrece soluciones ni salidas, solo atasco y rumiar. Atasco que no se reduce a la desorientación de los personajes, sino que también invade la estructura cinematográfica. Para asombro y desafío del espectador, las escenas se repiten de manera similar: una y otra vez la pareja anuncia a sus amigos que se separan, que están bien, que no pasa nada…, y que quieren celebrarlo como se celebra algo nuevo que puede ser positivo. La película no avanza en su superficie, aunque por debajo vamos conociendo personajes, saboreando situaciones de la vida cotidiana, examinando reacciones de amigos perplejos, fontaneros impasibles y padres singulares. Para más heterodoxia narrativa la película lleva dentro de sí su propia réplica, pues la protagonista está montando otra película que parece coincidir con la que estamos viendo. Un solapamiento que desconcierta, que deja marcas de rodaje en forma de movimientos de cámara bruscos, de fallos de raccord, de repeticiones de tomas. Pero que permite un metacine con frutos maravillosos, como la grabación de una prueba de actor a Alex que baña de emoción interpretativa la pantalla (ese texto en apariencia ajeno que emociona a los actores recuerda la brillante secuencia de doblaje de Johnny Guitar en Mujeres al borde un ataque de nervios de Almodóvar). O la propia evaluación de la película en una proyección de prueba ante los colaboradores, espejo insólito en el que uno de ellos lanza la pregunta decisiva: «¿Estamos ante una narración en círculo o una narración lineal?». Las dos cosas, seguramente.
Jonás escoge algunos recursos en los que apoyarse en esa crisis de la edad: el cine, por supuesto; la camaradería de los amigos, o lo que queda de ellos; el Madrid de calles y bares que tanto ama y del que repite tomas de películas anteriores; y los libros, los que su padre Fernando Trueba, presente como actor con personalidad única, le hizo leer y amar. Volveréis cita a Stanley Cavell, estudioso del cine de parejas que se vuelven a juntar, la comedy of remarriage, y teórico de la búsqueda de la felicidad a través del cine. Y sobre todo a Søren Kierkegaard, del que una frase vale para encauzar la narración (algo similar a lo que hacía en su anterior obra con unos versos de Olvido García Valdés). Extrae de La repetición del autor danés el concepto de amor-repetición como el gran tesoro que nos salva de la melancolía del pasado y la angustia por el futuro y que, a cambio, proporciona la «deliciosa seguridad del instante». El amor-repetición atraviesa las relaciones de la pareja protagonista, modela secuencia tras secuencia, todas iguales y todas distintas. Y obtiene como trofeo postrero la maravillosa fiesta de despedida, o de lo que sea, en la que la vida y sus cambios quedan suspendidos tras un placer de sonrisas y afectos que nacen y mueren en cada plano. Como en las demás películas de Jonás Trueba no hay clausura ni cierre, vida y película continúan en su alimento mutuo, en su honda complicidad.

Jorge Praga Terente (Sama de Langreo [Asturias], 1952) es matemático de profesión y crítico de cine. Como escritor ha publicado los libros Biografías del tiempo (1999), Cartas desde Omedines (2017), Tierra de Campos infinitamente (2021) y La belleza del afuera (2023), y participado en libros colectivos de orientación predominantemente cinematográfica. Sus colaboraciones en prensa y revistas culturales son muy numerosas. En la actualidad publica regularmente en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La Sombra del Ciprés. También imparte seminarios en el Curso de Cinematografía que organiza la Cátedra de Cine de la Universidad de Valladolid.
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