/ un relato de Fernando Prado Eirin /
—Lo que tú tienes con las manos se llama fetichismo —Lino pone los labios como si fuera a silbar y sorbe de la pajita.
—Qué va —responde Klaus parpadeando a mil por hora—. Me gustan las manos por lo que pueden decir de una persona, pero no me ponen —continúa, rascándose el pecho por debajo de la camiseta arrugada.
La camarera está de espaldas a la barra manipulando la máquina de café, pulsa botones, se encienden lucecitas. Lino no aparta la mirada de su culo.
—A ver si ahora te va a dar por la quiromancia, gordo —dice.
Klaus finge que sonríe. Remueve despacio el smoothie de fruta de la pasión, papaya y mango. Se da cuenta de que Lino está concentrado únicamente en la fantasía que debe estar teniendo con la camarera.
—Deberías pedirle el teléfono —susurra.
Lino se atraganta, tose.
—¡Calla! —le recrimina—. ¿Qué te dicen sus manos? —pregunta levantando las cejas y señalándola con el mentón.
—Bueno, tendría que verlas de cerca. —Klaus se acomoda en el taburete, se estira la camiseta, endereza la espalda. Ladea la cabeza y se fija en las manos de la camarera, que sirve la leche con destreza en una taza de café recién hecho y se lo lleva a una anciana situada en el otro extremo de la barra.
—La cuenta, por favor —le dice Lino a la chica cuando vuelve.
—¿Tienes prisa? —pregunta Klaus, desinflado.
Lino sorbe ruidosamente de un vaso en el que solo quedan unas gotas de smoothie de fresa y plátano.
—No, no. Es para que puedas verle las manos.
—¡Eres idiota! —exclama Klaus moviendo la cabeza de izquierda a derecha, su papada tiembla ligeramente.
La camarera les deja casi de inmediato el tique enrollado en una bandejita. Se va a hablar con la anciana.
—Bueno, ¿qué me dices? —Lino se pone de pie y saca la cartera del bolsillo trasero de su pantalón. Klaus hace lo mismo y mira el tique. Suelta rápidamente un billete de 50 euros sobre la barra.
—Oye, ¿a qué se debe tu insistencia? —pregunta un tanto molesto.
Lino pone el billete encima de la bandejita, se guarda la cartera y se vuelve a sentar.
—Curiosidad, hombre —dice con un tono de fastidio.
—Tiene unas manos cuidadas, bonitas, de dedos largos y finos —Klaus, con la cabeza girada a su izquierda, los brazos cruzados apoyados sobre su barriga, observa a la chica—. No tiene aspecto de camarera, la verdad.
—Eso es bastante obvio, ¿no? Cualquiera diría lo mismo —protesta Lino después de emitir un chasquido—. Fíjate en sus uñas. Todo el encanto que tiene lo pierde con esas uñas afiladas de ave rapaz, negras y brillantes.
—Ahora se llevan un montón —dice Klaus sin darle importancia.
—¡Qué horror! —exclama Lino después de un bufido.
—A ti qué más te da. No dejas de mirarle el culo —le recrimina Klaus. Lino se revuelve en el taburete.
—Es que tiene un culo excepcional, ¡cómo no voy a mirarlo! —exclama abriendo los ojos como un sapo.
Klaus asiente, se rasca de nuevo el pecho por debajo de la camiseta.
—Es la típica tía que podría tener un OnlyFans —diagnostica con una seguridad brutal.
Lino suelta una carcajada estridente. La camarera los mira por encima del hombro; la anciana moja una magdalena industrial en el café.
—Sí, sí. Podría ser. La tía tiene un cuerpo de gimnasio, se cuida, ya se nota; parece una muñequita, muy linda, todo en su sitio.
Klaus va asintiendo, subiendo y bajando los hombros, pasándose la mano por la cara manchada con la barba de dos días.
—Es la hostia, eso —le interrumpe—. O sea, yo no sé muy bien de qué va, pero dicen que hay todo tipo de perfiles y que la gente paga por ver cualquier cosa.
—Ya, ya —Lino dibuja una mueca con la boca—. Tiene pinta de dominátrix. Me la imagino vestida de látex, con los arneses, el látigo y unas botas de cuero stiletto hasta la rodilla haciendo jueguitos delante de la cámara.
Klaus se gira para ver a su amigo.
—Estás muy puesto, tú —dice sorprendido, la boca haciendo una o.
—Ay, no; eso no es lo mío —se excusa Lino, moviendo las manos en el aire.
—Yo la veo más bien de otaku, omás rollo cosplay, quizás —Klaus empina el vaso y se acaba el smoothie. Lino se pone de pie, parece estar incómodo en el taburete.
—¿No es lo mismo? —pregunta alzando los brazos y estirándose; su espalda cruje.
—No estoy seguro —contesta Klaus—. Son esos friquis que se disfrazan de personajes de animes y videojuegos. En cualquier caso, no encaja en este trabajo, ¿no te parece? Se la ve muy pulcra, muy altiva; o muy inocente, tal vez. Se desenvuelve bien, sí, pero no sé. Ahí la tienes, hablando con la adorable ancianita.
—No te pases, tío —lo corta Lino, las manos en los bolsillos—. La adorable ancianita es su abuela.
—¡Qué dices! —exclama Klaus desconcertado—. ¡No me jodas! ¿Cómo lo sabes?
Lino respira hondo y el pecho se le infla.
—Es mi vecina —dice finalmente soltando el aire.
—Qué va a ser tu vecina —Klaus juega con el vaso vacío, nervioso. Lino se vuelve a sentar y adopta un aire solemne.
—Sí, coño. Lo que pasa es que le debo caer mal a la mujer, porque nunca me saluda; me evita, se muestra esquiva. No sé qué problema tiene conmigo.
Klaus mira a Lino con el ceño fruncido, se pone de pie y aprovecha para subirse los pantalones y acomodarse el paquete.
—Tengo que felicitarte, amigo —dice Lino con una sonrisa maliciosa.
—¿Cómo? —Klaus parece no estar entendiendo nada.
—Tío, tienes un ojo increíble —Lino se viene arriba y se sincera—. Has acertado: la chavala está en OnlyFans.
Klaus mira a la chica, que continúa hablando con la anciana. Luego mira a Lino, que aguarda expectante su reacción mordiéndose el labio inferior. Se deja caer de nuevo en el taburete.
—Y eso ¿cómo lo sabes? ¿Te lo dijo la abuelita?
—Se llama Melisa, con x. Melixa —susurra Lino como si estuviera revelando un secreto de Estado.
—¡Anda ya! —exclama Klaus casi gritando. La camarera y la anciana los miran desde la esquina de la barra. Lino se lleva un dedo a la boca disimuladamente para que Klaus baje la voz.
—Yo soy uno de sus followers —confiesa con una especie de satisfacción y de orgullo infantil.
Klaus se frota la calva y observa a Melisa, que sale a atender a dos jóvenes vestidos de traje.
—Estás de coña, ¿no? —pregunta Klaus, incrédulo.
—Tienes que verla —dice Lino—. Es demasiado. No te haces una idea de lo mucho que cambia. Aquí, en el trabajo, parece una tía normal que se viste de manera convencional; es guapa y tal, pero, a excepción de su manicura, nada en ella resalta significativamente. En cambio, su alter ego virtual es impresionante.
—De dominátrix —interrumpe Klaus sin dejar de mirar a la camarera, intentando imaginársela.
—Exactamente. ¡Brutal! —dice Lino en silencio, articulando los labios. Klaus se pellizca el lóbulo de la oreja derecha.
—O sea, no hemos quedado aquí por los smoothies —afirma con un tono que no deja lugar a dudas. Lino se pasa los dedos entre la poblada cabellera azabache, la barbilla apuntando al techo, con una seguridad en sí mismo abrumadora.
—Joder, Klaus, parece que te molesta. Te estás volviendo puritano.
—No. Lo que pasa es que podríamos haber ido a otro sitio. Sabes que me gustan los smoothies y los de aquí, a pesar de que los prepara tu dominatrix de los cojones, son una mierda —reprocha Klaus, visiblemente enfadado.
—Claro, claro. Un día nos conectamos y la ves en acción. Cambiarás de opinión y acabarás viniendo cada día a tomarte cualquier cosa —dice Lino.
—En acción. ¿Qué quieres decir? —pregunta Klaus con el ceño fruncido.
—Mejor no te cuento nada para que no te crees expectativas. En cualquier caso, te garantizo que no te vas a arrepentir —Lino parece estar retando a su amigo.
—Si es porno, no me interesa —zanja Klaus.
Melisa coloca 2 espressos y dos vasos de agua en la bandeja y se los lleva a unos chicos trajeados, que sonríen y la miran de arriba a abajo en cuanto se gira.
Lino levanta un brazo y sacude el billete de 50 euros.
—Cómo me pone —dice tapándose la boca con una mano y simulando toser.
Al regresar a la barra la camarera coge el tique y el billete, se dirige a la caja, toquetea la pantalla, pone el cambio en la diminuta bandeja, la deja delante de Lino y Klaus.
—Gracias —sonríe durante un segundo y vuelve con la anciana.
Klaus le propina a Lino un manotazo en el hombro.
—Me tengo que ir —dice.
—¡Qué bruto eres, coño! —se queja Lino, que se incorpora, se tropieza con el taburete y está a punto de caerse.
—Hasta luego. Gracias —dice Klaus dirigiéndose a la camarera, que sigue conversando con la anciana y lo ignora por completo.
Ya en la acera, Lino enciende un cigarro y fuma ansioso.
—Pero ¿no lo habías dejado? —le reprocha Klaus. Lino expulsa el humo por encima de su hombro derecho.
—Estoy en ello, gordo.
Klaus hace desaparecer de inmediato una mueca de decepción.
—Melisa, dices que se llama.
Lino juega con el cigarrillo haciéndolo girar entre sus dedos pulgar e índice. Al otro lado del vidrio en el que se reflejan vehículos y transeúntes, la camarera abraza a la anciana y le planta dos besos. Lino la observa.
—Con equis —insiste.
Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.
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