/ una reseña de José Antonio Torregrosa Díaz /
En su ensayo Sin relato: atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad (Anagrama, 2024) reflexiona Lola López Modéjar sobre el vaciamiento del mundo interior que define nuestra época. Es cada vez más evidente la dificultad con que tropieza el individuo cuando ha da verbalizar sus pensamientos; y lo que es peor, el problema afecta al pensamiento mismo, lo que produce un vacío introspectivo. Esto lo comprueba la autora, psicoanalista, en su propia consulta médica, a través de sus pacientes, en los que observa importantes dificultades para poner en palabras sus problemas o el origen de los mismos. Pero se trata de un hecho generalizado. Cada vez le resulta más complicado al individuo contemporáneo identificar, nombrar y explicar sus sensaciones, sus emociones, inmerso como está, además, en una sociedad que fomenta la «no-fricción», la no presencialidad y la reclusión del ser humano en los estrechos límites de una habitación mientras fluye el mundo a través de una pantalla; una sociedad que considera aburrida la conversación y huye perezosamente de la reflexión, en un retorno temerario al mundo de la infancia. Y digo temerario porque ya no serán los otros los que tengan la responsabilidad de resolver nuestro desvalimiento tardíamente infantil. Contrariamente, es la introversión (en su puro sentido) la que nos ayuda a construir un pensamiento superior que indaga en nuestra subjetividad para contarnos a nosotros mismos, para interpretarnos y para interpretar el mundo. Pero, por desgracia, la sociedad del capitalismo digital está sufriendo en palabras de López Mondéjar una «epidemia de mutismo introspectivo».
Traigo estas consideraciones aquí, antes de referirme al poemario de José Luis Zerón Hable la luz, porque, en primer lugar, la obra de nuestro autor nos redime de la tesis mantenida con mucha lucidez por la autora murciana (aunque, desde luego, no anula su posible validez general). Y también aludo a López Mondéjar porque su nombre aparece en la dedicatoria de uno de los poemas del libro.
Hace muchos años que conozco a Zerón. Es buen conversador, sin estridencias ni estrépitos, tiene unas cuantas convicciones (o principios, si preferimos llamarlos así) que defiende con firmeza y que han forjado su personalidad, pero asume también que vive entre muchas confusas incertidumbres y perplejidades de asombro (lo dice, por ejemplo, en Intemperie: «ansío un latido/ de certeza que ilumine mi boca indecisa»); mira hacia dentro de sí mismo con la misma penetración con que observa intensamente el paisaje humano y natural que lo rodea; no huye los enigmas perturbadores de la noche y sus naufragios, pero quizá gusta más de amaneceres y de saludar íntimamente el nacimiento de cada día; a menudo recrea su tiempo en la naturaleza y allí percibe con igual curiosidad la maravilla del mundo y el banquete cotidiano de la vida y la muerte en sus diferentes formas, pues el poeta tiene «el poder de nombrar el mundo que nace/ y muere con violencia» («Ab ovo»); habla y escribe (y vive) con el amparo de una muy amplia formación cultural (no es una frase hueca, bien lo saben los que lo conocen). Desde su adolescencia y hasta hoy mismo ha desarrollado en Orihuela y desde Orihuela, donde nació, una muy acreditada labor en pos (y en pro) de la cultura que, por supuesto, ha trascendido su propia geografía a través de numerosas publicaciones y de una profusa red de amistades nacionales e internacionales. Las revistas Empireuma y La Lucerna (tan recordadas) son frutos juveniles de su actividad (junto a otros amigos oriolanos), pero ha mantenido en el tiempo, y sigue manteniendo hasta hoy, un compromiso sostenido con la cultura y especialmente con la poesía. Su escritura en prosa ensayística (artículos de opinión, críticas, reseñas y últimamente su dietario A salto de mata,2023) es precisa, clara, ajustada y rica en lenguaje, y, en un orden distinto, considero que está a la altura de su poesía.
Zerón escribe poemas porque —lo ha dicho él— siente la necesidad de escribir. Hace cuarenta años que publica poesía y, especialmente en los últimos años, vienen sucediéndose sus libros con una segura frecuencia creativa. Su obra poética, desde Anúteba (1987), aquella juvenil plaquette en la que participó también su compañera Ada Soriano, cuenta ya con una docena de libros. Espacio transitorio (2018) e Intemperie (2021) son los últimos. Ahora nos ofrece Hable la luz, publicado por la editorial valenciana Olé Libros.
Nos informa el autor de que los poemas aquí agrupados se gestaron alrededor de las fechas amargas de la pandemia que comenzamos a vivir en 2020. La fecha y la vivencia terrible son significativas y determinan en la escritura un estado de ánimo particular. Con todo, Zerón no ha querido convertir su texto en un producto de circunstancias con arraigo referencial únicamente en su momento. No hay alusiones concretas, no hay uso de la neolengua de ocasión. El libro tiende a lo universal, sin anclajes temporales. Si acaso, tal o cual poema deja entrever alguna suave alusión. Así: «Es tiempo de reclusión/ y de inabarcables lejanías» o «¿Es un acto imprudente/ abrazar a quien se guarece/ de los afectos?» («Tiempo oscuro»). Incluso un poema tan explícito en su título como «Danza de muerte», reminiscencia de las composiciones tardomedievales, mantiene su valor intemporal más allá —y antes— de aquellos momentos oscuros.
Hable la luz presenta una estructura bien clara: dos partes que, aunque no absolutamente enfrentadas, sí ofrecen un tono distinto. Vienen tituladas con sendos nombres griegos: Apolión («Abadón», en hebreo, en el Antiguo Testamento) y Xenía. El primero remite al ángel del abismo, de la destrucción y de la muerte (todo tan parecido a lo que vivimos hace unos pocos años). Xenía, en cambio, nombra la «hospitalidad», el acogimiento, el acercamiento solidario al otro, en tanto que ser humano igual a nosotros. Desde la soberanía del abismo emerge el deseo de luz.
La primera parte del libro adopta un tono dolorido y pesimista y ello se advierte en la insistencia en un determinado vocabulario:cementerios, fosas, temor, miedo («el mundo huele a miedo»), indefensión, légamo, ferocidad, odios, insomnio, desconfianza, sombras, estremecimiento, tinieblas, desamparo, exilio, naufragio, demolición, yermos, orfandad, ruinas, dolor, desesperanza, muerte.
Puede entenderse esta parte como una oración (sacrílega, si se quiere) en tiempos de indefensión, en tiempos de «ceniza». Es la plegaria «de quien/ no es capaz de encontrar respuestas/ que cieguen los ojos de la derrota» («La hora de la culebra»). De hecho, el primer poema, «Introito», ofrece un nombre de connotaciones religiosas y apunta a los salmos introductorios de la misa, propiamente una antífona, en el sentido de que los fieles responden a los salmos del oficiante. Lo que ocurre es que aquí no hay esperanza de hallar respuesta, a pesar de la abundancia de oraciones interrogativas que encontramos en el poemario. Ese ángel del abismo, «saqueador de la inocencia», que pudre nuestro existir y nuestra insignificancia, es apostrofado en vano: «compongo una plegaria bravía/ contra tu abrazo de odios antiguos». Por eso mismo nos encontramos también un poema titulado «Kyrie eleison» («Señor, ten piedad»), dirigido a ese dios sin rostro, sin nombre y sin voz que no responde las preguntas del ser humano y sume a las criaturas en la orfandad y en la intemperie: «no nos dejes a solas/ con nuestras ruinas», clama el poeta en esta oración desgarrada al dios silente.
Respira esta parte del libro un aire elegíaco y de desencanto sin consuelo por la insignificancia del ser humano y su escaso poder ante el fracaso, por la desesperanza, por el dolor inabarcable y, en último extremo, por la implacable aniquilación absoluta; desencanto por ese vivir entre «sueños rotos», «entre ideales muertos» («Razón de permanencia»), mientras decimos que vivimos; desconsuelo por la fugaz contemplación de la belleza, en tanto la vida es breve y, como escribió Umbral en esa elegía desgarrada que es Mortal y rosa, «el hombre es solo testigo momentáneo de tanta belleza sin motivo».
El poema «Betel» aporta un componente onírico, entre sueño y realidad (ocurre también en «El camino de vuelta»). El poeta desearía que la nueva aurora, el nuevo amanecer descubriese un mundo amigable y hospitalario como en el sueño de Jacob, quien oyó la voz del Señor que le decía: «Yo estoy contigo; voy a cuidarte por dondequiera que vayas» (Génesis). Sin embargo, la posesión del nuevo día se acompaña con una sensación de laberinto, de exilio y de naufragio, dado el silencio de ese dios mudo al que no alcanza la plegaria.
El tono doloroso de esta primera sección toma forma iconográfica final en el poema «Stabat mater. Giovanni Battista Pergolesi» (la virgen de pie ante el cuerpo crucificado de su hijo, según el anónimo poema del Medievo), texto que aunque parte de la composición musical dieciochesca remite también al dolor universal de la madre, plasmado por antonomasia en La Piedad de Miguel Ángel.
Sin embargo, entre tanta desesperación hay momentos fugaces en que el ser es capaz de concebir una existencia esperanzada: «Todavía aguardamos/ la repetición de lo nuevo,/ la dicha de volver a abrir los ojos/ y saber que aun podemos mirar/ la vida con deseo pese a tanto/ que se nos muere» («Ahora, el instante I»), o bien: «Escribo en un insolente ser y estar,/ sabiendo que soy nada/ pese a mi decir,/ sin renunciar a estas palabras que respiro/ y saboreo,/ materialidad/ en rebeldía/ que no reconoce la palabra eternidad/ pero la pretende/ ilusamente» («Ojos que no claudican»).
Y tales declaraciones prefiguran los poemas de la segunda sección de Hable la luz, donde se muestra la compasión del poeta, entendida la palabra en su sentido etimológico: «Me concierne tu dolor y tu alegría», «Que mis ojos no se cierren ante las heridas/ que asoman en el sufrimiento ajeno», un alegato, en fin, «Contra la costumbre» que anestesia el sentir hermanado y solidario. Cada uno de nosotros somos una especie de «Angelus Novus» en tanto nos asomamos a este mundo para edificar las mismas esperanzas, sufrir los mismos temores, elevar la misma voz ante la deidad y, pese a todo, para acabar siendo, finalmente, silencio y aniquilación, como lo fueron nuestros abuelos y nuestros padres. Pero, precisamente, tal continuación, como una cadena de origen remoto, iguala entre sí a los humanos y hace que cada dolor y cada alegría sean universales. Un acento alentador aparece en algunos poemas. «De senectute» (aún no ha alcanzado el autor esa etapa, pero siente el peso de los días) invita a cantar lo que todavía es, e incluso lo que fue, pues arde la vida en la edad provecta (ya hizo lo propio Rubén Darío en su «Poema del Otoño», una especie de carpe diem crepuscular). «Invocación» llama «a conservar el apetito de lo vivo»; «Alianza» nos trae versos que iluminan: «Es luz todo cuanto germina/ y muda y niega/ tu pesadumbre». El deleite del mundo que nos ofrece el paisaje «como maravilla ajena al dolor y la incertidumbre» es disfrutado aunque solo sea por un instante en el poema «El mundo en mi habitación». Y en «Obstinatio» el ser humano, aun sabedor de su insignificancia, sabedor de la victoria final del abismo, alcanza la condición de iluso héroe cuando «frente a la bandada de las harpías» proclama obstinadamente: «Soy el ilota, el desposeído/ y pese a todo/ soy capaz de decir yo soy». «¿Acaso no es un héroe/ […] quien se niega en el último naufragio/ a ser nadie y anuncia su nombre/ para alzarse sobre el torso de las tinieblas?». Resuena aquí, como hace ver Natalia Carbajosa en el pertinente texto que prologa el libro —y resuena a contrario sensu—, la filosofía del absurdo sobre la inutilidad de la vida, que Albert Camus asoció al mito de Sísifo, encargado de una tarea abocada al fracaso. El poeta asume esa condición de valiente firmeza, amparada en la esperanza, para convertirse en vocero de los que asumieron su derrota, de los que se hundieron en el vacío, de los que, abatidos, ya no preguntan. Él ofrenda hospitalariamente su palabra y sus preguntas para «elevar hospicios/ en la herida que nunca cicatriza» («En el corazón de la encrucijada»).
Hay un punto metafísico en el pensamiento de José Luis Zerón, y no me refiero a la acepción de la palabra que alude a la oscuridad de los conceptos (aspecto que alguna vez se le ha achacado al poeta, a mi juicio como consecuencia de una lectura superficial o fragmentaria), sino a su preocupación por cuestiones ontológicas, comenzando por la declaración de la insignificancia del ser en medio de un mundo que lo sobrepasa («seremos/ anónimas huellas borradas/ por el paso del tiempo», leemos en «Vita flumen»), a pesar del humano deseo de trascendencia o, como escribe el poeta, del «ensueño/ de permanencia» («La mirada ancestral»). Y sin embargo, sin que sea paradoja, el lector podrá percibir enseguida en sus textos un vocabulario que nombra lo más elemental, cotidiano y terreno. Sin ir más lejos, y porque sé cómo se complace el autor ante este mundo natural (como su admirado Lucrecio), en Hable la luz aparece un extenso bestiario: araña, culebra, serpiente, crótalo, abubilla, jilguero, alcaraván, tórtola, lechuza, ratonero, mantis, langosta. Y lo mismo puede decirse de la abundancia del léxico del campo, de la huerta, de lo vegetal y mineral: semillas, raíces, cardos, regaliz, espigas, tomillo, liquen, cosecha, ramas, flores, tilo, laurel, higueras, granados, roble, tejo, la bruma, la escarcha, el rocío, el légamo, los montes, los bosques, el mar… Abre así Zerón su poesía en verso libre (aunque no escasea el arte mayor clásico: endecasílabos, alejandrinos…) al mundo cercano de la materia (de ahí también la importancia de los ojos y de la mirada (incluso de las manos) que absorben el mundo y le dan forma sensitiva, al mismo tiempo que los nombres trascienden su valor esencial y sirven al propósito de la íntima reflexión o, a veces, de la metáfora primaria y terrestre.
José Luis Zerón ha dejado por aquí y por allá testimonios de su concepción de la poesía. Por ejemplo, aparecen ideas en una «Ars poetica» en Alimentando lluvias (1997), podemos leer la «Nota aclaratoria» que antecede a los poemas de Intemperie, deja interesantes afirmaciones (de manera aforística a veces) en A salto de mata, en diversas entrevistas ha esparcido consideraciones varias y en Hable la luz tenemos otra «Ars poetica». La idea es, en general, la poesía como asombro, la poesía como fervor, la poesía como perplejidad, la poesía como intemperie, la palabra cruel que nombra el mundo pero no consigue tocarlo, que señala el fuego y no participa de su abrigo.
Es muy dado Zerón a la cita poética que sirve para abrir un libro o para encabezar un poema. Y en esas elecciones, precisamente —y no otras de signo distinto—, hay que ver también su idea de la creación lírica. Cuando habla de «la casa del lenguaje» según la expresión de Alejandra Pizarnik, cuando repite con Juan Laurentino Ortiz que la poesía es «la intemperie sin fin», cuando se queja de la crueldad de las palabras recordando a Francisco Pino o cuando pide que «hable la luz» con Pureza Canelo, nos está transmitiendo su manera de entender la poesía. Pero el lector también necesita, a través de la lectura contextualizada en diferentes libros del autor y en diferentes años, interpretar el valor de palabras clave como ojos, luz, fuego, umbral, intemperie, abismo, ceniza, útero, hospicio.
Ya he aludido antes al universo cultural de Zerón: ama el mundo clásico y sigue con medida atención las últimas creaciones literarias, acude con frecuencia al universo bíblico (aquí, Génesis, Isaías, Hebreos, Apocalipsis) y se recrea en la mitología griega (Aion-Cronos, Deméter, Dionisos); de la misma manera, se siente especialmente atraído por la cultura y la lengua latinas: «Vita flumen», «Stabat mater», «Ab ovo», «Angelus Novus», «De senectute», «Ut pictura poesis», «Ars poetica», «Locus amoenus» y «Obstinatio» son títulos de poemas. Y a la vez hace suyos versos y textos de predilección: del Arcipreste de Hita, Baudelaire, Emily Dickinson, la premio Nobel Nelly Sachs, Francisco Pino, J. E. Cirlot, José Hierro, Jaime Sabines, Juan Gelman, Francisco Umbral, Pureza Canelo, José Luis Puerto. Todos estos referentes (y este modo de proceder es común a otros libros suyos) son la constatación de que la obra creativa no surge ex nihilo, sino empujada y alentada también por una compañía invisible y fiel de lecturas admiradas.
En fin, quien conozca la poesía de José Luis Zerón encontrará en este libro temas, inquietudes vitales, incertidumbres existenciales, incluso un determinado vocabulario que se le hacen presentes al lector en otros libros anteriores suyos. No estoy hablando de repeticiones, hablo del refuerzo de un sólido sistema poético que se evidencia a través de la lectura de su obra lírica completa. Una obra que es ya tan nutrida y dilatada en el tiempo que pide —lo diré para acabar— la publicación de una buena y amplia antología que dé cuenta en un solo libro de la trayectoria literaria de Zerón y del mundo poético coherente que ha forjado a través de ella.

José Luis Zerón Huguet
Olé, 2024
102 páginas
14,42 €

José Antonio Torregrosa Díaz es licenciado en filosofía y letras y doctor en teoría de la literatura y literatura comparada por la Universidad de Murcia, y catedrático de lengua castellana y literatura en el IES Antonio Sequeros de Almoradí (Alicante). Es autor del libro Juan Guerrero Ruiz: vida literaria y epistolario inédito (1986) y, en colaboración con Mariano Abad, de dos antologías comentadas de la poesía de Miguel Hernández: Imagen de su huella: breve antología poética ilustrada por 23 artistas (1992) y 40 poemas: antología ilustrada por 38 artistas (2009). Asimismo, escribió el guion del documental Carlos Fenoll: la Belleza imposible (2012), realizado por Patricia López Pomares. Ha participado en diferentes congresos y cursos universitarios sobre autores y obras de la literatura española y ha impartido numerosas conferencias. Ha publicado artículos en revistas culturales o específicamente literarias y de investigación, con más dedicación sobre Miguel Hernández, Ramón Sijé o La Celestina. Ha pertenecido al jurado del Premio Azorín de Novela y del Premio Gabriel Sijé de novela corta. Ha sido coordinador (2012-2013) de la colección literaria Memoria Literaria de Orihuela, publicada por el Ayuntamiento de Orihuela. En la editorial Anaya ha publicado diferentes ediciones de obras clásicas, con estudio y notas (La Celestina, Fuente Ovejuna, El perro del hortelano, Antología poética del Siglo de Oro). Ha publicado la edición Federico García Lorca: antología ilustrada (2018). Es miembro del Patronato de la Fundación Cultural Miguel Hernández.
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