Rescates

Enrique Nácher: en la esquina del olvido

Álvaro Acebes rescata a un autor valenciano del que apenas se sabe nada, pero que escribió un puñado de novelas estupendas y entre ellas 'Tongo', ambientada en el mundo del boxeo.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Camorrista, boxeador,
zúrratelas con el viento

Antonio Machado

Quienes más saben de esto afirman que la expresión film noir fue acuñada en 1946 por un crítico francés llamado Nino Frank. El término le sentaba como un guante a todas aquellas películas estadounidenses estrenadas después de la guerra, caracterizadas por su aire nocturnal, y que ofrecían la descripción de una sociedad perturbada, dominada por la violencia y una sensación de angustia, inseguridad, miedo y desolación. Conocen ese paisaje: callejones oscuros y sin vida por donde se mueve un detective solitario, oficinas, apartamentos y hoteles baratos en edificios inhóspitos, bares y garitos de mala muerte con luces magulladas, automóviles negros que cruzan a toda velocidad los barrios de ciudades inhumanas, perversas figuras surgidas de los delirios de la noche, desdichados y desesperados que aúllan su soledad y su falta de amor. Películas que hablan de la ambición, la codicia y la corrupción. «El dinero ha traído más problemas al mundo que nada de lo que hayamos podido inventar jamás», decía el angustiado protagonista de Detour, aquella sobrecogedora película de Edgar G. Ulmer. Escenarios en blanco y negro ―los colores del luto en el cine― sobre los que se dibuja una atmósfera de amenaza y pesadilla y donde los límites entre la realidad y el sueño nunca están del todo claros. La denominación de Nino Frank se aceptó sin objeciones y sirvió para definir en los años siguientes las hechuras y evolución de un género que con frecuencia bebería en fuentes literarias y que siempre se distinguió por su áspero realismo y escaso optimismo.

De entre todas las películas que cabe reunir bajo la etiqueta de film noir tengo predilección por las que transcurren en un ring de boxeo. Se ha dicho que forman un género en sí mismo. Marcado por el odio, Nadie puede vencerme, El ídolo de barro, Cuerpo y alma, Fat city, Réquiem por un campeón, Más dura será la caída… No son películas sobre el deporte ―¿es el boxeo un deporte?―, sino denuncias de una realidad social, metáforas de la condición humana, del deseo de escapar de la pobreza, de encontrar una identidad o de ser alguien. Se lo decía Brando a Rod Steiger en una escena de aquella película de Elia Kazan que no puedo ver sin que se me escape una lágrima: «I could had class. I could been a contender, I could’ve been somebody, instead of a bum, which is what I am». Los ambientes de los gimnasios, con sus boxeadores y entrenadores, los sparrings de rostros amartillados y los antiguos púgiles, viejos y desgastados, con orejas de coliflor y más sonados que una campana, las multitudes vociferantes que reclaman sangre y se ponen en pie ante una ceja o un labio partido mientras al pie del ring los periodistas teclean a toda velocidad sus crónicas, el mundo de las apuestas, los promotores, empresarios, embaucadores de todo pelaje y el hampa que amaña los combates, convirtiendo en indigente al campeón de ayer. Al boxeo, y por más que uno sepa que las peleas reales de un ring no tienen nada que ver con las brutales coreografías de la pantalla, le sentaron bien los contornos y las sombras del cine negro. Su universo simbólico, los dramas personales y todo el entramado que rodeaba al cuadrilátero, con la muerte jugando a las cuatro esquinas, funcionaba sobre unos sórdidos engranajes y permitía describir la otra América, la que estaba más allá de la desesperanza y a merced de la voracidad de un capitalismo que lo tenía todo colonizado. En esas películas las victorias épicas nunca son victorias, saben a derrota o, como iba descubriendo aquel memorable Jake La Motta que compuso De Niro en Toro Salvaje, no son más que estaciones de paso hacia un calvario final en el que todos naufragarán. El del boxeo, más que un espectáculo cruel, violento y aterrador, es un teatro trágico con sus héroes y sus mitos, ascensos y caídas, según escribió Joyce Carol Oates en ese estupendo e inteligentísimo ensayo titulado Del boxeo, y donde «cuerdas adentro, en el transcurso de un asalto de tres minutos oficialmente regulado, un hombre puede morir a manos de su contrincante, pero no puede ser legalmente asesinado. El boxeo habita un espacio sagrado y depredador de la civilización».

A pesar del pedigrí literario con que cuenta el boxeo, la narrativa española se ha metido en escasas ocasiones entre las doce cuerdas. Cuando lo ha hecho, sin embargo, se han conseguido obras notables. Pienso, por ejemplo, en ese libro de Ignacio Aldecoa que se publicó en 1962 acompañado de las impresionantes fotografías de Ramón Masats, Neutral corner. Textos brevísimos que no superan las cuarenta líneas y que describen con una poesía descarnada y sincera las peleas y puñetazos, los minutos de descanso de los púgiles en su rincón, los olores, las sensaciones y la atmósfera de patetismo que envuelve los gimnasios y garajes donde entrenan en calzones cortos chavales salidos de chabolas y arrabales que sueñan con alcanzar una gloria que no es otra cosa que quitarse a golpes la miseria y el hambre. Tumbar al destino. Aldecoa, por cierto, es también el autor de «Young Sánchez», tal vez el mejor relato que se ha escrito sobre el mundo del boxeo y eso sin mostrar un solo puñetazo. Todo ello con el permiso de Cortázar y esa otra maravilla que es «El noble arte», sobre la pelea del campeón Jack Dempsey y el argentino Firpo, y que el escritor vio por la radio cuando tenía nueve años, dejándole un recuerdo para toda la vida y sellando tal vez su camino como escritor: «a mí me tocó asistir al nacimiento de la radio y a la muerte del box», dice en el cuento. También me acuerdo de una novela extraordinaria como La noche, del injustamente postergado Andrés Bosch, o de aquella titulada Doce cuerdas que escribió el exdivisionario Fernando Vadillo a finales de los cuarenta y que pasa por ser una de las primeras narraciones de nuestra literatura que tiene el boxeo como tema principal y no solo como un escenario donde ubicar la trama. Mención aparte merecen las crónicas del gran Manuel Alcántara, que fue quien descubrió a Aldecoa el mundo del boxeo y sustituyó a Vadillo en las crónicas para Marca. Búsquenlas. Su estilo para narrar los combates es insuperable, con una mezcla de poesía, emoción, elegancia, humor y siempre, asomando de improviso, un trallazo de melancolía que te deja KO.

A ese escueto repaso habría que añadir Tongo y que padece una marginación tan incomprensible como la que sufre su autor, el olvidado Enrique Nácher. No hay muchos datos sobre su vida y son poquísimos los estudios que se le han dedicado. Grancanario de origen y valenciano de adopción, este escritor, que fue antes que nada médico, y despuntó también como pintor y fotógrafo ocasional, había nacido en 1912 en una familia de terratenientes que tenía casas y tierras repartidas por todo el archipiélago. Hizo estudios en Valencia, organizó una revista satírica que le costó algún encontronazo con el gobierno de Primo de Rivera y más tarde, cuando ya se había doctorado, participó en la guerra como oficial médico republicano, alcanzando el rango de teniente. Herido en varias ocasiones, el propio Nácher contaba que logró esquivar los pelotones de fusilamiento de ambos bandos por dos veces. La primera cuando, víctima de la fiebre, decidió darse un baño en un río cercano al campamento y los miembros de su propia brigada lo tomaron por un desertor y la segunda, ya una vez acabada la guerra, tras ser detenido y presentado al jefe de turno de Falange, quien resultó ser antiguo compañero de golpes en el gimnasio de la facultad.

En los años siguientes no lo tuvo fácil para ejercer la medicina. El franquismo depuraba a maestros, abogados, médicos y a todo aquel que hubiera formado parte de la rebelión roja. En el caso de Nácher, pesaban sus antecedentes militares y una breve militancia en UGT durante los años del conflicto. Aun así, a mediados de los cuarenta logró abrir consulta en Valencia y se especializó como traumatólogo y cirujano en casos de accidentes laborales. Igual de complicados fueron sus inicios literarios. Enrique Nácher pertenece a la nómina de escritores del realismo de posguerra, aunque, como a muchos de aquel grupo valenciano del 36 ―Miguel Signes, Beatriu Civera o Pascual Pla y Beltrán, entre otros tantos― se le suele ignorar en los recuentos generales que se hacen de su generación. Ganó unos cuantos premios, llegando a quedar finalista del Nadal con su primera novela, Buhardilla, e inspirada en los años de la guerra en que estuvo como indigente en Madrid, nada más haber regresado del frente. También el Ciudad de Valencia por Volvió la paz, un relato sobre sus experiencias como médico en el frente, o el Pérez Galdós de 1956 por Guanche, la que se suele considerar su mejor novela. Nunca estuvo, sin embargo, entre las figuras más reconocidas del realismo social. Puede que su labor profesional, a la que estaba consagrado casi en exclusiva, jugara en su contra. Quienes más lo conocieron hablan también de su carácter humilde, poco dado a la alharaca, y ajeno casi por completo a los círculos literarios. Una lástima, claro, porque Nácher, además de escribir novelas, cuentos y ensayos sobre los más variados temas, desde la publicidad a la antropología, es un autor que merece mucho la pena y al que hay que sacar del anonimato. Solo hay que leer libros como Los ninguno, sobre la emigración rural a las grandes ciudades en plena década de los cincuenta, o Guanche y Cerco de arena para comprobarlo. Estos dos últimos, con sus descripciones de aquella realidad insular que Nácher conocía de niño, definida por una sociedad cerrada, caciquil y asfixiante y donde el clima y el paisaje juegan un papel fundamental, son estupendos. Dos narraciones de hechuras tradicionales, con sus imperfecciones y desequilibrios, a medio camino entre el documento y la ficción, y que sirven para articular una poderosa denuncia contra la opresión y abusos que sufrían los trabajadores en las fincas de los terratenientes canarios. Uno no puede leer ambos libros sin pensar en esa isla de fuego y cenizas que filmó Rossellini en Stromboli, con la Bergman ascendiendo por la ladera del volcán y soltando aquel grito desgarrador que parte el alma.

Pero a mí la novela que más me gusta de Nácher es Tongo, ya se lo dije antes. Apareció en 1963, un poco antes de que comenzaran los años dorados del boxeo español con los nombres de Urtain, Carrasco o Perico Fernández. Lo que ocurre es que aquí no nos encontramos con épicas victorias ni la santificación rugiente de héroes salidos de los barrios bajos. Más bien con un retrato de los subsuelos del cuadrilátero y contado con un realismo seco, directo y sin trucos. La historia es de lo más simple: un muchacho de origen humilde rompe la mandíbula a otro en una reyerta y se mete en el mundo del boxeo por accidente. Con el sobrenombre de El Tigre de Campanar y encarnando las ilusiones de todo un barrio, empieza a acumular victorias y acaba enfrentándose a un señorito que siempre ha querido ser boxeador. La pelea, claro está, ha sido amañada por el padre de este último, que no quiere ver descalabrado a su hijo. Eso es todo, y me dirán ustedes que el argumento huele a moralina y maniqueísmo y que hay no poco de cursilería y melodrama. Razón no les falta, pero lo interesante de Tongo es la sinceridad y realismo con que Nácher recrea los ambientes y entresijos del ring, la manera en que se va fraguando la carrera meteórica del Tigre, hecha a base de corrupción y mentiras. Al leer la novela, uno tiene en mente aquella impresionante tragedia que escribió Budd Schulberg, Más dura será la caída, y que sirvió como último vehículo de lucimiento para Bogart. También asoma el desencanto que recorría una película sobre las trampas boxísticas como es Nadie puede vencerme (qué horror, por cierto, en la traducción del título original, The Set-Up). Hay la misma desolación y amargura en el libro de Nácher, un pesimismo similar que casi anula toda forma de esperanza e integridad. El combate final, que cubre toda la tercera parte del libro y se prolonga durante siete asaltos, está contado con nervio, con una intensidad y un ritmo asombrosos. El Tigre se niega a aceptar un resultado que ha sido trazado de antemano y pelea en busca de su propia dignidad, tal vez porque sabe que «un hombre puede perder, pero si la derrota se produce después del ardor de la lucha, aún cabe levantar la cabeza para mirar de frente el mundo entero». Subrayé esa frase cuando la leí. No hablaba solo de la redención social del protagonista frente a los poderosos, sino de algo más complejo: obstinación y orgullo de clase. Lo único que le queda al pobre frente al poderoso: su integridad. Se lo advertía antes: Tongo es una novela convencional a ratos e incluso con unos cuantos defectos, pero perlas como esa y otras muchas dejan huella. No se la pierdan.

Enrique Nácher no volvió a interesarse por el mundo del boxeo y el recuerdo de su novela se perdió en los rastros y las librerías de viejo. Murió en 2002 en Valencia. Un mes antes de su fallecimiento había recibido un homenaje de sus vecinos canarios. Acudió al acto, pero no podía hablar y apenas moverse. Ningún diario se hizo eco de su desaparición ni comentó su trayectoria literaria o la labor que desarrolló como médico. Un silencio que se acompasaba al que fue un vivir discreto y humilde.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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1 comment on “Enrique Nácher: en la esquina del olvido

  1. Eugenio Fuentes

    Magnífico artículo. Sin duda lo sabes, pero para los lectores que lo desconozcan, Jack London escribió un espléndido cuento sobre un boxeador («A piece of steak»), cuyo título se ha traducido al castellano de varias maneras («Por un bistec», «Un buen bistec»….).

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