/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
En ese libro fascinante y luminoso sobre la memoria sentimental de Mallorca que es En la isla sumergida, José Carlos Llop rescata la historia de un escritor de vida breve y obra irreductible que es, sin embargo, casi desconocida para el gran público. Se trata de Miguel Villalonga, hermano menor del famoso autor de Bearn o La sala de las muñecas, un nombre que escapa a los cánones literarios convencionales y cuya patria natural, según dice Llop, parecen haber sido «los catálogos de viejo y las bibliotecas, de donde a veces surge como un pez abisal para regresar al cabo al polvo y a la oscuridad». Las razones para esa condición de escritor secreto y candidato irredento al olvido que resume la figura de Miguel Villalonga son de distinta índole. Entre ellas está, por un lado, la fama de su hermano Llorenç, que ha oscurecido su obra y, si me apuran, la de cualquier otro autor de la isla, o la simplificación didáctica que determina la elaboración de los manuales y que acostumbra a dejar en el extrarradio de la historia y las nóminas literarias los hilos sueltos. Pero también hay que apuntar las ideas políticas del propio Miguel Villalonga, militar, monárquico y falangista, drogadicto y homosexual, reaccionario para los republicanos y subversivo para los franquistas, y que ya en su corta vida asumió con ufana resignación la consideración de raro y marginado que le tenía reservada la posteridad, haciendo suyo aquello que dijo Dante de güelfo entre gibelinos y gibelino entre los güelfos.
Fue a nacer Miguel Villalonga entre los bostezos del siglo XIX en una familia de aristócratas venidos a menos y apenas vivió cuarenta y seis años, los últimos de los cuales los pasó paralitico por una enfermedad ósea, postrado en una cama, entre lecturas de Valéry, Huxley y Proust, inyecciones de morfina y la visita de unos pocos amigos que peregrinaban hasta su casona de Buñola, en uno de los rincones más apartados de la isla, para compartir el malhumor y su visión desencantada del mundo. Por aquel entonces hacía mucho tiempo que su talento había declinado. Su actividad literaria se reducía a unas pocas colaboraciones en prensa donde dejaba caer una visión sombría, escéptica y hostil de cuanto veía a su alrededor y que no estaba exenta de contradicciones: anticlerical, tolerante con el divorcio, antisemita, enemigo furibundo de los regionalismos y de toda forma de vanguardia estética e implacable crítico de la hipocresía social y el enchufismo. Con ese aire decadente que la recorre, la trayectoria de Villalonga podría parecer prima hermana de la de alguien como el príncipe Lampedusa, el inmortal autor de El gatopardo, pero a quien más se le parece es a la de un Chateaubriand mediterráneo, malencarado, intransigente y misántropo.
Ultraconservador por origen social y naturaleza, no le gustaba el mundo en que había nacido y tampoco los derroteros que había ido tomando. No en vano en sus últimos años solía encabezar el membrete de sus cartas, tarjetas y cuartillas con el tremebundo lema «Quotidie morior». Pesaban muchas cosas para adoptar ese punto de vista: desde la enfermedad que lo fue minando durante nueve años a una fracasada vocación militar, pasando por el silencio tejido en torno a su obra literaria. Pero uno diría más bien que el mal que aquejó siempre a Miguel Villalonga, caballero desencantado de todo y de sí mismo, fue siempre una nostalgia por el pasado, por el viejo mundo de aquel siglo XIX que se le aparecía, como a Joseph Roth su emperador en esa obra maestra que es La marcha Radetzky, «encajonado en una ancianidad gélida e imperecedera, como una coraza hecha de un cristal sobrecogedor». La estabilidad en medio de la turbulencia y el esplendor de unos tiempos definitivamente clausurados por el curso de la historia. Lo sintetiza muy bien Llop en su libro: Miguel Villalonga fue «un perdedor en todo que acabó vencido por sí mismo» y que terminó saldando esa derrota íntima con la condena del olvido.
La mejor forma de conocer quién fue Miguel Villalonga es acercarse a la autobiografía que escribió él mismo. No tiene nada que envidiarles a otras obras cimeras —se me vienen a la cabeza las de Corpus Barga, Castilla del Pino, Cansinos Assens o Gil Albert— de un género que, dicho sea de paso, tuvo escaso cultivo en nuestra literatura hasta los años setenta y ochenta, cuando se imprimió ese giro al yo y comenzó lo que Sánchez Ferlosio definió con su inconfundible sorna como «empachosa onfaloscopia». Esas décadas coincidieron precisamente con la recuperación del texto de Villalonga y de muchos otros escritores fascistas; declarar obsoleto el concepto de compromiso ético en favor de la belleza y los entresijos de la vida interior tuvo estas cosas. El volumen, en realidad, había aparecido mucho antes, publicado póstumamente en 1947 con dedicatoria a la escritora Elisabeth Mulder y tras no pocos vagabundeos editoriales. Fue José Janés, amigo desde hacía años del escritor, el encargado de hacer una primera edición que pasó sin pena ni gloria porque a nadie le podía interesar aquella literatura que brillaba por su humor satírico y, en el fondo, despiadado con la vida. El elogio de un mundo preterido, bajo el que se adivinaba un profundo desencanto hacia todo lo que configuraba el franquismo, tampoco ayudó. Ya lo había dicho el propio Villalonga un par de años antes de morir: «en tiempos de la República había sido peligroso hablar de un señor tan reaccionario como yo. Y en la primavera del año cuarenta y uno me enteré, por el barómetro de la prensa local, de que mi peligrosidad subsistía, aunque con signo opuesto. Sin darme yo cuenta, el reaccionario de 1934 había pasado a ser el revolucionario de 1941». Ya se lo dije al principio: güelfo entre gibelinos y gibelino entre los güelfos
El autor mallorquín comenzó la redacción de sus memorias pensando publicarlas en un diario de la isla y puede que ese primer destino sea la principal causa de la estructura escasamente unitaria que tienen. Villalonga escribía a salto de mata, rellenando cuartillas desde su cama con una letra engarabitada y menuda por la que discurría la memoria de su infancia y juventud hasta poco antes de que se oyeran los primeros obuses del treinta y seis. Uno entra en esas páginas y se deja llevar por la engañosa simplicidad con que está escrita esta crónica sentimental que es mucho más que un recuento de anécdotas familiares, recorrido por unos antecedentes nobiliarios, experiencias de la vida en Mallorca y en las campañas militares de Marruecos o retrato de grupo donde aparecen los amigos, intelectuales y artistas con los que el escritor colaboró y a los que no siempre deja en buen lugar. Aquí hay algo más a lo que todo lector debería atender. Y es que mientras uno lee la Autobiografía de Miguel Villalonga sería conveniente no olvidar que estas páginas fueron escritas entre terribles dolores y cuando su autor tenía la certeza de que estaba al final de su vida. En cada una de las escenas que componen caprichosamente el libro, hay una evidente necesidad de consuelo, como si en ellas se hubiera querido encontrar una distracción a la tristeza, la soledad y el sufrimiento. A mí me conmueve ese deseo.
Esa búsqueda de alivio está también detrás de otro aspecto fundamental de las memorias de Villalonga y que las distingue de cualquier modelo previo o posterior. Acostumbrados a peripecias vitales donde es habitual que el autor indague en las circunstancias materiales que formaron su personalidad y se ponga a él mismo en el centro del plano, desnudando su intimidad, en estas llama la atención la distancia irónica con que se hace el balance de los acontecimientos de toda una vida, tal que si estuviéramos ante una narración novelesca. Esto permite a Villalonga dar prioridad al testimonio y configurar un verdadero documento de los contornos de una época. El escritor somete a escrutinio imágenes que presenció de niño o episodios de los que fue testigo: el recuerdo de sus primeros maestros, institutrices o de sus tías —inmortalizada una de ellas en Muerte de dama, la extraordinaria novela de su hermano mayor— y de toda la variopinta fauna que había en una ciudad de provincias como era en aquel entonces Palma, prestando especial atención a sus círculos intelectuales y donde convergieron regionalistas y liberales, republicanos y monárquicos, progresismos de todo cariz y talantes conservadores. Es en esos pasajes, evocación de un mundo extinto, de sus personajes, estremecimientos y sombras y que incluye el recuerdo de otros más lejanos pero que el escritor conoció en su primera niñez —admirable, por ejemplo, el retrato de Emilia Pardo Bazán, amiga de la familia, con «su tez amelocotonada […] y la majestuosa amabilidad con que me daba a besar su mano regordeta»— donde la escritura de Miguel Villalonga alcanza cotas inigualables. Mención aparte merece su visión de los ambientes castrenses que vivió en Marruecos durante la derrota de Annual y que no esconden su decepción ante la burocracia o el desagrado por la vida de guarnición. Claro que a ver cómo iban a conciliarse espíritus refinados y aristocráticos como el suyo con el esperpento sangriento y cuartelero de otros que lanzaban vivas a la muerte.
Pero sigamos porque ese talento para retratar una sociedad provinciana y conservadora no solo se observa en la autobiografía, sino que también se puso de manifiesto en varias novelas de diverso calado como El tonto discreto, La novela de un joven cursi y una colección de relatos titulada Vacaciones en Semana Santa. Bien es cierto que en ninguna como Miss Giacomini, subtitulada Ocho días de vida provinciana, la obra maestra de Miguel Villalonga y que apareció publicada por primera vez en 1934 en una revista mallorquina que él mismo dirigía junto a su hermano y en 1941 en la editorial de José Janés. Desde aquella primera edición, ha habido varios intentos por recuperarla, pero sin suerte, y eso que ha contado con valedores de fuste. Una pena porque estamos hablando de una de las sátiras más divertidas, inteligentes y deliciosas que se hayan escrito en nuestra literatura.
La trama de Miss Giacomini se inspira en un hecho real del que el propio Villalonga fue testigo cuando era un niño: la visita a Palma de Mallorca de una vedette inglesa cuyas desnudas y espléndidas piernas en un cartel desatan las iras de los conservadores y las alegrías de los liberales. Mientras se prepara el espectáculo, toda la ciudad se convierte en un hervidero de dimes y diretes sobre la artista y, como es natural, no tarda mucho en estallar la guerra ideológica entre quienes se ponen de su lado, defendiendo su noble arte, y los que se encalabrinan diciendo que aquello es un ultraje a las buenas costumbres y a la moral. La anécdota, de la que, por cierto, Bardem tomó nota para hacer su Nunca pasa nada unas cuantas décadas después, le sirvió a Villalonga para crear un fenomenal fresco social repleto de ironía y sarcasmo y donde cobran importancia la galería de espacios y la cotidianeidad de una ciudad de provincias, desde el casino y el Ateneo hasta las tertulias de los bares, el burdel, las sedes de los periódicos y el ayuntamiento, pasando por plazas y callejuelas sinuosas. Los lugares en los que se aviva la pugna entre lo público y lo privado, entre las fuerzas del orden y la tradición y los abanderados del progreso, entre los anhelos escondidos y las falsas apariencias. Inolvidable, por ejemplo, ese furibundo moralista que clama contra el baile vergonzante de la Giacomini y escribe por las noches relatos sicalípticos que envía con pseudónimo a revistas insulares o la dama que ansía hacerse amiga de la funámbula no por verdadero interés, sino por venganza contra los círculos conservadores que la han marginado de sus salones y para quedar bien ante las familias modernas y pudientes de Barcelona, patrocinadoras de la artista.
Dibujado con un punto de picardía y otro de acidez, pero sin renunciar nunca a una prosa delicada, fresca y a la ternura en la tarea de recuperar paisajes, tipos y costumbres sociales, Villalonga consiguió el retrato de un mundo ancestral y desaparecido cuyos escombros, máscaras y ceremonias, sin embargo, se parecen a los del nuestro. Léanla para comprobarlo, y ya me dirán si muchas de esas escenas no les recuerdan a los cotilleos que pululan por las redes. Si es que está todo inventado… Al final, cuando la artista ha cumplido con su programa y sus admiradores salen a despedirla al muelle, en toda la ciudad, que durante días ha vivido sacudida por el huracán de unas piernas y el revuelo de faldas de «una venus con maillot», queda flotando un poso de melancolía y nostalgia, tal vez la misma que identificaba el propio Miguel Villalonga al ver cómo se desvanecía la sociedad aristocrático-burguesa a la que él había pertenecido.
La obra de Miguel Villalonga no fue bien recibida en la posguerra. Aquella literatura, que olía a naftalina y ponía su mirada en el pasado finisecular, casaba mal con los modelos del realismo social que empezaron a surgir a mediados de los cuarenta. De nada le sirvió tampoco formar parte del bando vencedor. El sentido crítico de su escritura, palpable en su Autobiografía o en una novelita tan estupenda como Miss Giacomini, se avenía mal con las autoridades del franquismo, que no entendían su sentido del humor y tampoco estaban para caricaturas sociales. Es sabido que al poder le gustan poco las bromas. Quedó así Miguel Villalonga en una tierra de nadie de la que merece salir, aunque solo sea para que se recuperen dos obras tan inteligentes e insólitas que aguardan a los lectores.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Miguel Villalonga o la escritura melancólica”