/ una reseña de Álvaro Valverde /
Más vida, de José Saborit (Valencia, 1960), es un libro meridiano. Por su tono, de línea clara, y por la luz mediterránea que lo ilumina. Que sea pintor (y teórico del arte y catedrático de pintura de la facultad de Bellas Artes de la Universidad Politécnica de su ciudad natal), dota a sus poesía de una gama de detalles que difícilmente podría mostrar quien se limita, digamos, a escribir versos. Sin esa perspectiva añadida, quiero decir.
Como poeta, es autor de los libros Flor de sal, La eternidad y un día, La misma savia, Carta al hijo y Con los ojos de nadie. En Más vida, no hace falta más que leer el título, celebra la existencia por encima de lo que ésta tenga de penosa por culpa de los sufrimientos y las penalidades, de las amarguras y las pérdidas. Es una actitud vital que comparte con otros poetas que son además amigos, levantinos como él: Carlos Marzal, Vicente Gallego, Antonio Moreno… Y Lola Mascarell, por supuesto, dedicataria del libro y protagonista del poema «Quédate quieta». Discípulos aventajados (dicho con afecto) de Francisco Brines, una suerte de dios tutelar, de cuya poesía tomaron lo hímnico, en detrimento de su marcado componente elegíaco.
«Uno soñaba hace años con escribir un ensayo sobre la alegría en la historia de la literatura, que es un libro en el que la poesía española iba a tener más bien poco que decir: hay mucha, sí, pero siempre a costa de otras cosas, conseguida tras superar enormes obstáculos y reveses, al estilo del «llegué por el dolor a la alegría» de José Hierro», escribía aquí atrás el crítico Juan Marqués en The Objective. Aquí, sin embargo, parece brotar de la misma forma natural con la que Saborit es capaz de expresar cuanto le sucede y pasa. Y con un ritmo, cabe añadir, hipnótico, propio de alguien que tiene, sí, buen oído. Y que domina el oficio. Basta con leer «La perfecta alegría», con cita de Francisco de Asís. O «Los tristes», un poema logrado y memorable, dedicado a otro recién llegado a la comunidad de los alegres: el monje salmantino Víctor Herrero.
Hay mucha naturaleza en estos poemas, escritos, o eso parece, en pleno campo. Logrados apuntes del natural, diría el pintor. «Cítricos», por ejemplo («Nada sé de su trágica acidez, / nada de su agridulce metafísica»), o «Arden los árboles», «Julio», «Sábado por la mañana» y «El pastor en la roca». Una naturaleza circunscrita al interior valenciano, que ya estaba muy presente en su libro de prosas, escrito a modo de diario, Perspectiva aérea.
Con todo, es el nacimiento de la hija lo que centra buena parte de sus reflexiones: «Encinta», «Amor» («Antes de que nacieras ya te amaba»), «Lucía la mañana» (la niña que comparte con su madre la dedicatoria del volumen), «Primer gesto», «Mamá» o «Suite para Lucía». Otro poema, «Imagino tus manos», está dedicado a su hijo. Doble paternidad, por tanto. Recuérdese que un libro anterior se titulaba Carta al hijo.
En otras ocasiones es el poeta quien se vuelve niño y recuerda. En «Papá» (donde el hijo es él) y «Simbad» regresa a la infancia.
Utilicé antes el adjetivo «reflexivo» y sí, esta poesía es sin duda de sesgo meditativo (léase «De lo que apenas puede hablarse», «Fajador» o «Soledad»), aunque nunca olvide el canto, donde se acentúa su vis lírica.
Lo cotidiano es fuente de inspiración, poco importa si es la vista de un viejo aparador, un vaso de vino, un ladrillo que les regala un amigo, un plumier, las moscas, una hoja de acelga, las flores, un espejo, las tijera de su padre, una piña… A «la prosodia / de las cosas sencillas» se refiere en un momento dado.
«Que las palabras salvan», como Saborit escribe, se constata después de leer este libro. A conciencia verdadero.
Selección de poemas
Circular
En el centro dormido de la noche,
donde ninguna luz nada acaricia,
hay un hueso que espera
sin certidumbre alguna,
el día y la intemperie
de la tierra y la lluvia en que ha de abrirse.
Se alimenta de tiempo y ya es un árbol
y el árbol ve cumplida
su ciega vocación de sombra y fruto,
cumplida su madera:
es barcaza que se hunde en la laguna,
en el centro profundo de su noche,
allí donde aguardaba en otro tiempo
el día y la intemperie, la aventura
que habría de llevarle
a ser el que ya era.
Un hueso de frutal que escupió un niño.
Aparador
Algunas noches desveladas vuelven
aquellos muebles tristes de la infancia;
sus maderas oscuras
igual que sus herrajes,
los rectos cuarterones de sus puertas,
el cajón gigantesco que siempre se obstruía
y que ahora se abre limpiamente
para traer de vuelta así, como quien trae
a esta orilla del tiempo los pecios de un naufragio,
una vieja baraja enmohecida,
la caja de los hilos familiares
con nudos imposibles y alfileres,
un pequeño arlequín de porcelana
con una pierna rota, las tripas de un reloj
que nunca volverá a mover sus manos
y la negra semilla de la pena
que abre ahora su flor
exhausta tras haber cruzado el tiempo.
El ladrillo
A Antonio Moreno y Bárbara Bertos
Nos pareció un regalo extravagante,
pero le dimos crédito
por venir de la mano de un amigo
que no podía darnos nada malo.
Era un ladrillo fuerte y grueso, mudo
como cualquier ladrillo,
hasta que conseguimos ver en él
una sílaba suelta,
acaso una palabra
llamada a formar parte
del relato de un muro o de una casa:
tal vez nuestra amistad.
Con el peso de un símbolo
y la suerte de un pecio,
aquel ladrillo antiguo
encontró lentamente su lugar
en la pared maestra y soleada
de un cuarto principal de nuestra vida.
Allí retiene el sol de la mañanas,
la memoria coral de nuestras voces,
nuestros pasos perdidos;
con su cuerpo sustenta
un muro que no cierra ni divide,
un muro que nos alza sobre sí
para mirar de cara al otro lado,
hacia donde crecemos
como plantas en busca de la luz.
Un ladrillo de barro nos eleva:
una piedra angular de nuestra vida.
Plumier
A Eve Ferriols
Al fondo de un cajón de mi escritorio,
en un ángulo oscuro he descubierto
un plumier de madera
que acaso está conmigo medio siglo,
como una embarcación
pequeña y obstinada
que ha sabido burlar galernas y traslados,
y mantenerse a flote pese a todo.
Lapiceros y gomas, sacapuntas,
el viejo tiralíneas,
leves plumas caídas, agotadas
después de haber surcado sin descanso
aquellos cielos blancos de papel,
viejas plumas inmóviles
que aún esperan tal vez
esa mano de nieve de aquel niño
que dormita en el ángulo
oscuro de mi mano.
Por los suelos
… es allá a donde vuelvo, es hacia ella a donde me voy, hacia mi hermana la tierra, hacia mi amada la tierra.
Christian Bobin: El bajísimo.
Si me llamas, mi vida, desde abajo,
yo me dejo caer aunque se quede
mi nombre en el camino,
prendido de una rama o en el borde,
sujeto al hierro gris de la prudencia.
Ahí en el suelo está, donde ya estaba,
la vieja horizontal,
llana, sin atributos ni altibajos,
la inocencia inicial que fue perdiéndose
al subir los peldaños de los días.
De bruces y rendido a lo más bajo,
qué placer arrastrarse
y de nuevo aprender a gatear,
ascender con cuidado y muy despacio,
como yedra sedienta de más sol
desplegar cada una de mis vértebras,
estirarme y crecer
hacia una vida nueva,
contigo, desde abajo, hasta lo alto.
Por qué las flores
Porque invitan al ojo y le regalan
la pausa necesaria
que relega el futuro
y clava su pupila en lo que tienes.
Porque están siempre aquí,
en el justo lugar en que yo estoy.
Porque son generosas
y se dan a cualquiera que las vea.
Porque suenan las notas de su aroma
con el ritmo preciso
de mi respiración.
Porque incendian el ojo
y su luz se propaga hasta el oscuro
temor del pensamiento.
Porque incluso en el suelo pisoteadas,
nunca saben dejar de ser hermosas.
Porque ponen color donde no había,
con su cristal de aumento,
sobre todas las cosas.
Porque su geometría reconstruye
la belleza de un mundo hecho pedazos.
Porque a pesar de todos los porqués
que quieren cultivarlas con razones,
ellas son sin porqué,
como la vida.
El resto
He quemado mis naves,
no hay reserva ninguna en este juego:
pongo sobre el tapete
todo lo que me queda.
Ahí dejo el caudal
sonoro de mis ríos,
las fuerzas que retengo,
cuanto logré aprender.
Pongo sobre la mesa
también lo que yo ignoro:
el tiempo que me quede,
los destellos y el humo
de todos los incendios por venir.
Dejo sobre el tapete
cuanto tengo y aún más;
en esta mano empeño
también lo que me falta:
el tiempo que perdí,
las joyas malgastadas,
cuanto no sé nombrar.
Quiero sumar mis restos al desierto
después de haber vivido en los jardines.
He quemado mis naves,
pongo mi vida entera sobre el verde.

José Saborit
Pre-Textos, 2025
76 páginas
15 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) ha publicado, entre otros, los libros de poesía Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Plasencias, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger, El cuarto del siroco (Premio «Meléndez Valdés» de la crítica) y Sobre el azar del mapa. Es autor de las novelas Las murallas del mundo y Alguien que no existe, del libro de artículos El lector invisible, del de crítica literaria Lecturas a poniente: poesía en Extremadura, 2005-2024, del de viajes Lejos de aquí y del de diarios Porque olvido: diario 2005-2019. También de Extremamour, en colaboración con el fotógrafo suizo Patrice Schreyer. Sus poemas figuran en las antologías Un centro fugitivo (con selección y prólogo de Jordi Doce, con quien codirige la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz), Álvaro Valverde: antología poética (1985-2015) (con ilustraciones de Esteban Navarro) y Meditaciones del lugar (con selección y prólogo de José Muñoz Millanes). En la actualidad, es crítico de poesía de El Cultural y colabora con asiduidad en otras revistas literarias. Desde 2005, edita un blog. Su web es www.alvarovalverde.es.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Apuntes del natural”