/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Contaba Juan Gil-Albert en Drama patrio, un desahogo escrito en 1964, que lo primero que uno percibía en la España victoriosa de Franco era la atonía, algo así como «una victoria de vencidos, vivida por vencidos». El escritor había vislumbrado ese estancamiento nada más volver del exilio en 1947. Una España eterna en la que se respiraba un clima enrarecido y de sospecha generalizada, que había proscrito el pensamiento y donde, entre tanta mediocridad condecorada, afán de negocios, hambre de dinero y mojigatería, solo se escuchaban las voces de los triunfadores de siempre. Los otros, los que estaban pero no estaban, llevaban vidas ausentes, nutridas de silencio, ensimismadas y, como en aquel verso de Blas de Otero, «sin más destino que apuntalar las ruinas». El fin de la esperanza, como se tituló aquella extraña crónica o novela que escribió un tal Juan Hermanos y dejó conmovido a Sartre. Unos pocos años después de aquel testimonio de Gil-Albert, el director Víctor Erice pondría en imágenes todo ese vacío en El espíritu de la colmena, una película inagotable que es muchas cosas y, entre ellas, uno de los mejores y más perspicaces estudios de ese vivir sin horizontes ni futuro que fue el franquismo. Un melancólico repliegue sobre uno mismo, con su mezcla de resignación y fatalismo, atravesado por el miedo, anclado en la nostalgia del pasado y que, a pesar de los costes, se antojaba el único modo de mantener la decencia moral.
Esa existencia en los márgenes y de espaldas a la realidad del régimen es lo que se conoció más tarde como exilio interior o insilio. Se ha hablado también de «resistencia silenciosa» para describir la sufriente labor de los Marías, Laín Entralgo, Ridruejo, Aranguren y demás ideólogos reconvertidos del franquismo, privilegiado espacio en el que, sin embargo, no caben los militantes y sindicalistas que, esos sí, se llevaron todos los palos. No voy a discutir ese galimatías y cuál de todos estos términos sería el más apropiado para denominar esa especie de estado vegetativo al que se refería Gil-Albert, pero sí les diré que el concepto, del que se han apropiado unos y otros, estirándolo a su gusto y siempre de acuerdo con unas determinadas estrategias y propósitos, tiene un largo recorrido y que, si hubiera justicia en este mundo, habría que estar pagándole royalties al bueno de Miguel Salabert, quien bastante antes que Paul Ilie y su conocido estudio fue el primero en utilizarlo.
Así se tituló precisamente la única novela que escribió el periodista y traductor madrileño, El exilio interior, publicada en Francia en 1961 y que vio retrasada su aparición en España hasta 1988. La editorial Anthropos la rescató en una colección que dirigía Carlos Gurméndez y que llevaba el afortunado nombre de «Memoria rota». Allí también se hallaban las obras de otros olvidados como Juan Rejano, Mariano Tudela, Marcial Suárez o Gregorio Gallego. Para entonces, lo del exilio interior, título ya desgajado de la novela que le tocó encabezar, se había convertido en una fórmula o lugar común. Lo mismo podía escucharse en el congreso de labios de Adolfo Suárez que en las entrevistas de exquisitos como el grande de España Jesús Aguirre, quien hablaba de sus bondades y beneficios como herramienta creativa. Servía incluso, en el colmo del cinismo y la manipulación, para describir la situación de don Juan en Estoril. Si no me creen, echen un vistazo a las hemerotecas. Es lo que pasa cuando algunas palabras y expresiones ingresan en las retóricas oficiales: que pierden su verdadero sentido y alcance y que, como decía Valente, acaban por pudrirse, «son devueltas, / como pétreo excremento, / sobre la noche de los humillados». Dice Miguel Salabert en el prólogo a la edición española de su novela, que, más allá del estupor que le causaba ver a unos y a otros descolgarse con eso del «exilio interior» que él había inventado, lo que le daba auténtica rabia era no haber registrado la patente. Habría hecho una fortuna o, por lo menos, se habría asegurado de evitar tantas tergiversaciones.
Lo cierto es que, si nos ponemos rigurosos, habría que ir un poco más atrás en el tiempo para encontrar esa primera mención. Concretamente a 1958, cuando Salabert publicó un texto titulado «L’exile interieur» en el semanario francés L’Express. Se trataba de un número especial dedicado al malestar de la juventud europea a finales de los cincuenta. En aquel breve artículo Miguel Salabert se reconocía un hijo más del franquismo, criado y educado en la veneración al jefe de la «cruzada contra la anti-España de los rojos y los paganos» y miembro de una generación a la que, ante un presente intolerable y asfixiante, el espectáculo cotidiano de la injusticia y un envilecimiento continuado, no le había quedado otra que, a modo de defensa, replegarse sobre sí misma. Una manera de evitar el contagio. El exilio interior. Salabert se centraba en aquella juventud que, a finales de los cincuenta comenzaba a rebelarse contra el desolador panorama de un país trasformado en una auténtica prisión, sin alma y a la deriva, pero, en realidad, su artículo tenía un alcance mucho más amplio. Hablaba de todos aquellos que, escapados del paredón y sometidos a una depuración que los obligó a abandonar su profesión, habían tenido que vivir con la mordaza del miedo, ocultando su pasado o aceptando lo que viniera para no morirse de hambre. Estigmatizados y retraídos. Esa fue la historia de Juan Antonio Gaya Nuño, represaliado tras la guerra y refugiado en la creación de catálogos y decenas de libros de historia del arte. O la de Consuelo Berges, a quien se impidió dar clase y publicar con su nombre, y sobrevivió a la oscuridad del franquismo con sus admirables traducciones de la obra de Stendhal, Saint-Simon y otros clásicos franceses. Ahí estaban también los múltiples casos que documenta Castilla del Pino en Pretérito imperfecto, la memoria del trato que dieron las autoridades universitarias a cientos de docentes depurados y que se vieron obligados a hacer de negros en las tesis y los trabajos de los flamantes catedráticos de la nueva academia. «Un titre excelente, épatant. Vraimient une trouvaille», soltó el jefe de redacción de L’Express cuando leyó el texto de aquel joven que, a pesar de no dominar bien el francés, había logrado comprender en un solo sintagma la soledad, la angustia y el régimen afectivo de toda una época.
Cuando se publicó el artículo, Miguel Salabert llevaba seis meses viviendo en Francia, tenía veintisiete años y era un miembro habitual de las tertulias que se organizaban en la Librairie Espagnole, embajada cultural que Antonio Soriano había abierto en el número 72 de la Rue de Seine de París. Por allí, entre una lista de asiduos que engloba a distintas generaciones, la del exilio republicano y la de los disidentes del interior, pasaron Marsé, Juan Goytisolo, Corrales Egea, Arrabal, Vázquez Montalbán y muchos jóvenes que llegaban en busca de libros prohibidos en España y, sobre todo, de un ambiente de libertad. Tres años después, Salabert publicaría en la editorial Julliard la novela que les mencioné antes. La había ido escribiendo a salto de mata, entre Copenhague, Ámsterdam y París y, como dijo el propio escritor, con «el placer añadido de hacerle un corte de mangas a la omnipotente censura de Gabriel Arias-Salgado». El libro, que recibió elogios de Alejo Carpentier, Sender y muchas de las figuras del exilio, así como de gran parte de la intelectualidad francesa, fue traducido en poco tiempo al inglés, al húngaro y al rumano. Todavía en 1983 aparecería publicado en griego. Por ninguna de esas ediciones extranjeras percibió Salabert los derechos de autor que le correspondían. Tuvieron que pasar veintisiete años para que la novela viera la luz en nuestro país. Y cuando se publicó, pasó desapercibida. Eran los tiempos de la normalización literaria, de la muerte de las ideologías, de cuando se cantaba eso de que no había marcha en Nueva York y se huía de todo lo que devolviera la memoria funesta de una época de la que era mejor no acordarse. En un momento donde se insistía en cortar amarras con el pasado, el libro de Salabert era una auténtica rareza a la que nadie hizo caso y así seguirían las cosas de no ser por un sello tan valiente como Hoja de Lata y la magistral labor que han realizado Isabelle Touton y Germán Labrador Méndez, responsables de una edición modélica que llega acompañada de un epílogo de la hija del escritor, Juana Salabert, y que nos permite hablar del feliz rescate de una de las joyas relegadas de nuestra narrativa.
El exilio interior es, digámoslo ya, uno de los mejores, más veraces y estremecedores testimonios que se han escrito de aquella España cautiva y desarmada con que concluyó el cataclismo del treinta y seis. Puede que esa libertad con que fue escrita la novela, lejos de los tentáculos de la censura que aquí causaba estragos, esté detrás de la aterradora naturalidad con que Salabert mostró los efectos y secuelas de la guerra y la crueldad de todo lo que vino después. Su estilo desenfadado, frescura y agilidad narrativa por otra parte, la ponen a años luz de cualquiera de las ficciones que se estaban haciendo en España a principios de la década de los sesenta. Cuando el libro fue publicado por fin en nuestro país, el autor, en lugar de lamentarse por el retraso, afirmó que era una buena oportunidad para llevarles la contraria a todos aquellos que consideraban el franquismo agua pasada. Una manera de decir, como hizo Benedetto Croce, eso de que toda historia es siempre historia contemporánea y que el espíritu de aquella época seguía permeando la actual, enquistado en las instituciones y en los modos y hábitos de una sociedad que se apresuraba a pasar la página, sin haberla leído, de un pasado traumático. Frente al trágala de la Transición, El exilio interior reflejaba de forma escalofriante el ambiente de delación, pesquisa y represión que instauró la España de Franco y el «autismo social» de quienes, sin haber sufrido directamente esa violencia, optaron por una resistencia pasiva. No se nos podía olvidar aquella realidad cotidiana hecha de cartillas de racionamiento, estraperlo, juicios militares, desfiles victoriosos, tedeums y exequias tumultuosas, águilas imperiales y brazos alzados. Una orgía de gritos y discursos que obligó a llevar «la cabeza gacha y los ojos barrenderos» a quienes no comulgaban con el nuevo sistema.
A pesar de que Miguel Salabert definió su novela como una «polibiografía», la historia arranca con el relato en primera persona de un niño. Si el discurso del Lazarillo surgía como una explicación del famoso caso, el protagonista de El exilio interior recupera toda su vida a partir de un acontecimiento cardinal como es el estallido de la guerra. «Las primeras noticias que tuve de los hombres fueron las bombas». Toda la primera parte de la novela, a ratos picaresca, marcada por un humor negrísimo y aparentemente ingenua respecto a la realidad terrible de los combates, bombardeos y fusilamientos, está destinada a mostrar los horrores de la guerra en la retaguardia. Erizan la piel esas escenas, que parecen sacadas del Buscón o el Guzmán, donde el niño Ramón se come junto a su prima un muñeco de celuloide para matar el hambre. O esas otras en las que se describen las condiciones que sufren los vencidos. La humillación de la madre, costurera a destajo y sumida en la beatería más rancia, la del padre soportando las penalidades de la prisión, la lucha diaria por la supervivencia en la calle, con un Ramón convertido, como Lázaro, en mozo de muchos amos. El orden salvaje y brutal que ha llegado no hace concesiones y cualquier forma de protesta es cortada de raíz. Habrá quien decida pactar con los nuevos tiempos. Así lo hace el hermano del protagonista, hijo de un vencido y transformado en falangista de bigotillo recortado y pelo engominado. Figurar, presumir y prosperar a cualquier precio. Para toda la pasta humana aletargada e indefensa que no transigió con esa lógica de señoritos y campeones del medro, una «libertad entre comillas», la marginación y el silencio. La muerte en vida.
Sigue a toda esta primera parte un breve paréntesis donde se profundiza en los horrores de la guerra. Se trata de un episodio que probablemente llegó a oídos de Salabert y que refleja de manera impresionante que «las cosas de la guerra no fueron más la consecuencia de una represión vengativa de casta y clase planeada con minucia». Así lo dice Miguel Sánchez-Ostiz en ese otro libro imprescindible que es El escarmiento. Pero llegamos a la última parte del libro y aquí hay un viraje. El tono zumbón, dominante hasta entonces, deja paso a la gravedad de un relato empeñado ahora en mostrar los efectos de casi dos décadas de vida española definida por una rancia dieta cultural y donde los resortes de pensamiento y acción han quedado oxidados. Tras el fin de la guerra se había ido —conviene recordarlo— lo mejor de España y el país se convirtió en un desierto intelectual que lo puso a «la vanguardia del oscurantismo». Las anécdotas de esta sección, centrada en el mundo de la juventud universitaria, revelan la presión de una dictadura que impedía pensar por cuenta propia, pero que, además, había sido capaz de infiltrarse en la sangre y en los huesos de millones de personas hasta hacer creer que lo presente era tan natural como inevitable. Una existencia al margen de esas estructuras exigía un desdoblamiento, vivir en un estado permanente de tensión. Y en esas circunstancias el exilio interior, ese refugio en el yo, solo era una pobre añagaza para disimular un fracaso vital. Algunos como Salabert comprendieron que urgía encontrar un remedio a esa parálisis, asumir el riesgo y el compromiso y no sucumbir a la abrumadora influencia de un ambiente que imponía una vida a espaldas de la realidad.
Al igual que el protagonista de su novela, Miguel Salabert abandonó España a finales de los cincuenta. Había participado en las revueltas estudiantiles de febrero de 1956 y se fue a París. Quizás lo hizo para escapar de una realidad asfixiante o, como diría al final de su libro, para respirar por primera vez en paz consigo mismo. Cuando regresó tiempo después, trabajó como periodista en algunas de las revistas de la época: La Calle, Triunfo, Cambio 16, Informaciones… Se dedicó a traducir a Verne, Sartre y a Flaubert, firmó críticas y ensayos literarios e hizo varios libros de encargo. Murió en 2007 en Madrid sin obtener el reconocimiento que merecía. Aparte de El exilio interior, escribió una maravillosa biografía sobre el autor de Veinte mil leguas de viaje submarino y que tituló Jules Verne, ese desconocido. Dijo que aquel trabajo era un modo de deshacer malentendidos y eliminar tópicos sobre la obra del escritor francés, ignorada o despachada las más de las veces como lectura para niños. Se lo iban a decir a él, acostumbrado a los clichés y los lugares comunes, exiliado mucho tiempo de los manuales y dueño de una obra tan célebre como ignorada que debería ocupar un sitio de honor entre las novelas más turbadoras de la narrativa española del siglo XX.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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