Escenario

El Woody Allen más irreverente

Eduardo García escribe sobre el director neoyorquino y la profundidad filosófica de su película 'Desmontando a Harry'.

/ por Eduardo García Fernández /

No recuerdo la primera película que vi de Woody Allen, pero lo que sí recuerdo es lo que me reí en todas sus comedias: tanto que, a veces, vuelvo a verlas, porque sé que no he pillado todas las agudezas y chistes. Ahí reside parte de su genio: su cine no envejece. Lo mismo sucede con el cine de Clint Eastwood: puedes volver a ver El fuera de la ley (The Outlaw, Josey Wales, 1976), una película que no está suficientemente valorada en su filmografía, y, sin embargo, disfrutar embarcándote en un western con mayúsculas, sin ningún momento que sobre, con una fotografía otoñal que tiñe toda la narración y donde uno sabe que está ante una gran obra. Dos directores antagónicos, se podría decir, incluso en su nacimiento. Clint Eastwood es de San Francisco, tiene 94 años y todavía está en activo y realizando excelentes películas. La última hasta la fecha es El jurado n.º 2, que no me gustó, sino que me encantó. Woody Allen es natural de Nueva York, la costa este, el próximo diciembre cumplirá 90 años y también sigue en activo. Su última película es Golpe de suerte (2023). Son los últimos directores clásicos en activo que siempre tienen algo que decir y explorar en su arte; a ambos los admiro, soy un incondicional de su manera de narrar una historia en imágenes.

Pero volviendo a Woody, también conviene recordar sus películas dramáticas, pues en varias entrevistas siempre dice que él querría hacer el cine del director sueco Ingmar Bergman (1918-2007), pero que al no lograrlo le sale cine cómico. Sin embargo, Match Point (2005), El sueño de Cassandra (2007) o La otra mujer (1988) por citar solo algunas, son historias verdaderamente desasosegantes que sacuden al espectador con sus historias existencialistas. Siempre su cine, sea una comedia o un drama, está atravesado por el existencialismo. Sus personajes tienen que tomar decisiones vitales, están en una encrucijada, se preguntan si merece la pena vivir o se encuentran confusos o bloqueados. Y así, bloqueado está el personaje Harry Block, que interpreta el propio Woody Allen, en Desmontando a Harry (1997). El apellido Block hace referencia al «writer’s block», el bloqueo del escritor, pero también es un guiño o referencia al personaje Antonius Blovk, el protagonista de El séptimo sello (1957) de Bergman.

El argumento es que Harry Block ha escrito una novela donde ventila todos los pormenores de su vida privada, y entonces provoca el rechazo de sus allegados por sus indiscreciones. Además, tiene que asistir a recibir un premio en una universidad (un claro homenaje a otra película de Bergman, Fresas salvajes, de 1957, que es un canto onírico y maravilloso acerca de la soledad que anida en la raíz del ser humano) de la que había sido despedido y no tiene nadie quién le acompañe. Sin embargo, consigue secuestrar a su hijo ante la negativa de la madre, y también lo acompañan una prostituta que acaba de conocer el día anterior y su amigo Richard. Durante el viaje, muchos de sus personajes de ficción tomarán vida e irán confundiéndose con la realidad. Las analepsis o flashback son continuos a lo largo del metraje.

El arranque del filme es verdaderamente original. Sobre los títulos de crédito del inicio aparece una canción compuesta por Wardell Gray y Annie Ross, de 1952, cantada por esta última con el título de Twisted y que dice así:

Mi analista me dijo que se me había ido la cabeza.
Lo que él dijo fue que estaría mejor muerta que viva.
No he escuchado su cantinela, sabía desde el principio
que se había equivocado.
Yo sabía que él pensaba que estaba loca, pero no,
oh, no.
Mi analista me dijo que se me había ido la cabeza.
Dijo que necesitaba tratamiento, pero no soy tan fácil de llevar.
Dijo que yo era del tipo que tenía tendencia, sino estaba supervisada a perder la cabeza.
Y pensó que estaba loca.
No he escuchado su cantinela, sabía desde el principio que estaba equivocado.
Yo sabía que él pensaba que estaba loca, pero no,
oh, no,
…y pensó que estaba loca, se acabaron los peros y los síes.
Decía que de niña parecía un poco salvaje con todas mis ideas locas,
pero yo sabía lo que estaba pasando, sabía que era un genio.
Es tan extraño cuando sabes que eres una maga con tres años.
Sabía que esto tenía que pasar.
Tenía entendido que los niños tienen que dormir del tirón,
por eso una noche me di al vodka,
mis padres se enfurecieron,
no sabían que hacer,
pero vi algunas escenas locas antes de llegar.
¿Crees que estaba loca?
Puede que solo tuviera tres años, pero baila swing.
Todos se ríen de los jóvenes enfadados,
todos se ríen de Edison y también de Einstein.
Entonces, ¿por qué debería estar triste?
Si simplemente no puedo entender la lógica idiomática que sigue mi cabeza.
Tuve un cerebro, fue una locura, oh,
solían reírse de mí cuando rechacé subir en el autobús de dos pisos,
solo porque no había conductor arriba.

Con esta canción, todo puede suceder en esta gran película, que según mi criterio es la más atrevida, irreverente, ácida y mordaz de este genial artista, porque aquí no deja títere con cabeza. Todo su sarcasmo es mostrado sin ningún filtro; es Woody Allen, pero desatado, (quizás tenga algo que ver que a finales del año 1997 se casa con Soon Yi, dejando atrás mucho ruido mediático en polémicas y juicios), además de venir precedida la película de otros grandes filmes, como Balas sobre Broadway (1994), Poderosa Afrodita (1995) y la desternillante Misterioso asesinato en Manhattan (1993), por citar solo algunos títulos. Ya sabemos que Woody hace una película al año, pero los años noventa fueron su mejores años, según mi opinión.

En Desmontando a Harry, vuelven a aparecer sus temas eternos, como el sexo y la muerte, Eros y Tánatos. Un personaje creado por Harry, su álter ego, un tal Harvy Ster, casado desde muy joven, quiere tener sexo con una prostituta y utiliza el apartamento de un amigo que está ingresado en el hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte; pero mientras se encuentra allí, la muerte acude a su encuentro: literalmente llama a la puerta del apartamento. Para el psicoanálisis, Tánatos es la pulsión de muerte, que se opone a Eros, la pulsión de la vida. La pulsión de muerte marca el deseo de abandonar la lucha de la vida y volver a la aquiescencia de la tumba. La pulsión de muerte es la tendencia inherente en los seres vivos a la búsqueda de un estado anterior a la vida. En los mitos griegos, Eros, hijo de Afrodita y Ares, es el dios responsable de la atracción sexual y del amor, además de la luz primigenia impulsora de la creación y del orden de todas las cosas en el cosmos. Así que los grandes temas irresolutos de la humanidad continúan siendo planteados en esta cinta.

Al psicoanálisis se le da un buen repaso, como cuando, en una sesión con su psicoanalista, el protagonista dice: «Seis psiquiatras más tarde, y ya llevo tres mujeres y sigo sin tener mi vida amorosa solucionada, aún me encantan las putas, para mí, lo ideal es pagar que te vengan a casa y no tener que discutir sobre Proust, sobre cine ni…». El personaje principal dice que «lo único que tiene en su vida es imaginación; sin embargo, por primera vez en su vida no puede escribir». Resulta curioso como muchas veces vida y obra en este director parezcan confundirse. En una entrevista, llegó a decir: «Tengo una imaginación desbordada, mi mente se dispara y entonces no distingo, de vez en cuando, la fantasía y la realidad». Cuando le preguntaron por sus actividades diarias, dijo: «Desde hace 40 años escribo todos y cada uno de los días de mi vida. Escribir es mi vida. Y siempre escribiré. Nadie va a lograr que me detenga». Allen sostiene que la acción es el mejor antídoto para la ansiedad, como afirmaría cualquier conductista.

Arremete contra el judaísmo con una crítica feroz, haciendo que uno de sus personajes de ficción, judío y practicante, en realidad sea asesino y caníbal; contra la ciencia o las paradojas de esta, pues su amigo se ha hecho un chequeo hace solo un día y al día siguiente muere de un infarto. Además, aparece el demonio convertido en un amigo que le roba la chica a Harry, y como si fuese Dante Alighieri (1265-1321) en la Divina comedia, acude en su búsqueda y desciende hasta los mismísimos infiernos. No conozco en el cine una mejor representación del infierno que esta, con sus distintos niveles (a modo de los círculos del infierno de la Divina comedia), y dependiendo de la profesión distribuidos en distintas plantas. Es aquí donde los diálogos son más brutales.

Pero por si todo esto fuera poco, en este filme hay una temática que, a modo de ritornello, vuelve a surgir como si se tratase del estribillo de la canción del inicio y que abordó de un modo genial en Annie Hall (1977). En ella el personaje principal, Alvy, se acuerda de cuando era niño y se preguntaba qué sentido tiene la vida si todo es efímero. La certeza de que esta pregunta no posee una respuesta satisfactoria es la que deprime al pequeño Alvy y le impide hacer los deberes (un problema ampliamente tratado por Friedrich Nietzsche [1844-1900]; el modo en el que el pesimismo anula la voluntad). La madre que no entiende lo que sucede a su hijo, decide llevarlo al médico, y cuando este le pregunta por qué está deprimido, el niño exclama: «¡El universo se expande!». Ante el desconcierto del médico, Alvy le explica la relación existente entre el hecho de que el universo se expanda y la depresión que sufre: «Bueno, el universo es todo, y si se expande, algún día estallará y eso será el final de todo». Este problema acompañará al personaje a lo largo de toda su vida bajo la idea de la muerte. Así se lo expresa el propio Alvy (ya adulto) a Annie, la chica con la que comienza a salir: «Sí, verás, yo…, yo estoy obsesionado con… la muerte. Es un gran tema para mí y tengo una visión muy pesimista de la vida»; «yo creo que la vida está dividida entre lo horrible y lo miserable, en esas dos categorías y lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados, no sé como pueden soportar la vida, me parece asombroso, y los miserables somos todos los demás, así que al pasar por la vida deberíamos dar las gracias por ser miserables, por tener la suerte de ser miserables».

Allen vuelve a retomar el tema, pero de forma paradigmática, en Recuerdos (1980), a través del personaje Sandy Bates, un director de comedias cinematográficas que se siente turbado como consecuencia del sinsentido y del sufrimiento humano; aspectos que todos los que le rodean parecen no percibir o que ignoran despreocupadamente con pasmosa indiferencia, ante lo cual Bates increpa: «¿Alguien leyó en la portada del Times que la materia se desintegra? ¿Soy el único que lo ha leído? El universo, gradualmente, se está desintegrando. No quedará nada. No estoy hablando de mis películas estúpidas. Eventualmente no habrá Beethoven ni Shakespeare ni…». Como se puede apreciar, lo que preocupa a Bates no es que desaparezca el resto del universo, sino la irremediable desaparición de todas las grandes expresiones y logros de la cultura —consecuencia de su naturaleza efímera—, como si jamás hubiera existido.

Pues bien, diecisiete años más tarde, a modo de ritornello, en Desmontando a Harry, cuando el personaje principal se acuesta con Cookie, la prostituta, y ella le pregunta por qué toma tantas pastillas, Harry le responde que está deprimido, arruinado, vacío, que no tiene alma, y le habla del sinsentido de la existencia como consecuencia de la expansión y fin del universo. Harry termina diciéndole a Cookie:

—¿Sabes? Debo decirte, Cookie, que un gran escritor llamado Sófocles dijo que seguramente era mejor no haber nacido.

A lo que Cookie le responde:

—Pues ya es un poco tarde para eso, chato.

—Yo no quería salir, tuvieron que entrar a buscarme.

Esta mezcla sabia de combinar reflexiones filosóficas y humor hace que algunas de sus escenas sean memorables. Porque la filosofía siempre está presente en su filmografía, y aunque dejó la universidad, donde en un principio se matriculó para estudiar filosofía, su sentido existencial (como anteriormente dije) impregna toda la obra. Aquí incluso introduce un concepto del filósofo danés Søren Kierkergaard (1813-1855): el salto de fe, cuando su cuñado dice que «Harry es incapaz de un salto de fe» Las dos ideas más conocidas del padre del existencialismo son esta y la subjetividad. Esto explica por qué un hombre cree en Dios, o una persona cree en el amor. Para Kierkegaard, tener fe supone al mismo tiempo tener dudas; la duda es la parte racional del pensamiento de la persona. Sin ella, sin la fe, no tendríamos una sustancia real.

Así pues, Harry termina llegando a la conclusión, una vez que ha hecho las paces con sus demonios (como le recomendó su amigo Richard en un diálogo con él muerto, y una vez que ha aceptado, o mejor dicho se ha rendido, a que la chica se case con su amigo), de «que solo tuvo serenidad al escribir, el escribir en más de un aspecto le había salvado la vida». Lo dice la voz en off. Y su gesto final es arrastrar la máquina de escribir hacia sí mismo mientras teclea, enfrascándose en la creación de un nuevo relato.


Eduardo García Fernández (Oviedo, 1968) es licenciado en psicología clínica y máster en modificación de conducta. En 1999 abrió una consulta de psicología clínica en la que aborda todo tipo de patologías y adicciones. Entre sus aficiones se encuentran la literatura y el cine. Y acostumbra a vincular éstas con su profesión dando lugar a artículos con un enfoque diferente. Ha realizado y participado en programas de radio en Radio Vetusta, ha colaborado con la revista digital literaturas.com y en la actualidad colabora esporádicamente con artículos y reseñas en el periódico La Nueva España.


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