Poéticas

Verdad dice quien sombra dice

Antonio Monterrubio escribe sobre la gran poesía, que es aquella que, siguiendo la enseñanza de Paul Celan, «no separa el no del sí».

/ por Antonio Monterrubio /

Aristóteles columbró en la Poética una alta verdad al declarar que la poesía era superior a la historia, que registra lo que ha sucedido, en que nos dice lo que ha podido, puede o podría suceder. El arte es el juego de la posibilidad, de cualquier posibilidad. Irrumpe en nuestra existencia como goce de la sensibilidad y placer de los sentidos.

La gran poesía es la depuración del pensamiento y el discurso hasta su esencia. Dice lo máximo usando solo las palabras necesarias y suficientes, es decir, las justas. Caben en ella desde los colores más abigarrados, desbordantes y suntuosos a los más tenues, sutiles y desvaídos. Puede contener la deslumbrante luz de un mediodía de agosto, la inquietante oscuridad de una noche de cuervos y lobos o la magia de la hora violeta deslizándose sobre unos cabellos amados. La más fabulosa complejidad coexiste con la sensualidad más directa y gozosa.

El poeta yuxtapone y liga las palabras y, gracias a su dominio de las articulaciones del lenguaje, confiere eufonía y encanto a cada estrofa. Pero lo que identifica a la obra consumada es la calidad de las vibraciones que despierta en nosotros, de fascinación y escalofrío. Como escribió en una carta Emily Dickinson, «si tengo la sensación física de que la bóveda de mi cráneo ha volado, sé que es verdadera poesía». Pues nunca es ornamento, ni tiene vocación de collar de perlas. Poco vale si en ella no se advierte el latido de la sangre circulante y la palpitación de las entrañas. Ostentación y vanidad son enemigas de la poesía. La de alto voltaje es un camino de perfección que, aun sin llegar a su meta, redime y purifica. Ofrece al lector atento y comprometido experiencias insólitas, emociones que abarcan del consuelo al éxtasis. Da forma a un sufrimiento que, a través de serpentines largos y tortuosos, destila el elixir que cristaliza en el poema. El carbono impuro es turba y lignito, pero en su estado puro y bajo ciertas condiciones, aparecen diamantes. El genio del poeta transmuta en su crisol la sangre en esplendor.

Existen sin duda poetas y poemas herméticos, que pueden incluso parecer inabordables. Pero eso no impide que nos lleguen al alma, aun antes de empezar a comprenderlos. Al desvelar una pequeña verdad escondida entre los versos, nos sentimos bañados por una alegría purificadora. Ahora bien, en todo momento se impone la mesura. Hasta cuando pensamos haber descifrado el enigma, dilucidado las claves del poema, este sigue siendo lo único que importa. Hay una línea roja que no debe ser sobrepasada: «La interpretación no pretende ponerse en lugar de la obra interpretada» (Gadamer: Verdad y método). Las palabras permanecerán ahí, erguidas y orgullosas guardianas de un misterio que está siempre más allá de lo que creemos descubrir. Buscarle nuevos sentidos es un ejercicio muy recomendable para la buena salud del espíritu. Lo que no es admisible es la insistencia en hacerle decir aquello que se niega obstinadamente a decir. Si probablemente es cierto que la verdad es una metáfora, más seguro aún es que la metáfora es una verdad. Por ende, merece ser respetada y defendida.

Habla –
Pero no separes el no del sí
Da a tu dicho también el sentido:
Dale sombra.

(Celan: Sprich auch du)

Mantener unidos luz y oscuridad, materia y sentido, razón y sinrazón, Ser y Nada no quiere decir mezclarlos, ni menos aún confundirlos, sino entrelazarlos para que se retroalimenten sin cesar. Se trata de dar forma al discurso y discurso a la forma. Porque «verdad dice quien sombra dice». No hay luminosidad sin oscuridad y sin penumbra. Quedarse bajo la farola no permite explorar el desconocido continente de la noche ni indagar en los intersticios donde luz y sombra juegan al yin y el yang. En los sucesos más nimios existe un potencial lírico que el temperamento artístico sabe desvelarnos. Un evento minúsculo se convierte, más allá de la metáfora, en un acontecimiento cargado de significación física y metafísica.

El lenguaje no solo debe llevar en su seno la verdad y transmitirla. Debe ser verdad en sí mismo. Esto significa mantener su incongruencia, su incoherencia. Limitar o escayolar la pluripotencialidad del discurso es matar su sentido. El logos debe poder moverse libremente, pues sus articulaciones múltiples le permiten todo género de movimientos. Como anota Félix Duque en Residuos de lo sagrado, «no escindir el No del Sí significa mantener unidos al Ser y a la Nada». Ser y no ser son y no son lo mismo; se cruzan, se chocan, se rozan, se repelen o se atraen. Hay entre ellos una relación erótica y sagrada, se abrazan y se penetran, pues el uno está dentro del otro y el otro en el uno. Más allá de la dialéctica del yin y el yang, solo la totalidad irrestricta de lo que el verbo alberga puede crear sentido. La luz necesita la sombra, el sonido el silencio, el día la noche, el sí el no, el no ser el ser. «Tras haber oído al Logos y no a mí, es sabio convenir en que todas las cosas son una» (Heráclito de Éfeso: fr. 2). Pero también «el camino arriba y abajo es uno y el mismo» (fr. 6), pues «lo mismo es vida y muerte, velar y dormir, juventud y vejez; aquellas cosas se cambian en estas y estas en aquellas» (fr. 88). Decir verdad, practicarla sin inhibiciones ni cortapisas es mantener unidos fondo y forma, verbo y sentido, luz y sombra.

Desde luego, nada es más evidente que la imposibilidad de saber a ciencia cierta lo que el poeta pensaba o quería decir en su proceso de roturar con surcos de tinta la página en blanco. Pero no se trata de rehacer el trabajo de construcción del poema, de emprender la imposible labor de meterse en su cerebro en el momento de la creación. Lo que interesa en una obra artística es lo que dice. O mejor aún, lo que, en este caso, los versos nos dicen. Esto significa que, al leerlos, asumimos una responsabilidad con la obra, con el autor y con nosotros mismos. La gran poesía no debe beberse, sino vivirse.

La poesía mezcla el oráculo arrebatado con la meditación rigurosa. Baliza las regiones más oscuras, soporta con estoica entereza la experiencia de la soledad y la muerte. Importa lo que dice, pero también las ausencias, lo no-dicho, el discurso y los sonidos del silencio. La gran poesía es un proceso destituyente del simulacro y constituyente de lo auténtico. En el himno Germania, Hölderlin formuló, con lúcida precisión, el deber y el lugar de la palabra poética:

Preciso es que entre día y noche
Brille por una vez una verdad.
[…]
Que siga, sin embargo, inexpresada, como es,
Inocente, como debe permanecer.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Editorial Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Ediciones Trea, 2024), El serano (El Viejo Topo, revista de Ediciones de Intervención Cultural), La primavera y el titán (Marciano Sonoro Ediciones, 2024) y Antígona vive (una invitación a la tragedia ática). Publica textos en El Cuaderno digital, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo.


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