Pensamiento

También hay imperialismos asiáticos

Traducimos y publicamos, por el urgente interés de su tesis internacionalista, que este consejo editorial comparte, este editorial de la revista The Funambulist, acerca del error de un antiimperialismo que, 'occidentalocéntrico' en sus denuncias, obvie que los Estados y actores no occidentales también han perpetrado y perpetran (en Azerbaiyán, Sri Lanka o Indonesia) crímenes de masas que es preciso denunciar.

Traducimos y publicamos, por el urgente interés de su tesis internacionalista, que este consejo editorial comparte, este editorial de la revista The Funambulist; también como una invitación a los lectores de El Cuaderno a frecuentar dicha publicación. El texto original es de Léopold Lambert; la traducción, de Pablo Batalla.

Imagen destacada: una escena del genocidio armenio

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Bienvenidos al número 55 de The Funambulist. Después de otro dedicado a la persistencia de las estructuras de dominación colonial y racialización en las sociedades de la Europa occidental y septentrional, en este la pretensión es salir de Europa y examinar los procesos históricos y presentes de dominación imperial y/o colonial por parte de siete Estados asiáticos argumentablemente etnocráticos —concretamente, Japón (y el Imperio japonés), la República Popular China, la Federación Rusa (y la Unión Soviética), la República de la India, la República Islámica de Pakistán, la República Islámica de Irán y la República de Turquía (junto con la República de Azerbaiyán)—. El término asiático puede resultar extraño para algunos lectores: ¿es correcto utilizar una palabra que afima alguna suerte de similitud entre naciones tan alejadas entre sí como Japón y Turquía? Sin embargo, la porosidad entre ellas puede ser mayor de lo que uno sospecha. Por ejemplo, podemos traer a colación que los uigures, los kazajos y los kirguises que viven bajo dominación china en Xinjiang, y los yacutos, los shor y los tártaros sujetos a la dominación rusa son todos pueblos túrquicos. Lo que es más importante, este nombre de asiáticos elegido para el título de este número se corresponde con una serie de ejemplos históricos de solidaridad a esta masiva escala continental, el más famoso de los cuales es la Conferencia Afroasiática de 1955 en Bandung, a la que volveré al final de este texto.

Este esfuerzo editorial en pos de centrarse en las condiciones políticas de millones de personas que viven y luchan contra formas (principalmente) no occidentales de imperialismo es continuación de numerosos artículos publicados en la revista en el pasado, así como de nuestro número 45 (editado por Shivangi Mariam Raj y yo mismo), dedicado al subcontinente indio. Este ímpetu nace asimismo de nuestra reluctancia compartida a considerar que Occidente en general, y Estados Unidos en particular, sean tan centrales para todas las estructuras políticas a nivel mundial, hasta el punto de que la misma idea de asociar la noción de imperialismo o colonialismo a Estados no europeos o no eurocolonos deba considerarse extravagante o a ignorar por completo.

Algunos pueden argumentar que presentar argumentos políticos y organizarse contra Estados que se consideran enemigos de la «civilización occidental» (Irán, Siria, Rusia, China, Cuba, Venezuela, Yemen, Corea del Norte…) opera a favor de las fuerzas políticas del capitalismo racial global y el imperialismo occidental. A muy corto plazo, puede que eso sea cierto. Sin embargo, ese adagio según el cual «el enemigo de nuestro enemigo es nuestro amigo» no puede ser una hoja de ruta, ya que enetroniza la pereza intelectual y la miopía política. Además, ¿a qué nosotros se estaría refiriendo este nuestro?

En una escala temporal más ancha, resulta crucial que la solidaridad con movimientos tales como la revolución siria, la resistencia de las mujeres iraníes y kurdas o el combate del pueblo uigur contra su desaparición, encarcelación masiva y sometimiento a trabajos forzados no sea cooptada por la derecha occidental y diaspórica. Pensemos, por ejemplo, en los monárquicos iraníes, que fueron particularmente visibles durante las protestas de supuesta solidaridad con el movimiento Mujeres, Vida y Libertad; o en los partidarios chinos de una nueva dinastía imperial amalgamada en torno al culto Falun Gong, su publicación The Epoch Times  y su compañía de artes escénicas Shen Yun. La lucha armenia contra las fuerzas neootomanas (provenientes del Estado turco o del azerí) por seguir existiendo después del genocidio parece en riesgo oparticular de sufrir esa cooptación. El relato de la derecha puesto en juego aquí es que el genocidio o la limpieza étnica de armenios por Estados islámicos es un ataque a la cristiandad (olvidando convenientemente que el genocidio armenio fue diseñado por ideólogos otomanos secularistas). Esto, a su vez, está muy extendido en los contextos europeo y norteamericano, alentado en parte por los miembros burgueses de la diáspora (en Francia, por ejemplo), ajenos a las solidaridades entre la lucha armenia y otros movimientos de liberación, como el palestino.

Lo que está en juego en este rechazo a la cooptación son dos cosas: la primera (que yo ya traté de articular en mi introducción a nuestro número 46, Cuestionando nuestras solidaridades) es nuestra necesidad de definirnos políticamente sobre la base de principios consistentes, en lugar de como reacción al posicionamiento de los Estados occidentales, o de acuerdo con una visión campista del mundo. La segunda es que, si no logramos evitar esta cooptación, fallaremos a nuestros camaradas involucrados en estos movimientos y les dejaremos en manos de imperialismos oportunistas. Algunos aceptarán (algunos con más o menos entusiasmo que otros) firmar alianzas fáusticas con ellos; otros se negarán y, sin nuestra solidaridad, se quedarán solos, enfrentando una represión aplastante, el encarcelamiento o la muerte.

«Con más o menos entusiasmo», escribo, ya que sería ingenuo pensar que todas las personas que viven bajo la estructura colonial y/o imperial de estos Estados comparten los principios y las visiones de una izquierda internacionalista. Lo vimos durante el movimiento masivo de 2019-2020 en Hong Kong, cuando algunos manifestantes ondeaban banderas estadounidenses. Lo hemos visto también entre los defensores taiwaneses pro-Kuomintang, y cuando varios activistas (iraníes, uigures…) condicionan su solidaridad con Palestina a centrarse primero en su propia lucha. Este número no busca proporcionar una excusa o un disimulo de tales faltas, sino más bien fortalecer los estándares de nuestro propio compromiso con la solidaridad internacionalista.

A veces, estos fallos también son más complicados. En abril de 2024, el Frente de Liberación Nacional Canaco y Socialista (FLNKS), de Nueva Caledonia, firmó un acuerdo de cooperación con el Estado de Azerbaiyán como parte del llamado «Grupo de Iniciativa de Bakú», que intenta reunir a otras organizaciones políticas contra el colonialismo francés. Esta reciente iniciativa se produjo después de que el Estado francés denunciara verbalmente (aunque ciertamente no impidiera en modo alguno) la limpieza étnica de más de 100.000 armenios de Artsaj por parte del Estado azerí en septiembre de 2023. Compartimentar las luchas nos permitiría justificar semejante alianza, a pesar del claro papel oportunista desempeñado por Azerbaiyán aquí: no hay duda de que el Estado azerí no tiene ningún interés en la liberación canaca, más allá de infligirle un golpe a Francia. Después de todo, ¿acaso los pueblos colonizados no están en su derecho de elegir a sus aliados, sin que por ello deban responder de la violencia asesina desplegada por esos mismos aliados en su propio contexto? Durante el levantamiento canaco de 1984-1988, existió una alianza similar con la Libia de Gadafi, por ejemplo. Al no vivir yo mismo en condiciones coloniales, no soy, ciertamente, la persona más adecuada para responder a esta pregunta, pero sigo el ejemplo de los muchos pueblos colonizados que responden a esto con un decidido y rotundo «no». La liberación de Kanaky es fundamental para mi propio compromiso político, pero, al igual que una buen cantidad de activistas de/en Kanaky, no puedo ver esta liberación asociada a la normalización de la invasión y la limpieza étnica azeríes (un proceso con el que el pueblo canaco está muy familiarizado), que a su vez forma parte de la historia genocida contra los armenios en Anatolia y el Cáucaso. El camino a seguir no está claro, pero sin duda tiene que ver con el carácter común de las experiencias canacas y armenias, y con la formación de un diálogo y una solidaridad internacionalistas.

Como en cada número, habrá lectores (o, más a menudo, comentaristas de las redes sociales) que no estén satisfechos con la falta de exhaustividad del contenido de este número, lo que dará lugar al conocido juego del whataboutismo. Quiero que sepan que yo también me entrego a ese juego a veces y que me arrepiento con frecuencia de mis propias omisiones editoriales (ya sea por falta de suerte, de espacio, de conocimientos…). En el contexto de este número, este lamento gira en torno a la ausencia de contribuciones sobre los Estados de Indonesia y Sri Lanka. Como resultado de una feliz coincidencia, Birmania sí está algo presente en la investigación de Nasrynn Chowdhury presentada justo antes de esta introducción. Los suscriptores sabrán encontrar numerosos artículos sobre la lucha de Eelam Tamil contra las estructuras etnosupremacistas del Estado esrilanqués; así como gran cantidad de escritos sobre la lucha de los papúes occidentales contra el colonialismo indonesio. Por suerte, Indonesia, Sri Lanka y Birmania se movilizan al menos en las reflexiones que siguen.

Del 18 al 24 de abril de 1955, veintinueve Estados, incluidos esos tres, se reunieron en la ciudad javanesa de Bandung para la Conferencia Afroasiática, más a menudo designada como «Conferencia de Bandung». Entre ellos se encontraban seis Estados analizados en este número. Cuatro de ellos (Japón, China, India y Turquía) tenían ya entonces la forma institucional que siguen encarnando hoy. Irán, por su parte, era todavía el Estado Imperial de Irán, derrocado por la revolución de 1979, y Pakistán permanecía dividido en sus partes Occidental y Oriental, antes de la guerra de liberación bangladesí en 1971. La Conferencia sigue siendo hoy uno de los momentos clave de la solidaridad internacionalista basada en Estados contra el colonialismo y el neocolonialismo europeos. Allá también estaban presentes representantes de las luchas de liberación nacional tunecina, marroquí y argelina, mientras que, en casa, arreciaba la mortífera contrarrevolución francesa. Al futuro presidente de la Ghana independiente y líder panafricano Kwame Nkrumah, las autoridades británicas le impidieron viajar a Bandung a pesar de haber sido invitado a hablar. Richard Wright escribió un informe recopilando sus observaciones de la Conferencia para un público negro en Estados Unidos, y en años siguientes, Malcolm X se refirió explícitamente a ella como un ejemplo de unión de las naciones oscuras.

En un texto seminal titulado «Blinded by Bandung? Illumining West Papua, Senegal and the Black Pacific» (2018), Quito Swan reconoce el espíritu anticolonial de la Conferencia, pero también nos insta a observar cómo la Indonesia de Sukarno utilizó su posición como anfitrión para solidificar su ocupación de las tierras melanesias de Timor Oriental y Papúa Occidental:

«Estas voces disidentes fueron silenciadas en Bandung. Con la asistencia de veintinueve países, en las conversaciones se declaró que el colonialismo era perverso. Se afirmó que el “sometimiento de los pueblos a la subyugación, la dominación y la explotación extranjeras” era una negación de los derechos humanos, contraria a la Carta de las Naciones Unidas. Sin embargo, Papúa Occidental era una excepción. Sukarno enmarcaba sus reclamaciones sobre Papúa Occidental como una lucha contra el imperialismo holandés. En consecuencia, Bandung resolvió oficialmente apoyar la posición de Indonesia en Papúa Occidental».

Podemos comenzar a abordar esta cuestión señalando la presencia más obvia y cuestionable en la Conferencia, a saber, la de Japón, como hace Kweky Ampiah en un texto provocativamente titulado «Japan at the Bandung Conference: the cat goes to the mice’s convention» [«Japón en la Conferencia de Bandung: el gato va a la convención de los ratones»] (1995). No menos de ocho países representados en Bandung debían de tener un recuerdo muy fresco de la ocupación japonesa de sus tierras durante la segunda guerra mundial o antes de ella; una ocupación que, en el caso de la Manchuria china, duró cuatro décadas. ¿Queda destruido el legado del Movimiento No Alineado (en su génesis en Bandung) por señalar cuidadosamente las tensiones entre la solidaridad anticolonial y las formaciones imperiales desplegadas por los Estados ya discutidos aquí, así como por el Imperio etíope, el Egipto de Nasser o Arabia Saudí?

Este número se nutre de esas tensiones e insiste en la necesidad de la práctica de una sospecha permanente hacia los Estados. Contrariamente a la clamorosa incapacidad de los Estados para hacerlo, no debemos dudar de la capacidad de la gente para sostener múltiples cosas como verdaderas al mismo tiempo, a saber, un compromiso intransigente contra las muchas encarnaciones del imperialismo occidental junto con un reconocimiento de estructuras similares (aunque sean más regionales) de violencia desplegadas por actores no occidentales. Este delicado equilibrio, en oposición a una visión campista del mundo, nuclea la línea editorial de esta revista. A veces es un equilibrio fácil de encontrar; a veces es más dificil, y a veces el buscarlo puede conducir a errores, pero, en última instancia, estoy convencido de que es la única forma en que se puede practicar el internacionalismo. Te invito a tener esto en cuenta mientras lees las siguientes siete contribuciones, y te agradezco el tiempo que has dedicado a leer esta introducción.


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Léopold Lambert es el redactor jefe de The Funambulist. Es arquitecto de formación, así como autor de cuatro libros que examinan la violencia inherente de la arquitectura sobre los cuerpos y su instrumentalización política a varias escalas y en diversos contextos geográficos. Es autor de Weaponized architecture: the impossibility of innocence (2012), Topie impitoyable: the corporeal politics of the cloth, the wall, and the street (2016) y La politique du bulldozer: la ruine palestinienne comme projet israélien (2016). Su nuevo libro se titula States of emergency: a spatial history of the French colonial continuum (2021).


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