texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Turbulencias)
Con el estruendo de la delicadeza, la mariposa ha entrado en el interior del mercado de abastos de mi ciudad. Va aleteando de puesto en puesto con dulce obstinación, como si estuviese buscando acomodo en un sitio que no encuentra. Sobrevuela las tajadas sangrientas y las escamas brillantes envueltas en el hielo, pero no termina de posarse en nada. Da gusto contemplar con detenimiento el peregrinaje zascandil de espaldas al vértigo de este espacio, dominado por la agitación y por el chasquido de las transacciones.
Frente a la defensa de la legitimidad de lo poseído, hay otra versión del sentido de la propiedad: las cosas son para quien más las desea. Añoranza del ímpetu.

Semana de los estropicios: puse simplemente en hora un reloj pero él se paró para siempre, partí sin querer la escobilla abisal del baño, rompí una copa de vino al fregarla, cayeron ante mí —¡pero si yo ni las miré!— las placas de mármol que revisten las puertas de los ascensores, brotaron anomalías en la pantalla del televisor… ¿Hay quien dé más? Y todo lo hice sin darme la menor importancia.
Frente a otros grafitis de alarde, de ofensas desesperadas o de empalago adolescente, uno escrito con nobleza y descaro razonables: «A veces, solo a veces, / monto un drama por gilipolleces».
Una confesión urgente y de cara a la pared, escrita justo antes de llegar a casa una noche y atreverse a desmontar las turbulencias de un desaguisado. Así me lo quiero imaginar.

El que pasea de continuo al perro y va nombrando todo para el animal, el de la mirada cenagosa que da vueltas y vueltas al perímetro del barrio recogiendo colillas desaprovechadas, el que está loco y habla a pellizcos consigo mismo, con su boina de brigadista de la guerra civil y con sus pantalones recién orinados, el que solo sabe andar como si pisase sobre brasas (y a lo mejor es que es así). Son los excluidos. Han atravesado todos los excesos y todas las consideraciones; viven ya en las afueras de las exigencias, en el espacio de la desatención pública. Cuando nos cruzamos con ellos dejan caer una mirada indefinida, una lluvia inaguantable de reproches invisibles.
Entre los otros diplomas fantasmales del insomnio, las gárgaras corriendo por las tuberías vecinas. Una extraña jerigonza del aire y el agua a la que se asiste como quien no conoce un idioma que se está hablando ante él. Por fin una lengua franca y sin trampa.
La multitud va pasando frente al féretro del papa como si fuese la última oportunidad de ver a una estrella de rango mundial. No son fieles, son fans. Hay quienes se vuelven de espaldas al cadáver para hacerse un selfi con el móvil. La muerte de Francisco se ha convertido en un espectáculo, como si fuese una venganza orquestada contra su predicación de la pobreza y la sencillez. Reyes, presidentes, popes religiosos y magnates no quieren perderse la ocasión de estar ahí, en la ciudad sitiada, con la excusa de decir adiós al hombre bueno. Muchos de ellos han de abrigar un sentimiento de alivio secreto: al fin se ha ido…
Figura de espaldas. Mujer quieta y sola. Contemplando los escombros de una despedida amorosa, no hay duda. Antes de verla así, en el estiaje del abandono, estaba junto a un hombre hablando gravemente en una mesa aparte del bar («El Olvido», ay, así se llama). Después de un rato, ambos salieron y siguieron hablando mientras fumaban; de cuando en cuando se cogían mutuamente de las manos como para no dejarse volar. Entonces vino la tromba del abrazo, un abrazo eterno, sostenido sin preocupación entre los atropellos inmediatos del mundo cercano. Era el último abrazo. Mientras el hombre se iba alejando lentamente con andares pesarosos, ella seguía mirándolo sin atreverse a perderlo de vista, como si quisiera contar con algo de él en la memoria hasta el último segundo. Cuando se lo tragó la lejanía, ella siguió mirando inútilmente al vacío. Figura de espaldas quieta y sola, sí. Tal vez es que todavía lo viera allí, en el propio hueco que él había dejado, y seguía despidiéndose, sacando de la propia pena jugo último de amor, como en aquellos versos de Pedro Salinas: «No quiero que te vayas, / dolor, última forma / de amar».
Un poco más, solo un poco más y ya nos vamos juntos a la ceremonia del deterioro. Pero de momento contemplemos todavía esto, que es lo único que existe: el primer atropello del cielo, aún tan poco ufano; el dulzor del aire presentido en las primeras hojas titubeantes; los cuchicheos de los pájaros iniciales; la luz escabechada del amanecer. Solo un poco más aquí, por favor, contemplando el mundo natal, y ya después vamos a entregarnos al Señor de lo Oscuro por un rato.

Este hombre sulfuroso y de ademanes adocenados sigue insistiendo —ya lo había prometido— en deshacer el orden del mundo. Es la condensación radical de los nefastos ideales nacionalistas que pululan por doquier. Está claro: no es «nosotros los primeros», sino «nosotros los únicos». Juega con la interdependencia que sostiene a la economía del mundo igual que jugaba Hitler con el globo en la película de Chaplin. Jaleado por las turbas embaucadas, inconscientes de que solo cuenta con ellas para afirmarse él en el podio e imponer un mercantilismo que arrasa con cualquier otra visión del mundo, se comporta como un napoleón que sueña con corregir los límites de los mapas. Previamente a sus desmanes, ya había un caldo propicio que lo estaba esperando. Trump es la consecuencia, no la causa, de una mentalidad modelada por el neoliberalismo, que aguardaba a un mesías, a un matón de granja exactamente así. Como dice Antonio Monterrubio en La primavera y el titán, ese libro de cabecera, imprescindible para seguir resistiendo con convicción y conciencia crítica los embates de una modernidad mal entendida: «La socialización de la ignorancia persuade a los desheredados de que sus necesidades y aspiraciones coinciden con las de la casta gozante». No se puede decir mejor. Es que es así.

Irremediablemente, un año más este sindiós [sic] de la Semana Santa.
Tan a deshora esta nieve de abril… Su vuelo torpe y errático bajo un cielo congestionado, la extraña obstinación de los copos con ese nerviosismo atmosférico, tal animales ciegos que no supiesen cuál va a ser su destino. Nieva a destiempo, sí. Es la gracia de lo imprevisto. Una flota tardía que a duras penas viene a recobrar —¡a buenas horas!— el rostro del invierno, como la visita de un pariente ya dado por perdido.
«¿Jugamos a nosotros?», le dice un niño a otro en el parque. La proposición tiene un calado profundo. No se trata de jugar a ser médicos ni policías ni bomberos ni ladrones. Es otra cosa: jugar a ser uno mismo, salir de la identidad dada por cierta y segura y manejarla desde afuera como a una marioneta desconcertada. Eso, eso: «jugar a nosotros». Mientras el mundo de los adultos se esfuerza por afirmar los cimientos que han de trazar la personalidad de los niños para eso que se llama misteriosamente «el día de mañana», ellos saben con instinto arcano que toda prescripción es también cosa de funambulismo. Y por un ratito quieren salir de sí mismos para verse desde afuera (car je est un autre). ¡Pero qué inconsciente sabiduría hay en el territorio efervescente de la infancia!

Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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