Entrevistas

Najib Abu-Warda: «A todo gobierno israelí le conviene Hamás: unifica el discurso interno, neutraliza críticas y convierte cualquier objeción en complicidad terrorista»

Pablo Batalla entrevista al autor de 'Palestina: historia documentada de 100 años de guerra', nacido en Gaza en 1953.

/ una entrevista de Pablo Batalla Cueto /

Najib Abu-Warda es solo cinco años más joven que el Estado de Israel. Nació en Gaza, y allá vivió la guerra de los Seis Días como un adolescente que conservaría para siempre el recuerdo angustiado del estruendo de los aviones embarazados de muerte, la trepidación del suelo, los gritos aterrados de los adultos, el miedo de los niños. Pero Palestina: historia documentada de 100 años de guerra, el grueso y documentado volumen que acaba de publicar en Trea, no es un libro escrito desde la pasión —aunque no carezca de ella—, sino desde la serenidad jurídica de quien considera que, para denunciar el apartheid palestino, basta con desgranar todas las resoluciones y principios del derecho internacional ignorado.


Palestina: historia documentada de 100 años de guerra
Najib Abu-Warda
Trea, 2025
522 páginas
29 €

Najib: el enfoque del libro es muy jurídico, muy apoyado en las sucesivas resoluciones, acuerdos, etcétera: los textos legales que fueron apuntalando la colonización y destrucción de Palestina. Eso lo distingue de otros que, por supuesto, también los mencionan, pero en los que el enfoque es más pasional. ¿Hacía falta un libro como el suyo, que denunciara la ocupación con no menor firmeza, pero con esa serenidad de jurista?

Sí, claramente hacía falta un libro como este, dentro del vasto panorama bibliográfico sobre el conflicto palestino-israelí; un libro que se distinguiera por una argumentación sólida, basada en fuentes legales e históricas rigurosamente documentadas. No busco cuestionar el debate político y social del conflicto, sino dotarlo de la fuerza estructural que solo el análisis del derecho internacional puede ofrecer. La ocupación, la colonización, el desplazamiento forzado, el apartheid, la negación del derecho al retorno de los refugiados, la impunidad en crímenes de guerra…, todos estos elementos que suelen formar parte del discurso activista o político, aquí son tratados como violaciones concretas a normas internacionales, tratados firmados, resoluciones incumplidas, obligaciones ignoradas. El libro no se limita a narrar lo que ocurrió, sino que analiza cómo esas decisiones, tratados y omisiones han vulnerado de forma continuada el derecho internacional, en particular el principio de libre determinación de los pueblos, el derecho internacional humanitario y los derechos humanos. Yo creo que la serenidad analítica y la densidad documental aportan legitimidad, solidez y contundencia a la denuncia de la ocupación, permitiendo que el lector comprenda que no se trata solo de un conflicto político o militar, sino de una acumulación de injusticias legales amparadas o toleradas por instituciones internacionales, como la Resolución 181 de la Asamblea General de la ONU, que aprobó la partición de Palestina para hacer posible la creación del Estado de Israel. La denuncia, al actuar no desde la pasión ideológica, sino desde la evidencia legal y documental, se vuelve más contundente. Además, incorporo de forma explícita el papel de las instituciones internacionales, como la ONU, la Corte Internacional de Justicia, la Corte Penal Internacional, la Unión Europea y la Liga Árabe, subrayando no solo sus acciones, sino sobre todo sus inacciones, complicidades y omisiones. Pienso también que el libro, con su estructura cronológica, no solo denuncia, sino que educa. Es una obra que puede formar parte de una bibliografía académica, utilizarse como material en relaciones internacionales, derecho internacional público o estudios de conflicto. Contribuye a consolidar la memoria colectiva y ayuda a combatir la desinformación y los relatos simplistas o manipulados del conflicto.

A lo largo de toda esta historia, las grandes potencias que podrían haber actuado como mediadores, y que decían hacerlo, han sido más bien actores, parte del conflicto. Señala especialmente a Estados Unidos.

La causa palestina ha sido víctima de políticas de grandes potencias desde la primera guerra mundial hasta la actualidad. Y sí: entre todas ellas, Estados Unidos destaca por su implicación directa, sostenida y desequilibrada a favor de Israel. Desde el final de la segunda guerra mundial, Washington se posicionó como el principal garante de la seguridad israelí, proporcionando total apoyo militar, diplomático y económico. Cada intento de negociación patrocinado por Estados Unidos desde Camp David hasta la Hoja de Ruta o el llamado «Acuerdo del Siglo», ha tenido como base la premisa de asegurar primero los intereses estratégicos israelíes, dejando las legítimas aspiraciones palestinas en un plano secundario, e incluso irrelevante. En momentos críticos, como la ocupación de Gaza y Cisjordania en 1967, vetó resoluciones del Consejo de Seguridad que exigían la retirada israelí. Ha bloqueado sistemáticamente medidas en la ONU que podrían haber supuesto un mínimo freno a la colonización de Cisjordania, o que habrían reconocido derechos básicos al pueblo palestino. Además, el traslado de su embajada a Jerusalén en 2018 simbolizó el abandono abierto del principio de neutralidad, legitimando una anexión no reconocida por el derecho internacional. El patrón ha sido constante: presentar iniciativas diplomáticas bajo una apariencia de equilibrio y presionar siempre hacia fórmulas impuestas por el poder israelí.

Vistas las cosas en perspectiva, ¿qué ha hecho mal la causa palestina en este último siglo? ¿Qué decisiones debería o no debría haber tomado?

Desde la ocupación de Palestina por el ejército británico, y a lo largo de las décadas pasadas, la causa palestina se subordinó en gran medida a los intereses de los regímenes árabes, lo cual debilitó su autonomía política. Esta dependencia convirtió la lucha palestina en una pieza dentro del ajedrez geopolítico regional, más que en un movimiento con objetivos propios y claros. El apoyo intermitente y condicionado de los países árabes impidió el desarrollo de una estrategia coherente y sostenible. Además, la fragmentación interna del liderazgo palestino ha sido otro factor perjudicial. Las divisiones entre Fatah y Hamás, sobre todo a partir de las elecciones de 2006, han contribuido a debilitar la posición negociadora palestina, lo que ha facilitado a Israel y a sus aliados evitar negociaciones sustantivas. Por otra parte, las iniciativas diplomáticas palestinas han sido intermitentes y, en muchas ocasiones, reactivas en lugar de estratégicas.

Menciona la división entre Fatah y Hamás. ¿Hasta qué punto cabe dar crédito a la hipótesis de que Netanyahu financió a conciencia a Hamás en pos de un divide y vencerás, y también de conseguir un enemigo que justificara ante la sociedad israelí los ataques más atroces?

No es una teoría conspirativa marginal. Algunas fuentes israelíes señalan que desde los años 2000, y de forma más clara durante los mandatos de Netanyahu, Israel permitió el crecimiento de Hamás como contrapeso a Fatah y la Autoridad Palestina. La lógica era cínica, pero efectiva: una Palestina dividida no puede negociar. Y la estrategia fue útil en el corto plazo: evitó negociaciones incómodas y consolidó la ocupación. Después del ataque del 7 de octubre de 2023, mostró sus límites: el enemigo tolerado se volvió incontrolable, el discurso de seguridad se derrumbó y Netanyahu recurrió a la única fórmula que le queda: guerra total como supervivencia política.

El objetivo de destruir a Hamás es políticamente inalcanzable, dice en el libro. ¿El Gobierno de Netanyahu lo sabe, pero sabe también que mentar a Hamás es el pretexto que hace posible una Solución Final del problema palestino?

La afirmación de que el objetivo de «destruir a Hamás» es ideológicamente inalcanzable no solo es realista: es compartida por numerosos analistas de seguridad, militares retirados y diplomáticos, incluidos algunos dentro de Israel. Hamás no es una simple estructura militar: es también una organización política, ideológica, social y territorialmente enraizada en Palestina, y su erradicación completa sería posible solo con una solución final del conflicto. Israel puede desmantelar la estructura militar de Hamás, pero no podría destruirlo como una idea vinculada a la permanencia de la ocupación y del propio conflicto. Además, sí: tácticamente, a todo gobierno israelí le conviene la permanencia de Hamás, porque le proporciona una justificación narrativa para mantener el statu quo del conflicto de ni guerra ni paz, como objetivo estratégico, pero también una coartada permanente. Su mera existencia permite justificar ataques indiscriminados, bloqueos, desplazamientos forzosos y la negación sistemática del derecho palestino a la autodeterminación. Es el «enemigo necesario», una amenaza útil que unifica el discurso interno, neutraliza críticas internacionales y convierte cualquier objeción moral en complicidad con el terrorismo. En ese contexto, hay quienes ven en la destrucción de Gaza no un objetivo militar limitado, sino una escalada deliberada hacia una «Solución Final» del problema palestino, no en la solución de dos Estados, sino en la inviabilidad estructural de un Estado palestino.

¿Fue el asesinato de Isaac Rabin en 1995 por un ultra sionista el momento en el que se jodió este Perú; la última oportunidad real de un acuerdo de paz efectivo?

La metáfora «el momento en que se jodió el Perú», aplicada aquí al conflicto palestino-israelí, puede encajar con cierta precisión en el asesinato de Isaac Rabin, sí. Muchos historiadores y analistas coinciden en que su muerte marcó el colapso de una oportunidad real y viable, en términos políticos y sociales, de alcanzar un acuerdo de paz estructural entre israelíes y palestinos. Rabin no era un pacifista romántico, sino un militar pragmático. Había combatido en todas las guerras fundacionales del Estado de Israel y entendía, desde dentro, los límites del poder armado. Precisamente por eso su giro hacia el compromiso fue tan significativo. Al firmar los Acuerdos de Oslo y reconocer a la OLP como interlocutor legítimo, rompió décadas de negación mutua. Apostó, con todas las reservas del sistema político y militar israelí, por una solución de dos Estados. El proceso era frágil y estaba lleno de ambigüedades, resistencias internas y desconfianzas cruzadas. Pero el proceso avanzaba porque Rabin, por su legitimidad política y militar, podía sostenerlo. Su asesinato interrumpió una oportunidad de la paz. Tras su muerte, el liderazgo israelí giró rápidamente hacia la derecha, primero con Netanyahu, que hizo campaña electoral contra Oslo, y más tarde con una serie de gobiernos cada vez más reacios a cualquier cesión territorial, como el actual gobierno, con Netanyahu de nuevo. En paralelo, la Autoridad Palestina, debilitada y sin avances concretos que destacar. Desde entonces, ha habido iniciativas diplomáticas, pero ninguna con el peso, la legitimidad y la voluntad política necesarios para reeditar lo que Oslo pudo haber sido. La colonización se ha acelerado, la fragmentación palestina se ha profundizado y la solución de dos Estados ha pasado de ser una meta diplomática a una expectativa retórica. Desde entonces, el conflicto ha sido gestionado, pero no abordado; contenido, pero no resuelto. El asesinato de Rabin fue, sin duda, el golpe más certero al corazón del único intento serio de paz estructural en toda la historia del conflicto.

Atribuye un papel importante en el último recrudecimiento de la violencia a los Acuerdos de Abraham. «Las guerras de Gaza advierten de que cualquier intento por reconfigurar las alianzas regionales sin atender las demandas palestinas tiene el riesgo de alimentar nuevos ciclos de violencia y desestabilización. La guerra de 2023 fue un recordatorio de que la paz entre Israel y algunos regímenes árabes no garantiza ninguna paz para los israelíes mientras permanezca la ocupación de Palestina», dice.

Los Acuerdos de Abraham, firmados en 2020 entre Israel, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y posteriormente otros países árabes, como Marruecos, representaron una ruptura con el principio que había guiado la diplomacia árabe desde la Iniciativa de Paz Árabe de 2002, que establecía el principio de «normalización a cambio del fin de la ocupación». Al establecer relaciones diplomáticas y comerciales con Israel sin exigir avances reales hacia la creación de un Estado palestino, estos acuerdos enviaron un mensaje claro: la causa palestina podía ser apartada del centro de la geopolítica regional. Sin embargo, como ha demostrado la guerra de Gaza de 2023, al igual que anteriores guerras de Gaza, la paz con los gobiernos no equivale a la paz en el terreno. Los Acuerdos de Abraham ignoraron las demandas básicas de los palestinos: fin de la ocupación, derecho al retorno, soberanía y justicia. En consecuencia, se consolidó una percepción de abandono, traición y cinismo. El resultado fue una nueva explosión de violencia que dejó claro que no se puede rediseñar el mapa de Oriente Medio pasando por encima del pueblo palestino.

Hay quienes disienten de que pueda llamarse genocidio a lo que Israel hace en Gaza, en Palestina en general. ¿Por qué usted sí está a favor de la utilización de este término?

No me baso en una acusación ligera o emocional, sino en criterios jurídicos internacionales claros. La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (1948) define el genocidio como cualquier acto cometido con intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, en particular a través de la matanza de miembros del grupo, la lesión grave a la integridad física o mental, el sometimiento intencional a condiciones de existencia que conduzcan a su destrucción física, las medidas destinadas a impedir nacimientos o los traslados forzosos de niños. En Gaza, los ataques masivos sobre áreas densamente pobladas, los cercos prolongados que impiden el acceso a agua, alimentos, medicinas o energía, los bombardeos sobre hospitales, escuelas, campos de refugiados y convoyes de civiles, así como declaraciones y decisiones de las principales instituciones judiciales internacionales que ya reconocen esa posibilidad. El término no es, por tanto, una exageración retórica: es una categoría jurídica en proceso de investigación formal. Pero negar esa posibilidad hoy es, como mínimo, ignorar el alcance y la gravedad de los hechos en curso. Negar la posibilidad de genocidio en Gaza es, en muchos casos, el resultado de un doble rasero que ha protegido históricamente a Israel. El respeto a las normas internacionales exige coherencia: no puede aplicarse la ley de forma selectiva según el actor involucrado. Si se juzgan crímenes de guerra o genocidios en unos países, pero se ignoran en otros, como ocurre con Israel en Gaza, se deslegitima todo el sistema de justicia internacional.

El libro termina resumiendo las posibilidades que existen de resolución del conflicto: no solución del conflicto, guerra generalizada, dos Estados, un Estado binacional, un Estado federal, un Estado confederal o una solución impuesta. ¿Cuál querría usted? ¿Cuál cree que se llevará a efecto?

La solución de dos Estados ha sido durante décadas la opción más respaldada por la comunidad internacional. Promete soberanía para ambas partes y el reconocimiento mutuo, pero ha ido perdiendo viabilidad debido a la expansión de los asentamientos israelíes, la fragmentación territorial palestina y la falta de avances en las negociaciones. En la práctica, esa solución se aleja más cada día. El modelo de un único Estado binacional, en el que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos independientemente de su origen étnico o religioso, podría ofrecer una solución más igualitaria y duradera. Sin embargo, es rechazado tanto por amplios sectores israelíes, que temen perder la identidad judía del Estado, como por palestinos que desconfían de sus posibilidades de éxito. Las fórmulas federal y confederal plantean marcos de convivencia con autonomía compartida, pero exigen un grado de cooperación y confianza mutua que hoy parece lejano. Son modelos políticamente complejos y frágiles sin un compromiso firme de ambas partes. La posibilidad de una solución impuesta por actores externos existe en términos teóricos, pero carece de un consenso internacional suficientemente fuerte y enfrenta el rechazo de las partes implicadas. Una imposición sin legitimidad sería insostenible en el tiempo. Frente a todo ello, los escenarios de no solución, o incluso de guerra generalizada siguen siendo tristemente plausibles. La inercia actual apunta hacia una prolongación del conflicto, con ocupación, violencia cíclica y un bloqueo diplomático persistente. Si uno tuviera que señalar cuál es la opción más probable en el horizonte inmediato, sería la continuidad del statu quo: una «no solución» de facto, en la que se consolidan las asimetrías existentes, se normaliza la ocupación y se prolonga la inestabilidad y la violencia. Es un escenario insostenible, pero mantenido por el desequilibrio de poder, la fragmentación política interna y la falta de presión efectiva por parte de la comunidad internacional. La mejor solución, en mi opinión, sería aquella que garantice justicia, seguridad y dignidad para ambas poblaciones, israelíes y palestinas; que combine igualdad de derechos, reconocimiento mutuo y autodeterminación. Esto podría tomar la forma de un Estado binacional democrático, con plenos derechos para todos, una salida justa, ética, e inclusiva, pero ya digo que hoy resulta utopico. Los dos Estados, si se implementan con seriedad, con fronteras viables, Jerusalén compartida, desmantelamiento de asentamientos y retorno justo o compensación para los refugiados palestinos, también sería una buena solución. Pero lo más realista es tristemente la no solución. El statu quo se ha convertido en un modelo funcional para los actores con mayor poder: Israel mantiene el control, las divisiones internas palestinas debilitan cualquier proyecto común, y la comunidad internacional, salvo excepciones, opta por declaraciones simbólicas más que por presión real.

Usted nació en Gaza («la Franja Guernica de Oriente», dice en la dedicatoria del libro) en 1953. ¿Cuál es su propia historia como palestino; su vinculación personal, familiar, ¿con este conflicto terrible? ¿Lo ha vivido de maneras muy directas? ¿Tiene parientes en la Franja?

Viví la guerra de 1967, que aún deja huella en mi memoria. No son solo fechas o titulares. Son imágenes grabadas, los sonidos de los aviones, el temblor del suelo, los gritos de los adultos, el miedo de los niños. Tenía apenas catorce años cuando aquella guerra nos alcanzó, y desde entonces nada volvió a ser igual. La ocupación se convirtió en nuestra rutina, y la palabra libertad empezó a sonar como algo lejano, casi mitológico, aunque nunca dejamos de soñarla, nunca renunciamos a ella. Gaza fue desde entonces una herida y un dolor. Cada generación ha heredado ese dolor, lo ha sentido profundamente en su propia vida. Decir que viví la guerra de 1967 no es solo un acto de memoria, es también un acto de responsabilidad y de lucha. Me enseñó que la historia no es solo un conjunto de fechas, sino una sucesión de heridas que no se curan si no se reconocen. Me enseñó a desconfiar de los que hablan de paz mientras hacen la guerra. Pero también me enseñó el valor de la memoria, de la palabra, del testimonio. Por eso escribo, por eso hablo. Porque mientras alguien recuerde, mientras alguien escribe y cuenta lo que pasó, el olvido no vencerá, la lucha continuará y la paz llegará. Es cuestión de tiempo y de paciencia, ambas dimensiones sin límites. El libro está dedicado a Palestina. En la dedicatoria me acordé de Guernica, símbolo de dolor, lucha y libertad, donde se encuentran lazos de dolor y de hermandad. La expresión «la Franja Guernica de Oriente» transmite una profunda carga emocional y simbólica, alude al sufrimiento, la devastación y la resistencia frente a una violencia desproporcionada. En ambos casos, Guernica y Gaza luchaban y luchan por su libertad frente a potencias fascistas y sionistas. Como Guernica, lugar querido por los palestinos, Gaza resiste, pero también sangra.


Najib Abu-Warda (Gaza, Palestina, 1953) es periodista y profesor de Relaciones Internacionales, con una extensa trayectoria académica y profesional en el campo de las ciencias sociales, la política y la comunicación. Se licenció en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid (1981) y completó un diplomado en Altos Estudios Internacionales en la Escuela de Altos Estudios Internacionales. Posteriormente, se doctoró en Estudios Internacionales en el Departamento de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM (1989). Fue profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid desde 1989 hasta 2023. Es autor de un libro sobre la Liga de Estados Árabes y su papel en el conflicto palestino-israelí, coautor de otros libros y ha escrito numerosos artículos y estudios académicos publicados en revistas españolas y extranjeras.


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