/ una reseña de Pablo Batalla Cueto /
«A despecho de ese carácter fulminante que suele atribuirle el saber común, el apocalipsis es lento». No llega —parafraseando la máxima eliotiana— with a bang, but with a whimper. Es un quejido. Hay explosiones, claro, pero esos bangs no son el Big Bang, un zambombazo único y total, que lo reviente todo de una vez y por todas. Sentimos su retumbo y nos angustiamos, tal vez nos demos cuenta de que son cada vez más, de que se espacian cada vez menos, cual la distancia entre el rayo y el trueno de una tormenta que se aproxima, pero la insuperable capacidad de distraerse del ser humano sabe, puede hallar en qué fijarse para hacerse la ilusión de que el mundo no está acabándose. La noticia que, en nuestro smartphone o nuestro laptop, nos alerta de la aparición de superbacterias o de que los microplásticos ya habitan nuestras placentas, nuestros testículos y los peces abisales de la fosa de las Marianas puede ser escroleada, apartada de nuestra vista a beneficio de un hat trick de Lamine Yamal o el último enredijo zarzuelero de la política nacional. La ola de calor salvaje durante la cual hemos visto caer del cielo cadáveres de pájaros exhaustos remite, y el fresquito que regresa —aunque sea menos fresquito que el último fresquito, aunque dure menos que él— nos calma la ecoansiedad. Ganamos a los fascistas las elecciones y, aunque sea in extremis y aliados a Donald Tusk, Emmanuel Macron o Carles Puigdemont, exhalamos el suspiro de alivio de quien da esquinazo a una bestia parda que quería comérselo. La alimaña no ha muerto, tan solo se ha ido, superficialmente herida; vendrá más cabreada y más hambrienta a no mucho tardar, pero, entretanto y aun durante, se siguen echando cañas en los bares de Chamberí y nuevas teleseries al abarrote catódico de Netflix. Gaza, Ucrania, el Artsaj, las minas de coltán del Congo exbelga —allí el apocalipsis sí es un bang inesquinable—, quedan lejos, pueden quedarlo.
«Van a pasarnos cosas horribles», y siempre o casi siempre que cosas terribles ocurren, les ocurren a unos más que a otros. «La historia es un Falcon verde con cuatro tipos con gafas de espejo sentados dentro que está siempre aparcado a la puerta de nuestra casa. Nadie de izquierdas debe dejar de tener presente eso, en ninguna parte, ni un solo día de su vida». Jónatham F. Moriche nos lo advertía en un tuit del 23 de mayo de 2023, y ahora nos lo advierte encuadernadamente en las páginas de Los años del derrumbe: anotaciones en la red social Twitter (2020-2024), como para que no podamos decir que no nos lo avisaron, cuando nos hagan atravesar los ténebres portillos de la ESMA. A él también pudimos escrolearlo, procrastinarlo, pero no procrastina el mal, y la historia tampoco. «El desenlace más probable es siempre un genocidio» y a nadie le gusta oírlo, pero todos lo sabemos. Moriche nos cae bien a unos cuantos que lo admiramos por su vasta cultura, su lo mismo saberlo todo de política argentina que de tecnofolk kosovar, su prosa cincelada, su honestidad radical; pero tiene también una porción de enemigos que lo detestan. Moriche no escrolea las superbacterias y los pogromos, aguanta la mirada del abismo, nos obliga a mirarlo a nuestra vez, y por ello, un tiempo de alergia a las obligaciones se enfurece con él. Lo llama «agorero», como hace miles de años se lo llamaba la patulea de Troya a la pobre Casandra, por desconfiar del caballo. Pero así como le rechazan la agorería, también les irrita su esperanza. Una esperanza malmenorista, un sensato creer que es mejor la enfermedad que la muerte, las bacterias corrientes que las superbacterias, la injusticia tradicional que su escalada a genocidio, el neoliberalismo que el fascismo, Joe Biden o Kamala Harris a Donald Trump, el reino miserable de la burguesía medrosa a la sinceridad mortífera de los nazis. Pero que aquello por lo que uno opte en estos dilemas desapacibles no debe ser defendido con frustración y desidia, caminos inexorables a la derrota, sino con el necesario arrebato del matador de dragones. Quizás de eso vaya la sentencia gramsciana aquella, tan citada; la imposible amalgama de la razón pesimista y la voluntad optimista: no de creer que si uno desea algo con todas sus fuerzas el universo conspirará para traerlo a la vida, sino de entregarle toda la voluntad al mundo mejor que sea estrictamente posible en cada momento, en lugar de reservarla para una pretendida y estúpida gimnasia moral, un «mi reino no es de este mundo» que nos deje el alma muy limpia, pero muy vacío el currículum de las contribuciones reales a un planeta menos cruel.
Gramscis siempre, bordigas jamás, proclama nuestro tuitero dombenitense. «La alternativa ecosocialista al neoliberalismo es mejor que el neoliberalismo. La alternativa nazi al neoliberalismo es peor que el neoliberalismo. Si tu frustración y resentimiento por la derrota de la alternativa ecosocialista te hace apoyar la nazi ya solo eres otro nazi más». Esto no sale en el libro, porque lo tuiteó en 2025 —saldrá en la próxima recopilación—, pero lo que sí sale es que «el error y horror de la izquierda terfa-tricornia es concluir de la crítica al neoliberalismo y/o posmodernidad que hay que retroceder respecto a sus promesas incumplidas. Tan absurdo como si Marx hubiera propuesto, en conclusión a El capital, volver al absolutismo o al feudalismo». Dice también: «Al marxismo le debemos un montón de instrumentos valiosísimos y vigentes, pero nos ha dejado como herencia negativa una persistente dificultad para abordar el problema del Mal». Que los coches y farolas de Israel se hayan llenado de pegatinas que dicen «finish them», y en ese them quepa una niña gazatí de seis años que vaga desesperada por la casa en llamas en la que ya han muerto —ya han asesinado a— sus padres y sus hermanos, no hay versículo de las obras completas de Carlos, Federico y Vladimiro que acabe de explicarlo, que allegue la punta del escalpelo analítico al último círculo de ese infierno terrestre. Hay en ese llanto enloquecido de una huérfana total y en las mofas de los arruinadores de su vida, los formidables hijos de puta que jalean un holocausto a dos patadas del Yad Vashem, alguna cosa más que relaciones de producción y oscilaciones de plusvalía. Y por eso Moriche, prosoviético declarado («fue una idea de mierda disolver la URSS»), nos reclama a los marxistas lecturas extra, incursiones desprejuiciadas en otras tradiciones de pensamiento que sí saben agarrar a Satanás de la pechera.
Tenemos que ser un mucho materialistas y un poco teólogos, o tal vez un mucho teólogos, y un poco materialistas. Gato más blanco o más negro, lo importante es que cace, y toca cazar, no ratones, sino godzillas. Somos «un poco Roma en 475, un poco Bizancio en 1452, un poco Tenochtitlán en 1520, un poco EE. UU. en 1860, un poco Alemania en 1932, un poco Chile en 1972, un poco la URSS en 1990… O sea, un poco un caleidoscopio disparatado de todos los al-mismísimo-pie-del-precipicio de la historia». En el siglo XXI «habitamos el momento más quebrado de la historia moderna, o de la historia en general. No queda ni una sola baldosa pegada al suelo, los puntos cardinales se mueven azarosamente, todo es escombro, maleza, ruido incomprensible, mapas que ya no sirve. Nadie sabe qué mundo saldrá de aquí». Y contra semejante policatástrofe, contra tal delantera eléctrica de los monstruos todos de la historia, no basta con los rojos del siglo XX, los buenos liberales del XIX y los ilustrados del XVIII, sino que hacen falta también bagaudas y joaquinistas, alumbrados y rosacruces, el camarada papa Francisco, la más gigantesca «[…] hauntología antifascista». Frente a la «Ilustración oscura» de Nick Land y compañía —y al lado oscuro que siempre tuvo la Ilustración: la Razón también podía racionalizar el mal—, una oscuridad ilustrada, chestertoniana, que crea que los demonios existen tanto como que es posible vencerlos. Y voluntad: «Las clases sociales no existen, pero pueden existir; la lucha de clases no es el motor de la historia, pero puede serlo». Nada está escrito: nos pueden matar a todos, pero también pueden no matarnos (¡o no matarnos a todos!). Lo que hay es que espabilar de una puñetera vez.

Jónatham F. Moriche
Trea, 2025
282 páginas
20 €

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023) y Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y está en camino el sexto: La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
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