/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /
Un magma de enajenación bulle bajo la superficie de la vida colectiva. Si la demencia individual, espontánea o inducida, no es fácil de detectar, la colectiva aún lo es menos. Una muestra relevante la constituyen las sectas destructivas. Bajo una leve cobertura religiosa o ideológica, explotan la debilidad psíquica de los que captan y retienen mediante técnicas de control mental no necesariamente sutiles. Disponen de líderes carismáticos por los que unos creyentes recalcitrantes sienten devoción ilimitada.
Víctimas de la presión constante de una persuasión tanto psicológica como coercitiva, los adeptos experimentan serios problemas de adaptación familiar, laboral y social. Su sumisión absoluta a la jerarquía y las normas los llevan a una alienación de la que tendrán difícil salir. El sujeto deja de serlo para convertirse en objeto, entrando en un estado de confusión que hace de él un muñeco de ventrílocuo. Deriva hacia un aislamiento psíquico que aumenta su dependencia. Adquiere una personalidad gregaria cuyas respuestas a cualquier clase de estímulos jamás se apartan un ápice de lo que esperan y bendicen el grupo y su caudillo. Periódicamente comprobamos las letales consecuencias de esta plaga mental.
Esta estructura, mentalidad y funcionamiento concuerda con los de las sectas milenaristas de tiempos medievales y premodernos: «Lo que surgía entonces era un nuevo grupo de un dinamismo infatigable y una crueldad extrema, que, obsesionado por la fantasía apocalíptica y plenamente convencido de su propia infalibilidad, se situaba a una infinita distancia por encima del resto de la humanidad, no reconociendo ningún derecho, salvo a los que compartían su propia misión» (Cohn: En pos del milenio).
A nadie se le escapa el estrecho parecido que guarda esta descripción con los conspiranoicos que hoy proliferan como las setas y se hacen fuertes en las redes sociales. Su extraordinaria capacidad de penetración, unida al adocenamiento de un sector de la población indefenso ante la manipulación, facilita que ideas delirantes y peligrosas se abran paso en la sociedad. No se les opone ningún esfuerzo didáctico digno de mención, y el contagio va cebándose en los más perplejos, desorientados y atemorizados, que en estos tiempos de desgracia son legión.
Entre la variopinta fauna de acérrimos trumpistas implicados en la grotesca toma del Congreso en enero de 2021, había de todo. Por un lado, grupos que no se resignan al fin de la era en que el varón blanco heteropatriarcal y cristiano era la estirpe dominante por el mero hecho de serlo. Pero también un polimorfo y poco aromático ramillete de entidades oscuras a las que la denominación de sectas les va como anillo al dedo. Creyentes en demenciales conspiraciones que dejan tamañitos a los Protocolos de los Sabios de Sión, están dispuestos a todo. Para algunos eso incluye morir, y especialmente matar, con tal de acabar con la malvada conjura cuya sombra detectan al doblar cada esquina. Cuando miles de followers replican la nueva de una misteriosa cofradía de pedófilos satánicos que pretenden adueñarse del mundo, liderada por el millonario Soros, el Papa, los Clinton y todo el que les caiga mal, puede suceder cualquier cosa. Esas organizaciones no operan exclusivamente en redes; sus secuaces se muestran, a veces fuertemente armados, en eventos públicos como mítines electorales. Dicho sea de paso, la venta de camisetas, banderas, mochilas y otros objetos de marketing con sus siglas debe de beneficiar a alguien. Y podríamos apostar que no es a los white trash.
«Lo que el profeta ofrecía a sus seguidores no era únicamente la posibilidad de mejorar su suerte y escapar de las apremiantes necesidades, sino también, y por encima de todo, la posibilidad de llevar a cabo una misión ordenada por Dios y que tenía una importancia fabulosa y única» (ibídem). Hemos oído y visto declaraciones de exacerbados trumpistas, no solo norteamericanos, que se superponen de manera casi perfecta a lo afirmado en este párrafo. Y eso tanto entre los miembros más exóticos y chalados como en forofos de a pie, capaces de creerse bulos inverosímiles y de engullir mentiras alevosas sin pestañear. Todo ello revela un estado altamente preocupante de vulnerabilidad psíquica extendido en sectores considerables de la población. Ante una grave dolencia física, muchos están resueltos a aceptar cualquier remedio que se les proponga, por descabellado que sea. Del mismo modo, un profundo dolor emocional y un marasmo psíquico sin paliativos serán terrenos abonados para el impacto de doctrinas políticas irrespirables.
Hoy en día, la poco encomiable labor de radios y televisiones entregadas a una orgía de idiotización de la audiencia ha encontrado un apoyo impagable en unas redes sociales cuyo poder de alienación no tiene límites. Predicadores semianalfabetos, influencers obtusos y diversas especies de profetas posmodernos han llenado las catedrales de Internet de púlpitos esperpénticos. Sin tener conciencia de ello, son meros eslabones de una cadena de transmisión de nefastos memes —en el sentido de Dawkins—. Constituyen un nuevo aparato ideológico a sumar al familiar, religioso, educativo o mediático para completar la misión de (de)formar los espíritus. Y como es habitual, enarbolando su libertad e individualidad, no pocos caen en la más abyecta sumisión. Quienes tragan basura mental indigesta creyendo que están denunciando y atacando al Sistema no hacen sino reforzarlo. El delirio colectivo es el postrer refugio del Poder; solo sirve para consolidarlo y perpetuarlo.
La ideología que venden esos altavoces de la gloria inmarchitable del Capital es la enésima versión del sálvese quien pueda neoliberal. Difícilmente podría ser de otra manera, pues los canales de comunicación del Tinglado están al servicio del que no lo cuestiona más allá de cierta retórica decorativa.
«La ideología no es algo «neutro» en la sociedad: solo existen ideologías de clase. En cuanto ideología dominante, la ideología consiste en relaciones de poder absolutamente esenciales en una formación, pudiendo incluso ostentar el papel dominante. […] En este sentido la ideología dominante, bajo la forma de existencia de los aparatos ideológicos, está directamente implicada en el sistema del Estado, que constituye en sí mismo a la vez la expresión, el garante y el lugar concentrado del poder político» (Poulantzas: Fascismo y dictadura).
La mentalidad hegemónica no es otra que la de la clase dominante. Desmontarla es tarea duradera y complicada, y no tiene nada que ver con vestirse de payaso para asaltar el Capitolio.

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), El serano, La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024) y Antígona vive. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en los diarios Nueva Tribuna y Nueva Revolución. Colabora con la revista El Viejo Topo (Ediciones de Intervención Cultural).
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