/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
No me creo que nadie no haya tenido nunca un ataque de ira, y no me refiero a una ira destructora y homicida, sino a esos pequeños momentos de enfado que dan en sacar lo peor que hay en nosotros mismos y proyectarlo hacia el interlocutor. Lo lamentable es que, en la mayoría de las veces, quien sufre los enfados es, precisamente, alguna de las personas que más aprecian al iracundo. Por eso, con el tiempo hay que aprender a evaluar los estados de ánimo y tratar de echar fuera cualquier asomo de ira. No se trata de educar la templanza sino de evitar el daño que los enfados puedan causar en quienes se ama y por añadidura en la propia felicidad.
De las cuatro acepciones que establece el DRAE: «Sentimiento de indignación que causa enojo», «Apetito o deseo de venganza», «Furia o violencia de los elementos de la naturaleza» y, en último término y para el plural, «Repetición de actos de saña, encono o venganza», me quedaría tan solo con los aspectos de enojo, saña y encono, aderezados con la asociación, tan solo en algunos casos, de la venganza, pero excluiría lo de la indignación, que tiene siempre una connotación positiva de sublevación frente a la injusticia. La furia, que remite excesivamente a la violencia física, y la distinción entre la acepción singular y plural tampoco me parecen adecuadas porque, en definitiva, la ira es una forma de violencia que se ejerce sobre el interlocutor o sobre la sociedad, provocada por un malestar personal más que por una situación injusta.
En el fondo el iracundo es un insatisfecho que no sabe asumir las situaciones que no le son favorables y, por eso, hay que distinguir la indignación de la ira, puesto que esta sí proviene de la observación de una injusticia para con nosotros o para con la sociedad en general. Advierto que algún lector estará asociando las palabras anteriores con los movimientos de repulsa que surgieron en nuestro país en 2011, y no van desencaminados, pues muchos nos sentimos estimulados por la actitud de repulsa de los jóvenes que ocuparon las calles y se enfrentaron a la forma de hacer política basada en atesorar privilegios, e incluso cometimos el error de votar a Podemos, razón por la cual hoy podemos criticar abiertamente a esa formación que demostró su absoluta falta de escrúpulos para asumir las ventajas de la casta y aún hoy se agarran desesperadamente a los resquicios del poder. Aun así, ira e indignación no deben confundirse y es la ira un maltrato injustificado que tiene su origen en la falta de empatía, en la asunción de que se merece más que los otros y en la ausencia de control y reflexión.
La ira destruye las relaciones interpersonales y lo hace sin motivo proporcionado. Un momento de ira puede dar al traste con la amistad, el amor o la familia y deja huellas difíciles de borrar. En la ira, junto con la avaricia, se basan todas las guerras y ponen en marcha un mecanismo perverso de destrucción y retroalimentación que hace muy difícil distinguir las razones objetivas que animan a interrumpir las agresiones y perdonar y no, no estoy hablando de sentimientos religiosos sino de control, autocontrol; puesto que la ira no está justificada y daña cuanto toca.

Miguel de la Guardia es catedrático de Química Analítica de la Universitat de València desde 1991. Tiene un índice H de 88 según Google Scholar y ha publicado más de 900 trabajos en revistas del Science Citation Index con más de 34.600 citas,5 patentes españolas, 4 libros sobre Green Analytical Chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre Calidad del Aire (Elsevier), 2 libros sobre Análisis de Alimentos (Elsevier and Wiley) y un libro en dos volúmenes sobre Smart materials en Química Analítica (Wiley). En la actualidad está preparando un libro sobre Nuevas sustancias sicoactivas con un contrato con Elsevier. Además ha publicado 12 capítulos de libros. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es Editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y Premio de la RSEQ (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV y colabora con El Cuaderno desde mayo de 2021.
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