El runrún interior

El runrún interior (156)

Pablo Batalla retoma su dietario un año después, escribiendo sobre lo que en la historia parece inevitable a posteriori pero fue inesperado en su momento, un comentario del obispo de Oviedo o un libro que considera que debería escribirse.

/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /

Lunes, 1/9/2025. Cuando yo era pequeño, me regaló un libro de fósiles y un pequeño fósil, para que lo buscara. Obrero autodidacta de mil saberes, le encantaban la paleontología, la prehistoria, la botánica, la encuadernación. Una vez, en una excursión al monte, encontramos una margarita quíntuple, cinco margaritas fusionadas extrañamente como siamesas, que él guardó y disecó. Llamamos a aquella flor mutante y excelsa «el quintillizu». Unos diez años después, cuando entré a militar en la juventud comunista, me dio El renegado Kautsky, de Lenin, y Anti-eurocomunismo, de Carlos Llorens. Nunca los leí (y me sorprendió que un anarquista como él me regalara esos libros), pero los conservo como oro en paño. Otros diez años más tarde, me acompañó a uno de las excursiones que tuve que hacer para sacar fotos de Asturias para unas guías turísticas que me las habían encargado, a Terverga y Quirós. Y aquel día me contó muchas cosas de su vida. Su infancia humilde y ahumada en la cuenca del Caudal, al padre que murió joven, la madre a la que le encantaba bailar, sus mil variados empleos —peón de la construcción de la Y, chico para todo de la Hoja del Lunes…—, su azacanada vida militante: aunque siempre fue, sí, más bien anarquista, pasó por el PCPE, él mismo no se explicaba por qué. Cosas de aquella época cuyos variados imanes te atraían hacia un sitio o el otro más por el azar de una amistad o una enemistad o un arrebato que por una reflexión previa. Luego estuvo en Lliberación, y luego pasó a ser un rojo sin carné. Le encantaba mi biografía de Jesús Montes Churruca; él había estado en muchos de esos allís,y había conocido a decenas de aquellos quiénes.De vez en cuando, me mandaba al correo electrónico o el WhatsApp algún artículo de Rebelión. Lo escuché citar muchas veces, engolando la voz, aquella cita antiburocrática de Nietzsche: «Acuérdate siempre de esto, Pablín: las cadenas de la humanidad atormentada están hechas de papel oficial». Unos diez años más tarde se murió y lloré mucho, porque solo entonces me di cuenta de qué viga maestra del mejor salón de mi memoria eran sus gorras viejas, sus gafas, su morral, su perilla, sus pantalones raídos, sus chaquetas de pana, sus camisas de cuadros, su tabaco de liar, sus siete cafés diarios, sus bromas, su iconoclastia, su punto entrañablemente torpe y estrafalario. Como nunca borro ningún correo electrónico, encuentro ahora este de 2009 que copio literalmente, y que me mandó después de contarle —durante mi Erasmus en Chipre— que iba a hacer un viajecín a Israel y Palestina, aprovechando la proximidad, pero que andaba con gripe:

«Alegrome de saber algo de ti,ya que yes de los que se comunica poco,ten cuidao con la gripu esa que pue ser gripe Israeli,creo que ye muy peligrosa y ye por eses zones dende dase,si tas un pocu morenu pue entrate muy facil,y  mandete pa un getu que hay per ayi abaisu y luego va resultanos dificil tener que sacate.Un Abrazu».

Qué rabia me da —también lloro por eso— no haberle dicho nunca que, aunque no nos viéramos tanto como hubiera querido, fue muchísimas veces mi tío preferido.

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Chateaubriand opinaba que el Purgatorio sobrepasaba en poesía al Cielo y al Infierno, porque representaba un futuro que les falta a los dos primeros. Le Goff comienza citándolo el libro El nacimiento del Purgatorio, que Akal edita ahora en castellano. Leo también en él que la imaginación de un Cielo para los justos fue una cierta innovación del cristianismo: religiones anteriores, o se imaginaban un mundo de los muertos único y uniforme —como el sheol judío—, o, si se lo imaginaban dualista, suponían que tanto la ultratumba de los probos como la de los pecadores se hallaban bajo tierra —como el Hades y los Campos Elíseos de los romanos—. Costaba imaginarse el cielo como un espacio apetecible, apto para acoger un paraíso: era el hogar de las tormentas. Pero los cristianos lo hicieron, y eso significó que, «en el sistema de orientación del espacio simbólico, en el que la Antigüedad grecorromana había concedido un puesto preeminente a la oposición derecha-izquierda, el cristianismo, sin dejar de darle un valor importante a esta pareja antinómica presente por lo demás tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se apresuró a prestigiar el sistema arriba-abajo». El Purgatorio aparece luego como un «tercer lugar» nuevamente audaz; el lugar de los ni muy buenos, ni muy malos, una antesala del cielo, previas torturas algo más amables que las del Infierno: un fuego educativo en vez de punitivo; un fuego santificador en lugar de devorador y consumidor, cuyas llamas pueden apagarse o al menos suavizarse si los seres queridos del difunto rezan por él. Y esto es otra novedad: como dijera Salomón Reinach, «los paganos rezaban a los muertos, mientras que los cristianos rezaban por ellos». En el Purgatorio, sí, hay futuro e incertidumbre, cosa que no hay ni en las marmitas de Satanás, ni en la butaca de nubes a la diestra del Padre. Chateaubriand tenía razón.

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Qué bueno De campesinos a franceses: la modernización del mundo rural, el libro de Eugen Weber, un trabajo crucial que, en los años setenta, marcó un hito de los estudios sobre nacionalismo. No estaba traducido al castellano, pero hace un par de años lo publicó Taurus. Lo estoy leyendo ahora. Es interesantísimo, en primer lugar por cuanto desmitifica la construcción nacional francesa, más costosa e incompleta de lo que se tiende a pensar. Francia se creó —decía un republicano de Toulouse, al que cita Weber— «a pesar de los franceses, o ante su indiferencia […]. Francia es una construcción política deliberada por cuya creación el poder central no ha dejado de luchar jamás». Escribe Weber: «Si los franceses eran (¿son?) tan franceses como nos han hecho creer, ¿a qué tanto alboroto? Lo cierto es que los franceses se preocupan tanto por la nación porque es un problema vivo: se convirtió en problema cuando pusieron la nación como ideal y siguió siéndolo porque descubrieron que dicho ideal no podía realizarse».

El libro es grueso y tiene numerosos capítulos, dedicados a la llegada al campo de los adelantos técnicos agrícolas o del tren, a la asfixia de las lenguas regionales, al difícil avance de la burocracia o las pesas y medidas… Y a cómo vivieron y digirieron los labriegos todos estos cambios. Hay pasajes impresionantes, como aquel que relata que, en la Alta Bretaña, los cuentacuentos decían que las hadas se habían ido del país con la llegada de la Revolución, y que esta había sido presagiada por señales portentosas: grandes batallas entre gatos, chasses fantastiques en el cielo, estatuas que derramaban lágrimas… El mundo —percibían los campesinos, como habría de percibirlo otro Weber— se había desencantado. «Cuando, en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, un soldado de la Vendée contó que su padre había visto un guérou —[…] un hombre que se transformaba en oveja por la noche y recuperaba su apariencia humana al amanecer—, sus compañeros del Mayenne no pusieron en duda su existencia, sino que el padre del soldado lo hubiera visto: “Son cosas de antaño. Hace sesenta o setenta años que no se ven”».

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Cuenta mi amiga Aida dos Santos en Hijas del hormigón: historias de clasismo, sexismo y violencia en las periferias españolas, esto que me resulta muy interesante, sobre la artificialidad y mutabilidad histórica de la división sexual del trabajo que a veces nos parece tan natural:

«El oficio de aparadora es paradigmático sobre cómo opera la división sexual del trabajo. En España, son mujeres provenientes de familias humildes con hijas e hijos menores. En Latinoamérica, son varones negros. A la minería se dedicaron los británicos empobrecidos, pero también las bolivianas más vulnerables. Cuando Victoria Gallardo enumeró los oficios desaparecidos de las mujeres de Madrid en Mujeres indómitas, se vislumbra la reconversión de algunos de esos sectores. Donde antes se ocupaban las provincianas que llegaban a la ciudad a malvivir, huyendo del hambre en la España latifundista, ahora nos encontramos hombres jóvenes de origen migrante: de las aguadoras con el botijo a cuestas a los jóvenes que nos ofrecen latas de cerveza de una bolsa verde durante las noches de verano. De las castañeras a los inmigrantes que tuestan mazorcas de maíz en las plazas. De las verduleras del Mercado de la Cabeza a los fruteros de origen magrebí que insuflan vida a los locales comerciales cerrados con la crisis en nuestros barrios».

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Me resultó curiosa, hoy, una cosa de un anuncio de la Mutua, que me saltó en Spotify. Decían «anuncio» y explicitaban que, si te hacías la cuenta prime, te podías librar del coñazo de escucharlo. La publicidad siempre ha sido un fastidio, pero antes se fingía que no. Por ejemplo, no se decía «anuncio», sino «consejo publicitario» o cualquier eufemismo así. Los anunciantes y los presentadores del programa que se interrumpía hacían como que el intermedio no era un incordio. Ahora lo reconocen y, además, te ofrecen la posibilidad de librarte de él. La cosa tiene miga epocal, creo. Es una expresión leve, trivial, de esta era de sinceridad brutal y crueldad creciente. Salvando distancias, uno se acuerda de aquellos bandidos/seguratas feudales —o mafiosos más tardíos— que, a la vez que te vandalizaban la casa, te ofrecían protección si pagabas.


Martes, 2/9/2025. La Expulsión de 1492 —leo en una Historia de los judíos sefardíes, de Toledo a Salónica, de Esther Benbassa y Aron Rodrigue— fue una sorpresa para los judíos españoles. Aunque su situación había empeorado mucho durante todo el siglo anterior, a partir de los grandes pogromos de finales del siglo XIV, no habían dejado de creer que su arraigo en el suelo ibérico era tan grande, y su papel para la comunidad tan indispensable, que era imposible que los echaran. ¿Cuántas veces pasa esto en la historia? ¿Cuántas veces lo imposible lo es, hasta que de un día para otro deja de serlo? «La historia es la ilusión de que aquello que para sus protagonistas resultaba inesperado puede ser narrado como inevitable», escribe Gregorio Luri al principio de otro libro que estoy leyendo: El cielo prometido: una mujer al servicio de Stalin, su biografía de Caridad del Río, la madre de Ramón Mercader, el asesino de Trotski.

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A finales de siglo había gente, en el campo francés, que no sabía quién era —quién había sido— Napoleón. En una posada junto al Durance, cerca del lugar donde el emperador cruzó el río en su regreso desde Elba, J. E. M. Bodley preguntó a una anciana si conocía a personas mayores que pudieran haberlo visto allí: «¿Napoleón? No conozco ese nombre. ¿Puede ser que fuera un viajante de comercio?», le respondió ella en provenzal.


Miércoles, 3/9/2025. ¿Puede un historiador o cualquier otro investigador contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? ¿Existe la objetividad total, la ausencia total de sesgos? Fray Benito Jerónimo Feijóo creía que no. Lo cita Gregorio Luri en El cielo prometido: «El miedo, la esperanza, el amor, el odio, son cuatro vientos fuertes que no dejan parar en el punto de la verdad la pluma».

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Dice un ciclista, un tal Carlos Verona, de las protestas propalestinas que han obligado a cancelar una etapa de la Vuelta a España, que «hay que alejar la política del deporte». Es entretenido pensar cómo sería el ciclismo si de verdad se alejara la política del deporte. Para empezar, la Vuelta a España (o el Tour, o el Giro, o cualquier otra competición) no existiría. Cuanto más se dice de equis cosa que no es política, que hay que alejar la política de ella, que no hay que mezclarla con la política, más política es. De ninguna se dice tanto como del deporte. Y no hay nada más concienzudamente político que el deporte.


Jueves, 4/9/2025. «Dicen algunos —Kant incluido—», y lo cuenta Gregorio Luri en El cielo prometido, «que Dios es la conclusión precipitada de un silogismo espurio que construimos hinchando la palabra “padre”. Puesto que hemos conocido la figura protectora de nuestro padre biológico en nuestra infancia —¿y qué es un padre sino nuestro mejor aliado frente a los monstruos que acechan debajo de la cama?—, la imaginación nos empuja a pensar en un aliado todopoderoso, un Superpadre que nos ayude a sobrellevar las decepciones de la vida adulta». Añade Luri: «Quizá se pueda decir algo semejante de la libertad: puesto que hemos conocido experiencias liberadoras, tendemos espontáneamente a imaginarnos una posible existencia sin ataduras, liviana, sin preocupaciones, cuyo garante sería la historia».

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Un accidente de funicular ha provocado muertos en Lisboa. Resulta —leo— que «en agosto de 2022, la empresa pública de transportes Carris externalizó por un millón de euros el servicio de mantenimiento de los cuatro elevadores de la ciudad […] tras convocar un concurso público, que ganó la empresa MAIN. Los trabajadores se habían quejado en varias ocasiones del “deficiente mantenimiento” de la concesionaria en el ascensor de la Gloria, según el diario Púiblico». Los recortes matan.

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El presidente de la Junta General del Principado de Asturias, Juan Cofiño, irá a la misa del Día de Asturias en Covadonga, adonde el presidente Barbón ha dejado de ir, harto —sus buenos años tardó en hartarse— de las filípicas reaccionarias del obispo. Cofiño apela a la «institucionalidad». Pero institucionalidad sería no ir. La separación de Iglesia y Estado también es una institución, y también hay que cuidarla y representarla. Si encima es ir a que te riña un obispo trabucaire, pues en fin.

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Se escriben y se publican muchas historias de Israel y Palestina. Es normal. Pero quizás nos haga más falta una buena historia del apartheid sudafricano y la lucha contra él, muy olvidada, muy pasada por el amable filtro Valencia de la victoria y del Nelson Mandela convertido en el icono pacifista que antes no era. Si queremos convencer al mundo de que Israel es un apartheid, hay que contarle al mundo lo que el apartheid era, y no solo detallar cómo lo es Israel. Más allá de una noción vaga de sociedad segregada, y de anécdotas como las playas para blancos y para negros, el detalle de la cosa, ya digo, está muy olvidado. ¿Alguien se anima?


Viernes, 5/9/2025. Dos anécdotas separadas por un siglo, leídas en libros diferentes, pero que anudan una extraña hermandad en mi cabeza. La primera es esta: en octubre de 1921, el chequista soviético Leonid Eitingon fue herido en una pierna. Los doctores que lo atendían decidieron amputársela. Él los encañonó con su máuser y les aseguró que no dudaría en disparar a cualquiera que se atreviera a dejarlo inválido. Lo curaron y vivió todo el resto de su vida con una leve cojera, pero la pierna la conservó. La segunda anécdota es esta: hacia 1820, un sacerdote vio a una niña en Vic-le-Comte, cerca del Puy-de-Dôme, y le preguntó cómo se llamaba. «María», le respondió. «¡María? ¡Pero ese es nombre de señorita, no de campesina! Tú debes de llamarte Miyette o Mayon». La niña replicó: «¡Tengo tanto derecho a llevar el nombre de la Santísima Virgen como cualquier señora!».


Sábado, 6/9/2025. Caridad Mercader firmaba sus cartas así, al igual que muchos de sus camaradas: «Tuya y de la Internacional». También solía decir esto: «Todas las esperanzas nos están permitidas».

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Este pasaje del libro de Luri también me gusta:

«Cuentan que algunos habitantes del extrarradio de Hiroshima ni vieron ni oyeron la explosión de la bomba, pero no pudieron sustraerse a la fuerza de su onda expansiva. En cierta forma, todos vivimos de esta manera nuestra vida, movidos por las ondas expansivas de acontecimientos históricos lejanos, y llamamos autonomía al hábito, al acomodo a la onda y, en definitiva, a su olvido. La mayoría de nuestras ideas solo son nuestras porque nos hemos apropiado de ellas, no porque las hayamos creado. Su origen es tan remoto que con frecuencia desconocemos quién les dio vida y las puso en circulación. Nuestras convicciones, incluso las más firmes, aquellas por las que estamos dispuestos a dar la vida, son ininteligibles sin la onda expansiva. A veces, al darnos cuenta de que la energía que nos mueve nos arrastra hacia donde no quisiéramos ir, nos gustaría actuar como Augusto, el protagonista de Niebla, la novela de Unamuno, e ir en busca del autor que escribe el relato del presente para reclamarle más vida propia, más autonomía».

Me acuerdo, al leerlo, de algo que cuenta Weber en De campesinos a franceses. Cuando, en agosto de 1914, los habitantes de Champeaux y de la meseta de Millevaches, en el Corrèze, oyeron las campanas de la iglesia que anunciaban la declaración de guerra, se quedaron totalmente perplejos, ya que no parecía que se estuviera gestando ninguna tormenta.

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Durante la guerra, los animales del zoo de Barcelona empezaron a pasar tanta hambre que comenzó a decirse de ellos que se les estaba poniendo cara de personas.


Domingo, 7/9/2025. Un eslogan de la guerra, citado por Luri: «¡Abajo el militarismo! ¡Todos al frente!».

Una copla que formó parte de la mitificación de Lina Odena, la mártir caída en un encuentro fortuito con falangistas, de la que se divulgó que la habían matado, no los falangistas, sino los moros: «¡No avances más compañera! / ¡No avances más, miliciana, / que el moro te está acechando / hambriento de carne blanca; / que hasta las bestias desean / morder rosas perfumadas».

Y esto que decía Caridad: «Si vieras que no sabría qué hacerme una vez logrado el triunfo proletario… El aburrimiento me consumiría. Y saldría para otra parte, donde aún hubiera que hacer la revolución».

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Cuenta Weber que, en algunas zonas de la Francia campesina, premoderna, un mecanismo de control de la natalidad —porque la natalidad siempre se controló; siempre se quiso controlar— era que hombres jóvenes se casaran con mujeres en torno a diez años mayores, en edad aún de gestar, pero a quienes les quedaran pocos de poder hacerlo, que garantizasen uno o dos hijos y nada más. La cosa generó proverbios: «Más vale una cabeza madura que una que necesite madurar»; «En las ollas viejas es donde se hace la mejor sopa»; «Mujer joven, madera verde y pan recién hecho pronto ponen la casa en venta» (este no lo entiendo muy bien).

También habla Weber del anhelo de escapar de la montaña y bajar al llano que tenían las mujeres que vivían en comarcas agrestes, en el Pirineo o los Alpes. También había proverbio: «Las cabras suben y las chicas bajan». Lo cuenta el historiador en un capítulo de De campesinos a franceses dedicado a la opresión de las mujeres. Subrayo algunos pasajes que me llaman la atención por la crudeza de lo que cuentan. Por ejemplo, aquel que menciona que en algunas zonas de Ardèche, cuando moría un hombre, el repique de campanas duraba más y se hacía con campanas más grandes. O el que cuenta que, en numerosas plegarias habituales en el mundo de los labriegos, se pedía a Dios o a los santos que protegiesen las castañas, los nabos y el ganado antes que a las mujeres.

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Luri es conservador y, por supuesto, anticomunista. Su biografía de Caridad Mercader está escrita desde esos presupuestos, aunque no es un anticomunista visceral, sino prudente, comprensivo. Por eso soy capaz de leer su libro. En un momento dado, dice que el marxismo nunca fue un humanismo, porque los marxistas estaban comprometidos con la historia, no con los seres humanos. El hombre querido es el que aún no está, mientras que el que ya está no puede ser querido (todo lo que existe merece perecer, dice el Manifiesto; «casi nada de lo existente es digno de respeto», decía Caridad en un discurso durante la guerra civil). Es posible que tenga razón, o que no carezca completamente de ella. Hay marxismos y marxismos (hay muchos marxismos) y con varios de ellos no, pero con otros sí que ha pasado eso. Sus adeptos —escribe Luri, y me parece que estoy de acuerdo— «querían tan intensamente al hombre ideal, que el real les decepcionaba. Eran tiranos que creían entender la geometría del cielo, pero eran incapaces de ver que el hombre es el animal que distorsiona la geometría».

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Es increíble que España —la izquierda española— no conozca más a Enrique del Teso. No hay ninguno de sus artículos semanales en Nortes que no siente cátedra. En el último («Estúpidos, malvados y pringados en la vida pública»), escribe sobre las maneras erradas con que la izquierda se enfrenta al discurso de la ultraderecha. Cándidas, ineficaces. Necesitamos más óscares puente. Escribe Teso: «[N]o se debe normalizar el diálogo con fachas. En una conversación con un ultra solo hay dos posibilidades y ninguna más: o se va rabiado el facha o te vas rabiado tú. […] [E]n una discusión con un ultra solo puedes ser un malvado o un pringado. O sabes escocerlo o sales escocido. Si no eres capaz de ser malvado, simplemente no discutas con un facha».

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Se difunde un vídeo de Núñez Feijóo entonando en una discoteca una versión absurda de la canción Mi limón, mi limonero, que incluye el «me gusta la fruta» ayusista. Estoy harto de esta época. Esta combinación de extrema crueldad y extrema frivolidad, esta cultura de niñatos malcriados que también caracteriza a los oligarcas tech, es agotadora. Si en el mundo tiene que haber hijos de puta, quiero que sean los hijoputas serios y ceñudos de toda la vida.

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Tuitea el obispo Sanz Montes sobre «Gaza, una tragedia en la que los más inocentes se aniquilan. La presencia cristiana-franciscana acoge y auxilia a las víctimas del rifirrafe de Hamás e Israel, sin que sean lo mismo ambos. Organizar barcos presuntamente solidarios para exhibir ideologías muy subvencionadas no ayuda».

En Asturias tuvimos un obispo —Gabino Díaz Merchán— que prestaba la catedral para organizar encierros del movimiento obrero. De sucesor en sucesor, la cosa fue degenerando y ahora padecemos a esta alimaña ensotanada. La equidistancia ante un genocidio ya sería muy grave, pero llamarlo «rifirrafe» es el colmo. ¿Y qué decir de que un representante de la Iglesia católica llame «subvencionada» a la ideología de nadie?

El runrún interior (157)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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3 comments on “El runrún interior (156)

  1. Me anoto el libro de Eugene Weber, gracias.

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