El runrún interior

El runrún interior (155)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la resurrección de un gato o la lectura de ‘El triunfo de las promesas rotas’, de Fritz Bartel.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (154)

Miércoles, 2/10/2024. Jónatham F. Moriche: «El sionismo fue siempre, digamos prudentemente, una construcción cultural-ideológica harto problemática. Pero lo surgido de su doble refracción, hace veinte años con el neoconservadurismo y ahora con la alt-right y el qanonismo, es un abismo fantapolítico exterminista aterrador».

Sobre el ataque iraní a Israel en represalia por el perpetrado por el segundo contra el Líbano el otro día, que se saldó con la muerte de Hasán Nasralá, comenta Moriche:

«Como en el anterior ataque iraní sobre Israel, hubo aviso previo a Estados Unidos* y se usó cohetería low-tech. Guste más o menos su régimen, Teherán sigue siendo un actor medianamente racional y Washington** debe obrar en consecuencia y marcar límites nítidos a Netanyahu en su represalia.

*No es un mero gesto diplomático, es Estados Unidos quien opera Iron Dome, derriba cohetes desde su propia flota naval y aérea, provee inteligencia para orientar la cooperación jordana, etcétera.

**Washington, capital de EEUU; distinguir (aunque a días cueste) de Mar-a-Lago, capital de Gilead».

*

Un día tengo que escribir algo sobre las críticas al «moralismo». ¿Qué hay de malo en ser moralista? ¿No es mejor que ser inmoralista o amoralista?

Que, sí, entiendo perfectamente lo que significa moralista. Pero está pasando a significar otra cosa. Lo dice bien Miguel Román Mora: «Yo creo que el problema es que hace unos años se acusaba de moralista al que utilizaba la moralina. Ahora, se acusa de moralista al que mantiene una actitud moral ante determinado tema. Creo que pasa un poco como con el término buenista, que supongo que se creó para definir al que mantenía una actitud naif e hipócrita ante los problemas del mundo y ahora es utilizado para atacar a todos los que pretenden no ser una mierda de persona».

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Isabel Díaz Ayuso avanza conversaciones con el sector de la hostelería para ampliar horarios y adaptarlos a las costumbres del visitante internacional. Como señala Diegu San Gabriel, «si eres inmigrante, has de adaptarte a nuestras normas y costumbres de convivencia. Si eres turista, nos adaptamos a las tuyas de consumo. Siempre fuertes con los débiles y serviles con los poderosos».

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La sociedad de hoy se caracteriza por lo compleja, atomizada e imprevisible, pero, a la vez, asombra la implacabilidad con que la gente que adopta la posición más deleznable en un debate suele adoptar la peor en todos los demás, sin falta de que tengan mucho que ver con aquel.

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Ayer eran enterrados en el cementerio de El Monacal, en El Hierro (Canarias), tres de los migrantes fallecidos en el naufragio de un cayuco. Muchos vecinos se acercaron con flores y con otros gestos de cariño al camposanto. Preciosos gestos de humanidad en medio de un mundo cada vez más desquiciado y malista.


Jueves, 3/10/2024. La vida no imita al arte, sino a la mala televisión, decía Woody Allen. A veces imita a la buena televisión y el cine bueno, siendo ella —la imitación— la mala copia. El padrino —buena película, una de las mejores— no imitaba a la mafia, sino que era una recreación idealizadora con poco que ver con la mafia real. Fue esta, después, la que empezó a imitar a El padrino. Los muchachos de la Cosa Nostra empezaron a llamarse don y cosas de esas solo después del éxito del filme de Coppola, pero careciendo de la elegancia perturbadora de Vito Corleone. La mafia real no es elegante: es cutre, hortera, sórdida, kitsch.

En otras ocasiones ocurre que no se distinga la ficción de la realidad. Esto ha pasado siempre. Ocurrió, por ejemplo, en el siglo XIX con novelas antisemitas que, aunque no ocultaran su condicción de obras de ficción, eran digeridas como crónicas periodísticas por los enemigos del judaísmo, que las esgrimían como prueba de sus denuncias: así, por ejemplo, la popular Biarritz, de Hermann Goedsche, publicada en 1868 y donde se novelaban unas reuniones de judíos en el cementerio del gueto de Praga, en donde urdían la conquista del mundo. Era un relato ficticio, como tal se presentaba, pero los nazis la utilizarían décadas más tarde como evidencia de la conspiración judía mundial, junto con libelos como el tristemente célebre Los protocolos de los Sabios de Sion.

En tiempos de vesania se produce una suerte de disolución cognitiva, la ficción se vuelve realidad y la realidad ficción, y a la maquinaria del bulo homicida, cualquier gasolina le sirve. Hoy vemos a Donald Trump explicitando su deseo de llevar a la práctica la premisa de La purga, una película de terror distópica del año 2013. En ella se pone en escena un Estados Unidos futuro —año 2022— en el que la Nueva Fundación de los Padres de América ha implantado la llamada «purga anual», una noche anual en la que es legal cometer cualquier clase de crimen e incluso el asesinato, sin tener que responder ante la justicia. Trump propone un «día realmente duro y desagradable» o «una hora dura» para terminar de una vez por todas con la delincuencia en el país.

Alonso Quijano perdió la cordura de tanto leer novelas de caballerías, y hoy hay quien la pierde de ver determinadas series o películas. Hemos visto a políticos y spin doctors con el seso reblandecido de tanto maratón de Borgen y House of cards y también trumps y trumpistas que quisieran hacer real El cuento de la criada, previa realización de La purga. Son tiempos para tener cuidado con lo que se ficciona, incluso si uno piensa que la intención paródica, denunciatoria o simplemente imaginativa del libro que escribe o la película que rueda son evidentes o un corsé que impida que determinado público los reciba como inspiración no irónica. Como dice siempre Pedro Vallín, «el literalismo, o incapacidad para comprender la hipérbole, la metáfora, la sinécdoque, la ironía, el sarcasmo, la comedia o cualquier uso figurado del lenguaje, es la forma que toma el analfabetismo contemporáneo». En nuestro país ha habido analfabetos contemporáneos que clamaban contra la serie Aída acusándola de apología del racismo, debido al personaje, evidentemente paródico, de Mauricio Colmenero; pero es que también había contemporáneos analfabetos que admiraban al dueño del bar Reinols y empezaron a dedicarse a imitarlo, llegando a incorporar sus chascarrillos xenófobos —los machupichus, etcétera— al castellano coloquial.

La purga puede ocurrir, Gilead puede suceder. Podía suceder antes de que Margaret Atwood escribiera su novela y Netflix la convirtiera en una serie de éxito, y por eso existieron estas; pero lo que se escribe y se rueda pretendiendo evitar que ocurra el horror puede ser también un acicate, una inspiración para aquellos que quieren perpetrarlo. No por ello hay que dejar de crear ficciones que imaginen otros mundos posibles, los buenos y los malos, ni exigir responsabilidades penales o morales a sus autores si la cosa se desmadra en sentidos no previstos ni deseados por ellos. Pero tampoco desentenderse de esa posibilidad, sino tenerla presente, prevista en lo posible, permanecer alertas ante ella. En tiempo que también es aquel en el que, como dice Gonzalo Fiore, «ya no hay cosas inverosímiles», Sauron, los caminantes blancos de Juego de Tronos, los fascistas de Gilead, los asesinos de La purga, pueden emerger de la pantalla en cualquier momento, corporeizados como los demonios de la tele de Poltergeist. Quizás ya estén aquí.


Viernes, 4/10/2024. Una vieja viñeta de Perich, del tiempo en el que los inmigrantes, los menas, los que quitaban trabajos, los que no se integraban, etcétera, etcétera, éramos nosotros.

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Las conversiones políticas (de cura a comunista, de comunista a fascista, de anarquista o trotskista a neocón…) son como un incendio identitario del que se huye a toda prisa llevándote un solo objeto preciado: la fe, la nación, la libertad, el internacionalismo, el orden…

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Una noticia real de La Nueva España, en una sección («Asturias exterior») financiada, además, por la Fundación Cajastur y la Consejería de Presidencia del Principado: «Soraya Álvarez, la asturiana que moldea las nalgas más apetecidas por Cristiano Ronaldo. La exentrenadora personal entreguina, de 37 años, forma físicamente a Georgina Rodríguez, pareja del astro futbolístico, y sus rutinas de glúteos están entre lo más buscado de las redes sociales». Qué decir. Solo una cosa: habitamos el tiempo que hizo posible la oración «sus rutinas de glúteos están entre lo más buscado de las redes sociales».

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Migue, en Twitter, sobre La resistencia, el programa de Broncano: «La magia de este programa es que, en general, son gente lista haciendo el gilipollas, mientras que El hormiguero es exactamente su opuesto: gente gilipollas haciéndose la lista».

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Ironiza Mariano Rajoy, en el Foro de la Toja —donde coincide con Felipe González—, sobre los nuevos tapones obligatoriamente unidos a las botellas de plástico, decretados por la Unión Europea. Cuenta que el otro día se empapó entero de agua al intentar beber de una. Es decir: tuvimos siete años de presidente de una potencia media en crisis gravísima, con cuarenta y tantos millones de habitantes, a un señor que no sabe beber de una botella. Sobrecogedor.


Sábado, 5/10/2024. Llevo unos días leyendo El triunfo de las promesas rotas: el fin de la Guerra fría y el auge del neoliberalismo, de Fritz Bartel; un libro del que me habían hablado maravillas, y he visto decir a referentes como Xan López que es uno de los mejores que han leído en los últimos años. Es un ensayo histórico y económico que trata de responder a la pregunta de por qué se terminó pacíficamente la Guerra fría y por qué la economía neoliberal se extendió por todo el mundo a finales del siglo XX. Su enfoque, novedoso, consiste, no en incidir en aquello en lo que el bloque socialista y el capitalista se diferenciaban, sino en aquello en lo que se parecían, y cuya crisis fue simultánea. La crisis de la política de hacer promesas, que daría lugar al mundo en el que nos encontramos, caracterizado por la presión de los mercados a los gobiernos para que recorten sus contratos sociales; para que rompan promesas en lugar de hacerlas. A uno y otro lado del Muro de Berlín —expone Bartel, con ejemplos ilustrativos— llegó a percibirse que los de la otra parte estaban haciendo un poco lo mismo, enfrentándose a los mismos desafíos. «Ellos también están llevando a cabo una perestroika», decía Gorbachov de Thatcher y de Felipe González (sí) a sus camaradas del Comité Central.

Todos los gobiernos, tanto occidentales como de la órbita soviética, habían sido «capaces de prometer —al menos a sus hombres blancos— una vida mejor, y también de cumplir esa promesa casi a la misma velocidad con la que esos mismos hombres podían imaginar lo que significaba una vida mejor». A pesar de las diferencias entre ambos regímenes, los dos habían sido relativamente exitosos en la oferta de seguridad laboral, económica y social para grandes porciones de sus pueblos. Pero en un momento dado, eso entró en barrena de un modo del que el lado comunista no pudo sobreponerse, mientras que el capitalista sí. El bloque comunista —expone Bartel, que remonta su relato a 1973, el año de la crisis del petróleo— colapsó por muchos motivos, pero en gran parte lo hizo por uno al que no suele aludirse más que de pasada: las deudas multimillonarias que aquellos países habían contraído con Occidente. Con sus Estados y con instituciones como el FMI, que concedieron, como han solido, créditos aparejados a exigencias de recortes y subidas de precios que también ocurrieron en países capitalistas como la Gran Bretaña de Thatcher, pero donde el sistema democrático permitía barnizar de legitimidad aquellas medidas necesariamente impopulares. Algo que no había sido evidente antes. Escribe Bartel que

«La creencia general era que la mano dura servía precisamente para imponer soluciones impopulares a una población que podría tener la tentación de resistirse ante ellas. Por el contrario, se pensaba que las democracias electorales poseían una desventaja natural, ya que ¿cómo podrían los líderes elegidos democráticamente esperar implementar políticas económicas impopulares en sistemas donde su poder dependía de la aprobación del pueblo? Así, en plena década de los setenta, justo cuando la Guerra Fría pasó de ser una carrera de hacer promesas a convertirse en una competición para incumplirlas, el socialismo de Estado parecía tener la ventaja.

El thatcherismo en Gran Bretaña y la crisis en Polonia desafiaron la creencia predominante de que los regímenes autoritarios y democráticos eran más efectivos en la imposición de políticas económicas duras y rigurosas. […] Margaret Thatcher fue capaz de imponer una mayor disciplina económica con mucha más legitimidad que sus contrapartes polacas, gracias a los múltiples beneficios que las elecciones democráticas multipartidistas y la ideología neoliberal ofrecían a su Gobierno. Las elecciones le permitieron afirmar de manera creíble que no era responsble de las políticas seguidas por Gobiernos anteriores, y dieron a la mayoría de los británicos la satisfacción de que su Gobierno era perfectamente legítimo».

En los países del Este, de hecho, la democratización reclamada en la calle, pero promovida también por sectores del Partido, fue o quiso ser una manera de que aquellas élites desesperadas justificaran esos recortes: os damos la democracia a cambio de subidas de precios, cierres y recortes; con ella seréis vosotros mismos quienes os los impongáis. Alexander Yakovlev, el mayor impulsor de la democratización de la URSS en el Politburó de la época de Gorbachov, se hacía la siguiente reflexión ante sus colegas: «A veces se da un malentendido: cuando la gente habla de democracia, presuponen alguna noción amorfa, como la liberalización […] Sin embargo, en realidad, la democracia es disciplina […] y el desarrollo de la autodisciplina». En 1988, un grupo de altos funcionarios aconsejaba, en Polonia, la liberalización a Jaruzelski: si el Partido proporcionaba a «grupos de la oposición moderada una responsabilidad conjunta limitada» y absorbía «los elementos más dóciles de la oposición moderada dentro de nuestra influencia e instituciones», la sociedad se volvería más receptiva a la reforma económica neoliberalizante que ya estaban convencidos de que era preciso hacer. (Por cierto: un poco como los Pactos de la Moncloa en España, ¿no?).

La deuda del bloque del Este con Occidente ascendía hasta los 210.000 millones de dólares estadounidenses hasta poco antes de su disolución. Y para pagarla se hicieron cosas como la que se cuenta en un pasaje en concreto que me parece que condensa de modo formidable todo el espíritu del libro. Es este, sobre el desmantelamiento de la frontera húngara a finales de los años ochenta:

«Para finales de la década de 1980, las fortificaciones fronterizas que separaban Hungría de Austria y el resto de Occidente se habían deteriorado. El sistema de señalización electrónica a lo largo de la frontera, destinado a alertar a los guardias sobre cualquier intento de cruce, emitía regularmente falsas alarmas debido a ráfagas de viento o animales salvajes y necesitaba ser modernizado. En el otoño de 1987, el jefe de la guardia fronteriza escribió un informe para el Ministerio del Interior húngaro que detallaba las fallas del sistema y su costo anual, así como estimando los costos de una renovación del sistema. En un país con un déficit presupuestario anual de 30.000 a 60.000 millones de forintos, los números del informe detallaron una perspectiva no deseada: el costo anual del sistema era de entre 42 y 50 millones de forintos, y una renovación costaría de 1,2 a 1,5 millones de forintos por kilómetro a lo largo de una frontera de 366 kilómetros.

[… C]uando Miklós Németh se convirtió en primer ministro de Hungría en el otoño de 1988, lidiar con las presiones de la austeridad impuesta por el FMI fue su primera orden del día. Mientras Németh revisaba los libros de contabilidad del país línea por línea, buscaba áreas donde poder implementar recortes. Cuando se encontró con la entrada que detallaba el costo anual del sistema de seguridad fronteriza, la tachó “sin ceremonias”. Sobre ello ha escrito Andreas Oplatka: «Hoy, mirando hacia atrás al éxito de la apertura de la frontera, sin duda sería fácil y tentador para Németh decir que tomó su decisión [como un político reformista] pensando en dimensiones europeas. [Pero] el exprimer ministro abierta y francamente dice lo contrario. Admite que en ese momento todo se trataba de ahorrar costos». Németh todavía necesitaba la aprobación del resto del liderazgo para esta decisión, así que en febrero de 1989, fue al politburó con un informe que detallaba los costos de modernizar el sistema de seguridad fronteriza. En palabras de Oplatka, “[este] factor financiero fue particularmente convincente”. Después de escucharlo, “nadie se opuso al desmantelamiento”».

Al final es marxismo puro: la prosaica base económica y el hermoseamiento de una superestructura cultural; en este caso, los «picnics paneuropeos» y los cortes solemnes de la alambrada que se organizaron, con presencia de autoridades del lado húngaro y del austríaco. El fin del comunismo fue un asunto de puras perras, pero se maquilló de europeísmo. Reagan tenía razón en el fondo cuando, en un ufano discurso ante el Parlamento británico, dijo: «En un sentido irónico, Karl Marx tenía razón, pues asistimos hoy a una gran crisis revolucionaria, una crisis en la que las exigencias del orden económico entran en conflicto directo con las del orden político. Pero la crisis no se está produciendo en el Occidente libre y no marxista, sino en el hogar del marxismo-leninismo, la Unión Soviética».

«La Guerra Fría concluyó, no con una explosión, sino con un cheque», escribe Bartel. Cuando, después, los gobiernos poscomunistas emprendieron programas de neoliberalización salvaje de la economía, los antiguos funcionarios del comunismo no daban crédito a la tranquilidad con la que una ciudadanía pasto del paro y de la miseria los aceptaba. El polaco Rakowski escribía en su diario, ya después de la caída del socialismo: «Si todavía tuviéramos el poder no habría ni un solo día de paz en el país […] Una huelga seguiría a otra. ¿Y hoy? Aunque el Gobierno de Mazowiecki esté aplicando una política económica devastadora, no hay huelgas». Bartel escribe al final del libro, en el apartado de conclusiones, que «quizá la contradicción más significativa del colapso del comunismo [sea] que la soberanía fue devuelta al pueblo solo para que el poder de resistencia ante el Gobierno fuera superado. Así, el final de la Guerra Fría marca, de forma simultánea, tanto el apogeo del poder popular como su momento de desborde y superación».


Domingo, 6/10/2024. Un titular del día (que leo en la página web de RTVE): «Israel admite haber usado órganos de muertos palestinos sin autorización». Se le acaban a uno las palabras.


Lunes, 7/10/2024. Descubro un principio de análisis, acuñado por Stafford Beer, que no conocía, compendiado en la sigla POSIWID: The purpose of a system is what it does. «El propósito de un sistema es lo que hace». No —decía Beer— «lo que constantemente fracasa en hacer». Utilísimo para cuando nos digan, por ejemplo, que la crisis de la sanidad pública madrileña es un fracaso del sistema, y no su funcionamiento.

*

La revista alemana Bild ataca a Justin Bieber por haberse dejado ver con un pañuelo palestino en la cabeza: «Bieber, de gira con un pañuelo de terror. ¿Realmente sabes lo que llevas puesto, Justin?». Entretanto, Israel bombardea las inmediaciones de los templos de Baalbek, un sitio arqueológico reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, acercándose al nivel de ISIS —cuando destruyeron Palmira— o los talibanes, cuando se cargaron los budas de Bamiyán. ¿Qué dice Bild de eso? Nada.


Martes, 8/10/2024. Las trampas del lenguaje en el periodismo occidental: Irán tiene proxies, pero Estados Unidos tiene aliados.

*

 —¿Está Michi en casa?

—No. Se escapó hace veinte minutos.

Y entonces la noticia y su afilado peso de hacha: hay un gato negro muerto en la carretera, a pocos metros de casa. Lo ha visto A., que venía a traernos unas cosas. Y de que es Michi no cabe duda: negro totalmente, flaquito como él, atropellado ante el bar de G. Lo temimos alguna vez. Era esteun gato aventurero, echado a la calle; el encierro en casa, algún fin de semana que nos íbamos, nos lo devolvía, a nuestro regreso el domingo, nervioso y agresivo, a diferencia de nuestras otras dos gatas, más hogareñas. Ahora, una de esas aventuras le ha costado la vida, que no era larga aún. Tenía un año y pico, dos todo lo más.

Yo estoy en el estudio, transcribiendo una entrevista en el ordenador, y veo a A. que se asoma, y la voz temblorosa me advierte ya en las primeras sílabas de que algo horrible ha pasado: «Pablo, baja un momento, por favor». «¿Qué pasó?». «Michi apareció muerto en la carretera». Desciendo las escaleras corriendo y allí está R., el rostro descompuesto, Michi exangüe en sus brazos, húmedo de agua y sangre, que mancha el jerséi viejo de lana azul que ella lleva puesto. Los ojos abiertos que hace media hora —el tiempo que hace de su escabullimiento por la rendija de la puerta entreabierta, en un descuido— aún eran vivaces y traviesos ahora son el sarcófago descubierto de un vacío gélido y turbador. Así es la vida, pienso pensando en ese momento en el que estaba al ordenador, despachando la tarea de todos los días: una anodina cotidianidad en cuyo fondo plano pueden abrirse de pronto los ojos amarillos de la muerte, como los de una bestia nocharniega de película de terror. Y devorarnos.

En el prado que hemos convirtido en una pequeña necrópolis de mascotas —donde yacen, ya, tres perros y una gata—, excavamos, empapados por la llovizna, una sepultura exigua en la tierra pedregosa de este rincón del mundo, donde luego depositamos al pobre Michi envuelto en una manta vieja. Después, vamos a buscar tres piedras grandes, lisas, bonitas, a las cabañas desvencijadas de la parte alta del pueblo, y con eso armamos, una vez más, el sepulcro de un animalito al que quisimos y que nos quiso. No rezamos, obviamente, pero durante un momento, cuando hemos acabado, nos paraliza un vago sentimiento de sacralidad; la breve solemnidad de un silencio sobrecogido.

Abatidos regresamos a casa y pasamos el mal trago de explicarle a I. lo que ha ocurrido, con palabras prudentes que tomen en consideración sus cuatro años, pero sin eufemismos beatos. Michi ha muerto, lo atropelló un coche, y ya no volverá. Se disgusta, aunque lo gestiona con la madurez que la caracteriza, y acaba siendo ella quien nos consuela a nosotros: es increíble lo de esta niña. Luego, cenamos en silencio. Y después, antes de irnos a dormir, R. sale a pasear a Timmy. Y en cuanto abre la puerta, ocurre el milagro, que no lo es, pero que lo parece por un segundo en ese velódromo del cerebro en el que el racionalismo corre más despacio que la espontaneidad de la fe. Michi entra corriendo como una exhalación, como una detonación estrepitosa de vida, ileso y veloz, juguetón como siempre.

Nos acordamos, entonces, de que alguien nos dijera que en su camada —gatos callejeros, que pasaron unos días deambulando por el pueblo— había un gato igual que él. Enterramos, parece, a su gemelo, cuya tumba será ahora —bromeamos; pobre— la tumba del felino desconocido. Empezamos a canturrear, e I. se lo aprende rápido y lo canta a su vez, aquello de Peret: no estaba muerto, estaba de parranda. Y es que así es la cosa asimismo: también en ocasiones sucede que, en la tiniebla nigérrima de la muerte y el duelo, del miedo y el llanto —que son lo cotidiano en muchos atormentados sitios del planeta—, se abran súbitamente los ojos fulgurantes de la vida. La alegría también hace visitas sin avisar.

El runrún interior (156)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).


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