Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (75)

El murmullo del mundo que Tomás Sánchez Santiago registra viene, en esta ocasión, sahumado de cenizas de los incendios de Poniente: Tomás anota en una «negra suite» la negligencia de los responsables políticos, la luz tuberculosa de las ciudades o los peces con luto en las branquias que se revuelven en los ríos de una tierra maltratada.

texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Estrellas)

Durante la niñez, el tiempo es otra cosa. Un curso ciego hecho de deseos y de imprevistos. No hay todavía ese reglamento que sustituye el apetito o el asombro por la necesidad de imponer la costumbre (Ernesto Sábato ya recordaba que antes cuando se tenía hambre se empezaba a comer; ahora, en cambio, se pregunta la hora y, según la que sea, se tiene hambre o no). Para qué se les regalará un reloj a los niños. ¡Si son ellos los dueños del tiempo, por ignorarlo! La poeta Ester Folgueral lo dice a las claras en dos versos: «Tiempo es lo que perdimos / cuando aprendimos la palabra tiempo».


El poeta: un desalojado que cada vez vuelve a casa sin nombre.



Ha perdido todos los papeles que la identificaban (DNI, carnet de conducir, tarjeta sanitaria…). Es justamente ahora cuando puede saber quién es.


Los dos jugamos a meter el mundo entero en palabras que deben contener las cinco vocales: ayuntamiento, vestuario, percusionista, veinticuatro, escapulario, curiosidades, abuelito… Las vamos encontrando en el bazar de los nombres que pasan volando ante nosotros. Tras cada hallazgo salta la alegría como si hubiésemos encontrado un tesoro. El tesoro de las palabras. Ya que no cabemos en el orden del mundo, quedémonos dentro de las palabras; «siquiera este refugio», como quería Ángel Campos. Cuando se sabe que no se pertenece a ningún lugar, hagámonos sitio entre ellas. Siempre nos acogerán.


Una piscina en la noche. Su luz asustada de acuario. Y arrugas en el agua que tiembla a solas, como el latido de una sábana recién estirada sobre la cama. La miramos con prevención desde la oscuridad igual que a una criatura silenciosa que nos quisiera decir algo que nosotros no entendemos. Es el misterio del agua, esté donde esté, con su presencia y con su delicada actividad. Claudio Rodríguez gustaba de repetir mucho aquello que decía Santa Teresa: «Me paso mucho tiempo contemplando el agua».



NEGRA SUITE

I

En la ciudad lo ha envuelto todo de pronto una luz tuberculosa. Es el amarillo siniestro del revés de la vida. Despide el cielo miasmas, morena materia que llega volando de los incendios más cercanos. Y la tarde se va oscureciendo más y más como una inmensa venda sucia que nos tapa la boca a todos. Callados, arrastrando los ojos hasta el horizonte, buscamos al fuego, ese fuego que ni entra en despachos ni hace arder corbatas.

II

Arden los montes y arden las fincas abandonadas con su vegetación espuria y brava. Nadie ha cuidado de todo ello. Emboscado en la noche, el pirómano no actúa solo; cuenta con los aliados de la inacción, que ya han hecho antes su labor de omisión. También desde los despachos se originan incendios. La desidia, la incompetencia, la falta de voluntad o el mal hacer de quienes nos administran tienen mucho que ver con esta tragedia. «Los fuegos se apagan en el invierno», nos decía hace tres años aquel hombre de Villadeciervos mientras aún humeaban ascuas en la sierra de la Culebra. Creímos entonces que la lección se había aprendido. Pero qué va. Sigue sin haber una política de prevenciones, mal sustituida ahora por un reguero de subvenciones que tratan de paliar a deshora lo que una mala gestión ha agravado. «Lo importante son las vidas humanas», dice quien ostenta la presidencia en estas tierras castigadas ahora por la desolación. Suena a excusa imposible de compartir. «De lo malo, malo…, se han salvado ustedes», eso parece decir este hombre en su discurso impostado, balbuceante. No sé hasta qué punto se considerarán salvados quienes lo han perdido todo en La Carballeda, en Sanabria, en Palacios de Jamuz, en El Bierzo, en La Cabrera. Los políticos han llegado tarde. El fuego se les adelantó con su permiso.

III

Han perdido también el derecho a la contemplación. Eso no entraba en la lista de subvenciones. Hace años en Cional (¿o era en Boya? En cualquier caso, un lugar del profundo Aliste zamorano) aquel campesino —manos inflamadas y ojos coruscantes que sabían mirar mejor a lo lejos que de cerca— nos daba claves con palabras muy suyas, excavadas con lenta sabiduría, de lo que se había hecho con la vida del Poniente. Nos sacaron enseguida de su mundo, no contaron con nosotros, nos obligaron a emigrar a lugares extraños porque aquí ya no llegaba la vida, abandonaron nuestras carreteras para ponernos más lejos, nos fueron quitando todo poco a poco: el médico, el cura, los bancos, la farmacia, los maestros, el tren… Ellos por aquí no venían. Nos condenaron al olvido, consiguieron que nadie nos atendiera, daba igual lo que nos ocurriese. Nos empezamos a morir sin que nos tocase todavía. Pero nos quedaba algo muy nuestro. Nos quedaba al menos el derecho a contemplar el monte cada mañana. Era lo único que teníamos fijo. Lo sabíamos todo de él. Lo seguíamos a través de las estaciones. La floración del brezo, la explosión de las castañas, la nieve brillando viva. Teníamos ese último derecho: el derecho a la contemplación. Bien poco. No pedíamos ya nada más. Ahora cuando me levanto cada día a vivir y veo todo así, quemado y sin color, con los olores de la muerte, no puedo soportarlo. Ya ni la mirada nos han dejado usar. Y luego este silencio que nos asusta porque no nos acompañan los ruidos del monte. No vemos; no escuchamos. Ahora sí que nos hemos quedado del todo solos.

IV

Eran los últimos que sabían mirar de lejos; veían más que los demás; y ya han perdido el derecho a ello.

V

Este es un electorado residual: he ahí todo. Residual en número; residual en edad; residual en esa manera de querer vivir lejos de las ciudades, en contacto directo con las cosas de la tierra. Hace poco tiempo un alto cargo de Renfe esgrimía ese argumento falaz, indignante, para justificar que los trenes no parasen en Sanabria a fin de ganar un poco de tiempo en su camino a Galicia  («No puede pesar más el juicio de unas cuantas personas de aquí que el de los miles de habitantes de Vigo»). Primero fue el progreso con sus turbias llamadas para abandonar la tierra, luego fue el desmantelamiento, ahora ha desaparecido la alianza sagrada con el mundo natural. Les negaron el presente, les prohibieron el futuro y ahora les han borrado también el pasado. No les queda ni esperanza ni memoria. Es el Poniente de los desposeídos (Sanabria, Carballeda, Cabrera, El Bierzo…). Por fin los han sacado del tiempo. Solo les espera la gloria oscura del olvido. Sus palabras puras, en las afueras de los diccionarios, y sus lentos ademanes ya no impedirán el paso alocado de los hombres hacia una deshumanización impermeable.

VI

Pero en los nombres de estos lugares abrasados, el espíritu espeso de la Historia ha de seguir vivo. Confiemos en que el aliento de la Antigüedad entre a secar la boca, llena de ruido oscuro, de quienes nos dieron la espalda para hacer creer que ya no existimos.

VII

Luego está la vida invisible, esa que se desprecia porque no se ve. El festín de los insectos, la alegre rapacidad de las raíces, el trajín de las lombrices ciegas, el baile nupcial de las esporas… Es la sinfonía de lo inadvertido, que preludia desde la oscuridad el conocimiento carnoso de los sentidos. ¿Qué habrá quedado de ello? Nada. La lluvia arrastrará un paño amargo de cenizas hasta los cauces más cercanos. Allí caerá todo como un regalo negro de la muerte al agua. Y no terminará el ciclo siniestro que empezó en los incendios pasivos de los despachos. Aguas envenenadas, peces con luto en las branquias, vida abisal revuelta y fétida. Es el postre siniestro que deja el fuego cuando todos creían que el desastre ya estaba consumado.

VIII

Raza indomable y noble que desde siempre ha sabido vivir sin la sombra de la melancolía. Vidas de esfuerzos y privaciones, cerca de la miel y del olor a anís de la artemisa. Raza de pastores cavilosos. Conocen los nombres de sus animales (no concebirían llamarlos «mascotas») mejor que los nombres propios de quienes nos ordenan la vida a todos. Estirpe de memoria campesina, con manos que saben cuánto levantan en un solo puñado de tierra. ¿Qué habéis hecho para que haya llegado hasta vosotros tanto desamparo? ¿Quién gritará ya en nombre vuestro, ahora que os habéis quedado así, ciegos y mudos, de cara al horno muerto de esta calcinación que no esperabais? Nada os queda ya. Ni siquiera la posibilidad de conocer alguna vez el rostro de vuestros amos.

IX

Nunca aprendisteis a quejaros. Lo hacía por vosotros el trueno del verano y el aullido del lobo.

X

¿Cómo puede entenderse? Trump da orden a Europa de emplear más dinero en armamento y hay apresuradas reuniones para acabar haciéndole caso cuanto antes. Se atiende con premura vergonzante la exigencia continental del tirano y se descuida la vida de casa. ¿Cómo puede entenderse? No hay voluntad de un plan de actuación medioambiental. Unos políticos llaman a las puertas de otros. «No estamos, no hay nadie», eso se oye decir como si hablase una boca desdentada. Y entonces se retiran a esperar a que los llamen a ellos para hacer lo mismo. Así está la vida pública nacional. Pura papiroflexia. Y nosotros aguantándolo. Qué cansancio…


Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.


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