Actualidad

El fuego y Miguel Delibes

El autor de 'El hereje' planteaba en su discurso de entrada en la RAE, en 1975, la teoría del «culatazo del progreso»: este —decía— no puede ser constante, ni ilimitado, ni «desvalijar» la naturaleza. Javier Pérez Escohotado evoca al gran escritor y su ecologismo al hilo de los últimos terribles incendios que han asolado la que fue su comunidad autónoma.

/ por Javier Pérez Escohotado /

Si Miguel Delibes levantara la cabeza, repetiría un par de cosas que pensó, escribió y publicó hace décadas, pero que pocos políticos parece que hayan leído. Y si las han leído, no las han entendido. Algunos tienen problemas incluso con el BOE. ¿Son negacionistas o simplemente niegan la evidencia? Esos políticos que, además de inútiles e indignos del cargo, son culpables de lesa ignorancia, merecen este juicioso banquillo y la dimisión si es que conservan alguna dignidad política, pues la humana y la intelectual ya se las hemos retirado provisionalmente. Me justificaré diciendo que por urgencia periodística y de pensamiento, por economía de medios y porque el fuego está a la puerta de casa, me centraré en dos tipos de fuego, uno de los cuales ha arrasado y consumido materialmente ya más de 400.000 hectáreas de terreno. ¿En honor de qué deidad? ¿En beneficio de quién? 

Ese par de cosas que digo las abordó Miguel Delibes en dos ocasiones: la primera, en el texto de su admisión como miembro de la Real Academia de la Lengua (25/5/1975), titulado El sentido del progreso desde mi obra;1 y la segunda, en su novela El hereje (1998), en la que narra la historia del comerciante Cipriano Salcedo, que fue condenado por la Inquisición y quemado en la hoguera, en el Campo Grande pucelano, en 1559. Esta historia, por cierto, sucede en Valladolid, cuyas autoridades, con la complicidad de la Comunidad de Castilla y León —y por otras cosas que no digo, como el Lazarillo de Tormes— van camino de convertir esa ciudad en un parque temático.

Insultario y bestiario: retórica de la intolerancia

La cosa está que arde. A Miguel Delibes le consumían, al menos, dos fuegos. El primero, el de la intolerancia de las ideas, que algunos, provisionalmente, hemos tratado desde la perspectiva de la «libertad de conciencia». Este fuego está avivado en un incombustible y documentado prólogo a la edición de la novela El hereje en la edición de Austral. A ella me remito, como decía Ana Belén a Sazatornil, en la película de Mario Camus La colmena, para quien quiera «perfeccionar». El otro fuego que encendía a Delibes era la conservación de la Naturaleza —que él escribía con mayúsculas—, a la que consideraba parte fundamental de su idea de progreso, idea que elabora en su discurso a partir de la conflictiva relación entre tecnología y naturaleza. Sin embargo, al cabo de tantos años, ya estamos en plena venganza de la naturaleza; pero venganza de toda la naturaleza, o sea, de los cuatro elementos básicos que la componen por lo menos desde Aristóteles: agua, tierra, fuego y aire. Los tsunamis, las danas, lo incendios, los huracanes, las erupciones volcánicas y los terremotos, todos de consecuencias catastróficas, están ya aquí y, como algunos repiten hasta la saciedad, «han venido para quedarse», «como no podía ser de otra manera». Es el cambio climático, idiota.

Para todo lector que haya superado el analfabetismo funcional y se haya desintoxicado del tiempo quemado en ver «contenidos» en redes, es evidente que el fuego de la intolerancia de las ideas remite a un fuego real, el que quema y destruye los bosques, las casas, los cultivos, los animales, las personas. La intolerancia, la misma que quemó a Cipriano Salcedo, condena de antemano cualquier idea contraria, cualquier propuesta y a cualquier persona por el simple hecho de ser de otra opinión o partido, de otro credo, de otra escuela, de otra comunidad, de otra raza, de otra cultura… Para eso acude a dos recursos retóricos: la animalización y el insulto. Son figuras retóricas, pero no pertenecen a la razón argumentativa. El sistema es muy simple: se trata de colocarle un rótulo a alguien sin argumentar ni siquiera desarrollar el mecanismo retórico; simplemente marcarlo como a una res, clavarlo con un alfiler sobre el expositor y ponerle un nombre: asno, hiena, perro, rata inmunda, caracol, elefante en cacharrería, hijo de fruta… No se trata más que de intolerancia verbal, que es necesariamente intolerancia del pensamiento —no hay pensamiento sin lenguaje—, y de la que tenemos ejemplos verbales todos los días. El intolerante no posee ni despliega un argumentario: no lo tiene; el intolerante maneja un vulgar insultario y un pobre bestiario, como se demuestra recurriendo a la piromancia verbal de ciertos dirigentes políticos, a los que les cuadra lo que un día dijo el escritor Juan Gil-Albert con ocasión del golpe de Estado de febrero de 1981: «son incorregibles». Porque, añado yo, no son Estado, no quieren ser Estado, y tampoco pretenden ser ciudadanía ni comunidad. Se llaman políticos, pero no conocen el significado de polis; simplemente quieren mandar, y eso lo ejercita cualquier teniente chusquero un poco entrenado en un lejano cuartel de Alhucemas, o sea, dando voces.

El sentido del progreso

Aceptando que es un tema polémico y, desde luego, sometido a controversia, el discurso que leyó Miguel Delibres el 25 de mayo de 1975 no puede considerarse, a estas alturas del cambio climático, una soflama conservacionista ni mucho menos una nostálgica reivindicación de un señor de provincias al que le gustaba cazar con su perro Las perdices del domingo (1981). El sentido del progreso es mucho más que eso. El profesor de ecología Fernando Parra,2 refiriéndose al libro de Delibes La caza en España (1968), sostiene que ya entonces el autor «advertía sobre los peligros del deterioro ecológico en nuestro país […], en relación con la desaparición de hábitats y ecosistemas valiosos». Y añadía que tanto La caza en España como Un mundo que agoniza son «dos obras explícitas del conservacionismo militante o ecologista». Que Mañueco se las lea, a ver si las entiende; y si consigue explicar con alguna claridad lo que dicen, es que las ha leído.

En el prólogo a Los santos inocentes, igualmente documentado e incombustible —valga la redundancia—, interpretaba yo la muerte del señorito Iván a manos de Azarías —personificado en el cine por Paco Rabal— como una rebelión, mejor, como una venganza de la naturaleza; o sea, la consecuencia directa de la explotación, el desprecio y los abusos de una clase terrateniente que, en su decadencia, también ardería en el fuego de una tecnología envenenada que acabaría destruyendo la propia fuente no ya de progreso y desarrollo, sino de la simple supervivencia. Aprovechemos para decir que Los santos inocentes, junto a El camino (1950) y Las ratas (1962), conforman la Trilogía del campo, que los lectores ardemos en deseos de que se relance, por no decir que se ponga al día, que vuelva al ruedo o, mejor, que se le dé otra vuelta de tuerca. Son tres obras fundamentales para entender la España de la dictadura y este inacabable tránsito a la democracia y a un Estado de derecho que no termina de consolidarse. Asimismo, esa trilogía debería ser una lectura no ya recomendable, sino obligatoria para conseguir el título de Bachillerato; pero, sobre todo, para que figure en esos sonrosados, perdón, sonrojantes currículums del personal empleado en la política nacional. Para un político es más conveniente, oportuno y necesario un seminario —presencial por supuesto— sobre la Trilogía del campo que un grado en una escuela privada de administración y empresa. No olvidemos el dato de que Delibes, además de novelista, fue intendente mercantil  y ocupó la cátedra de derecho mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid. Algo sabría de administración y empresa.

Pero ¿es el fuego una respuesta, una venganza de la naturaleza por los ataques que el género humano le viene causando? El que ejecute la venganza, como en Los santos inocentes, será un tonto, un Azarías, y el señorito Iván habrá muerto. Pero tras ese «tonto» Azarías que ahorca al señorito de turno, estamos todos, vecinos que habitan una casa en una calle de un municipio de la España vacía o vaciada o quemada o superpoblada; vecinos que pagan sus impuestos, gobernados por alguien que tiene que ser capaz localmente y respaldados por un Estado en una Comunidad. El pueblo es una entelequia, manejable y populista, y el Estado, un aparato que cobra impuestos y los tiene que administrar bien. Por eso conviene identificar con claridad quién o quiénes son los «señoritos» que merecen aquella horca literaria en la que murió aquel señorito Iván de la novela de Delibes, pero, de momento, tampoco los ciudadanos deben renunciar a su organizada respuesta y preguntarse: ¿de quién es el monte?

El retroceso del progreso

En aquel discurso de la RAE, Miguel Delibes planteaba una idea de progreso que partía de su propia experiencia como cazador con escopeta; en su argumentario, bien anegado de datos científicos, públicos y contrastados, desarrollaba la teoría del «culatazo del progreso». Según esta metáfora, todo progreso no puede ser constante ni ilimitado. Esa idea la habían desarrollado otros economistas, pero Miguel Delibes, tirando de su propia experiencia, advertía que toda energía disparada genera un retroceso mecánico, una fuerza hacia atrás, que debe ser controlada: un retroceso. Miguel Delibes en su discurso partía del principio de que «en la Naturaleza apenas cabe el progreso. Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente es retroceder». Tras una larga exposición de datos científicos, aunque todavía no se hablaba de cambio climático, sobre el peligro de que la naturaleza estuviera siendo «agredida», «desvalijada» o sobreexplotada, Delibes aborda el problema de los bosques y su desaparición denunciando que los países desarrollados se han enriquecido esquilmando los recursos de todas sus colonias, con lo que se ha roto el equilibrio global. Y añade: «Gastar lo que no puede reponerse puede obedecer a una exigencia de un estadio de civilización voraz, que a nosotros mismos, sus autores, nos ha sorprendido, pero terminar con aquello que nos es imprescindible y cuyo final pudo preverse revela un índice de rapacidad y desidia que dicen muy poco en favor de la escala de valores que rige en el mundo contemporáneo».

Fue la Ilustración la que, en el siglo XVIII, propuso una utopía, que ha evolucionado hasta la más completa distopía, al plantear un futuro en el que fuera posible un progreso «continuo y unilateral», que, además, sería «plenamente realizable y factible». En ese siglo aparece la creencia de que el progreso es indefinido porque, además, está fundamentado en la técnica y la ciencia. De esta manera, al invocar esa idea de progreso continuo, la utopía deja de ser una propuesta de ficción activa y creativa, o sea, una propuesta de un futuro imaginado y dialéctico, para convertirse en un futuro perfectamente realizable.3 Los teóricos hablan de verdadera «mutación» del pensamiento utópico cuando ese futuro de crecimiento constante se transfiere a la realidad sin más crítica ni análisis. Ortega y Gasset o Julián Marías —que contestó a Delibes su discurso en la RAE— ya advirtieron de los graves peligros de pensar que «lo que el hombre desea, proyecta y se propone es, sin más, posible».4

Miguel Delibes no pudo ni mencionar el fenómeno del «cambio climático», pues su discurso lo pronunció en 1975. Sin embargo, llama mucho la atención que muchos de estos políticos actuales sean creyentes de mucha plegaria dominical, y, en cambio, nieguen, desoigan, minusvaloren o desatiendan las causas y los efectos de ese cambio climático. Practicantes de una fe mistagógica y tribal, su imaginación —por no decir su fantasía— les permite admitir la existencia de una determinada divinidad sin necesidad de ninguna prueba empírica, pero, en cambio, parece que no se creyeran el cambio climático, a pesar de las infinitas pruebas científicas y evidencias universales de ese fenómeno; en el fondo, su mayor aspiración consiste en «mandar» en su cuartelillo como si ese cambio no existiera. Seguro que Delibes, que fue un hombre creyente, habría propuesto la necesidad de actualizar el concepto de pecado y sin duda ampliar esos diez mandamientos, que se han quedado definitivamente obsoletos en su formulación y en su número: «No robarás, no matarás ni tampoco contaminarás». Con estas palabras cerraba Delibes su discurso:

«Porque si la aventura del progreso, tal como hasta el día la hemos entendido, ha de traducirse inexorablemente, en un aumento de la violencia y la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: «¡Que paren la Tierra, quiero apearme!»».

Aprovecho esta despedida para ponerme a cubierto, aunque yo no pretendo apearme, sino que, abusando de las palabras de Unamuno, diría: Que se apeen ellos, los autócratas, los violentos, los explotadores y los negacionistas. Amén.


1 Este discurso fue recogido bajo el título Un mundo que agoniza, Barcelona: Plaza y Janés, 1979, estructurado en diez capítulos, con ilustraciones de J. R. Sánchez y prologado por su biógrafo Ramón García Domínguez. El discurso es recuperable en <https://www-rae-es.webpkgcache.com/doc/-/s/www.rae.es/sites/default/files/Discurso_ingreso_Miguel_Delibes.pdf>.

2 Fernando Parra: «Delibes al aire libre: un ecologista de primera hora», en Miguel Delibes. Premio Nacional de las Letras Españolas, 1991, Madrid: Ministerio de Cultura, 1994.

3 Esta mutación habría comenzado con Bulwer Lytton (The coming race or the new utopia, 1870); seguiría con Aldous Huxley, Brave New Word (1932); continuaría con George Orwell, Rebelión en la granja (1945) y 1984, publicada en 1949, y llegaría hasta Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury. Más tarde, se confirmará la tendencia con las obras de Margaret Atwood.

4 J. Ortega y Gasset: «Los dos utopismos», en La Nación, Buenos Aires (1937).


Javier Pérez Escohotado, ensayista, poeta y crítico, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Sus investigaciones se orientan hacia la gastronomía, la Inquisición y la vida cotidiana. Autor de los poemarios Laura llueve (2000), Papel japón (2002) y del experimento textual La vigilancia de los acantos (2017), ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Sexo e Inquisición en España (1998), Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo. Proceso inquisitorial, Toledo 1530 (2003), Donjuanes, bígamos y libertinos. El filo de la Historia (2005), Crítica de la razón gastronómica (2007) y El mono gastronómico. Ensayos de arte y gastronomía (2014). Asimismo, ha editado y prologado Jaime Gil de Biedma. Conversaciones (2002); ha colaborado en Poemas memorables: antología consultada y comentada 1939-1999 (1999)  y ha editado Inventario de disidencias, suma de calamidades (2010), sobre la vida trágica de don Santiago González Mateo. Recientemente ha prologado Los santos inocentes y El hereje, de Miguel Delibes. Ha publicado artículos de opinión y crítica en diversos diarios y revistas.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “El fuego y Miguel Delibes

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo