/ un cuento de José Manuel Ferrández Verdú /
La gorra levantó el vuelo lanzada por su mano. Al caer, una ráfaga de viento la desvió y fue a parar detrás de una tapia. A la alegría de la suerte siguió la perplejidad de verla perderse en lo desconocido.
Aunque le hubiera tocado un millón de euros en lugar de doscientos, no pensaba abandonar así como así su gorra nueva. Entró en el callejón y llegó ante una puerta, la empujó y se abrió sola, como si la casa estuviera abandonada. En el espacio que rodeaba la casa solo había cajas de cartón, sillas rotas, cosas viejas de plástico y seguramente su gorra en la parte de atrás.
Le había parecido escuchar ladrar un perro. Fue con precaución rodeando el edificio y no vio ninguno. Allí estaba la gorra. Al salir, la puerta exterior estaba cerrada. Una puerta de hierro, maldita sea. Algún gracioso quería proteger la propiedad privada a costa de él. Fue imposible abrirla. Se acercó a la casa y abrió la puerta. Por lo visto, quien vivía allí no tenía nada que esconder. En el salón vio algunas fotografías sobre una mesa y en una de ellas aparecía él junto a una chica a la que no recordaba de nada. «¿Qué demonios hago yo en esta foto?». No hay nada tan idiota como ver una foto tuya en una casa abandonada adonde has entrado por casualidad en busca de una gorra que lanzaste al cielo porque te había tocado la lotería. No podría contar que había entrado clandestinamente, y durante el resto de su vida tendría que vivir con aquello.
No podía dejar de pensar en la chica de la foto. Una entre mil, cualquiera sabe, de tantas como había conocido.
Se abrió la puerta y entró la desconocida de la foto.
—¿Se puede saber quién eres y qué haces aquí?
—He entrado a por mi gorra —y se la enseñó.
—¿Qué tontería es esa?
—Lo que oyes. Me ha tocado la lotería y de la alegría tiré la gorra al cielo. Al caer lo hizo en el patio de tu casa.
—Esta no es mi casa.
—Eso a mí me da igual: ya me iba.
Se fue dejándola con la boca abierta. Luego pensó que quizá debería haber hablado un poco más con aquella joven que no estaba mal, y de paso aclarar lo de la foto. Decidió volver otro día a aquella casa.
El jueves pasó de nuevo y llamó a la puerta. Salió un hombre gordo y con barba.
—¿Qué quieres? —dijo.
—¿Yo? Nada. Solo venía a hablar con la chica que vive aquí.
—Aquí solo vivo yo
—Pues el otro día, cuando lo de la gorra…, bueno, quiero decir que vi entrar a una joven cuando salía yo.
—¿Y qué hacías tú aquí, de qué gorra hablas?
—De la mía, mírela —y se la mostró—. Es mía.
—Me importa un bledo de quién sea esa gorra.
—Bueno, usted me ha preguntado que de qué gorra hablaba.
—Está bien. No sé quién eres ni qué pretendes hacer con tu gorra.
—Solo quiero hablar con la chica.
—¿Sobre qué?
—Eso es personal.
—Conque personal, ¿eh? A mi casa nadie viene a hablar de asuntos personales si no es conmigo.
—Pero yo con usted no tengo nada de qué hablar.
—Por supuesto, ni lo vas a tener. Soy poeta y no suelo perder el tiempo hablando con perroflautas acerca de gorras ni de ninguna otra cosa. Me esperan en la Academia, donde tengo que dar una conferencia, de manera que ya sabes dónde está la puerta.
—Vale, vale, no hace falta ponerse así. Me voy, pero me he quedado con tu cara de poeta. No te creas que esto va a terminar aquí —dijo, para replicar al gordo poeta barbudo.
El hombre dio un portazo y lo dejó allí clavado.
No tenía intención de dejar que se saliera con la suya, de modo que se informó de dónde estaba la Academia y preguntó a qué hora era la conferencia.
—A las seis.
—¿Y es público?
—Sí. Y va a ser un discurso importante, ya que va a hablar del sufijo pro- en la Recherche du temps perdu.
—Menuda pérdida de tiempo.
A las seis estaba allí entre la gente, y cuando más entusiasmado estaba el barbudo poeta, puso sus manos en la boca para ampliar el sonido y gritó:
—¡¡¡¡¡¡ANIMAL, PEDAZO DE INSECTO, LÁRGATE A TOMAR VIENTO EN VEZ DE DECIR IDIOTECES!!!!!!
Y a continuación salió cortando de allí. Los asistentes y académicos volvieron asombrados la cabeza para ver qué estaba ocurriendo entre un público entregado a los placeres de la docta erudición literaria.
Al franquear la puerta de salida de la academia, entre las columnas del saber, a toda velocidad, tuvo un encontronazo con alguien que fue a parar al suelo mientras él conseguía guardar el equilibrio. Era la joven del retrato.
—¡Tú otra vez! —dijo al levantarse aturdida.
—Lo mismo digo… Creo que me debes una explicación. ¿Se puede saber qué hacías en aquella casa?
—Eso no es asunto tuyo. ¿De dónde has salido que no hago más que tropezarme contigo?
—Eso deberías saberlo, ya que estamos juntos en una fotografía.
—Ah, ¿sí? ¿En cuál?
—En una que hay en la casa.
—Ese truco no está mal.
—Volví al día siguiente y me abrió la puerta un gordo que está dando una conferencia aquí, un tío insoportable.
—¿Y por qué ibas corriendo?
—Porque lo he puesto a caldo delante de todos. ¿Tú trabajas aquí?
—No, vengo a la conferencia.
—¿Y qué hacías en aquella casa?
—Eso no te importa.
—El tipo me dijo que allí solo vive él.
—Los poetas suelen decir lo primero que se les ocurre.
—Me gustaría saber qué mierda hago yo en una foto que hay allí, junto a ti.
—Eso tendrá que esperar, ahora voy a entrar a escuchar la conferencia. Ya nos veremos.
—¿Dónde?
—En casa del poeta. Pásate mañana por la noche, a partir de las doce, y trae la gorra.
Al otro día cenó una hamburguesa. Al llegar llamó a la puerta.
—Soy yo.
—Lo he sospechado en cuanto te he visto.
Pasaron dentro. Los muebles parecían a punto de romperse, pero la habitación era grande. En un sofá el gordo leía algo.
—¿Qué hace este aquí otra vez? – dijo
—Lo he invitado yo.
—¿Y por qué?
—Porque me ha dado la gana, ¿te parece suficiente? Además es el de la foto.
—Solo quiero saber por qué tenéis una foto mía. Luego me iré —dijo Joaquín.
—¿De qué foto hablas? —había unas cuantas enmarcadas sobre la mesa y seguramente aquel hombre no se habría dado ni cuenta de quiénes figuraban en ellas, porque en casi todas se veía a la chica fotografiada con gente diferente.
—En esta, mira.
—¡Ah, bueno! —dijo—. ¿Y qué cojones hace este tío contigo en esa foto?
—No estoy segura, pero creo que fue hace algún tiempo.
—Tienes un montón de fotografías con desconocidos. ¿Por qué has traído aquí todo ese material? ¿Es que vamos a hacer un museo?
—Siempre las llevo conmigo, pero, si te molesta, me las llevo y me voy yo también.
—Ya sabes que ni me había dado cuenta. No hace falta que te pongas así.
—Entonces ya está solucionado el problema
—No está solucionado nada —dijo Joaquín— hasta que no me explique ella por qué estoy en la foto —y se la cogió de las manos.
—Por cierto —dijo el poeta—, ahora que veo que has traído tu famosa gorra, precisamente quería regalar una como esa a mi madre. ¿Dónde la has comprado?
—¿A tu madre? ¿Estás tonto o qué? —dijo la joven.
—Ya sabes cómo es. Se pasa el día al sol. Necesita una gorra. Debo habértelo contado por lo menos una docena de veces…
—¿Qué?
—Lo que has oído.
—Yo no sé nada de tu madre.
—Un momento —dijo Joaquín—. Si vais a hablar de vuestras cosas, yo me voy. Ya volveré en otro momento.
—Tú quédate, porque te he invitado y tendrás que escuchar todo lo que yo le diga al barril de cebollas este.
—No tengo ganas de escuchar peleas de enamorados.
—¿Yo enamorado? —dijo el gordo.
—Insisto en que no me interesan vuestros líos —dijo Joaquín.
—Mañana iremos a comprar una gorra como la tuya —dijo el poeta
Esa noche cenaron unas pizzas y se bebieron dos botellas de vino. Joaquín se quedó dormido en el sofá mientras ellos se echaban sobre la cama del dormitorio. Al día siguiente, resacosos, fueron a la tienda y compraron otra gorra. Después se dirigieron en el coche del poeta a casa de su madre, que vivía en el campo, a media hora de la ciudad. La casa de la madre tenía dos pisos y en una pared lateral sin ventanas había colocada una silla fijada a la pared a cuatro o cinco metros de altura. En la silla, la madre del poeta desplumaba una gallina.
—¿Se puede saber qué haces ahí arriba?
—Estoy desplumando una gallina.
—Mamá, ¿cuántas veces te he dicho que no hagas tonterías?
—No es ninguna tontería. Nadie se come las plumas de las gallinas.
—Me refiero a lo de subir a la pared. Es peligroso. ¿Cómo has podido llegar hasta ahí?
—Con mucha paciencia.
—He venido a regalarte una gorra.
—Ya era hora. Échamela aquí.
El poeta le tiró la gorra como si estuviera celebrando algo. La anciana la cogió al vuelo y se la colocó en la cabeza.
A partir de entonces, Joaquín iba todas las noches a casa de la pareja y se emborrachaban los tres, tras lo cual el poeta les leía algunos poemas y después se iban a dormir.
—¿Cuándo me vas a explicar lo de la foto?
—¿No lo recuerdas?
—No
—Tú tienes un hermano, ¿no?
—Eso creo. Tengo tres, pero a uno de ellos no lo conocía hasta que mis padres me lo presentaron.
—¿Qué?
—Nunca hablaron de él. Yo no sabía que existía.
—¿No vivía con vosotros?
—Sí.
—¿Entonces cómo es que no lo conocías?
—Porque no se dejaba ver. Era poeta. Vivía una vida solitaria, en una habitación aislada del resto de la casa. Cuando yo tuve veinte años mis padres me lo dijeron.
—¿Y a tus otros hermanos tampoco se lo habían dicho?
—Ellos sí lo sabían.
—¿Y por qué ellos sí y tú no?
—No lo sé.
—Pero sabrás lo que hizo tu hermano.
—¿A qué te refieres?
—A que se dedicó a fabricar velas al mismo tiempo que cultivaba tomates. Luego abandonaba la cosecha a medio recoger y se largaba a París o a cualquier otra parte, a veces acompañado por putas o amigas, y hacía negocios con jarapas o con cualquier otra cosa.
—¿Y qué?
—Pues que se corrió la voz. Alfonso quiso conocerlo y charlar con otro poeta como él. Fuimos a verlo a la casa donde vivía por entonces en el campo, junto a su plantación de tomates, y hablamos con él. Eso fue una tarde hace más de tres años. Tú estabas por allí y tu hermano se empeñó en que te hicieras una foto con Alfonso y conmigo. No me preguntes por qué. Era algo raro tu hermano. Después nos hizo una a nosotros dos solos. ¿Te acuerdas ahora?
—No… Yo entonces iba mucho por su casa. Siempre había gente con él hablando y bebiendo. Nos hacíamos fotos. Creo que me hice más de cincuenta.
—¿Y aún te extrañas de que estés conmigo en una de estas?
—No recuerdo muy bien ese período. Fue algo confuso y todo el mundo tenía muchas cosas que hacer. Lo que sí recuerdo es haber tomado datura una tarde y haber tenido alucinaciones. Casi me muero. Movía las manos sin sentido, como si me las estuviera lavando continuamente.
Esa noche apareció Alfonso destrozado
—Creo que mi madre se ha caído de la silla.
—¿Qué?
—Se subió con una gallina y por alguna razón se cayó.
—¿Y?
—Ha muerto, ella y la gallina. La policía cree que he sido yo, porque tenía un seguro de vida de quinientos euros que me beneficia por ser hijo único.
—¿Solo por eso?
—No. Según una vecina la tiré yo con una caña que encontraron junto al cadáver, y además no tengo coartada. Pero vosotros sabéis que la quería mucho y de hecho le regalé una gorra como sabéis, para que se resguardase del sol.
Llamaron a la puerta. Era el detective Carlos Espinilla, de la comisaría de policía .
—¿El señor Alfonso Duncan?
—Yo soy.
—Queda detenido por el asesinato de su madre, Isadora Duncan.
—Mire, detective, se equivocan conmigo.
—Tenemos un testigo. La señora Peligros Díaz dice que lo vio empujarla con una caña hasta caer al suelo, donde falleció en el acto junto con la gallina que tenía en las manos. El arma del crimen estaba allí.
—Porque la pondría alguien, quizá esa misma mujer que me acusa. ¿Cómo iba yo a matar a mi propia madre? Aquí tiene a dos testigos que podrán asegurarle que yo mismo le regalé a mi madre un gorra para que no le diera el sol demasiado. Piense usted si alguien que planea matar a su madre o a otra persona le va a regalar una gorra antes del crimen.
—No, la verdad, es un buen argumento, pero mientras exista un testigo de cargo nosotros no podemos hacer más que detenerlo. El resto es responsabilidad del jurado. Le recomiendo que se busque un abogado de prestigio.
Sin embargo, por más que buscaron la gorra de la madre muerta, esta no apareció, ni en el lugar del crimen, ni en ninguna parte. Alfonso fue encarcelado en espera del juicio y Joaquín y su novia, Clara, decidieron investigar. No podían dejar abandonado al poeta.
—¿Dónde estabas cuando murió tu madre?
—Había ido a dar un paseo por el campo.
—Y no te vio nadie.
—No, que yo sepa.
—¿Por dónde fuiste?
—Por el camino de los poetas.
—Claro, qué tonterías pregunto —dijo Clara.
Buscaron un abogado que les recomendaron, el cual basó toda la estrategia de defensa en el tema de la gorra, que no aparecía. Alfonso fue condenado a veinte años de cárcel. Al cabo de un año, un día les pidió a Joaquín y Clara que fueran a casa de su madre y buscaran no sé qué papel. Al llegar, vieron a la vecina que estaba en la puerta de su casa con la gorra que Alfonso le había regalado a su madre y que era igual que la que llevaba puesta Joaquín. Esto los hizo sospechar. Llamaron a Espinilla y le contaron lo que habían visto. El detective hizo una visita a la vecina y la pilló infraganti.
—Buenas, venía a hablar con usted —le dijo a Peligros.
—¿Qué pasa?
—¿De dónde ha sacado esa gorra que lleva puesta?
—¡Ah, esta! —dijo tocándosela con sorpresa, porque no era consciente de llevarla y de lo que podría significar—. ¿Y para eso ha venido a mi casa?
—Sí, solo para eso.
—Es una gorra normal, como usted ve. ¿Qué importancia tiene? ¿Es que no puede una ponerse una gorra sin que venga la policía a acusarte?
—No la he acusado de nada, pero da la casualidad de que es idéntica a la que Alfonso le regaló a su madre hace un año, poco antes de morir ella.
—De que él la matara, perdone.
—Sí, de que la matara. Pero vuelvo a preguntárselo: ¿de dónde la ha sacado? ¿Sabía usted que la gorra de Isadora no apareció?
Ella dudó un instante.
—Ya lo veo venir, jefe. Usted piensa que yo robé la gorra de la víctima.
—No pienso nada, de momento. Empezaré a pensar cuando usted me conteste a la pregunta que le he hecho.
—Pues sí. Yo la robé. Pueden encerrarme por eso. Me declaro culpable.
—¿Y dónde la encontró? Cuando investigué el crimen, no apareció por ninguna parte.
—Porque estaba entre unos matorrales.
—Eso es imposible. La mujer cayó al suelo y allí no había matorrales. Los más cercanos están a más de veinte metros. Y se inspeccionó el lugar a conciencia, buscando pistas.
—Ahora no me acuerdo muy bien —empezaba a mostrarse nerviosa—. A lo mejor el viento la arrastró.
—No hacía viento. Lo recuerdo perfectamente. Era un día caluroso y no se movía ni una hoja…, y ni una gorra.
—Bueno. Parece que el robo de una gorra es un crimen gravísimo.
—El robo de una gorra no, pero el asesinato sí. ¿Dónde estaba usted cuando Isadora murió?
—Como usted comprenderá, ahora mismo no recuerdo.
—Y esa caña, ¿cómo llegó hasta allí?
—La pondría el asesino, su hijo.
—Él dice que no.
—Mire, jefe, ya lo han juzgado y condenado. Maldita sea. ¿Hasta cuándo me van a dar la lata con eso?
—Es la primera vez que hablo con usted desde entonces. No creo que las cosas estén tan claras como al principio. Y si no me da una explicación del asunto totalmente satisfactoria, no tendré más remedio que reabrir el caso.
—Pero está usted loco. Por una porquería de gorra que llevo puesta va a remover otra vez toda esa basura y hacer pasar a su hijo Alfonso por la misma tragedia.
—Ya veo que se preocupa por Alfonso. Pero no tiene por qué hacerlo. A él le alegrará saber que hay dudas sobre su acusación. Además, usted fue testigo de cargo diciendo que lo vio a través de la ventana tirar a su madre de la silla. O sea que estaba cerca del lugar del crimen y sabía todo lo que pasó. ¿Cómo es que ahora no recuerda dónde estaba?
—Porque en realidad no recordaba haber acusado a Alfonsito.
—Conque Alfonsito, ¿eh?
Ella estaba casi llorando y temblaba como un flan. Estaba claro que había algo grave que estaba escondiendo. Tal vez muy grave. Tal vez la mató ella misma para robarle la gorra. A veces entre vecinos se establecen lazos oscuros y lo más mínimo basta para llegar hasta el abismo…
Como luego se supo, Peligros tenía varios hijos que se habían hecho ricos con los ladrillos, vendiendo ladrillos a diestro y siniestro, sobre todo a siniestro, y de vez en cuando iban a verla y la llevaban a comer a restaurantes horteras y carísimos donde deglutían cantidades industriales de gambas y langostinos, amén de infinidad de otros mariscos. Todos tenían coches enormes de una potencia arrolladora y con tracción hasta a la rueda de repuesto. En cambio su vecina Isadora solo tenía un hijo que era un perdido y poeta borracho y mujeriego y gordo y destartalado, que nunca le había regalado nada porque el ejercicio de la poesía no le permitía ver nada más que versos y versos por todas partes, más allá de lo cual solo existía un mundo dudoso y lejanísimo. Todo esto no había impedido que Peligros envidiara la mala suerte de su vecina, y la envidia amontonada durante años se transformó en rencor y animadversión hasta llegar a un punto en que ya no soportaba ni lo más mínimo. La gorra solo había colmado el vaso de su rencor.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Aparte de superficial y estrafalario no se compromete con los problemas sociales que importan a la gente, que debería ser el deber sagrado de la literatura y no un simple entretenimiento para personas desocupadas
Gracias por su interesante crítica
En mi opinión lo que más ha contribuido a mejorar la condición vital de la gente ha sido Jesucristo y la electricidad