/ una reseña de Antonio Reseco /
Escribió George Orwell que lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano. Si hay un verdadero nexo de unión en la poesía publicada hasta ahora por Daniel Casado (Trujillo, 1975) es su permanente vocación de humanidad. Y ese afán, perfectamente nítido en ocasiones, más implícito en otras, nos habla de la conexión con el entorno, con los avatares del mundo y con la vida misma, pues, en realidad, cómo vivimos esta y cómo la enfocamos es lo verdaderamente relevante en el impulso creativo. La poesía de Casado ha sido, y lo es en sus Extravíos (Mahalta Ediciones, 2025), una poesía adscrita a la dignidad y comprometida socialmente. Y esa perspectiva no desaparece tampoco cuando baja al terreno de lo anecdótico o lo particular desde su concepción general de las cosas.
Los poemas recogidos en este volumen suponen para el autor una vuelta predominante a la métrica clásica, fundamentalmente al soneto y a la décima, aunque tengan cabida el verso libre y el verso blanco. Ese retorno a los cánones formales tiene un componente simbólico. En un sistema que se tambalea, es preciso retomar lo seguro, aquello que resulta más intemporal. Es, pues, un guiño del autor que supone una llamada de alerta y nos invita a la reflexión. La crisis del mundo contemporáneo siempre tendrá su lugar de paz y descanso en la poesía, este pequeño cuartel de invierno que convierte al hombre en hombre, «ajeno al frío viento de la vida».
La temática variopinta de Extravíos hace honor al título, pero los puntos de anclaje de la misma son los únicos de los que la poesía puede hablar: el paso del tiempo, la vacuidad del mundo, el amor: «En el ecuador de tus días y tus noches, / el camino alumbra dos veredas: // seguir disputando el camino de los vivos / o aceptar tu lugar en la muerte, con los muertos». Y es en los libros donde Casado encuentra refugio como persona/lector y donde sabe que espera un infinito siempre por descubrir o al que regresar, pero, por ese mismo motivo, inabarcable. La sabiduría reside en reconocer la propia ignorancia, como reza en su poema «Don del ignorante»: «mi vergüenza es mayor que yo mismo». Idéntica reflexión podemos encontrar en la otra cara del libro, la del escritor. Nunca se ennoblece más la escritura que cuando se reconoce su intrascendencia. En «Mercadillo de libros al peso», el autor proclama el verdadero sentido del vanitas vanitatis, la futilidad de lo mundano: «Nota a pie de página:/ Entre esos libros se hallará / mañana / este poema».
Pero no es Daniel Casado un derrotista que canaliza esa actitud vital hacia la palabra. Muy por el contrario, se sirve de esta para mostrar su confianza en el hombre, en lo positivo que encierra cualquier hecho o cualquier ser, animado o inanimado. Así, en su poema «Ortiga», aprovecha la mala prensa de esta planta urticante para descubrir en ella la belleza y llegar a la conclusión de que incluso de las piedras puede aprenderse: «Me enseña, obstinada y silenciosa, / que el cambio está en uno, / y que en todo mal reside, también, / la oportunidad del bien».
En el segundo bloque del libro, «Once palimpsestos», el autor se agarra a la tabla de salvación del arte, de la pintura en este caso. Con otros tantos sonetos dedicados a cuadros de Millet, Goya, Blake, Velázquez o Hopper, entre otros, se ayuda, por decirlo de algún modo, de la observada observación y capta el alma humana en un diálogo fructífero con la percepción que, en su momento, tuvo el pintor. En la contemplación de Magdalena penitente, de George de la Tour, concluye la composición con un tercero en que el personaje bíblico parece interpelar al observador: «Porque ni virgen soy ni madre, veis / que acuno en mi matriz la calavera. / Ya solo soy la sombra de mi Amado».
Nos hallamos ante un libro de madurez, entendida esta como la capacidad de afrontar cualquier tema desde múltiples ángulos: los que da la experiencia. Para concluir, cabría agregar una nota final. Quizá no demasiado frecuente en la poesía del autor, Extravíos dosifica un punto de ironía y humor que no es sino la forma más llevadera de afrontar la existencia. Y para ello emplea esa estrofa tan propicia como es la décima, que Casado maneja con la soltura de quien, tras ya bastantes libros, comprende que la poesía debe hacerse inteligible para cualquiera que pretenda acercase a ella:
LA PENDIENTE
Una tras otra soplaste
las velas de tu camino.
Fugitivo o peregrino,
cada paso fue tu lastre,
cada puerto tu destino.
Y aunque hubo rayos y truenos,
atracos, amores, guerra…
solo una cosa te aterra:
este ir de más a menos
cuesta abajo, sí, y sin frenos.

Daniel Casado
Mahalta, 2025
92 páginas
14 €

Antonio Reseco (Villanueva de la Serena, 1973) es licenciado en derecho. Entre otros, ha publicado los poemarios Un lugar conocido (2002), Anotaciones del viaje (2005), El otoño cotidiano (2005), Geografías (2006), Huidas (2009), London Bureau (2012), Casi no existir (2015) y Equilibrios (2021). Es autor de numerosos artículos, relatos y poemas que han aparecido en distintas revistas y ha sido incluido en diversas antologías. En 2012 fue publicada su primera obra de teatro, Dickens no tiene corazón, y el libro de relatos El conejo, la chistera y el mago sin memoria; en 2018 el volumen de relatos El café portugués. También en narrativa, Lo que no será (2021) Dedica también otra parte de su labor creativa a la traducción, al ensayo y a la crítica literaria. Dentro de estos, se encuentra su último libro El tiempo de los transatlánticos.
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