Laberinto con vistas

Retorno a Elsinore

Hamlet vuelve a rondar por los pasillos de Elsinore para recordarnos que algo huele a podrido en Dinamarca. Solo que ahora Dinamarca ha crecido; abarca el continente entero y ese mundo que, como el príncipe sabe, se ha salido de sus goznes. Las injerencias están llegando ya a nuestra otrora orgullosa Europa. «Honor a quienes son capaces de resistir a los abusos», escribe Antonio Monterrubio.

/ por Antonio Monterrubio /

En el paraíso posmoderno, las maquinaciones pueden llegar al grado sumo de la desfachatez. Su ejemplo más sangrante son las intromisiones, poco o nada cuestionadas por la opinión pública y menos aún por la publicada, del Gran Jefe blanco en los comicios de Argentina u Honduras. Hemos visto al agente naranja, con toda la pachorra del mundo, amenazar a los ciudadanos de esos países con severos quebraderos de cabeza financieros si no se atenían rigurosamente al manual de instrucciones emanado de la Casa Blanca. Si Milei o Asfura ganaban las elecciones, sus respectivas administraciones recibirían una lluvia de oro que haría las envidias de la mismísima Dánae. En caso contrario, se procedería a asfixiarlos económicamente. Tales advertencias, en gran estilo mafioso, recordaban a esos beneméritos padres y madres de familia que plantean a su hija un ultimátum: o deja con efecto inmediato a ese perroflauta sin futuro con el que anda, o se le cerrará el grifo sin contemplaciones.

No es que estas prácticas estadounidenses supongan una novedad radical. Tampoco sus exhibiciones de músculo en el Caribe, destinadas a amedrentar no solo a Venezuela, sino también al gobierno escrupulosamente democrático de Petro en Colombia. Se trata de un aviso a navegantes generalizado, con dedicatoria especial a los dos países más poblados de la región, Brasil y México, que cuentan a la sazón con ejecutivos progresistas. El vecino del norte es poco fiable, como demuestran los innumerables golpes de Estado avalados, apoyados o directamente patrocinados por él. Y no es que vacile a la hora de intervenciones militares para demostrar quién manda. En cuanto a sus escasos escrúpulos morales, no hay más que ver el martirio al que un cruel bloqueo de décadas ha condenado a todo el pueblo de Cuba, contribuyendo a empujarlo al abismo, so pretexto de que su régimen político no es del agrado del gigante. Lo nuevo, ahora, es el insólito desparpajo con que el chantaje se hace público con gran pompa y espectáculo, y sin que apenas suenen voces discordantes.

En vista de su éxito, estas ofertas tan difíciles de rechazar en muchos casos van a ser renovadas y repetidas por doquier. Creer que los exabruptos del matón de Washington no nos conciernen es vanidad, nada más que vanidad. En territorio europeo no se producen plátanos, pero vamos camino de convertirnos en una Unión Bananera. Así, más allá de las genuflexiones de la Comisión y el Consejo ante el emperador o del bochornoso comportamiento del flamante secretario general de la OTAN lamiéndole las botas, tenemos que escuchar, día sí y día también, sus impagables sermones sobre el «gran reemplazo» y demás sandeces. Hace poco nos advertía, en otro de sus arrebatos supremacistas, del peligro que corre la civilización europea frente a lo que él ve como las nuevas invasiones bárbaras. Pues para la gente de su calaña, el que cuenta es el varón blanco, heteropatriarcal y cristiano, preferiblemente rico. Y lo más grave de todo esto es que tales discursos calan no solo en ambientes reaccionarios y conservadores o en el público en general, sino en grupos políticos que en su día fueron, y aún dicen ser, progresistas. A ese respecto, la deriva socialdemócrata, ejemplificada en los ejecutivos de Starmer y Frederiksen, es harto desalentadora.

Hamlet vuelve a rondar por los pasillos de Elsinore para recordarnos que algo huele a podrido en Dinamarca. Solo que ahora Dinamarca ha crecido; abarca el continente entero y ese mundo que, como el príncipe sabe, se ha salido de sus goznes. Las injerencias están llegando ya a nuestra otrora orgullosa Europa. De nosotros depende que los valores del humanismo y la Ilustración se conserven o se pierdan. Honor a quienes son capaces de resistir a los abusos.

No,
jo dic no,
diguem no.
Nosaltres no som d’eixe món.

(Raimon: Diguem no)

Aquella chica se negó en rotundo a acatar el ucase paterno. Su coraje abrió, para ella y para él, un universo nuevo, claro y distinto poblado de años maravillosos. Aguantar sin desviarnos del rumbo que estimamos correcto es ser consecuentes con la dignidad humana.

Dejar de ser un fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro.

(Octavio Paz: Piedra de sol)


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), El serano, La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024) y Antígona vive. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en los diarios Nueva Tribuna y Nueva Revolución. Colabora con la revista El Viejo Topo (Ediciones de Intervención Cultural).


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