/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Narcís Serra, que fue ministro de Defensa en el Gobierno de Felipe González entre 1982 y 1991 —y durante cuyo mandato al frente de las Fuerzas Armadas se integró España en el sistema de defensa euroamericano—, tuvo, al parecer, insomnio alguna noche, durante su mandato, pensando en Marruecos y en posibles encontronazos entre los dos países. Fue, creo, gracias a una amiga común como me llegó esta confidencia, y no sé si es cierta. En todo caso, Serra era consciente de que las relaciones entre ambos países han tenido altibajos a lo largo del tiempo.
El primer conflicto bélico de la historia reciente entre España y Marruecos se inició en 1859. El 24 de agosto de ese año murió Abd-el-Rahman ibn Hisham (1789-1859), soberano alauí de Marruecos, y subió al trono su hijo Mohamed IV (1810-1873). El reino marroquí que heredaba era una sociedad muy convulsa, en la que una pequeña minoría muy rica se imponía a grupos tribales miserables. Y el nuevo sultán creyó que, si aumentaba la presión militar sobre los enclaves españoles de Ceuta y Melilla, ganaría popularidad. Un conflicto exterior con una potencia europea débil le daría prestigio dentro del reino. España era, según los cálculos marroquíes, un enemigo fácil de derrotar.
Pero Leopoldo O’Donnell, presidente del Gobierno español, también creía que una victoria militar sobre un enemigo atávico, al que consideraba bárbaro, podía conferirle prestigio político y reafirmarlo a él y a su reina, Isabel II, en el poder. Por ello, el 22 de octubre de ese año de 1859, las Cortes Españolas votaron y aprobaron una declaración de guerra al Reino de Marruecos. Los dos tenían, en fin, ganas de pelearse, así que la guerra estaba garantizada. Fue la primera guerra de África.
En toda España, aquella guerra contra los «salvajes moros» era una causa popular. Todos los grupos políticos apoyaban al Gobierno y consideraban justificada la guerra. Una oleada de patriotismo fomentada por el clero católico recorrió el país de norte a sur. Naturalmente, O’Donnell pidió permiso a los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, que no pusieron objeción alguna a la acción bélica. La guerra duró cuatro meses y comenzó con la llegada del ejército expedicionario, formado por 45.000 hombres, a Ceuta, con unas 3000 mulas y caballos y más de 78 piezas de artillería, todo ello apoyado por algunas fragatas de la marina de guerra. La ofensiva española se inició en Los Castillejos, siguiéndoles Tetuán, uno de los objetivos de la guerra, que cayó el 6 de febrero de 1860. El 23 de marzo cayó Wad Ras. Tánger, sede del sultán, estaba al alcance de los españoles. En la expedición también participaban 466 voluntarios catalanes, tocados con sus características barretinas, calzados con alpargatas y dirigidos por un exmilitar aventurero y valeroso, llamado Victoriano Sugranyes Fernández (1807-1860). Era de Reus y estaba bajo las órdenes de Joan Prim. Su irrupción fue, parece, decisiva en la toma de Tetuán.
La acción de los voluntarios catalanes consolidó el prestigio de Prim, que se alzó a la fama con aquella guerra, de la que volvió con el título de marqués de los Castillejos y Grande de España. La victoria contagió a muchos catalanes el ideal colonialista africano. La monarquía de Isabel II y el sultán Mohamed firmaron el tratado de paz, conocido como Tratado de Wad-Ras o de Tetuán, el 26 de abril de 1860. Entre las cláusulas exigidas por España estaban la cesión del territorio entre Ceuta y Tetuán y el pago de doscientos millones de reales a modo de indemnización.
Vino un período de relativa tranquilidad en Melilla y Ceuta, pero, pasados los años, volvieron los problemas. En el verano de 1893 estalló un pequeño conflicto fronterizo en Melilla, donde los militares españoles querían construir un fortín junto a la mezquita y el cementerio de Sidi Aguariach. Ello desembocó en una guerra que requirió envío de tropas. También fue popular, como demuestra una anécdota que refleja el ambiente de optimismo y euforia que el embarque de tropas provocó entre los barceloneses. Algunas chicas catalanas, cuando despedían a los soldados expedicionarios en el puerto de Barcelona, exclamaban: «¡A ver si nos regaláis muchas orejas de moritos!».
Un tercer episodio clave se inició en el año 1904, cuando, en pleno crecimiento del imperialismo europeo, Francia y España consiguieron de Gran Bretaña, la potencia entonces hegemónica en el mundo, les diera el visto bueno para ocupar el Imperio marroquí. Previamente, franceses e ingleses se habían puesto de acuerdo para delimitar sus zonas de influencia en el norte de África, donde los británicos detentaban el control de Egipto, con Suez. El protectorado marroquí asignado a España iba desde Larache, en el Atlántico, hasta Ceuta, y seguía por la costa mediterránea hasta Melilla y la zona de Quebdana. Incluía la región de Yebala, al norte; y, al sur de Marruecos, la de Tarfaya.
Desde aquel momento, el interés por África por parte de determinados círculos colonialistas españoles aumentó notablemente, después de unas décadas de desinterés. Se empezaron a convocar congresos científicos africanistas, y a hacerse viajes. El botín marroquí incluía las minas del Rif, además de otras inversiones. Uno de los accionistas más importantes era Álvaro de Figueroa y Torres Mendieta, conde de Romanones (1863-1950), que había sido varias veces ministro y más tarde sería presidente del Gobierno. Otro era el segundo marqués de Comillas, Claudio López Bru, propietario de una naviera que se beneficiaba del comercio y la guerra, con sus transportes de soldados y mercancías. Se empezaron a comprar tierras agrícolas y reservas mineras de forma desaforada. El negocio más importante de aquellos años era la Compañía de Minas. Entre 1914 y 1966, sus accionistas ganaron 2405 millones de pesetas. Esto condujo al tercer episodio bélico entre España y Marruecos.
Las concesiones mineras y la construcción del ferrocarril del Rif para facilitar la extracción provocaron en 1909 un primer levantamiento en la zona de Melilla, que se saldó con un número importante de bajas para ambas partes. Tal guerra fue una de las causas del levantamiento obrero barcelonés que se recordaría como Semana Trágica, que se cobró numerosas víctimas. Fue el fin del idilio de la clase obrera con el sueño imperial africano.
El cuarto episodio, el más sangriento, llegó en 1921. Seguidamente a la guerra anterior, que se denominó «de Melilla», el Ejército había ido controlando una buena parte del territorio asignado al protectorado, combinando la acción política de atracción o compra de fidelidades de cabilas con la doctrina militar del garrote. En 1920 y 1921 decidieron avanzar por el territorio controlado hasta la zona rebelde de Annual. El nuevo comandante general de Melilla, general Manuel Fernández Silvestre (1871-1921), que había tomado posesión del comando en febrero de 1920, había ordenado la ocupación progresiva del Rif con la intención de «pacificar» la zona oriental del protectorado. La acción —que al parecer se decidió en palacio, con el rey Alfonso XIII presente— resultó un desastre. Las tropas españolas sufrieron una de las derrotas más desastrosas padecidas por europeos en una guerra colonial. Entre el 22 de julio y el 9 de agosto, el ejército español de Melilla simplemente desapareció. El número de bajas fue de unas 11.000, la mitad de ellos ejecutados por los rifeños una vez desarmados. La recuperación del protectorado no se produjo hasta algunos años después. Sería evacuado en 1956.
El ministro Serra, informado sin duda de esta historia, creía, quizás, que con las plazas de Ceuta y Melilla podía ocurrir algo similar. La entrada de España en la OTAN supuso sin duda un freno; pero ese freno empieza a parecer un instrumento costoso y obsoleto. Estados Unidos no solo se desentiende de Europa, sino que la menosprecia, e incluso la quiere destruir. Por ello es bueno resucitar los miedos del exministro. Mientras que las Reales Fuerzas Armadas Marroquíes cuentan con unos 200.000 efectivos y una reserva de 150.000 hombres, España no pasa de los 120.000 efectivos y una reserva de 15.000. Además, el ejército marroquí se ha ido equipando con armamento moderno, proporcionado por Estados Unidos, China e Israel, y tiene fuerzas especiales bien entrenadas. La tecnología española sigue siendo seguramente superior, con cazas F18/F35, submarinos, portaviones, sistemas AEGIS, etcétera; pero cabe preguntarse hasta cuándo mantendrá esa superioridad.
Marruecos siempre ha reclamado la soberanía de Ceuta y Melilla, a las que considera territorios ocupados. ¿Le tentará al rey alauí Mohamed VI, que hoy goza del apoyo y la simpatía de Trump, hacer como su antecesor y tatarabuelo Mohamed IV?

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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Mil gracias por este interesante repaso de la historia compartida entre España y Marruecos. El colofón hasta el presente ha sido la anexión del Sahara a través de la llamada «marcha verde» y, sí, da que pensar que un día los ciudadanos de Ceuta y Melilla puedan pasar de ser ciudadanos europeos a súbditos de la monarquía alauita. No me gustaría estar en la piel de quienes pagan sus impuestos y confían en su gobierno. Aunque los pueblos, todos, merecen respeto, algunos gobiernos provocan miedo y en este caso me temo que tanto el de Marruecos como el de USA y España no son muy de fiar.