Estudios literarios

La realidad no admite devoluciones

'Rafael Chirbes: tiempo, conciencia y poética', de Álvaro Acebes, propone un reto. Reivindica una rara avis en esta época de efectos de superficie: una narrativa coherente y consistente que apunta al corazón profundo de las cosas.

/ una reseña de Antonio Monterrubio /

Vivimos en un mundo de vulgaridad institucionalizada, de banalidad omnipresente y todopoderosa. La era de la posverdad es el momento de gloria de los relatos falsarios. No extrañará, pues, que la narrativa realmente leída —o mejor, comprada— hoy sea un juguete encuadernado, diversión y ornamento, puro y duro entretenimiento. Los cuantiosos premios y los éxitos de ventas con los que resultan agraciados figurines y figurones televisivos son una buena muestra del estado de las cosas literarias. Folletines desprovistos de carne y de hueso, de corazón y cerebro, monopolizan las estanterías de los grandes almacenes, pero también los escaparates de librerías que, en otros tiempos, funcionaron como faros culturales. Leer se ha convertido en un simulacro más dentro del circo sin fin de la Sociedad del Espectáculo, paraíso de la existencia inexistente. Páginas olvidadas apenas son leídas, cuando no mientras se está en ello, nada aportan a la edificación del público. Un universo editorial cada vez más dominado por gigantes pendientes del lucro contribuye a la puesta en escena hipernaturalista de la distópica consigna orwelliana «la ignorancia es la fuerza».

En ese ambiente poco prometedor, el estudio Rafael Chirbes: tiempo, conciencia y poética (Trea, 2025) propone un reto. Reivindica una rara avis en esta época de efectos de superficie: una narrativa coherente y consistente que apunta al corazón profundo de las cosas. Álvaro Acebes pronuncia un brillante alegato cargado de argumentos y razón en favor de un autor que mezcla con éxito notable la dinámica de la ficción con la especulación conceptual.  

Nada más abrir el libro, el lector se topa con unos párrafos que constituyen un catálogo de motivos por los cuales la obra de Chirbes es imprescindible. Se trata, en efecto, de «uno de los más certeros, lúcidos y extraordinarios retratos de la evolución de nuestro país en las últimas décadas». El novelista valenciano indaga en los pormenores de nuestra historia reciente, la que nos ha hecho como somos y nos ha llevado al lugar en que nos encontramos. Desde la posguerra temprana hasta la crisis económica de principios de este siglo, el acontecer comunitario e íntimo se hacen literatura.

Atinadamente observa Acebes que la narrativa de Chirbes cumple a rajatabla la definición que Balzac da de la novela como el arte de contar la vida privada de las naciones. Para ello convoca, más allá de los grandes de este mundo, la historia de todos y la de nadie, pues sabe que la novela que cada ser humano lleva consigo es la de la humanidad entera. Chirbes es muy consciente de que «contarla no es solo un empeño técnico, sino una decisión moral, la de ponerse en el lugar de otros», escribía Muñoz Molina en El País en 1996, hablando de La larga marcha. Y añadía: «de cualquiera de ellos, un peón de albañil o un médico represaliado, un cerillero fascista con las piernas cortadas o la hija rubia y roja de una familia bien de la calle Serrano».

Este apasionante trabajo está estructurado en dos grandes bloques. En el primero se examina la adaptación de la cultura, y en particular de la narrativa, al contexto de la época que convencionalmente llamamos Transición. Fue ese un proceso bastante menos modélico e incruento de lo que sus hagiógrafos pretenden vendernos. A la oscuridad residual contribuye la presentación de esta etapa democrática como un comienzo ex nihilo, una palingenesia. Se silencia interesadamente que debería haber sido la restauración de una democracia interrumpida por cuarenta años de muy dura dictadura. El tupido velo de indignidad que se corrió para condenar al olvido los desmanes de los tiempos de plomo y ceniza ha cargado con una pesada hipoteca vidas públicas y privadas. La verdad, una vez más, ha sido enviada al exilio.

En ese marco envenenado, la figura de Rafael Chirbes emerge con un proyecto ideológico y literario coherente y sincero, ajeno del todo a las modas y las tentaciones del éxito y el triunfo social. Como anota Acebes, en el maremágnum de escritores que volvían su mirada, con más o menos consistencia, hacia el pasado reciente de España, «destaca por su incidencia ética y, sobre todo, por tratarse de una toma de postura fundamentada en la revisión crítica, dialéctica y comprometida de dos hechos: la penosa posguerra y la Transición».

Un ecosistema cultural cada vez más acomodaticio convirtió a Chirbes en un outsider al hispánico modo. Resultaba incómodo para el establishment por su fidelidad a unas convicciones firmes, a un rigor ético incorruptible. El Sistema reaccionó a su independencia con el encasillamiento. Novelista social, autor comprometido, incluso cronista de la crisis fueron etiquetas que se le colgaron con el fin de anular su rebeldía. Él nunca respondió al estereotipo de contador de historias ni practicó el escapismo con barniz cultural al que estamos acostumbrados en estos pagos. Por eso, cuando se habla de él, se le suele despachar con un par de halagos vacuos que para nada se compadecen con la enormidad de su obra. Ignorado o evitado por tirios y troyanos ante su negativa a dar por buenos los sueños y quimeras de unos y otros, hizo de sus novelas la imagen viva de un tiempo, un lugar y unos seres humanos.  

«Esta apuesta de Rafael Chirbes por componer un relato colectivo de la España de los últimos años, reflejando los dilemas y tensiones que surgen del enfrentamiento del individuo con la sociedad en unos contextos de profundo desequilibrio, está ligada a su interés por capturar, a la manera de Balzac, las contradicciones de la vida privada del hombre».

Si la figura del novelista francés que quería hacer la competencia al registro civil surge con naturalidad al hablar de Chirbes, no es por azar. La obra del escritor valenciano es una comedia humana —demasiado humana, diríamos— a la española. Merced a una poética de deconstrucción, desmonta la realidad pieza a pieza para edificar con sus escombros una ficción con más vida. Apuesta, de principio a fin, «por una línea ideológica que, frente a los usos consoladores de la memoria o a la reformulación en clave posmoderna de un amable relato transicional, se define precisamente por mantener una clara conciencia crítica con la que conjugar las subjetividades de la memoria individual y colectiva», dice Acebes. Chirbes huye de lo bonito como de la peste, pues es muy consciente de que, según escribió en su día, «la buena letra es el disfraz de las mentiras».

El segundo bloque de Rafael Chirbes: tiempo, conciencia y poética se consagra a la exploración pormenorizada y honda de su arte narrativo. Con frecuencia el estudioso de un autor o una obra adopta el papel del guía en un viaje organizado. Decide cuáles son los puntos de interés y lo que sobre ellos hay que contar. Luego conduce a los visitantes a paso ligero de un lugar a otro sin prestar atención al recorrido. Álvaro Acebes procede de muy otra manera. Suministra al lector un impecable mapa del territorio, un GPS que le va a permitir desenvolverse, según sus gustos y necesidades, por los recovecos del mundo de Chirbes, que es el de todos nosotros.

Analizar (buena) literatura no es simplemente marear textos, y menos aún torturarlos para hacerles decir lo que uno quiere. Se trata de escudriñar universos —avatares diversos de la mente y las vivencias del autor— con la loable intención de mostrárselos a otros, de ofrecerles un billete hacia un destino desconocido, pero apetecible. La crítica literaria suele acercarse al texto como a un maniquí de escaparate. Explica y documenta su vestimenta, comenta diseños, colores y texturas, toma nota de sus formas y posturas, determina la estructura que lo mantiene en pie. En no pocos casos, la investigación se cierra ahí. Pero hay otra crítica, la que realmente importa, que añade una segunda visión: la del muñeco anatómico o las imágenes radiológicas. Atravesando la cubierta traslúcida, examina lo que se ve dentro, los aparatos, órganos y tejidos que hacen que el cuerpo funcione, que le dan vida. Así se llega, con conocimiento de causa, a determinar si estamos ante ficciones que generan verdad, un discurso con sentido y no meramente consentido, una visión de lo real o una diversión más.

La crítica que piensa la vida del texto y vive el pensamiento que en él alienta es la que practica Álvaro Acebes, con su atención minuciosa y su escritura transparente. El buen análisis de textos es metaliteratura. Y al ser la literatura producto del pensamiento, ha de remontar a través de las palabras hasta el espíritu que se hace carne en sus criaturas. Una labor con alma como la suya es, en el fondo, un diálogo entre dos conciencias a la vista de los lectores.

El primer atractivo de un texto se construye sobre sensaciones polimorfas e informes. El análisis razonado establece un orden, crea cosmos. Pero la obra no es mera transcripción del pensamiento o huella desvaída de una iluminación. Es misión del crítico no conformarse con ligar a los vocablos sentidos constantes y determinados. La lectura lenta y atenta, la digestión provechosa de lo escrito exige dar vueltas a su alrededor, como al contemplar una estatua. El ideal es mimar cada capítulo, cada párrafo, cada frase, cada palabra, para obtener todo el jugo que atesoran, explorando los matices hasta el fondo. En cuestiones estéticas, al igual que en otros campos, cuando lo urgente usurpa el lugar de lo importante, la excelencia hace mutis por el foro.

Acebes pasa detenidamente revista a los pilares sobre los que se asienta la creación de Chirbes. Así, los tres capítulos iniciales de la segunda parte del libro se dedican, respectivamente, al carácter histórico, fechado, de su arte, a su inserción en el realismo crítico y a su relación con la tradición. En cuanto al primer tema, escribe: «Donde la modernidad descubre los valores terapéuticos de la banalidad y alienación […] nuestro novelista conserva el compromiso y la obsesión por unos fantasmas que a la postre emergen a la superficie y revelan una lectura dialéctica y terrible del presente». Queda así puesta de manifiesto la vocación de fidelidad del autor hacia la verdad.

Ajeno a la mera adscripción al realismo como cajón de sastre, Acebes postula que «frente a una literatura desideologizada o complaciente, la obra de Rafael Chirbes, sin descuidar la preocupación por la construcción de la novela y la búsqueda de un estilo propio, constituye una defensa del realismo que acaba tomando los rasgos de una “opción política”». El auténtico realismo es y solo puede ser crítico, desmenuzar lo aparente para llegar a la verdad profunda de los hechos y los seres. El resto es sainete, costumbrismo o, en el mejor de los casos, periodismo rutinario. La habilidad narrativa de Chirbes es capaz, por ejemplo, de poner ante nuestros ojos la vileza de una dictadura que envenena la sociedad a la que oprime. La sombra de la tiranía es alargada y lo oscurece todo. No solo los comportamientos colectivos, también la vida privada y hasta las relaciones íntimas bañan en la abyección.

La tradición de la que Chirbes se siente heredero y depositario es, desde luego, la del realismo literario español, con frecuencia vilipendiado. Recordemos que algunas almas exquisitas colgaron nada menos que a Galdós el sambenito de Don Benito el garbancero. Sin embargo, Acebes se encarga de dejar claro que «España es la cuna de la novela realista, y de acuerdo con Chirbes, ese modelo se inició con La Celestina, pasó a la picaresca y a la novela cervantina, se retomó en España con las obras de Pérez Galdós y se extendió a los Campos de Max Aub, a las primeras novelas de Ramón J. Sender y las de varios de los narradores de la generación del 50, terminando por alcanzar a otros narradores contemporáneos como Juan Marsé o Juan Eduardo Zuñiga».

El compromiso sin fisuras de un autor con el realismo puede empujarlo a añadir más texto a una obra ya acabada, pero también a retirar de ella lo que considera que no se aviene con la verdad de las cosas. La honestidad intelectual y la pulcritud ética de Chirbes se ponen de manifiesto cuando, al reeditar diez años después La buena letra, decide amputarle el último capítulo.

«El paso de una nueva década ha venido a cerciorarme de que no es misión del tiempo corregir injusticias, sino más bien hacerlas más profundas. Por eso quiero liberar al lector de la falacia de esa esperanza».

Así, es labor de un auténtico lector compartir la desazón y la rebeldía de la protagonista y del propio autor. No hay cabida para las ilusiones en el país de la verdad. La realidad no caduca ni admite devoluciones. Llevarla por bandera es un inequívoco compromiso político y social. Contar la verdad es revolucionario.

Los cuatro capítulos finales de la segunda parte iluminan diversos aspectos de la obra de Chirbes, el lugar desde el cual escribe, la construcción de los personajes, su relación con la memoria, la historia y la literatura, amén de su responsabilidad como escritor. Son, pues, un análisis de los conceptos que figuran en el título del libro: tiempo, conciencia y poética. Álvaro Acebes vincula esos temas ofreciéndonos una atinada síntesis de la posición del novelista:

«Para el autor valenciano, todo discurso literario se perfila como una acción ética destinada a negar la posibilidad del olvido. Su literatura, siguiendo la perspectiva benjaminiana, se ocupa de preservar los discursos de los muertos frente a la amenaza de un presente que los condena a desaparecer».

La reivindicación de la memoria es hoy un acto de desobediencia ante el conformismo rutinario propiciado por el Sistema dominante, sus poderes fácticos y sus aparatos ideológicos. La literatura de Chirbes desestabiliza los relatos tranquilizadores de la irresponsabilidad posmoderna y pone el dedo en la llaga de nuestra tenebrosa actualidad.

Pero en ti, de
nacimiento,
espumaba la otra fuente;
por el negro
chorro Memoria
fuiste subiendo a la luz del día.

Paul Celan: Cambio de aliento


Rafael Chirbes: tiempo, conciencia y poética
Álvaro Acebes Arias
Trea, 2025
298 páginas
25 €

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona viveEl tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.


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