Creación

Mallorca

Lola Rodríguez tiene a veces sueños graciosos, y de uno de ellos resulta este relato fruto de la colaboración con su marido, José Manuel Ferrández Verdú, sobre una extraña ley nueva del Gobierno en relación con los embarazos en España.

/ un relato de Lola Rodríguez y Josema Ferrández /

—Estoy embarazada.

—¿Tú? Eso es imposible, y lo sabes.

—Pues es verdad. De tres meses.

—Tienes 69 años. ¿Cómo vas a estar embarazada? ¿No te das cuenta de que estás diciendo una tontería?

—Quizá sea porque el 69 es un número muy erótico.

—Será eso, ¡ja!

—Y además, según me ha dicho Lourdes, la hija de Rosario, ahora hay que ir a dar a luz a Mallorca.

—Eso tampoco me lo creo.

—Pues pregúntale tú. Ella fue el mes pasado a parir su tercer hijo, que por cierto es una niña. Me ha dicho que han promulgado una ley nueva que obliga a todas las madres a parir allí.

—Pero ¿cómo es posible?

—Es para fomentar la natalidad. El Gobierno te paga el viaje de ida y vuelta. Hay mucha gente que no puede ir de vacaciones a Mallorca y le hace mucha ilusión. Eso puede animarlas a tener hijos, aunque solo sea para pasar unos días en un sitio tan bonito. Y de paso ayuda al turismo de la isla, que estaba flojeando, últimamente.

—Bueno, no está mal pensado, mirándolo bien.

Al cabo de unos meses, nos embarcamos en un avión que nos condujo a la hermosa isla en un vuelo solo para embarazadas a punto de parir, acompañadas por sus maridos o parejas, según cada caso. Ya en la isla, nos llevaron en autobús hasta un enorme hotel construido junto a un hospital maternal, no muy lejos del aeropuerto, con la finalidad de atender a los contingentes de embarazadas que acudían de todas las regiones de España. Todo eran barrigas por doquier, carreras, roturas de aguas, familiares llegados para celebrar el evento tomando champan, etcétera.

Una vez que Lola tuvo a nuestro nieto, y tras estar dos días en el hotel, teníamos que embarcar de nuevo rumbo a la península en otro avión dispuesto para ello. Al llegar al aeropuerto junto con las otras madres que partían ese día, nos condujeron a todos a un lateral de las instalaciones. Al final había un pequeño chiringuito con mesas en una terraza, y junto al mismo un avión no muy grande, de hélices, se hallaba aparcado para partir con el cargamento de nuevos españoles.

Fuimos todos andando hasta el chiringuito; seríamos unas cuarenta o cincuenta personas adultas, con los recién nacidos en brazos o en los cubículos necesarios para llevarlos. Al llegar junto al avión, vimos al piloto apostado junto a la escalerilla, en camisa de manga corta, con la gorra hacia atrás, mientras fumaba un cigarrillo, como si fuera el chófer de un autobús de jubilados o de turistas.

—Bueno, qué, ¿nos vamos? Le preguntaron las primeras parejas al llegar a su lado.

—Nos iremos después de la paella.

—¿Qué paella?

—La que les tiene preparado el ministerio para que disfruten de su estancia en la isla. Tienen que comerla primero y luego subimos todos al avión y a casa otra vez.

Esto a algunas madres les hizo mucha gracia, pero a otras no, según como hubiera ido el parto y en qué estado se encontraran. No todo era la alegría que el Gobierno había previsto. Pero como las leyes están para cumplirlas, hubo que esperar a que la paella estuviera hecha. Una paella gigante que estaban preparando allí cerca, en una sartén también gigante. Muchas madres y padres con la alegría de los recién nacidos se apuntaron a ayudar en la elaboración de la inmensa sartén de arroz con mariscos del terreno, bueno, de los alrededores marinos, mientras se abrían docenas de botellas de litro de cerveza y la gente que estaba de mejor humor se lo pasaba en grande comiendo patatis y bebiendo cerveza fresca, pues ya hacía calor y daba gusto todo aquel jolgorio.

Luego se decidió comérsela directamente, tomando con la cuchara de la propia sartén para no perder demasiado tiempo, ya que unas cuantas madres no tenían muchas ganas de todo aquel jaleo y lo que querían era regresar lo antes posible a casa.

Por fin se llenó el avión y el piloto se puso la chaqueta y la gorra para conducir a los nuevos padres y sus cachorros hasta la península donde serían llevados en autobús de nuevo a casa.

—No sé en qué mejora el turismo. Nos marchamos enseguida. Ni siquiera nos han dado un paseo por la ciudad.

—Algunas familias sí se quedan, las que pueden.

Al cabo de unos meses leí en el periódico que el índice de natalidad parecía haber dejado de bajar y en Palma de Mallorca los hosteleros estaban la mar de contentos.


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