Noticias de ningún lugar

Los sacrificios de la eterna juventud

Michel Suárez prosigue su serie sobre los últimos días de la humanidad con este texto sobre el afán de conquistar la inmortalidad y algún magnate del capitalismo de riesgo que hasta se procura ondas de choque tres veces a la semana, para mantenerlo joven.

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I

El hombre descubre que la vida puede convertirse en mercancía y no desaprovecha la ocasión

Aunque cada época tiene sus pasiones, el furor por mercantilizar la vida y emular a Matusalén constituye una espectacular novedad histórica. Por un lado, la fusión definitiva de Estado, capital y ciencia, conocida por cuarta revolución industrial, ha culminado el proceso de cosificación del medio natural y el ser humano. Las ilusiones del progreso, electrificadas en el siglo XIX, ahora se han digitalizado. En realidad, lo que se ha digitalizado es la existencia, no las ilusiones, con vistas a su comercialización. Por otro lado, el envejecimiento, uno «de los mayores problemas de la humanidad», está en vías de ser resuelto definitivamente gracias a la tecnociencia. Muy pronto, la muerte será opcional, así que una preocupación menos.   

¿Queréis una síntesis del «humanismo digital»? Ahí va: «Dejad que los logaritmos se encarguen de vuestras funciones, conductas, sentimientos y relaciones; votad, pagad las cuentas, relajaos en un resort, portaos bien y despreocuparos de la vida. Eso es todo. Ah, y consumid a lo loco hasta que demos con el secreto de la inmortalidad, que os venderemos a precio de oro, si os lo podéis permitir».


II

«No te mueras»

Detengámonos un momento en esta simpática obsesión por dar con la fórmula de la eterna juventud. Como es sabido, el envejecimiento es un proceso que afecta a muchos seres humanos. Es una realidad triste, pero inevitable. ¿Qué puede tener de bueno envejecer? Nada. Hacerse mayor y perder facultades es la ruina definitiva. El mundo se vuelve hostil y la supuesta sabiduría derivada de la experiencia no restituye ni el vigor físico ni la voluntad de sensaciones. Poner fin al envecimiento y la muerte es, pues, una obligación moral. Por no hablar de la pasta que nos ahorraríamos en pensiones y gerontología. Ya pensaremos después dónde metemos a tanta gente.

¿Dejaremos al fin de resignarnos ante la imagen que devuelve el espejo en la senectud? ¿Las generaciones que habitamos actualmente el planeta estamos aún a tiempo de burlar a la parca? Es difícil responder a estas preguntas; en todo caso, los avances realizados por algunos hombres de ciencia y emprendedores de amplias miras invitan al optimismo.

Hay montones de ejemplos alentadores, como el de George Church, un innovador en el campo de la biología sintética, que ha creado Colossal Bioscience, empresa especializada en la manipulación del genoma animal, consagrada actualmente a la resurrección de mamuts. Y tenemos a João Pedro de Magalhães, pesquisador de la Universidad de Birmingham, a quien le encanta definirse como un «científico que planea vivir para siempre (¡hasta ahora todo va bien!)». ¿No son la mar de graciosos estos científicos?

Pero las barrabasadas sobre la inmortalidad no entusiasman únicamente a los científicos. Bryan Johnson, antiguo misionero mormón, también se las cree a pies juntillas. «He intentado convertirme en la persona más “No mueras” de la historia de la humanidad», declara con modestia. Anteriormente, Johnson ya se había alzado con el galardón a la «persona más mesurada de la historia de la humanidad». «Le entregué mi vida al algoritmo», confiesa. «Como lo que indica, hago ejercicio como lo prescribe y consumo cualquier molécula que señale». Sabedor de que «cada caloría lucha por su vida», nada que no sea «una supermolécula certificada por un laboratorio externo para detectar toxinas y otros factores» entra en su cuerpo.

Esta vida admirable que le permite tener la piel de un hombre veinte años más jóven, aparte de mucho dinero, exige mucha disciplina. Para «volver a tener dieciocho años» se acuesta a las ocho, lleva una dieta rigurosa, no ingiere alimentos después de las once de la mañana, cada jornada engulle un centenar de pastillas y se aplica siete cremas, se exfolia la piel semanalmente, sigue un régimen gimnástico espartano y utiliza el plasma de su hijo para hacerse transfusiones. Además, como buen «capitalista de riesgo», se regala terapias de ondas de choque en el pene: seis tratamientos, tres veces por semana, con el fin de mejorar el flujo sanguíneo.

«No te mueras», nos aconseja Johnson. ¡Ah, quién pudiera! La verdad es que esto de no palmarla está muy bien, pero cuesta un potosí. Recordemos que vivir más tiempo es un servicio como cualquier otro, es decir, un asunto de grandes inversores y mayores beneficios para los dueños del mercado. A la plebeya muchedumbre que se agolpó en la sede de Google en 2014 exigiendo a la compañía la «resolución de la muerte» no pareció importarle demasiado.


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Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.


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