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Regularización y moral pragmatista

Un artículo de Vicent Yusà sobre la perspectiva filosófica detrás de la decisión del Gobierno de España de efectuar una regularización masiva de inmigrantes.

/ un artículo de Vicent Yusà /

La reciente aprobación por el Gobierno de un procedimiento extraordinario para la regulación de las personas en situación irregular en nuestro país está generando encendidos debates políticos. Quienes se oponen a la medida basan su rechazo en un conjunto de falacias y sesgos que se apoyan en prejuicios racistas, la animadversión religiosa y la apelación a una supuesta desprotección de la población española.

Por su parte, los defensores de la regularización recurren tanto a argumentos de carácter moral como económico. La justificación económica se basa en razones de corte utilitarista (el mayor beneficio para el mayor número), que resalta las ventajas de la medida para el conjunto de la sociedad, como, por ejemplo, la sostenibilidad de las pensiones o el incremento de los ingresos públicos. Se trata, además, de impactos que pueden ser evaluados y cuantificados mediante los indicadores y herramientas de la ciencia económica.

Desde un punto de vista ético, se emplean diferentes enfoques que obedecen a los diversos modos de entender la moralidad y que, aunque coinciden en su finalidad, se apoyan en fundamentaciones claramente diferenciadas. Entre las principales perspectivas morales, cabe señalar la moral cristiana, una ética de raíz kantiana y el enfoque pragmatista.

La ética cristiana remite al mandato divino del «amor al prójimo» (ágape). Todos los seres humanos poseen dignidad por ser criaturas de Dios y, en la medida en que se trata de un mandato externo de obligado cumplimiento, los creyentes están llamados, por compasión, caridad y misericordia, a respaldar la regularización en la medida que representa tratar a las personas migrantes con la dignidad que les corresponde.

Otro enfoque, que no exige necesariamente la creencia en Dios ni en sus mandatos, es la moral de raíz kantiana. En este caso, las normas no proceden de una instancia externa (Dios), sino de la propia razón humana —la moralidad se fundamenta en una facultad específicamente humana: la razón—. Su guía de acción, la regla universal para obrar, se expresa en el imperativo categórico, que, en esencia, consiste en obrar del modo en cómo nos gustaría que nos tratasen a nosotros en una situación semejante. Naturalmente, esta ética kantiana considera que todas las personas poseen dignidad y deben ser tratadas conforme a la misma, siempre como fines en sí mismas y nunca como simples medios. La solidaridad, por tanto, deriva de la razón y adopta un carácter universal, sin importar las diferencias culturales, de raza o religiosas. En consecuencia, esta ética apoya la regularización, ya que nadie, en una situación de irregularidad, desearía ser tratado de otro modo.

La tercera perspectiva es la denominada ética pragmatista. Se trata de una moral de carácter secular que tiene sus orígenes en el pragmatismo estadounidense, una tradición filosófica que incluye a pragmatistas clásicos como Peirce (1839-1914) y Dewey (1859-1952), y que en épocas más recientes  ha sido desarrollada por neopragmatistas como Richard Rorty (1931-2007).

Los pragmatistas se sitúan en una posición abiertamente crítica frente al kantismo. Son antikantianos militantes. Para ellos, la moral no se fundamenta en la razón, sino en los sentimientos. En ese sentido, se aproximan más al filósofo ilustrado británico David Hume (1711–1776), quien otorgaba un papel central en la conciencia moral a la simpatía y la sentimentalidad. 

La moral, para los pragmatistas, está inserta en las relaciones sociales y se acerca más a conceptos como la prudencia, el hábito o la costumbre. En cierto modo, sería un desarrollo adaptativo y evolutivo de individuos y grupos para sortear las tensiones en el interior de la sociedad. Así, tanto la moralidad como la ley surgen al aparecer los conflictos; emergen cuando las rutinas y los hábitos ya no son suficientes para regular la convivencia.

Para los pragmatistas, el progreso moral se vincula con una sensibilidad cada vez mayor, con un incremento de la capacidad y la habilidad para responder a las necesidades y preocupaciones de una variedad cada vez más grande de personas, de ser cada vez más inclusivos. Se trata, por lo tanto, de afinar la sensibilidad frente al dolor, de responder a las necesidades y concepciones de más y más seres humanos distintos.

Por lo tanto, desde esta óptica, la regularización no solo mejora la cohesión social, reduce los conflictos y amplía las oportunidades colectivas, sino que constituye una muestra, un manifestación, del progreso moral de una sociedad.


Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas Otro fin del amor es posible, Obra abierta y El común desorden del amor.


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2 comments on “Regularización y moral pragmatista

  1. Miguel de la Guardia

    Totalmente a favor dela regularización, más por razones éticas y humanitarias que prácticas. No obstante me gustaría poner el acento en el hecho de que las regularizaciones evidencian la incapacidad de nuestros políticos de cualquier signo para organizar correctamente la inmigración en origen, ofreciendo un futuro mejor a las personas afectadas por guerras o problemas climáticos en función de sus capacidades.
    No es humanitario colaborar con las mafias que traen a España emigrantes irregulares en pateras con enormes riesgos para su vida y grandes beneficios para las mafias y la única forma de combatir estas prácticas es con un trabajo en los países de origen. Tampoco lo es hacinar a los emigrantes en centros en las grandes ciudades; en lugar de ofrecerles trabajo y techo en las zonas menos pobladas en las que están desapareciendo sus habitantes y se necesita urgentemente una repoblación….pero eso de planificar y trabaja me temo que excede la capacidad de una clase política especializada en organizar reuniones de puro postureo y lanzar mítines a sus propias audiencias. ¡Lástima! Perdemos todos.

  2. jmferrandezverdu@hotmail.com

    Merkel dijo que Europa necesitaba 50 millones de inmigrantes en los próximos 50 años, o cifras parecidas

    Respecto al imperativo categórico que menciona, señor Yusá, Kant nos dice cómo hacer el bien, no por qué

    Si dios no existe todo está permitido (Dostoyevski)

    Savater, en su ética para Amador, señala que por motivos egoístas nos conviene ser buenos y simpáticos, pues lo contrario puede hacernos más infelices

    El problema es que el deseo de felicidad y el deseo de hacer el bien suelen ir en distintas direcciones, la literatura se ha nutrido de este hecho miles de veces con resultados de todos conocidos.

    Creo que las sociedades tienden a hacerse egoístas con el bienestar, y si consienten en compartirlo es por interés mutuo.

    También que la inteligencia nos convierte igualmente en egoístas antes que en buenos

    La bondad es más un sentimiento que un razonamiento, y por tanto cualquier justificación racional resulta insuficiente

    Lo que crece como setas es la bondad de salón, esa que se ejerce desde una cómoda distancia.

    Pero siempre habrá idealistas como los que comprometieron su vida por venir a luchar a España a favor de la República por simple convicción y fe en sus ideales. O el heroísmo que demuestran personas anónimas en muchas ocasiones

    Orwell, en su «Homenaje a Cataluña», habla de los soldados españoles y lo hace con grandes elogios por su entrega y generosidad sin límites, gente que muy raramente se encontraba en los países europeos ricos

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