Poéticas

Poetisas frente al ‘poetarcado’

Laura Fjäder, Martha Asunción Alonso, Silvia Cosío, Yaiza Martínez y Maribel Tena responden a un cuestionario sobre la actividad poética y los retos a los que se enfrentan las mujeres poetas, que acompañamos con el prólogo de Ana Gorría a la 'Antología de poetas españolas' recién publicada por Alba Editorial.

Tomando como pre-texto la Antología de poetas españolas publicada por Alba Editorial, hemos tenido la oportunidad de hablar con distintas personas y agentes culturales estrechamente relacionadas con la creación poética. Las personas que han tenido la deferencia de respondernos así como la generosidad de encontrar tiempo frente a sus tareas habituales (trabajo, crianza, etcétera) para atender este cuestionario. Las mujeres con las que hemos podido charlar han sido Laura Fjäder, poeta y activista; Martha Asunción Alonso, poeta y profesora; Silvia Cosío, responsable de la editorial Suburbia ediciones así como destacada militante; Yaiza Martínez, poeta y periodista cultural estrechamente vinculada en el desarrollo del proyecto Genialogías, y Maribel Tena, profesora y poeta. Como invitación a la lectura, introducimos sus palabras con las palabras que abren la Antología de poetas españolas publicada por Alba Editorial y que abarca la obra de poetas que han desarrollado su obra entre los siglos XV y XX.


La herencia del olvido

/por Ana Gorría/

[El título hace referencia al muy importante filósofo Reyes Mate por su libro La herencia del olvido, piedra angular sobre la reflexión acerca de la memoria histórica que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en el año 2009].

ella se desnuda en el paraíso
de su memoria
ella desconoce el feroz destino
de sus visiones
ella tiene miedo de no saber nombrar
lo que no existe

Alejandra Pizarnik

No hay documento de cultura que no sea, al mismo tiempo, un documento de barbarie —afirma Walter Benjamin al aproximarse tanto al concepto de historia como al de justicia—. Y es desde el concepto de justicia reparadora y de memoria que hay que acercarse y valorar esta nómina de autoras, que si bien frecuentada y no ajena a los especialistas, suele ser escamoteada al lector común. Y es que las autoras que hoy tengo el placer de presentar han sido de forma sistemática canceladas, ignoradas, limitadas en la creación de sus textos y envueltas de reticencias cuando se trataba de aceptarlas como parte del genoma cultural y como modelos de relación proclives a constituir una genealogía al servicio del futuro y del presente: «Detengo el caminar por estos versos/ que recogen pedazos de memoria,/ porque es mucho y es nada tanto tiempo/ ofrecido a la fuga de una historia», como hace constar la poeta y académica Carmen Conde.

Teresa de Cartagena, una de las primeras prosistas en lengua castellana, deja testimonio ya en el siglo XV de las violencias y los límites a los que se enfrentan las mujeres creadoras a la hora de defender su obra y su capacidad como escritoras y lectoras:

Muchas vezes me es hecho entender, virtuosa señora, que algunos de los prudentes varones e asý mesmo henbras discretas se maravillan o han maravilado de vn tratado que, la graçia divina administrando mi flaco mugeril entendimiento, mi mano escriuió […] ca manifiesto no se faze esta admiraçión por meritoria de la escritura, mas por defecto de la abtora o conponedora della.

Este libro se adentra en un camino que sin haberse interrumpido en ningún momento, como una suerte de desafío continuo, ha sido por sistema invisibilizado. Reparar ese daño, tanto el pasado como el presente, delatar la herencia del olvido y propagar entre los lectores y las lectoras el deber de la memoria son sus objetivos.

Desde el 27 hasta el siglo XV, son multitud los nombres que en una batería de tonos han desafiado los límites y las violencias impuestos por la sociedad patriarcal, tal y como nos dice Violante do Ceo: «Mirad la tristeza mía/ y en ella conoceréis/ su tirano maltratar,/ mi continuo padecer», la condición que con precisa crueldad destaca Margarita Hickey: «De bienes destituidas,/ víctimas del pundonor,/ censuradas con amor,/ y sin él desatendidas;/ sin cariño pretendidas/, por apetito buscadas,/ conseguidas, ultrajadas;/ sin aplausos la virtud,/ sin lauros la juventud,/ y en la vejez despreciadas».

Ernestina de Champourcin (1905-1999)

De Susana March a Sor Juana Inés de la Cruz, de Leonor de la Cueva y Silva a Ernestina de Champourcin, de Elisabeth Mulder a Antonia de Mendoza… las autoras convocadas en esta asamblea de voces han confiado en la palabra poética para traer al aquí de la atención esa voz de la que en su momento nos hablara la poeta uruguaya Marosa di Giorgio: «Se oye una conversación lejanísima en el horizonte; es en voz baja, pero se oye claramente aquí».

«El sexo yace en paz, el alma duerme,/ no tengo voz y Dios está distante», afirma Susana March y el dictum bien podría extenderse al catálogo de maneras de estar sola que aquí se recoge: «Me escuché./ Tan sola dentro de mí,/ que salí fuera a llorar/ y no lloré», nos dice Marina Romero. Variadas y diversas, hijas de su tiempo, barrocas, románticas, renacentistas…, todas parten de su cancelación como individuos para explorar los perfiles y las siluetas de los afectos, logrando conquistas expresivas, impulsadas por un común anhelo creativo: «Llevo dentro del alma un amor a las cosas,/ Que es la esencia suprema de mi amor a la vida», afirma Josefina Romo Arregui en su poema «Ser fea».

Marosa di Giorgio (1932-2004)

No sólo su talento y su capacidad quedan de manifiesto en los versos que nos ocupan. Aquélla o aquél que se aproxime al libro constatará la reiteración de una serie de motivos excluidos de la lírica culta: la represión, el cuerpo, la maternidad, la belleza…;  temas que cada generación se ve obligada a descubrir por carecer de una genealogía que nos muestre, revele y proponga modelos de lo que hicieron antes ellas, las otras, que también somos nosotras: «¡Qué cerca está lo negro de nosotras!/ Siento tu latido de miedo en mi latido. ¿Por qué temes si soy yo/ más clara que la niebla y/ puedes caminar por mi transparencia?».

Quien se introduzca en este concurrir de poetas no encontrará un sujeto neutro (masculino) o que mimetice la escritura de los hombres. Todas ellas firman y escriben desde su propia experiencia, desde su situación como seres humanos y, sin lugar a dudas, como mujeres poetas que desafían el lenguaje común para poder decir mejor aquello que quieren decir, demostrando estar a la altura de sus colegas varones tanto en su dominio del lenguaje y la técnica como en sus aciertos imaginísticos.

Ya en el siglo XV, Florencia del Pinar ponía en pie uno de los poemas que a día de hoy siguen expresando la vigencia de los límites a los que se enfrenta y que ha de desafiar la voz de las mujeres: «Destas aves su nación/ Es cantar con alegría,/ Y de vellas en prisión/ Siento yo grave pasión,/ Sin sentir nadie a mía». La soledad perpetua del sujeto cancelado es uno de los motivos que articula esta representación de la poética escrita por mujeres, un aislamiento que se matiza y se enfoca en función de las distintas personalidades y de la situación histórica desde dónde escriben. Así, Josefina de la Torre canta a la autonomía y la libertad: «¡Mi falda de tres volantes/ y mi blusa desprendida,/ qué bien me adornan andares/ y brazos al aire libre./ ¡Cómo se ondea mi falda / desde el volante primero/ perseguida curva eléctrica/ hasta la rodilla firme!»; y María Teresa Roca de Togores nos muestra un secreto reservado al detalle femenino en su composición al abanico: «Eres frívolo y frágil, como el alma liviana/ de la grácil marquesa que te supo agitar./ ¡Oh, cómplice temible de la fiel cortesana,/ qué de intrigas contaras si pudieras hablar!».

Josefina de la Torre (1907-2002)
Carolina Coronado (1820-1911), en litografía de Luis Carlos de Legrand.

Pero no obviemos que la mayoría de las firmantes están altamente cualificadas y participan activamente en la sociedad de su tiempo, dentro de los distintos núcleos de saber de cada momento: las cortes, los monasterios, la prensa periódica, las universidades. La mayor parte de estas poetas optaron por convivir con sus colegas de igual a igual pese a que el espacio femenino estaba reservado al ámbito doméstico. Pensemos en la relación de santa Teresa de Jesús con san Juan de la Cruz. O en el prólogo que Hartzenbusch le escribió a la laureada Carolina Coronado. O en la relación intelectual de Dolores Catarineu con Juan Ramón Jiménez, que se convirtió en su valedor. Las autoras que aquí presentamos no son en ningún momento musas ni ángeles del hogar. Dignifican su propia condición, y realzan el valor de trabajos ignorados, cuando no denostados, por el relato patriarcal.

Ejemplo paradigmático de esa resistencia a convertirse en musa o en ángel del hogar es el caso de sor Juana Inés de la Cruz, Juana de Asbaje, la gran poeta barroca virreinal. A pesar de que no se la puede considerar una representante de la literatura peninsular, comparece aquí por su influencia decisiva en la poesía española posterior, amparándonos en la frecuencia de las relaciones trasatlánticas entre poetas barrocos. Cualquier lectora o lector de poesía no dudará en afirmar que el extenso poema aquí incluido, «Primero sueño», es uno de las grandes conquistas de la lengua española.

La biografía de Sor Juana Inés de la Cruz, que ha sido denominada la décima musa, nos da muchas claves para entender las conquistas de las mujeres, entre limitaciones y violencias, a lo largo de la historia. Y nos ha legado uno de los documentos autobiográficos más relevantes y todavía hoy vigentes para pensarnos como sujetos públicos:

El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones —que he tenido muchas—, ni propias reflejas —que he hecho no pocas—, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aún hay quien diga que daña. Sabe también Su Majestad que no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele sólo a quien me le dio… Y esto es tan justo que no sólo a las mujeres, que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras, en no siendo muy doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados; porque de lo contrario creo yo que han salido tantos sectarios y que ha sido la raíz de tantas herejías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades en la Ley (que es quien las rehusa); y así hasta que por decir lo que nadie ha dicho dicen una herejía, no están contentos. De éstos dice el Espíritu Santo: In malevolam animam non introibit sapientia. A éstos, más daño les hace el saber que les hiciera el ignorar.

Concepción de Estevarena (1854-1876)

Esta antología supone, por tanto, un esfuerzo al servicio de mostrar un sujeto cancelado, subterráneo, a menudo invisible. Conocerlas a ellas pone también de relieve los mecanismos de exclusión que nos gobiernan en la actualidad y que nos gobernarán si no emprendemos un esfuerzo común: el de transformar en costumbre lo que suele manifestarse como un estado de excepción. Romper los estereotipos dominantes sobre la producción literaria de las mujeres, favorecer la diversidad de registros y de medios donde expresarse, llevar una cuenta precisa de sus conquistas y fracasos, estar a la altura de sus retos. Y quizás se empieza entrenando nuestros ojos para saber ver lo que estas autoras nos proponen desde el pasado, como afirma Ana Caro de Mallén: «Noble lector piadoso, cuando leas/ este bosquejo de mi inculta pluma,/ y en cada letra mil defectos veas,/ pensando ver una perfecta suma,/ que deseé acertar es bien que creas,/ mas la materia es mar, mi ingenio espuma:/ halle mi hierro en tu intención disculpa/ si amor la suele ser de toda culpa»; con la hospitalidad de lector a la que alude Concepción de Estevarena: «Grande es tu corazón, porque consuela/ con el triste sufriendo:/ tu corazón es sabio porque sabe/ llorar males ajenos».

Protagonistas todas de una historia que no ha cabido y que no cabe todavía en los modelos imaginarios de una sociedad patriarcal, la herencia de su olvido nos obliga emprender trabajos arqueológicos como este que equivalen a salir al encuentro de las hermosas y brillantes ruinas que ha dejado la historia. Porque no olvidemos, como quería María Zambrano y nos recuerdan estas voces convocadas, que «la ruina es lo humano vencido y a la vez vencedor del paso del tiempo».


Cuestionario

/por Ana Gorría/

En primer lugar, me gustaría preguntaros por vuestra opinión ante el mercado de literatura de/sobre mujeres. En los últimos años se está prestando una especial atención al rescate de autoras olvidadas y, en ocasiones, se proyecta la literatura de mujeres en términos heroicos como excepciones a un sistema, que pueden llevar a pensar la producción cultural de las mujeres en términos de anomia (suicidios, fracasos literarios, inadaptación) en lugar de proyectar la vigencia literaria de las mujeres en la esfera pública tanto en el pasado como en el presente.

Laura Fjäder

Laura Fjäder.— La literatura ha sido un canal de difusión de modelos patriarcales. Inestabilidad emocional, victimización y sexualidad son algunos de los rasgos en virtud de los que se ha categorizado a las mujeres desde hace siglos. Es evidente que se han romantizado tanto la vulnerabilidad emocional como los conflictos a ella aparejados, para elaborar un criterio de valor que presenta como distintivos en la producción literaria de las mujeres la inadaptación, la depresión y el suicidio. Una muestra más del terrorismo simbólico que han enfrentado las creadoras y que ha cercado y acotado nuestro espacio.

Martha Asunción Alonso.— Me parece positiva, en general, esa reciente proliferación de iniciativas con vistas a reparar la invisibilidad de siglos sufrida por las creadoras. Sobre los criterios específicos de cada estudio o antología, habría que analizarlos individualmente.  Confieso no estar al tanto de los últimos ejemplos flagrantes de esa tendencia, si los hay. Intuyo que sí. Pienso, sin embargo, en un caso clásico que sí conozco, pues quizá todos en el microcosmos poético lo conozcamos: el volumen antológico Poetisas suicidas y otras muertes extrañas, de Luzmaría Jiménez Faro.

Si bien esta antología ofrece una muestra significativa en español de poéticas femeninas bien diversas e interesantes, que en su día hubo de contribuir sin duda a visibilizar obras injustamente tratadas por la posteridad, parece cierto que el enfoque elegido atribuye a las autoras en cuestión, seguramente desde la inconsciencia, una preocupante naturaleza anómala. Desde luego, cabe tratar de comprender por qué.

Trabajo a diario con niñas y adolescentes. Soy profesora. Esta profesión, que ejerzo con pasión desde hace casi diez años, me ha enseñado muchas cosas. Entre las más importantes, tal vez, a recordar cómo afrontaba determinadas encrucijadas del pensamiento, también del corazón, cuando yo misma era niña y adolescente. El camino hacia algunas conclusiones resultaba bien difícil por entonces. La senda a muchas otras era tanto más simple y rauda. Siendo niña, me parece, un relato como el que vehicula Poetisas suicidas… me hubiera llevado rápido a cavilar como sigue:

  • Todas estas mujeres escribieron poemas.
  • Todas estas mujeres murieron en trágicas circunstancias.
  • Por lo tanto, todas las mujeres que escriben poemas están llamadas a morir en trágicas circunstancias.
  • Las mujeres, en fin, ¡no debemos escribir poemas bajo ningún concepto!

Miro a mis alumnas escribirse versos las unas a las otras en sus carpetas. Apuesto a que no tardarían en llegar a la misma aterradora moraleja. Somos entrenadas desde la cuna para detectar los hipotéticos peligros del mundo mediante cuentos poblados de brujas malas y lobos feroces. Raudas intuimos lo que traduce este cuento: una advertencia, por no decir una amenaza letal: atención, queridas niñas, ¡no tocar el poema! El poema mata. El poema, a nosotras, nos mata. El poema es la manzana envenenada del cuento de Blancanieves.

Llegadas a este punto, se impone una pregunta: ¿por qué interesa tanto, y a quién, que las mujeres del mañana no alcen la voz para salirse del cuento? Intentaré a continuación ahondar(me) en el asunto. De momento, me permito citar, a modo de esquemático anticipo, a Stefan Bollmann: «las mujeres que leen y escriben son peligrosas» (2005).

Silvia Cosío

Silvia Cosío.— Nos encontramos ante dos problemas. El primero está en el mismo concepto de mercado cuando hablamos de literatura. Las mujeres hemos conseguido poner el feminismo en primer plano, nuestro discurso y reivindicaciones se han convertido en hegemónicas, el mercado y parte del mundo de la literatura es puro mercado, se apropia del discurso y de nuestras voces para ganar dinero y de paso conseguir un barniz de superioridad moral. Esto no quiere decir que no existan publicaciones comprometidas —esta antología es un ejemplo de buen hacer—; pero abre la veda para que se edite de manera acrítica, inundando el mercado de  productos que se entiende que en ese momento es lo que el público busca. Al final es un totum revolutum en el que lo bueno y lo malo no se distinguen y acaba por producir hartazgo. Lo hemos visto con la novela histórica o la literatura nórdica, en un todo vale en el que encima muchas autoras imprescindibles pasarán desapercibidas ante este aluvión de novedades.

Por otro lado, el precario conocimiento y el silencio casi absoluto que la literatura escrita por mujeres ha padecido, eliminadas del canon y los planes de estudios, es la causa de que las pocas mujeres escritoras que se conocen aparezcan como anomalías. Pero no es así: desde que se inventó la escritura siempre ha habido una mujer que ha tomado la pluma. Hasta ahora ha caído un telón sobre la literatura escrita por mujeres; de ahí que antologías como esta sean imprescindibles, porque se puede ver que existe toda una tradición literaria de mujeres.

Esto nos enlaza con el primer problema. Si en vez de aproximarse en términos de mercado, de demanda y beneficios, las editoriales hicieran una labor pedagógica y de contextualización, que también es la tarea de toda editorial —pues son algo más que empresas—, podríamos entender que, aunque sí es verdad que ser mujer y escritora se puede entender en términos de heroicidad, como ser mujer en general, las poetas, las novelistas, están adscritas a una larga tradición y lo que es anómalo no es que una mujer sea escritora: la anomalía es que durante siglos este hecho se ocultara.

Yaiza Martínez.— En mi opinión —y hablo solo de poesía porque creo que en narrativa tal vez la autoría femenina haya tenido algo más de presencia y de reconocimiento a lo largo de la historia—-, la recuperación de voces poéticas de mujeres sí puede entrañar cierto riesgo de heroización en este contexto en que cualquier cosa se destaca según los preceptos del marketing; en el que el marketing (o sus hacedores) se adueña de cualquier elemento de nuestra cosmovisión para vendernos algo. Sin embargo, el mercado no lo es todo, y en sus márgenes siguen creciendo la vida y sus múltiples manifestaciones, entre ellas la poesía escrita por mujeres. También crecen en los márgenes formas alternativas de visibilización de dicha poesía, en las que están jugando un papel clave Internet, las pequeñas editoriales, la organización en grupos de trabajo, como la Asociación Genialogías, etcétera. De este modo, mientras las grandes editoriales de poesía de este país a veces usan a las poetas para vender, como reclamo publicitario en un contexto en que cada vez se reclama más las voces de las mujeres (que, por otra parte, son las lectoras más asiduas de nuestra sociedad), en general creo que la autora-heroína se reconoce sólo como un tipo de autora entre otros tantos, del mismo modo que cada vez está más claro que hay muchos tipos de mujeres; supongo que casi tantos como mujeres. Al menos esta es mi percepción, seguramente sesgada porque suelo mirar la situación desde los márgenes. Si fuera una autora publicada en alguna de las principales editoriales del país, tal vez opinara de distinta forma, pues supongo que estaría viendo otras cosas.

Maribel Tena.— Cuando pienso en la cantidad de autoras que puedo leer y conocer ahora gracias a esta proliferación, creo que estamos de enhorabuena. Quiero pensar que ha llegado el momento de rescatar a tantas escritoras olvidadas, ahora rescatadas no por mujeres sino por excelentes. Se reeditan obras descatalogadas, se realizan tesis doctorales, se publican antologías y se inician proyectos para que entren a formar parte de los planes de estudio; con loables trabajos críticos y de investigación en la mayor parte de los casos que yo conozco. Pero sé que hay de todo en esta avalancha, por otra parte, y en este río revuelto puede nadar a sus anchas el sistema capitalista, en tanto en cuanto perciba la literatura y el feminismo como un producto de consumo más. El sistema está más que preparado para aprovechar la coyuntura y absorber o apropiarse en parte de este logro del feminismo, de esta labor de rescate. Ya lo ha hecho a través del sueño de emancipación laboral de la mujer (más trabajadoras, y más baratas) o de su libertad sexual (el cuerpo de la mujer también como producto y objeto de consumo). Temo que en algún sentido pueda suceder lo mismo en este ámbito y el mercado pretenda recuperar, siempre para su beneficio, la etiqueta literatura de mujeres, con todo el tufillo condescendiente y despectivo que ha tenido durante tanto tiempo. Que se convierta en una moda vacía de sentido. No sé definir de otra manera lo que ha pasado, por ejemplo, con las camisetas plagadas de lemas feministas que cosen mujeres esclavizadas en Bangladesh. Es en este sentido donde encaja esa proyección marginal de la literatura escrita por mujeres, incluso el aura de malditismo que rodea a alguna de ellas: vende más y mejor. Más allá de esta interpretación, que suele cargar las tintas en aspectos biográficos más que en los literarios, es cierto que algunas de las autoras que se están rescatando tuvieron que luchar frontalmente con un sistema que las excluía directa o indirectamente, no siempre como escritoras, pero sí como mujeres. Proyectar su vigencia literaria sería la mejor manera de recuperarlas hoy, no como un grupúsculo pintoresco y sufridor, sino como compañeras de generación de los autores que estudiamos, hijas y testigos de su tiempo, como ellos.

Esta conversación tiene como punto de partida la antología de poetas españolas realizada por la editorial Alba. Esta antología pone de relieve el olvido y la exclusión al que han sido sometidas las mujeres poetas desde el siglo XV hasta la actualidad. ¿Cuál creéis, como personas dedicadas a la creación, que han sido los motivos de este olvido creativo?

Laura Fjäder.— El privilegio de género de los varones sustenta las estrategias que nos invisibilizan como sujeto mujer, como creadoras. Se nos ningunea, se nos aplican (aún) etiquetas heredadas de los clásicos, se deslegitima nuestra producción. Aquí hablamos de poetarcado. No encuentro termino más preciso para ilustrar todo esto.

Martha Asunción Alonso

Martha Asunción Alonso.— Recurriendo de nuevo al trabajo de Stefan Bollman, en uno de sus últimos libros, parece claro que la relación de la mujer con el libro, a lo largo de los siglos, se ha dibujado como  una inclinación contra-natura, vicio o defecto a evitar a toda costa por las señoritas de bien: «una pasión con consecuencias» (2015).

Pero, ¿qué es una mujer de bien? Hace aquí su aparición el paradigma de la anónima mujer doméstica, en cuyos hombros recae el peso de la tierra que pisamos. La mujer de bien, así, pare bebés y no libros; amasa pan, nunca poemas. La santa mujer de bien es, pues, todo lo contrario a la fatal mujer creadora. Esta última se retrata bajo las facciones de la bruja que, además de saber, osa utilizar lo que sabe.  Los engranajes de nuestras sociedades patriarcales se aceleran ante la bruja. Son infinitos. A falta de hogueras, buenas son mordazas. Por el contrario, todo lo superior y relativo a los cielos (intelectualidad, poder, creación, gloria y posteridad) viene a integrar el hegemónico patrimonio masculino.

Los beneficiarios de tal monopolio son, claro está, los primeros interesados en asegurar su continuidad, con más o menos conciencia de ello. Volvamos, por un instante, al colegio. Volvámonos pequeñas para ver con mayor claridad. A diario, en el patio, veo cómo se producen disputas entre grupos de alumnos que pretenden jugar solos en el campo de fútbol durante todo el recreo. Las chicas, por lo general, se limitan a devolverles la pelota, animar y avituallar desde la grada.

No debe de ser difícil acostumbrarse a que siempre haya un par de manos de mujer, sin importar su nombre, para devolvernos automáticamente las pelotas perdidas, aplaudirnos, consolarnos en la derrota, rellenarnos las botellas de agua. Debe de ser bien confortable.  Cualquiera podría habituarse.

Por añadidura, nadie que haya creído poseer un campo de juego durante siglos lo cederá sin resistencia. Cualquiera que haya jugado durante siglos en el mismo campo, por humilde que sea, terminará pensando que el campo le pertenece, por una parte; y que nadie más puede ni debe igualarle en el juego, por otra.

A menudo pienso que en el patio de recreo laten las respuestas a tantas preguntas. El corazón del problema.

Silvia Cosío.— Hablamos de patriarcado, por supuesto. Si entendemos que la literatura es vista siempre como una acción de desestabilización social, el escritor como sospechoso o como insumiso, una mujer escritora es aún mucho peor. Una mujer que toma la pluma es una mujer que se rebela contra el lugar que tradicionalmente se nos ha dado: el hogar, los cuidados y sobre todo el silencio. A las mujeres se nos educa para estar calladas; la literatura nos dota de una voz universal e incontrolable. Hay una intencionalidad política y social en silenciar a las mujeres, eso está claro. También hay un olvido sin querer: el canon, hecho por hombres, apenas nos tiene en cuenta. Académicamente es muy fácil no tener en cuenta a las escritoras cuando estás acostumbrado a moverte en una realidad que se ve siempre desde la perspectiva masculina. Un male panel a lo bestia. Cuesta mucho cambiar de mentalidad.

Yaiza Martínez.— Como ha dicho en algún medio Nieves Álvarez, autora del exhaustivo informe «Descubrir lo que se sabe» sobre el machismo en los premios de poesía públicos de nuestro país entre 1923 y 2016 (Asociación Genialogías-Ediciones Tigres de Papel, 2018), los motivos básicos del olvido de las voces poéticas de las mujeres son el poder y el dinero.

El machismo (que también condiciona el ámbito de la poesía) es una forma de poder respaldada por relatos degradantes sobre las mujeres (por ejemplo, los de la Iglesia, como denunció ya en la Edad Media Cristina de Pizan), con los que se ha justificado todo: desde el ninguneo a la cosificación de las mujeres; desde el sometimiento en los hogares hasta las violaciones o los asesinatos. Bajo su criterio, la autoría de las obras artísticas, científicas, filosóficas, etcétera, de las mujeres ha sido anulada (y a menudo robada) sistemáticamente a lo largo de la historia.

La consecuencia es que, en el reparto de poder y con ello de los recursos (también económicos), algunos se han quitado de en medio la competencia de más de la mitad de la humanidad, de las mujeres; del mismo modo que otros han esquilmado en su propio beneficio otras culturas, otros pueblos, otras tierras, etcétera.

El olvido de la poesía escrita por mujeres es, por tanto, solo una parte de un contexto general.  Su consecuencia es, como ha explicado Noni Benegas (Ellas tienen la palabra: las mujeres y la escritura, FCE, 2017), que las poetas mujeres quedan fueran del llamado campo literario, ajenas al poder y al dinero que este genera. Esto se traduce en un menor reconocimiento por méritos propios, en una falta de recursos para poder seguir creando, a menudo en soledad; y casi siempre en una nula aparición en libros de texto y otros medios de transmisión de la cultura a las generaciones subsiguientes. Sólo por mencionar algunos efectos de esa exclusión.

Maribel Tena.— Básicamente, debido a una visión sesgada ya no sobre la literatura, sino sobre el mundo. La historiografía literaria no ha hecho más que reproducir y perpetuar este sesgo. Creo que las razones del olvido, cuando no del menosprecio frontal, tienen que ver con el patriarcado y sus ramificaciones en los ámbitos familiar/social (roles de género, división del trabajo), cultural (la mujer como objeto cultural, más que como sujeto), político (la condena al silencio por su ideología) o profesional/económico (en este sentido, es interesante volver a releer a M.ª Ángeles Maeso, que reflexiona sobre la posibilidad de que las escritoras del XIX fueran denostadas —también— porque eran competidoras directas en un mundo literario en el que los escritores empezaban a vivir de su trabajo).

Lo cierto es que toda esta amalgama de factores, que se sostienen en el tiempo adoptando diversas formas y grados, provoca que no hubiera apenas escritoras en el programa de estudios universitarios que cursé y que siga sin encontrarlas en los libros de texto con los que trabajo a diario. Aunque creo que la recuperación es imparable.

Esta antología muestra una serie de firmas que se ocupan de motivos denostados tanto por los autores de la lírica culta como por aquellos críticos, antólogos e historiadores que se han ocupado de la producción cultural. ¿Consideráis que alguno de estos motivos os pertenecen como personas dedicadas a la creación? ¿Conociáis a alguna de estas autoras antes de conocer la recopilación? Si ese es el caso, ¿cómo habéis accedido a ellas?

Laura Fjäder.— En mis libros de texto no se recogía una genealogía de creadoras que enfrentara la tradicional, patriarcal y normativa. Para mí fueron clave, y lo siguen siendo, no sólo el boca a boca entre mujeres lectoras, sino también, a modo de eslabones, de pistas, las citas de aquellas autoras que encabezaban los poemas de otras.

Martha Asunción Alonso.— Entre las autoras recogidas, no conocía a tantas como me hubiera gustado. Por ello, me he adentrado en la lectura con la emoción de una niña la mañana de su cumpleaños, agradeciendo cada nombre y cada poema como el regalo que son.

Mi desconocimiento crece a medida que nos alejamos del siglo XX. Conocía y había leído, con intensidad y dedicación variables, a casi todas las poetas del pasado siglo. Mi llegada a sus poéticas se produjo, en todos los casos, fuera del contexto académico aunque en etapa de estudiante universitaria, siendo fruto de mi búsqueda personal como ávida lectora y poeta en germen.

Silvia Cosío.— Yo conocía a algunas de las autoras antologadas, sobre todo a las mujeres de la Generación del 27, porque afortunadamente se ha hecho en los últimos años una buena labor de reivindicación y recuperación. Además, han sido muchas horas de charlas con mi amiga Elisa Sánchez Prieto acerca de todas ellas. Y aunque suene un poco friki, tenía bastante bien localizadas a sor María de la Antigua, sor Jerónima de la Asunción y sor Ana de San Bartolomé por un pequeño estudio que realicé para un proyecto que estoy pensando escribir sobre los conventos como lugares en los que paradójicamente, muchas mujeres pudieron desarrollar sus habilidades al lograr escapar del matrimonio y la maternidad.

Maribel Tena.— Creo que no hay motivo que no pueda hacer suyo quien se dedica a la creación, sea hombre o mujer. Otra cosa es que haya habido determinados temas que han sido despreciados por asociarse permanente e interesadamente a la literatura escrita por mujeres, dando forma y contenido a la peligrosa etiqueta de literatura femenina. Pero además, sí, me pertenecen también esos motivos como creadora y como lectora que participa de la mirada de las mujeres sobre el mundo.

De las autoras que recoge la antología, conocía únicamente a unas quince, y de algunas sólo el nombre, porque no las había leído. He llegado a ellas en los últimos tres o cuatro años (exceptuando a las clásicas que vi en la carrera), a través sobre todo de redes sociales y páginas de internet/blogs/prensa sobre estas autoras o sus obras, gracias a esa labor de rescate. En ese sentido, asociaciones como Clásicas y Modernas o Genialogías han sido fundamentales para alimentar esta inquietud en mí y explorar caminos que me lleven hasta ellas.

A bote pronto, y en una lectura rápida del texto que admite muchos matices, parece que esa lírica recoge una serie de motivos que el corpus literario no ha sabido integrar: el deseo femenino, la represión, la maternidad, la inclinación a la belleza como temas fundadores… ¿Creéis que este tema ha sido resuelto en la literatura contemporánea? ¿Quiénes creéis que son las autores o los autores en los que se ha fundado la visión sobre la que están construyendo su propuesta las actuales líricas femeninas?

Laura Fjäder.— Afortunadamente, y a pesar de todo lo que es necesario reelaborar desde criterios que desafíen lo normativo, lo oficial, existe una contrahistoria que pone encima de la mesa todo el peso de las maestras. Bebemos de autoras magníficas: Monique Wittig, Gloria Anzaldúa, Concha Espina, Clarice Lispector, Cristina Peri Rossi, Carmen Conde…

Martha Asunción Alonso.— Pienso que se trata de una batalla en curso. En el panorama contemporáneo, asistimos e intentamos contribuir, con nuestras respectivas pequeñeces, a la escritura del capítulo de la normal visibilización del cuerpo de la mujer, con sus inquietudes y vivencias diferenciales en femenino.

Como poeta, aportar algo a esta cruzada que sabemos se está librando, aportar así sea un grano de viento, no es fácil. Implica reconocer, en un primer movimiento, los reflejos simbólicos heredados de una tradición poética incompleta, privilegiada por el sistema de enseñanza. Implica lidiar con el sentimiento de orfandad que supone bucear en los márgenes de ese canon hasta encontrar las voces y el lenguaje que, sin saber bien cómo, sabíamos con certeza que habían sido amputados de nuestro equipaje de afectos. Implica superar la estupefacción, después la incomprensión y la rabia que emergen al darnos cuenta de que nos durmieron por mucho tiempo cantándonos una nana a medias. Recomponer el puzle. Situarse. Perderse. Reposicionarse. Reeducar, reaprender la propia voz. Entre medias, siempre, defenderse. Entender y aceptar que una siempre tendrá que defenderse. Con suerte, ir encontrando en la ruta a las hermanas. Entendernos. Dejar de estar huérfanas. Defendernos.

No es fácil, no. Pero es hermoso. Y, sobre todo, es lo que toca.

Hoy más que nunca. La página continúa siendo escrita en estos momentos. La literatura camina de la mano de la vida y el progreso social. Y, teniendo en cuenta el repunte de ataques frontales a nuestros derechos y libertades que las mujeres venimos sufriendo en los últimos tiempos a nivel global, no es momento, no, de dar ni un solo verso por ganado.

Silvia Cosío.— Probablemente porque en el fondo siguen siendo los temas que nos mueven, la educación femenina se basa principalmente en la represión de las pasiones y los movimientos, en la contención, en la glorificación sagrada de la maternidad, en la belleza. Luchar ante la imagen que la sociedad ha creado de nosotras, mirarte en el espejo y descubrir que no eres ni puedes ser eso que se ha llamado MUJER, es complejo. Seguimos dando vueltas sobre ello. Quizás ha cambiado el enfoque. Afortunadamente, nos enfrentamos a esto con mayor sentido del humor y desde la sororidad. Una de los grandes hallazgos del feminismo ha sido el construir un lenguaje en el que nos protegemos las unas a las otras. En la literatura esa sororidad, ese acompañar, se va notando. Muchas poetas nos escriben directamente y nos ayudan a ir soltando lastres y pesos. Hay que pelear para que estas mujeres estén en el canon: es la única manera de que lleguen a las generaciones posteriores; de que sus versos se hagan tan populares que las siguientes Concha Méndez o Blanca de los Ríos puedan presumir de querer destruir la tradición canónica. Así llegará la verdadera normalidad.

Maribel Tena

Maribel Tena.— En principio, sí podríamos decir que está resuelto, en la medida en que está integrado, en que existe un número significativo de voces que ha incorporado estos motivos a sus obras. Lo había estado antes, como excepción o margen (ahora lo sabemos porque las vamos conociendo) y está ahora también, por fin con una presencia (más) visible de mujeres escritoras, cuya visión del mundo faltaba en el canon. Una mirada, desde la condición de mujer, que considero imprescindible por ser la voz de un sujeto deseante (que antes había sido sólo objeto deseado); la voz de quien ha sufrido históricamente y en su propia carne la opresión/represión; la voz de la madre que se dice madre con todas sus aristas y la voz rota o firme de la no madre, rompiendo ambas los estereotipos sobre la maternidad idealizada.

Respecto a sobre qué autoras o autores se funda las actuales propuestas líricas femeninas, creo que además de haberse nutrido del canon heredado (compuesto mayoritariamente por escritores hombres), es cada vez mayor el caudal de autoras que conforman una excelente genealogía literaria. Voces del pasado y del presente con las que las autoras contemporáneas dialogan, en una algarabía enriquecedora, reconstruyendo la tradición y la vigencia de la palabra literaria, que es libre por naturaleza y nos habla a través del tiempo.

Si habéis leído la antología, que no es una última propuesta sino una invitación a abrir puertas en la lírica femenina, ¿habéis encontrado alguna poeta que consideréis que tiene vigencia en el presente? ¿Hay algún verso que os haya marcado?

Laura Fjäder.— Me fascina sor Juana Inés de la Cruz. Toda su producción es poderosísima. Ha sido maravilloso reencontrarla en esta antología.

Martha Asunción Alonso.— Personalmente, me conmueve el canto maternal de Susana March; la sensibilidad de ese yo poético que, maravillado ante la desprejuiciada e innata sabiduría infantil, se avergüenza de su «cuitada condición de adulta».

Me estremecen asimismo las aberrantes violencias masculinas que entreveo tras versos de Elisabeth Mudler como «anoche soñé que un pulpo me quería». Este poema del siglo pasado me parece de total actualidad. Podría llevar como subtítulo ese hashtag que se viralizó hace nada: #MeToo. Me provoca, en tanto que mujer que ha sufrido, una empatía profunda hacia la hermana; y me hace pensar en graves acontecimientos ocurridos recientemente en España, a saber, la absolución de la abyecta Manada de violadores por parte de la justicia patriarcal.

Silvia Cosío.— Lo hermoso de esta antología es que sirve para crear el canon de la poesía escrita por mujeres en castellano; y como buen canon, es algo que debemos usar como un bastón en el que apoyarnos y que nos ayude a caminar. Todas ellas tienen vigencia en tanto que todas ellas forman parte de la tradición. Personalmente siento más cercanía con autoras como Carmen Conde por el uso del lenguaje. Sin embargo, lo que más me marca, más que un verso concreto de una autora, es el tema recurrente de la falta de voz; de sentirse no escuchadas porque en el fondo ese ha sido nuestro problema: el que se nos ha silenciado. No nos nombran, no existimos.

Maribel Tena.— Aunque no he podido aún leer con profundidad y calma la antología completa, sí he leído a algunas autoras cuyos versos han llegado hasta mí, hasta mi presente, con toda su fuerza. Algo de lo que dicen me interpela directamente. Así me ha sucedido con Carmen Conde, Josefina Romo Arregui o Elisabeth Mulder, que me son cercanísimas, pero también con descubrimientos como los de Margarita Hickey o Sor María de la Antigua.

Seleccionaría muchos versos (en el caso de algunas como Carmen Conde, me cuesta decidir cuál), me quedo con estos tres:

el mundo iluminado, y yo despierta. (Sor Juana Inés de la Cruz)

Voy a erguirme sin túnica ante tus ojos claros (Ernestina de Champourcin)

¿qué han de decir los vivos de una muerta? (Carolina Coronado)

Por ultimo, la antología se cierra en el grupo poético del 27 con poetas que han sido ignoradas (no aparecieron en las antologías de Gerardo Diego). ¿Consideráis que estos mecanismos de exclusión son vigentes en la actualidad a la hora de expulsar a las mujeres del espacio público? ¿Cómo podemos las mujeres escapar a la condición de subalternidad que se nos asigna en cualquier espacio de la vida y, también, de la poesía?

Laura Fjäder.— ¿Dónde queda el relato de las mujeres cuando el mecanismo para invalidarnos se centra en maniobras de desprestigio con el fin de silenciar nuestro discurso? Deconstruir con enfoque feminista el capital simbólico, intervenir el lenguaje y desactivar determinadas formulaciones, además de posicionarnos al lado de nuestras compañeras, son condiciones imprescindibles para reescribirnos fuera de cánones limitadores, transformar nuestra realidad y caminar hacia nuevas subjetividades.

Martha Asunción Alonso.— Hace sólo un par de años, un destacado editor de poesía declaraba sin ambages a los medios que las poetas no estábamos a la altura de los poetos. Él lo diría con sus palabras, claro, pero la idea era ésta. No parece posible pensar, así las cosas, que esos mecanismos de exclusión no sigan vigentes. De hecho, se han vuelto descarados hasta límites increíbles. Bien mirado, quizás esto sea una buena noticia. Quizás —ojalá— este tipo de rabietas sin disimulo anuncien la gran llantina final; sean el penúltimo e inútil coletazo de desesperación por parte del príncipe destronado consciente, tan a su pesar, de que su exclusividad terminó.

Entretanto, nosotras sigamos cultivando el arte del lazo. Nombrando a las hermanas, acompañándonos, reparándonos, comprendiéndonos, aprendiéndonos unas a otras. Practicando eso que los textos feministas teorizan como sororidad.

Silvia Cosío.— Si al machismo endémico le sumas el ego, es normal que las mujeres tengamos las de perder. Nos excluyen porque supongo que es complicado tener que pelear también con nosotras en ese batalla de «mírame mamá, ahora sin manos» en la que se está convirtiendo el panorama de la literatura en España. Parte de la tradición ha sido silenciada y tenemos que combatir esa imagen de entes anómalos. Sin embargo, escapar del papel de secundaria de lujo está empezando a verse que es posible si nos mantenemos juntas. El feminismo nos ha enseñado que juntas somos fuertes. La solución es la de construir espacios de mujeres, seguir tejiendo redes de sororidad y colaboración y levantar la voz. Se acabó tener miedo a que parezcamos poco delicadas por gritar y enfadarnos.

Yaiza Martínez

Yaiza Martínez.— Creo que los mecanismos de exclusión se mantienen. Volviendo al informe de Nieves Álvarez, a pesar de que, desde 2007, la ley para la igualdad efectiva de hombres y mujeres promulga la paridad en los jurados de premios de poesía públicos de nuestro país, esta ley aún no se cumple. Las cifras estadísticas del informe hablan por sí solas: entre 1923 y 2016 los hombres ganaron el 82% de los 48 premios estudiados; y en estos la participación de las mujeres en los jurados fue de solo un 15,82% (además, muchas de estas mujeres fueron secretarias sin voz ni voto).

Por otra parte, aunque algunas grandes editoriales se jactan últimamente de tener en sus catálogos muchos nombres de mujeres, basta con contar para ver que en ellas, salvo excepciones, la representatividad de autoras no suele superar el 10% (esto supone que el 90% de sus autores son hombres).

Tampoco se da una atención justa a la poesía escrita por mujeres desde los medios de comunicación: las obras poéticas de las mujeres suelen carecer, mucho más que las de los hombres, de lecturas críticas, incluso cuando su calidad está fuera de duda.

Al mismo tiempo, nos enfrentamos al problema de la escasa cantidad de estudios rigurosos sobre la poesía escrita por mujeres, entre otras causas porque los textos de las autoras a menudo ni siquiera están al alcance de las personas que pudieran hacer dichos estudios, por ejemplo autores/as de tesis o de artículos en revistas especializadas.

Así que, aunque es verdad que se ha avanzado mucho, aún queda mucho por hacer.

Maribel Tena.— Siguen vigentes, sí. No son tan explícitos, tan evidentes, pero ahí están en muchos ámbitos esos mecanismos de exclusión. Sólo hay que echar un vistazo a los datos objetivos del mercado laboral (desempleo, sueldos, puestos directivos, trabajos domésticos y de cuidados, etcétera); de los puestos de poder (político, económico, judicial, empresarial, institucional); o, en el ámbito cultural que nos atañe, los datos (escandalosamente magros) sobre escritoras premiadas, académicas, mujeres participando en jurados literarios (de premios sostenidos con dinero público), la nómina de poetas en las antologías publicadas hasta ahora, las escritoras (científicas, filósofas, pintoras…) que aparecen en los libros de texto y un larguísimo etcétera. Eso es lo que veo si miro hacia atrás, pero esta antología y otras muchas publicaciones y proyectos me animan a pensar que algo está cambiando hace tiempo. Que esa visibilidad y la comunicación viva con estas autoras excelentes seguirá creciendo. ¿Para escapar? En el caso del espacio poético, leer. Comprar sus libros y leerlas. Compartir sus poemas como quien esparce semillas. Y para todo lo demás, en cualquier espacio de la vida que queramos ocupar y compartir, no conozco otra receta que la sororidad entre nosotras y el feminismo entre todos.


Ana Gorría (Barcelona, 1979) ha trabajado como investigadora contratada en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y formado parte de un grupo estable de investigación en dramaturgia contemporánea además de haber sido integrante de varios proyectos I+D+i. Sus textos críticos, ensayos, entrevistas y reseñas han aparecido en diversas revistas tanto de ámbito generalista como de especialidad: Ínsula, Escritura e Imagen, Quimera, Público, Sesión no Numerada y Revista de Literatura entre otras. Desde el año 2004, además, ha desplegado su creación poética en diversos libros, recitales y colaboración con artistas plásticos, compositores, creadores escénicos. Fue responsable, en colaboración con Raquel Jimeno, del proyecto expositivo Gesto sin fin, que se mostró como exposición temporal en el Museo de América en el año 2013. Así mismo, ha realizado diversas versiones, sola o en colaboración, de la lengua catalana, gallega e inglesa.

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