/ Noticias de ningún lugar / Michel Suárez /
Una versión de este artículo fue publicada originalmente en el Anuario de la Sociedad Protectora de la Balesquida de Oviedo en mayo de 2026.
Cada aparición pública de Felipe VI es una oportunidad para que los árbitros del gusto indumentario posen de obedientes aduladores. Desde los más superficiales a los más eruditos, nuestros cronistas se ponen fuera de sí encomiando el esplendor sartorial de este socio del exclusivo club de «cabezas coronadas». Es como si los viera: «Felipe se ha presentado no sé dónde, ¡rápido, sacad la lira!». A mi juicio, qué queréis que os diga, «el primero de los españoles» es, desde el punto de vista estético, la imagen viva de un naufragio, y ha dejado de sorprenderme que, en lugar de un veredicto poco favorable, abunden los elogios. ¿Ignorancia, mansedumbre, costumbre? Quién sabe. En todo caso, el reconocimiento general y su propia complacencia le hacen un flaco favor al monarca, pues no son acicates para la mejora. Este es el gran peligro de contentarse con mediocridades.
Como os veo venir me cuararé en salud. Diréis: «Que haya una sola manera de ser elegante, no sólo está por demostrar, sino que lo estará siempre. A la legua se ve que es usted un amante de esos catecismos del “hombre elegante”, un dogmático que pasa fácilmente de los sistemas a los prejuicios». Lo que vosotros queráis. Arrastrar un pantalón es un ejercicio de libertad, pero, sed sinceros: ¿es visualmente agradable? Convendréis, al menos, en que la elegancia es cuestión de sutileza, buen juicio y adecuación. Bien, pues ahora voy a deciros una cosa que dolerá a los felipistas incondicionales. Pese al empeño de palafreneros, tiralevitas y cronistas lisonjeros, Su Alteza Real no es, no lo ha sido nunca, un elegante. «¡Miente usted!». ¿Eso pensáis? Bien, ahora mantened la calma y dejad que me explique.
Cuando Felipe VI se deja llevar por su propio criterio aflora una vulgaridad muy del gusto actual. Siempre que se sale del protocolo, mete la pata. Lejos de palacio, sin sus anodinos trajes artesanales, la elegancia hay que suponerla. En tiempos de canícula, la nobleza indumentaria, ¡ay!, se va al garete. En el campo la cosa no mejora. Os pondré un ejemplo. Con motivo de la entrega del galardón de Pueblo Ejemplar de Asturias 2025, el monarca rindió en Valdesoto uno de sus habituales tributos a la sosería y la incorrección. Aquella mañana de finales de octubre Felipe se presentó vestido como cualquier hijo de vecino. Figuraos que os topáis en una caleya con un hombre en pantalones vaqueros, camisa blanca de cuadros a cuello descubierto, parka corta y toscos zapatos con suelas Vibram. ¿Dirías que es el mismísimo rey de España? Obviamente, no. ¿Es esta debacle, tal vez, el borrón del mejor de los escribanos? ¿O se debe a un simple descuido? Oh, amigos míos, nada de eso. Se trata, sencillamente, de las habituales malas pasadas de una imaginación escasa.
De todas las horas del día, las matutinas son especialmente propicias para la exuberancia. Así pues, en lugar de ese calzado grosero y una parca sintética, el rey podría haberse decantado por un hermoso par de Oxford full brogue y la sofisticada rusticidad de las chaquetas de tweed. Ciertamente, la relajación absoluta no conviene en un acto institucional; sin embargo, en un marco rural, el uso generoso de martingalas, fuelles y bolsos de parche le habría sentado de maravilla. En relación al conjunto, ¿por qué adoptar ese tono apagado que, lejos de fundirse con el entorno, discrepa violentamente con la paleta otoñal? El único lugar donde los tonos apagados se funden con el entorno es una carbonera.
Sobre la disposición de los detalles (flores, joyas), poco hay que decir porque no hay detalles que valgan en un conjunto de vaqueros y parka. George Frazer observó que la mayoría de hombres «mejor vestidos» rara vez llevaba ropa confeccionada. Felipe VI confirma esta máxima. ¿Resulta esto decepcionante? En absoluto. Quien nunca promete, nunca decepciona. ¿Vais entendiendo?
«Es usted un criticón; sólo quiere confundir e indisponer al respetable contra el símbolo de la unidad de la patria. La verdadera elegancia es llevar cosas prácticas y adecuadas al momento», replicáis. Ah, ya veo; confundís la elegancia con un decoroso pragmatismo. Hacéis mal. Ignorar la belleza de las formas y empequeñer el placer estético, delicados encantos que hacen más agradable la existencia es, permitidme que os lo diga, faltar gravemente al espíritu.
Ahora bien, esta prudente vulgaridad que hacéis pasar por campechanía, ¿responde a una estrategia para «acercar la monarquía al pueblo», o al hecho de que Felipe VI no reúne ni el talento ni la voluntad necesarios para aspirar a la elegancia? Ambas cosas. Es tanto el fruto de un plan de modernización, es decir, degradación, del simbolismo real, como prueba de la incompetencia estilística de Felipe VI.
«¡Es usted un calumniador! Pregunte a los especialistas, a sus homólogos, ¡pregúntele al pueblo! Todos le dirán que nuestro rey es el más correcto y discreto a la hora de vestirse». No insistáis. Os recuerdo que la corrección y la discreción no están reñidas con un gusto defectuoso. El primer mérito de un elegante es un afinado sentido de la armonía. Y aquí no hay ni armonía general ni juego de proporciones ni gracia de líneas ni uso razonado del color. «Los aristócratas y los plebeyos, siendo razas genuinas, están exentos de vulgaridad», escribió Bernard Berenson. «La vulgaridad es un privilegio de la clase media. Pero los muchos aristócratas que son vulgares sobrepasan toda vulgaridad». Así es, estimado Bernard. Hoy, en elegancia como en moral, la nobleza ya no obliga.

Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.
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