Arte

Donde el verano se interrumpe: la playa de Maxwell Stevens

Andrea García Casal recorre Surfside, la muestra de Maxwell Stevens en la galería ONETWENTYEIGHT de Nueva York (hasta el 11 de octubre): playas donde los cuerpos se rozan sin tocarse y la pintura, entre Sorolla y la abstracción, interrumpe el verano.

/ por Andrea García Casal /

«Se está en la playa como si fuera el extremo del mundo conocido, contemplando lo desconocido más allá del agua. Los innumerables granos de arena en la costa, el lejano horizonte y las ilimitadas aguas bajo un cielo infinito pueden inspirarnos sentimientos de pavor y respeto, o simplemente de diminuta insignificancia»

Ami Ronnberg y Kathleen Martin (eds.): El libro de los símbolos, 2010)

La playa aparece, en las pinturas de Maxwell Stevens, como una zona de borde: no tanto un paisaje delimitado como una condición perceptiva. Es el lugar donde la tierra termina y donde el ojo, enfrentado a la continuidad del mar, se encuentra con una extensión que no puede poseer. Pero también es un espacio social, una superficie poblada por cuerpos expuestos, objetos provisionales, conversaciones interrumpidas, miradas que se cruzan o se esquivan y pequeñas coreografías de descanso. En Surfside, la orilla no funciona como el fondo amable de una escena de verano, sino como un campo de tensión entre lo común y lo íntimo, entre la presencia física y la distancia emocional, entre la promesa de una experiencia compartida y el persistente aislamiento de cada individuo.

Las obras reunidas bajo este título se organizan, precisamente, en torno a esa complejidad. En los grandes lienzos —Surfside (2024), Weekenders, Memorial Day (2025), Summer Daydream (2025) y Surfer Girl (2025)— Stevens construye escenas de proximidad donde cada cuerpo parece habitar una intensidad distinta. El grupo no se presenta como unidad; es una suma de atenciones dispersas. Alguien duerme, alguien lee, alguien se demora junto al agua, alguien parece mirar hacia fuera del cuadro. La escena colectiva se compone de mundos interiores que apenas se rozan. La playa permite esa paradoja: la convivencia extrema de cuerpos que no necesariamente comparten una intimidad.

«A menudo lo que entiende así como neutral contiene a algunas de las personas presentes o a todas, personas que por tanto sólo requieren una cortés inatención y que sólo intervienen en los asuntos de él hasta el punto de tener con él la misma cortesía» (Erving Goffman, Relaciones en público, 1971). La idea de la inatención cortés resulta especialmente productiva para acercarse a Stevens. Sus personajes no parecen aislados porque el cuadro los separe, sino porque la vida pública ha generado entre ellos un código de coexistencia silenciosa. Se encuentran cerca, comparten luz, arena y temperatura; sin embargo, cada uno conserva una distancia irreductible. El pintor atiende a esos momentos en los que la cercanía física no disuelve la opacidad del otro. En Summer Daydream, por ejemplo, el descanso adquiere una cualidad ambigua: las figuras parecen protegidas por la familiaridad del grupo, pero también encapsuladas en un ensueño privado. Dormir, leer o contemplar el mar son modos de ausentarse sin abandonar el lugar.

La mirada que Stevens deposita sobre estos cuerpos no es rápida ni descriptiva. Se demora. En esa demora reside una de las tensiones más relevantes de la exposición: los personajes provienen de una realidad contemporánea marcada por la imagen instantánea, por la disponibilidad permanente de la fotografía y por la circulación incesante de cuerpos observados; sin embargo, en la pintura recuperan densidad, duración y gravedad. Sus rostros, posturas y gestos dejan de funcionar como información visual para convertirse en presencias. La figura que gira la cabeza en Beach Girl, Surfside (2024), con una flor en el cabello, no ofrece una anécdota que pueda resolverse narrativamente. El gesto queda suspendido. Algo ha sucedido fuera del campo de visión, o está a punto de suceder, pero el cuadro no permite acceder a ello. Lo que permanece es la vibración de una atención incompleta.

«Un rojo determinado es también un fósil traído del fondo de los mundos imaginarios. […] analogía o vaga comparación, y que debe ser tomado al pie de la letra. La mirada, decíamos, envuelve, palpa, abraza las cosas visibles» (Maurice Merleau-Ponty, Lo visible y lo invisible, 1964). La pintura de Stevens responde a esa condición encarnada de la mirada. El color no describe solamente la incidencia de la luz sobre una superficie; tiene peso, espesor y capacidad de alterar el régimen afectivo de la escena. Los azules, rosas, naranjas, rojos y verdes no se someten por completo a una lógica naturalista. Operan como restos de una percepción intensificada: son color atmosférico, pero también materia, memoria y fuerza. El ojo no atraviesa la imagen hacia una realidad exterior; se detiene en la superficie, palpa sus accidentes, acompaña sus veladuras y se enfrenta a zonas donde la forma empieza a ceder.

Esta cualidad se vincula con una tradición de escenas costeras que alcanzó una potencia singular en la obra de Joaquín Sorolla. Sus bañistas, niños junto al agua, pescadores y figuras en la orilla transformaron el litoral valenciano en un laboratorio de luz, reflejo y movimiento. En pinturas como Niños en la playa (1909), Sorolla hizo de las transparencias del agua, las sombras coloreadas sobre la arena húmeda y la vibración de los cuerpos bajo el sol elementos propiamente pictóricos; el Museo del Prado ha destacado cómo las pinceladas anchas en turquesas, azules, violetas y malvas convierten el movimiento marino en un motivo plástico autónomo. El color, en Sorolla, se expande con una alegría casi inmediata: la mancha parece chillar su expresividad, perseguir las olas, los brillos y la energía efímera de los cuerpos en movimiento.

Stevens entra en diálogo con ese legado, aunque lo hace desde una tonalidad diferente. Si en Sorolla la luz descompone el mundo para devolverlo convertido en celebración cromática, en Surfside la figuración se mantiene en un equilibrio más contenido, más lento y más psicológico. El dibujo posee un papel decisivo: las anatomías, los rostros, las manos o los pliegues de un cuerpo descansando están construidos con una atención que concede a cada figura una presencia específica. Pero esa mesura no equivale a estabilidad. Sobre ella irrumpen pinceladas rápidas, manchas que atraviesan el cielo, gestos que cubren una parte del cuerpo, raspados que desgastan la continuidad espacial o extensiones de color que invaden el lugar que habitan los personajes. La pintura sostiene y deshace la escena a la vez.

«Siempre he intentado ocultar mis propios esfuerzos, y he querido que mis obras tengan la ligereza y alegría de una primavera que nunca permita que nadie sospeche los trabajos que ello cuesta» (Henri Matisse, «La facilidad en pintura», carta a Henry Clifford, Vence, 14 de febrero de 1948). Existe en Stevens una tensión particular con esta noción de facilidad. Sus escenas pueden ofrecer, inicialmente, la apariencia de una imagen estival espontánea: una tarde luminosa, un grupo de jóvenes, una sombrilla, el mar, el descanso. Sin embargo, cuanto más se observa, más visible se vuelve el trabajo paciente que sostiene la figura y el riesgo que amenaza con deshacerla. Las capas de óleo, la construcción de las pieles, la articulación de la luz y el cuidado retratístico conviven con intervenciones rápidas que no disimulan su violencia potencial. La ligereza no elimina el esfuerzo; lo contiene como una fuerza latente.

La abstracción entra entonces en el cuadro no como fondo ni como un lenguaje separado de la figuración, sino como una interrupción activa. Las manchas no ilustran el mar, el viento o el resplandor, aunque puedan convocarlos. Se comportan más bien como acontecimientos sobrevenidos: algo que atraviesa la escena, que perturba su continuidad y obliga al espectador a mirar de nuevo. En Blue Surfer (2026), la densidad del gesto y la tonalidad más áspera transforman el cuerpo solitario en una figura atravesada por una energía que no puede reducirse al relato del deporte o del ocio. En Surfer Girl (2025), la escala vertical y la firmeza de la postura producen una presencia que oscila entre la persona observada y una forma casi escultórica, monumental, erosionada por aquello que la cubre o la interrumpe.

«La Fotografía ha hecho de la Pintura, a través de sus copias y de sus contestaciones, la Referencia absoluta y paternal, como si hubiese nacido del Cuadro» (Roland Barthes, La cámara lúcida, 1980). Stevens trabaja desde esa condición inevitable de la pintura contemporánea: sus imágenes asumen la fotografía como mediación, pero rechazan su autoridad como prueba definitiva. No se trata de competir con la cámara en exactitud ni de negar el origen fotográfico de ciertas configuraciones. La pintura toma ese material y lo conduce a otra temporalidad.

Donde la fotografía fija una fracción de segundo, Stevens introduce sedimentación: observación, memoria, capas, borraduras, correcciones, demoras y accidentes. Cada pintura conserva algo del instante, pero se niega a permanecer en él.

Las obras de foco suave —Soft Focus Beach Scene (Pink Sky at Dusk), Soft Focus Beach Scene (Pink & Orange), Soft Focus Beach Scene (Sunbathers) o Soft Focus Beach Scene (Self-Portrait with Orange Umbrella), todas de 2024— llevan esa operación a un límite. En ellas, la información figurativa se adelgaza hasta quedar casi absorbida por la experiencia cromática. A distancia, todavía se presienten un horizonte, una sombrilla, una figura, una franja de arena o agua; de cerca, la imagen se vuelve fluida, especular, incierta. El motivo no desaparece por completo, pero debe ser reconquistado por una mirada que ya no puede confiar en la identificación inmediata. La obra convierte la percepción en una actividad consciente.

«La imagen no es la imitación de las cosas, sino el intervalo hecho visible, la línea de fractura entre las cosas. […] Pero esta cesura en la continuidad no es simplemente una interrupción del ritmo: hace emerger un contrarritmo, un ritmo de tiempos heterogéneos sincopando el ritmo de la historia» (Georges Didi-Huberman, Ante el tiempo, 2000). La fractura que Didi-Huberman identifica como condición de la imagen encuentra en Surfside una formulación material. La pincelada abstracta no niega la playa; abre un intervalo dentro de ella. Interrumpe el tiempo de la escena, el tiempo de la fotografía y el tiempo de la narración para introducir el tiempo propio de la pintura.

En ese intervalo, el verano deja de ser una imagen complaciente de ocio. Se vuelve una escena frágil, compartida y extrañamente solitaria; una superficie donde el cuerpo aparece y se sustrae, donde el deseo convive con el cansancio, donde el color ilumina y erosiona. Stevens pinta la playa como un lugar de encuentros, sí, pero también como el extremo de un mundo conocido: el punto exacto en el que la figura se enfrenta al mar, a los otros y a la inestabilidad misma de su propia imagen.


Andrea García Casal ha realizado el grado en historia del arte, el máster en género y diversidad y el máster en formación del profesorado. También es redactora de artículos académicos, divulgativos y de crítica de arte en publicaciones nacionales e internacionales, además de miembro de prensa con acreditación, conferenciante y congresista. Su página web es <https://andreagoethe.wixsite.com/misitio/>. Su dirección de Instagram, @missgoethe_; su Twitter, @miss_goethe.


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