/ una entrevista de Pedro Luis Menéndez /
Poeta, traductor, editor literario, articulista, ensayista, la obra de Jordi Doce (gijonés del sesenta y siete) ha ido avanzando hacia una serena profundidad, una madurez que el paso del tiempo reconoce en sus huellas la decisión de un paso firme y nunca apresurado, aunque siempre constante. Presenta ahora su último libro de poemas, Dime el regreso (editado por Vandalia), cuyo título nace de esos encuentros que la propia vida hace afrontar a cada uno a su modo, a su manera, en sus circunstancias.
Fotografías de Lisbeth Salas
«Siempre lejos, siempre volviendo a casa»: ¿una declaración de principios?
Sí, supongo. Ese verso está tomado de «Primer acto», un poema de No estábamos allí (2016), y expresa una convicción profunda, que diversas culturas han expresado en sus mitos fundacionales. La de que somos desterrados, expulsados de un edén original al que intentamos regresar una y otra vez. No hemos pedido nacer, nadie nos avisó previamente y, sin embargo, aquí estamos, metidos de lleno en la vida, tratando de sacar adelante lo mejor que podemos el día a día. Pero anhelamos volver a esa casa primera, sentirnos uno con el mundo y (posiblemente) hallar un sentido. De ahí nuestra necesidad de experiencias que nos permitan vislumbrar esa casa: la experiencia erótica y amorosa, la creatividad y el arte, la enajenación que procuran las drogas o los festejos colectivos… En este sentido, como supo muy bien Cavafis, todos somos Ulises tratando de volver a Ítaca.
Luego está también la idea o la sensación íntima de haber errado el camino vital. Eso que dice Dante al comienzo de la Comedia: «A mitad del camino de la vida, / me hallé perdido en una selva oscura / por apartarme de la buena senda» (trad. J. M. Micó). O, literalmente, «porque la recta vía era perdida». ¿Y quién no ha tenido la sensación alguna vez de haber perdido esa «recta vía»? Una y otra vez tomamos decisiones y nos arriesgamos a extraviarnos. Esa sensación fue muy intensa durante la etapa de No estábamos allí, llena de poemas con atmósferas y personajes borrosos, que no saben bien qué hacen, de dónde vienen ni adónde van. Algo de eso alienta aún aquí, pero como un recuelo o rescoldo del pasado. La voluntad que predomina en este nuevo libro queda resumida en algunos versos de la segunda parte: «Es hora de volver a casa»; «El viento es incansable. / No podemos vivir en el pasado».
Utilizas en el interior una cita de Eugenio Montale (en traducción de Carlo Frabetti) que parece situar los márgenes del camino, de las vías que recorremos. La vida, los trabajos, los días. En tu caso vida y creación presentan una coherencia que pienso en ti como una constante admirable, también una labor de resistencia.
Lo que percibes como constancia o incluso resistencia no es más que el fruto de mis limitaciones. Me reconozco mucho en una frase memorable de Eduardo Chillida que leí hace años: «Mi obra es una suma de errores que se compensan mutuamente». Y creo que al final (aunque a lo peor me engaño para hacer de la necesidad virtud) lo que distingue a un creador es la intensidad de sus obsesiones; o, mejor dicho, la manera en que su sensibilidad se focaliza en unas pocas inquietudes, en imágenes y símbolos recurrentes, para terminar hablando del mundo, o iluminándolo de una manera que es solo suya.
De ese primer Montale —como de Handke, más cercano en el tiempo— me atrae su fascinación por las afueras, los espacios intermedios, esos «márgenes» que mencionas y que son también márgenes vitales, el gusto por ver la vida desde un lugar aparte, fuera de la corriente que parece arrastrarnos sin cesar. Es una ilusión, claro, pero no dejo de buscar esos espacios donde la vida parece transcurrir más lentamente, donde todo se nos ofrece en un estado de suspensión y extrañeza que se confunde con el sueño. Traducido a términos temporales, son lugares donde uno puede sentir el presente, el ahora de la percepción, que a mi juicio se contrapone radicalmente a esa «actualidad» que crean los publicistas y medios de comunicación.
¿Existe de verdad algún modo de alcanzar la tierra firme o son solo figuraciones humanas?
Gran pregunta. Son figuraciones humanas, desde luego. Literalmente, solo tocamos tierra firme al morir. Si desarrollamos la metáfora marina, sabemos que vivir es a veces estar en alta mar y otras hacer navegación de cabotaje, cerca de la costa. Pero estamos siempre a merced del tiempo y de los elementos… y de lo que nos vamos encontrando por el camino, claro. Vuelvo a esos versos que ya he citado: «El viento es incansable. / No podemos vivir en el pasado». Ese viento es el tiempo, sí, que nos empuja una y otra vez. Hay gente que tiene el don de ver con claridad en cada momento y tomar la decisión que mejor le conviene y corresponde, también en lo creativo. Otros no somos tan afortunados. Y lo que escribimos es el cuaderno de bitácora de una constante derrota, en los dos sentidos de la palabra.

De tu versión de William Stafford recojo el verso final: «Tú no sueltes el hilo». ¿De eso se trata?
Ese poema de Stafford me deslumbró al leerlo. Y creo que mi versión, al adelgazar los versos y jugar con los encabalgamientos para darle un aire más tentativo, como de merodeo, es más fiel formalmente a la idea que lo sostiene (el original tiene diez versos por los veintidós de mi traducción). No sabemos en qué consiste exactamente ese hilo; puede ser cosas distintas para distintas personas, pero es lo que da sentido a nuestra vida y nos permite afrontar los cambios, las pérdidas, el dolor, pero también los instantes de plenitud y felicidad, que se ven alumbrados y articulados por él. Nadie lo ve —eso dice Stafford—, pero eso no significa que no exista. Y sí, creo que de eso se trata. No suele gustarme la poesía de carácter sentencioso o aforístico —es decir, que parezca expresar de manera clara y rotunda una idea—, pero aquí la imagen del hilo es muy elocuente y nos permite comprender el funcionamiento de esas obsesiones más o menos ocultas que determinan una vida.
«Siempre es la misma historia, / el mismo contrapunto, / un afán impreciso / y la tiniebla que no cede». ¿Desde la esperanza?
Por supuesto. Esa esperanza está inscrita en el «afán», por impreciso que sea, en la escritura misma, en el intento —tantas veces desmedido o abocado al fracaso— de levantar acta de la lucha contra esa tiniebla, nuestra resistencia a ella. Supongo que en el fondo tengo una imaginación maniquea, que todo lo reduce a una contienda entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal. Lo que no quita para que sepamos, o debamos ser conscientes, de que todos llevamos esa luz y esa oscuridad dentro. En cada época la tiniebla cobra formas diversas, pero al final todas se reducen a lo mismo: la avaricia, el ansia de poder, la crueldad innecesaria, el miedo cerval al otro que nos convierte en depredadores, pero también la falta de consciencia para trabajarnos por dentro y saber detectar y corregir nuestros ángulos muertos, los prejuicios heredados, el modo en que muchas veces las mejores intenciones se traducen en consecuencias funestas. Llevamos en nosotros la semilla del desastre y debemos compensar o corregir la visión ideológica —que siempre será miope, por definición— con otra clase de cristales, hechos de humildad y cuidado y atención al mundo. La poesía, en este sentido, me parece que debe ser una educación de los sentidos y de la conciencia, una forma de instruirnos para la lucidez y la humildad. Y en la poesía de Antonio Gamoneda, de Louise Glück o de Álvaro Valverde, por mencionar a tres poetas que me importan mucho, lo es rotundamente.
El poema último que te sirve como epílogo me ha parecido lo que podríamos denominar una poética de vida, aquí y ahora, en este tiempo. Iniciarlo con una cita de Montaigne supone toda una declaración de intenciones. «¿Y tú qué has hecho?».
Ese poema, que es quizá el más antiguo del libro, es la parte visible de un largo debate conmigo mismo sobre el sentido de mi vocación literaria, que es también mi labor cotidiana. Creo sinceramente que es una pregunta que ningún creador debe dejar de hacerse, no para castigarse inútilmente, sino para afinar y afilar su trabajo y darle la mayor carga de necesidad y profundidad posible. Una cosa es que la poesía siempre haya existido, que sea (indudablemente) una necesidad humana, la forma que hemos tenido desde siempre para contar y cantar simultáneamente nuestra existencia, y otra muy distinta practicar ese arte con arrogancia o despreocupación.
Creo que entiendo lo que quiso decir Hölderlin con su pregunta «¿Para qué poetas en tiempos de penuria?» (que ha ido repicando de formas diversas a lo largo de dos siglos), y a veces es una pregunta que me ha paralizado y me ha hecho dudar, pero lo cierto, por desgracia, es que todos los tiempos han sido de penuria: la historia humana es una crónica incesante de injusticia y destrucción y dolor. La poesía siempre ha estado ahí, y su función es recordarnos la amplitud y riqueza de la vida, su naturaleza inagotable, la fuerza iluminadora de la percepción, el valor de cada instante y cada vida humana… Y Montaigne, que es uno de los creadores del espíritu humano moderno (siendo a la vez muy antiguo), no es mal ejemplo al que acudir.
No podemos cerrar sin aludir a otra de tus facetas, la de traductor. ¿La reciente publicación del Ariel de Sylvia Plath (en Galaxia Gutenberg) era necesaria? ¿Una versión para el canon? ¿Un acto de justicia poética?
Si no fuera necesaria no la habríamos editado, por supuesto. Se han publicado ya muchos libros de y sobre Sylvia Plath, hay mucha información disponible, y creo que había llegado la hora de aportar esta versión de Ariel, «the author’s cut», por así decirlo, la versión que ella dejó concluida al morir y que difiere notablemente —en su articulación y su sentido final— de la que Ted Hughes publicó póstumamente en 1965. Esa versión, la de Hughes, es y seguirá siendo la canónica, porque incluye poemas soberbios y conmovedores, los que Plath escribió justo antes de su suicidio, pero ahora el lector tiene la oportunidad de leer el libro tal cual lo concibió la escritora y tener una segunda versión, más pegada a la idea de sí misma que Plath quería mostrar al mundo. Queda la pregunta, claro, de si Ariel habría tenido la misma fortuna si Hughes hubiera optado por respetar íntegramente la voluntad de Plath. Yo creo que sí, que el libro se hubiera abierto paso igualmente, pero entiendo las dudas de Hughes —Plath no era una poeta conocida a su muerte— y su deseo de echar toda la carne en el asador en el primer asalto. Ahora los lectores españoles pueden acceder a los dos textos y hacerse una idea más precisa de este libro fundamental.

Pedro Luis Menéndez (Gijón, 1958). Cofundador de la histórica colección de poesía Aeda en 1978, ha publicado poesía y prosa con largos silencios temporales hasta 2018, en que retoma una actividad literaria más continuada que se inicia con el libro de prosas cortas Postales desde el balcón. Sus más recientes libros de poemas son La vida menguante (2019), Ciudad varada (2020) y Cantos (1979-2022), este último una recopilación de sus poemas extensos. Con La madriguera (2023) obtuvo el Premio de Poesía José Luis Hidalgo. En 2024 acaba de publicar enCajadas, un híbrido entre relatos y novela. Desde 2017 mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La Buena Tarde de la Radio del Principado de Asturias.
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