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La «invención» del socialismo

Juan José de la Fuente: «González y Guerra construyeron un PSOE en el que se penalizaban la brillantez y la crítica»

Dice el politólogo británico Colin Crouch: «Hace tiempo que los verdaderos conflictos no son los que los partidos políticos ponen en escena». En el debate celebrado esta semana entre los tres aspirantes a la Secretaría General del PSOE, uno de ellos sentenciaba resignado: «Así no vamos a ninguna parte». Hace tiempo que los partidos políticos han dejado de representar a los ciudadanos (al menos, hace tiempo que no se sienten representados por ellos). En la última Encuesta Social Europea, los ciudadanos españoles reprueban claramente tanto a los políticos como a los propios partidos, calificándoles a ambos con la valoración más baja  —con diferencia— entre todas las instituciones. También esta semana se cumplía el sexto aniversario del 15-M, un lustro largo en el que las expectativas ante un nuevo modo de hacer política se han ido diluyendo poco a poco. Los partidos políticos, los nuevos y los viejos, parecen coincidir en algo: todos tienen el mismo problema.

De todos ellos, el PSOE cuenta con mayor identidad histórica, un bagaje pendiente de revisión en estos momentos de fractura interna. Posiblemente haya sido uno de los partidos más castigados por la ciudadanía en los últimos años, pero ha sido, sobre todo, castigado por sí mismo. Este domingo sus militantes votarán a uno de los tres candidatos que optan a la Secretaría General, primer paso para intentar una reorganización interna que desemboque en una futura alternativa de gobierno. Sea como sea, es cuestión que compete a sus militantes, pero el alcance mediático suscitado por una crisis tan profunda en un partido de tal dimensión histórica va más allá de lo doméstico. Llegados a este punto, comprender el presente a través del pasado es una manera eficaz de encarar el futuro.

Mientras Josep Borrell presenta estos días Los Idus de Octubre, su último libro, en el que reflexiona sobre la crisis de la socialdemocracia española y europea (y sobre la crisis del PSOE), otro título surge con fuerza en el contexto crítico del socialismo. Se trata de La «invención» del socialismo: radicalización y renovación en el PSOE durante la dictadura y la transición a la democracia (1953-1982) del historiador Juan José de la Fuente Ruíz, que concede una amplia entrevista a nuestro colaborador Pablo Batalla Cueto, especialista en Historia y pensamiento político, en la que ambos desvelan las claves históricas de la imagen mediática que nos reserve la noche del próximo domingo.

El Cuaderno




Juan José de la Fuente (primer plano)

Juan José de la Fuente: «González y Guerra construyeron un PSOE en el que se penalizaban la brillantez y la crítica»

Comprender el pasado para comprender el presente: tal es, seguramente, la misión principal de la ciencia histórica, si es que tiene alguna. Todo acontecimiento se comprende mejor si se conoce su genealogía; las raíces cronológicas de las que procede su savia. Y en estos momentos en los que el Partido Socialista Obrero Español atraviesa uno de los matchpoints más dramáticos de su historia y copa telediarios y portadas de periódicos con sus tormentosas primarias, el libro que al historiador logroñés Juan José de la Fuente Ruiz —formado en Salamanca y residente en Zamora— acaba de publicarle Ediciones Trea no podría haber llegado a las librerías con más sentido de la oportunidad. Mucho de lo que hoy sucede a las huestes del puño y la rosa se entiende mejor tras leer esta obra que fue la tesis doctoral de De la Fuente, y cuyo título completo es La «invención» del socialismo: radicalismo y renovación en el PSOE durante la dictadura y la transición a la democracia (1953-1982). Sobre él versa esta entrevista larga e informal que tiene lugar en Zamora, donde la hora no es más halagüeña para el partido socialista: las últimas elecciones, que auparon a la alcaldía a Izquierda Unida, dejaron al PSOE como tercera fuerza, con 5 ediles de los cuales 2 abandonaron del partido y pasaron al grupo mixto en la misma sesión de investidura, en 2015.

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Pablo Batalla Cueto.—La «invención» del socialismo. ¿Por qué invención? ¿Por qué entre comillas?

Juan José de la Fuente.—Con invención me refiero al proyecto de socialismo que Felipe González y Alfonso Guerra, el grupo que yo llamo de los sevillanos, tenían a mediados de los años setenta. Según lo predicaron entonces, este proyecto iba a ser tomado como base para la construcción («invención») de un modelo nuevo de socialismo (y de democracia) no implantado aún en ningún país. Este proyecto ya había quedado esbozado o insinuado en una frase que los sevillanos sacaron a la luz por primera vez en un congreso que el PSOE celebró en el exilio en 1970: «El carácter revolucionario del socialismo» consistía «en mantener un enlace constante entre las metas a conseguir con carácter inmediato y la realización plena de la sociedad socialista». Es decir, para alcanzar una sociedad auténticamente socialista por primera vez en la historia era necesario mantener una especie de equidistancia entre lo posible y lo utópico; entre sujetarse a lo realista y no perder de vista el objetivo final del socialismo. Ellos no veían bien el socialismo soviético, el comunismo, y no querían caer en eso; pero, por otro lado, tampoco veían bien la democracia liberal.

P. B.—La democracia burguesa, que se decía entonces.

J. J. F.—Efectivamente. Ellos pensaban que la democracia se había traicionado a sí misma; que los demócratas europeos se habían traicionado a sí mismos en cuanto a que la democracia existente no era tal democracia; que había demasiados controles a la verdadera libertad desde ciertos ámbitos: el político, el económico, el militar, etcétera. Querían la democracia, pero una democracia que fuera un instrumento para alcanzar un objetivo: el socialismo. Y eso los enfrentaba a sus padres, que en los años cuarenta y cincuenta, tanto en el interior de España como en el exilio, habían pasado a ver la democracia como un valor absoluto, como un bien en sí mismo, no como una fase o escalón hacia algo.

P. B.—Aquél era, entre otras cosas, un conflicto generacional.

J. J. F.—Sí. Éstas eran, sobre todo, preocupaciones de los jóvenes. De los de dentro de España y de los de fuera, que vivían en su gran mayoría en sociedades democráticas. La mayor parte de ellos vivía en Francia, pero había otros en Inglaterra, Suiza, Argelia, Marruecos, Latinoamérica… En muchísimos casos, ya habían nacido allí. Y envidiaban y veían a los jóvenes socialistas del interior como héroes; como partícipes de cierta épica de la clandestinidad y de la resistencia ante una dictadura brutal, pero como punta de lanza de una lucha cuyo objetivo no era o debía ser una democracia como aquéllas en las que ellos vivían, sino una más profunda y que contemplase aquellos derechos y libertades que ellos creían imprescindibles en una democracia.

P. B.—Eran los tiempos de Mayo del 68: revueltas que se hicieron contra dictaduras, pero también contra democracias conservadoras e incluso trufadas de incrustaciones nazifascistas.

J. J. F.—Sí, sí, Contra De Gaulle, contra Adenauer…: presidentes fuertes, por decirlo suavemente. Cuidado, en esos países había represión. No la de la España franquista claro, pero sí una notable y sorprendente para enmarcarse en un sistema democrático tal como lo concebimos ahora. Mayo del 68 se rebeló contra eso; y antes ya había habido la rebelión, también contra eso, de los estudiantes españoles en 1956, que fue verdaderamente pionera en Europa, y de los beatniks en Estados Unidos, que no eran hippies, como luego se ha querido pensar, pero sí gente que ya se rebelaba en los años cincuenta contra los encorsetamientos de todo tipo que atenazaban sus sociedades; que acusaba a sus padres de haberse aburguesado por comodidad, por miedo, por dinero o por poder.

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París, mayo de 1968

P. B.—Y los jóvenes socialistas de los sesenta, inmersos en ese ambiente, aspiraban a tumbar el franquismo y a darle a España una democracia nacida ya profunda, sin necesidad de pasar por ese estadio intermedio gaullista.

J. J. F.—Sí. Querían que la democracia española fuera desde el principio una democracia que le diera un par de vueltas de tuerca a las existentes. Y por supuesto no querían el comunismo soviético.

P. B.—No querían el soviético, pero en algún momento sí quisieron o llegaron a pensar en querer el sistema industrial autogestionario yugoslavo del mariscal Tito.

J. J. F.—Sí, porque Tito había vendido muy bien que era un hereje de la Unión Soviética y que había formado un socialismo mucho más socialista, valga la redundancia, o mucho más puro que el de la Unión Soviética; que el socialismo soviético era desviación o una aberración de lo que debía ser la columna vertebral del socialismo. Y digo «vendido» porque la realidad no era así, claro.

P. B.—Frente al socialismo centralista y burocratizado de la URSS, un socialismo federal y autogestionario.

J. J. F.—El de la autogestión es el concepto clave en todo esto, sí. Los yugoslavos lo habían desarrollado durante los primeros años cincuenta, después de la ruptura con Stalin en 1948. Creo recordar que Milovan Djilas, uno de los hombres fuertes del régimen titista, explicó en un libro magnífico titulado La nueva clase que un día estaba con Tito y otros dirigentes en un coche y empezaron a hablar de esto de la autogestión; de que había que inventarse algo diferente de lo que se estaba haciendo en la Unión Soviética, porque la Unión Soviética ya no era socialista, sino que había sucumbido o se había vendido a una especie de capitalismo burocrático regido por una nueva clase explotadora. Otros dirigentes yugoslavos también se atribuyeron la invención del concepto (o quizá habría que hablar mejor de «reinvención», porque sin duda Tito había oído hablar mucho de la autogestión anarcosindicalista española mientras colaboró con la oficina de reclutamiento para las Brigadas Internacionales). De todas formas, y como bien decía Felipe González, la autogestión no era una cosa de ahora, sino un concepto que se remontaba hasta «los mismos orígenes doctrinales» del socialismo.

P. B.—Sea como sea, el concepto se vinculaba sobre todo a Tito.

J. J. F.—Sí. Hombre, y algo de verdad había, porque verdad era que en Yugoslavia las empresas eran autogestionadas por los trabajadores. De todas maneras, al final eran los delegados del Gobierno quienes tomaban las decisiones y tenían totalmente controlados a los demás. Claro, ello era así en gran parte porque los trabajadores no estaban interesados en este tipo de cosas: como diríamos ahora, pasaban de todo, les daba igual. Lo único que querían era ver aumentados sus sueldos y que no les calentaran la cabeza con tecnicismos que ni entendían ni querían entender. Eso ha pasado siempre. Pasó también en Suecia. En Suecia, en 1976, los socialdemócratas, que llevaban en el poder desde 1932 y habían convertido la socialdemocracia no ya en la ideología de los socialistas, sino en la del Estado, en el consenso establecido, se presentaron a las elecciones con un proyecto autogestionario. «Ya hemos logrado todo esto y ahora queremos avanzar un paso más hacia el socialismo», decían. El proyecto concreto, desarrollado por los teóricos socialdemócratas —Suecia tiene unos teóricos tremendos, los mejores del socialismo junto con los alemanes—, consistía en los llamados fondos para trabajadores y en un avance progresivo hacia la propiedad de las empresas por los propios obreros. El razonamiento era que mejorar las condiciones de vida de los trabajadores ya no podía basarse en subidas salariales, porque entonces Suecia dejaría de ser una economía competitiva, pero que lo que sí se podía hacer era ir dándoles cada año a cambio de la moderación salarial un tanto por ciento en participaciones de la empresa hasta que llegase un momento en que esta quedaría en su totalidad en manos de estos trabajadores.

P. B.—O sea, ¿pagarles en acciones?

J. J. F.—Eso es. Se les iría pagando en acciones y en diez, veinte, treinta, cincuenta años —no recuerdo exactamente la cifra— llegarían a ser los dueños de las empresas. Se habría llegado al socialismo autogestionario. Increíble, ¿eh?

P. B.—Un programa así, es inimaginable que hoy lo proponga no ya el PSOE, sino Podemos o Izquierda Unida.

J. J. F.—Uf, claro, a Podemos hoy ni se le pasaría por la cabeza un programa así. Y esto lo hacía gente que los comunistas de entonces consideraban conservadora, porque no contraponía el socialismo al capitalismo, sino que pensaba en una síntesis hegeliana de ambos conceptos. Entendían que el capitalismo no era lo contrario del socialismo, una idea que yo, por cierto, comparto. Yo ni siquiera creo que el liberalismo sea lo contrario del socialismo. No creo en esos mecanicismos; en esas categorías cerradas; en esa idea del liberalismo y el socialismo como estadios finales. Yo entiendo el socialismo más bien como una tendencia, incluso como un espíritu, y los suecos parece que también lo entendían así. Tampoco lo teorizaron mucho, ¿eh? Ellos no eran de hacer un gran diseño teórico y luego aplicarlo, sino del pragmatismo del ensayo-error; de ir probando cotidianamente distintas cosas y avanzando así. Tenían claro que el capitalismo creaba bienes —antes del capitalismo, antes de existir una economía de mercado moderna, había una mala cosecha y, como quien dice, se nos moría la mitad de la gente—, que el socialismo los repartía y creaba una sociedad igualitaria y que había que mezclar esas dos cosas como se pudiera. A partir de ahí, funcionaban como Machado: haciendo camino al andar.

P. B.—Es curioso cuánto engañan las palabras si uno baja la guardia. Cuando hoy los Susana Díaz, Pedro Sánchez y compañía reivindican la vigencia de la socialdemocracia con ese artículo femenino singular que da idea de una cosa monolítica, invariable, de una única vía posible, perdemos de vista que hace no tanto tiempo la socialdemocracia era Salvador Allende; era el Programa común de la izquierda de Mitterrand, que contemplaba un vasto programa de nacionalizaciones; era un laborismo británico que llegó a subir los tipos impositivos máximos al 98%… El significante es el mismo, pero el significado ha cambiado por completo.

J. J. F.—Sí, sí, sí. Eso lo explicaba muy bien Reinhart Koselleck en su historia conceptual; cómo un mismo concepto puede ir significando cosas muy diferentes a lo largo de la historia. Yo siempre pongo el ejemplo del reloj: la palabra reloj, a lo largo de la historia, ha sido el significante de toda clase de artilugios muy diferentes. ¿En qué se parece una clepsidra griega a un reloj digital? Pues con la socialdemocracia pasa lo mismo. Allende, al principio, era considerado un tío conservador en el Partido Socialista de Chile. El partido que refundó Lenin en 1903 se llamaba Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. Y sí, los socialdemócratas suecos llevaron la idea socialdemócrata tan lejos que el sueco más pobre llegó a ser más rico que quienes en otros países son considerados clase media.

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Salvador Allende

P. B.—Y lo hicieron siendo por lo demás una potencia capitalista capaz de hacer triunfar a multinacionales como Ikea, Volvo, H&M…

J. J. F.—Puntales de sus respectivos sectores, sí. Suecia tenía un capitalismo muy potente y tenía un Estado y una sociedad históricamente muy concienciados hacia el igualitarismo, el cooperativismo, el asamblearismo… El problema es que no en todas partes se dan esas dos condiciones que tienen que darse para que triunfe un modelo como el sueco. Yo siempre se lo digo a sociólogos, politólogos y economistas: ¡cuidado con los modelos!

P. B.—Los modelos acaban convirtiéndose en troqueles en los que uno mete la realidad a puñetazos.

J. J. F.—Claro. Y luego pasa lo que pasó en los setenta y ochenta en Latinoamérica con los Chicago Boys: llegaron a Chile, a Argentina, a México, etcétera y se pusieron a trasplantar tal cual modelos que funcionaban en Estados Unidos, pero que eran terribles para esos otros países que no tenían nada que ver con Estados Unidos. Hay que ser flexibles, como los suecos.

P. B.—Pero teniendo siempre claro el objetivo final.

J. J. F.—Sí, no olvidando la tendencia, que fue lo que hizo el PSOE a partir de 1982 y lo que por las mismas fechas comenzaron a hacer el Partido Laborista, el Partido Socialista francés, que empezó llevando a cabo ese programa de nacionalizaciones al que tú aludías pero luego se echó para atrás —aunque hay que tener en cuenta que Mitterrand nunca había sido socialista y que las nacionalizaciones tampoco tienen por qué ser una seña de identidad propiamente socialista—, etcétera. Bueno, el caso es que aquel proyecto autogestionario sueco quedó en nada, porque los socialdemócratas perdieron las elecciones por primera vez desde 1932. Las ganó la derecha, aunque la derecha, curiosamente, hizo una política más de izquierdas que los socialdemócratas en muchos aspectos, entre otras cosas porque la socialdemocracia en Suecia es una cosa ya grabada a fuego en el espíritu de todos los suecos, toda una ideología de Estado. No les cabía en la cabeza que se pudiera hacer otra cosa.

P. B.—Pero no emprendieron aquel proyecto autogestionario.

J. J. F.—No lo emprendieron entonces, pero sí más tarde, en 1988. El caso es que fue un desastre, para empezar porque los obreros no querían eso.

P. B.—Lo que querían era dinero contante y sonante.

J. J. F.—Claro. Mira, yo soy de familia obrera; todos mis familiares son obreros, y no voy a decir que solo un obrero o un descendiente de obreros sea el único que pueda entender a la clase obrera, pero sí que me doy cuenta de que los obreros son personas más que nada prácticas. No les queda otro remedio. Tienen que vivir al día y lo que les importa es el dinero, porque es con el dinero con lo que viven y tampoco tienen tiempo para pensar en nada más.

P. B.—Es cierto que a veces los progresistas idealizamos en exceso a la clase obrera. Se la acabó convirtiendo en un mito romántico sin mucho que ver con la realidad.

J. J. F.—Sí. Para los obreros, muchas veces sus modelos no son el socialista éste o aquél, sino el jefe de su fábrica; Amancio Ortega y así. Quieren parecerse a él; es a él a quien envidian. No quieren destruir el capitalismo: lo que quieren es ser ellos los jefes del capitalismo; ser ellos los empresarios. ¿Cuántos casos hay de obreros que se han convertido en empresarios y han sido los peores esclavistas? Eso no hay que olvidarlo nunca. Ahora mismo, en España, yo creo que al PP le votan más obreros que al PSOE.

P. B.—Le vota más gente, y en consecuencia más obreros.

J. J. F.—Y si acaso, los mismos.

P. B.—Que la izquierda no tiene el voto obrero asegurado, nada lo muestra mejor que el caso del Frente Nacional francés, que llegó a fundar su propio sindicato y, cuando fue prohibido por la Justicia francesa, pasó a infiltrarse en los ya existentes. Hoy hay secciones sindicales enteras de las grandes centrales francesas adscritas al partido de Le Pen, que por lo demás recibe muchísimo voto obrero.

J. J. F.—Fíjate, lo de Le Pen me parece más normal. Veo más normal que los obreros tiren hacia ese tipo de opciones que son más simplistas, más de lanzar consignas rimbombantes. Así triunfó en parte Hitler en Alemania, y también lo entiendo más que que triunfe el PP, que al fin y al cabo no promete nada más que sangre, sudor y lágrimas.

P. B.—Nos hemos ido por los cerros de Úbeda, o más bien por los Alpes escandinavos, y usted ha venido aquí a hablar de su libro. Volvamos a aquellos jóvenes socialistas que buscaban una tercera vía que superara la democracia burguesa sin degenerar en la tiranía soviética.

J. J. F.—Sí. No querían ni una democracia burguesa, ni las mal llamadas democracias populares. La Unión Soviética, por entonces, ya no era un modelo para casi nadie. Siempre se dice que la Unión Soviética cayó tumbada por su crisis económica, pero qué va. Problemas económicos más gordos que los de principios de los años ochenta había tenido en otras épocas y no había caído. La URSS cayó por pura convicción. Cayó cuando Gorbachov, haciéndose eco de un sentir muy general entre los dirigentes más fieles a lo que pensaban que podían ser las esencias más puras al verdadero socialismo, intentó reformar el socialismo realmente existente, como se decía entonces; intentó hacer un socialismo distinto.

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Mijail Gorbachov

P. B.—Se dice que Gorbachov aspiraba no a dinamitar la URSS, sino a convertirla en una especie de gigantesca Suecia; a que la URSS siguiera siendo el faro del proletariado mundial, pero a la manera nórdica.

J. J. F.—Yo no sé si a la sueca, pero desde luego sí tal vez a la checa; a la de la Primavera de Praga; a aquel socialismo de rostro humano cuyo ahogamiento por parte de la URSS en 1968 había sido un golpe tremendo para el comunismo internacional y particularmente para los partidos comunistas italiano y español.

P. B.Carrillo fue de los pocos que condenó la invasión soviética de Checoslovaquia.

J. J. F.—Bueno, la condenó a medias. Es interesante leer Mundo Obrero en esa época, porque Carrillo primero condena la invasión, efectivamente, pero luego recula y se queda a medias, porque al fin y al cabo seguía dependiendo económicamente de la URSS y de otros países del otro lado del Telón de Acero, como la Rumanía de Ceaușescu. De todas maneras, sí, para él la invasión fue un golpe tremendo. Ya la defenestración de Jrushchov le había decepcionado profundamente, porque para él Jrushchov era un ídolo. Él creía fervientemente en la idea de las vías nacionales al socialismo que por entonces proponían los italianos. Y cuando Brezhnev ahogó la vía nacional checoslovaca, él, como muchos otros comunistas, se desencantó considerablemente de la experiencia soviética. ¿Has visto La vida de los otros?

P. B.—¿La película alemana sobre un espía de la Stasi?

J. J. F.—Sí. Esa película es muy interesante, con ese contraste que ofrece entre el comediógrafo, que sigue siendo un socialista convencido, y el ministro éste repugnante, que es un jeta. Esos tipos fueron los que realmente destruyeron el socialismo y el comunismo. O no lo destruyeron, porque yo, al menos, espero que el socialismo no se destruya nunca como aspiración, tendencia o posibilidad, pero desde luego lo desprestigiaron mucho.

P. B.—Y los jóvenes de los setenta querían algo nuevo.

J. J. F.—No sé si algo nuevo pero sí algo más puro; más cercano a aquello que sus abuelos les contaban de forma idealizada que era el socialismo. Eso, en los países regidos por socialistas o comunistas, pero en los países democráticos sucedía lo mismo. Y lo mismo pasaba en las dictaduras, por lo menos en la española. Ese anhelo común por un mundo distinto se vio muy claro en 1968, cuando se levantó la juventud de París, pero también la de Praga y otros lugares. Y en España se había visto antes, en 1956, cuando las primeras revueltas estudiantiles desde el final de la guerra unen aunque solo fuera por un instante a los hijos de los vencedores con los hijos de los vencidos: comunistas y socialistas pero también anarquistas, democristianos e incluso falangistas desengañados con el régimen franquista.

P. B.—Esa Falange descontenta con el rumbo que había tomado el franquismo, y que representaba bien Dionisio Ridruejo, que auspició aquellas revueltas.

J. J. F.—Sí, bueno, Ridruejo ya era mayor, pero los jóvenes lo tenían como mentor. También a Tierno Galván, que nunca se ha sabido muy bien si era socialista o qué era. Él hablaba de funcionalismo, que era una cosa un poco extraña. Bien, el caso es que esos jóvenes, al rechazar el conservadurismo de sus padres, se volvieron hacia sus abuelos y hacia sus bisabuelos para inspirarse. No para copiarlos, pero sí para inspirarse; para buscar una suerte de pureza originaria.

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Tierno Galván

P. B.—Uno de los pasajes más interesantes de su libro es aquél en el que cuenta la fascinación que experimentaron los jóvenes socialistas de los sesenta, y sobre todo González y Guerra, al redescubrir a Pablo Iglesias y compañía.

J. J. F.—A Pablo Iglesias, a Jaime Vera… Alfonso Guerra ha contado alguna vez que, cuando él empezó a militar, la historia del partido era una suerte de panteón del que cada cual tomaba un santo al que admirar. Unos eran besteiristas, otros prietistas, otros de Pablo Iglesias, otros largocaballeristas… Y Pablo Iglesias era el gran santo laico, claro. Guerra y González hacia mediados de los setenta yo creo que lo que deseaban es acabar con ese panteón anárquico y sentar las bases de una especie de culto dirigido desde el centro del partido. Y, claro está, imagino que deseaban formar parte de ese panteón, ser ellos mismos los santos a los que admirar, pero bueno (risas).

P. B.—También había santos internacionales.

J. J. F.—Efectivamente. También estaban Marx, Bernstein… Aunque Bernstein, al haber pasado a la historia como revisionista en el peor sentido de la palabra, y al buscarse en aquel momento un giro hacia la izquierda de todas las tendencias en Europa y América, no interesaba tanto, como tampoco Prieto y algún otro.

P. B.—Pero sí Largo Caballero.

J. J. F.—Pero sí Largo Caballero, aunque no tanto el hombre real como el mito.

P. B.—Había sido el Lenin español.

J. J. F.—Así se lo había llamado, pero en realidad casi toda su vida había sido un pragmático.

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Columna de mineros detenida durante la Revolución del 34

P. B.—Cuando estalló la Revolución de Asturias en 1934, se encerró en un piso a esperar acontecimientos. Resulta escasamente imaginable un Lenin que se encierre a esperar acontecimientos. Lenin hubiera cogido el primer tren a Oviedo y se hubiera subido al primer bidón que hubiera encontrado.

J. J. F.—Claro. ¿Pagado por los prusianos, quizá? (risas). En fin, el caso es que aquellos jóvenes deseosos de algo nuevo empezaron a coger ideas, pensamientos y consignas de aquí y de allá y de una manera muy heterodoxa, como no podía ser de otra manera. Lo que tomaban de Marx, no lo tomaban de El capital.

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P. B.—Yo creo que El capital no se lo ha leído nadie, y quien dice que se lo ha leído, miente (risas).

J. J. F.Bustelo dice que él se lo leyó una vez o dos, pero que cree que poca gente más lo leyó. Yo le pregunté en una entrevista si tenían muchas charlas teóricas, porque veía que los escritos de El Socialista eran todos muy teóricos. Viendo sólo El Socialista, parecía como si los socialistas estuvieran todo el día instalados en unas alturas de pensamiento y de debate verdaderamente bizantinas. Pero Bustelo me dijo que no recuerda haber tenido una sola conversación teórica o ideológica con Felipe González o Alfonso Guerra, y yo a Bustelo lo tengo por una persona muy honrada intelectualmente, lo cual se comprueba bien en sus memorias. En algunos pasajes yo creo que se deja mal a sí mismo en aras de la verdad y la rectitud moral, cosa que no es habitual en España. Así que le creí cuando me dijo que lo que González y Guerra publicaban en El Socialista no era el fruto de un debate intelectual intenso entre socialistas, sino una síntesis probablemente mal digerida que habían hecho ellos; un refrito que, dependiendo de los tiempos, se podía hacer de una forma o de otra. Y con tiempos no me refiero a de un año a otro, sino a de una semana a otra. Refreían lo que les interesaba para lo que les interesaba en cada momento. Al fin y al cabo no eran grandes filósofos que quisieran construir un sistema de pensamiento o un andamiaje intelectual más o menos coherente, sino políticos.

P. B.—Gente pegada al día a día y a una realidad muy cambiante.

J. J. F.—Claro. Ellos decían que hacían un análisis científico, ortodoxo y marxista, pero realmente lo que hacían era algo así como un centón: aquello que hacían los latinos de coger frases de diferentes poemas y hacer con ellas un poema nuevo como a modo de collage. Y como decía, lo que cogían de Marx no lo cogían de El capital, y ni siquiera demasiado del Manifiesto comunista, aunque éste sí que se lo habían leído todos —era lo único que se había leído en el PSOE profusamente desde los tiempos fundacionales, de hecho—, sino sobre todo de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Ojo, a mi juicio con buen criterio, porque ahí es donde está la esencia de la teoría marxista. Marx fue el Aristóteles del siglo XIX, y quiso hacer una teoría completa del capitalismo que no fuera sólo económica, sino también social, política y cultural, pero no le dio tiempo a ello. De El capital, Marx sólo editó personalmente el primer volumen, en 1867.

P. B.—Los siguientes los fue escribiendo Engels sirviéndose de los apuntes de Marx, pero también de su propio criterio, de lo que recordaba de conversaciones que habían tenido, etcétera.

J. J. F.—Sí, y no sabemos hasta qué punto la mano de Engels está metida ahí. Sin embargo, los Manuscritos, donde se hace un primer esbozo de la teoría marxista, sí son exclusivamente marxianos.

P. B.—Hay quien dice que, del mismo modo que el cristianismo es hijo de Pablo de Tarso y no de Jesús de Nazaret, el marxismo es más hijo de Engels que de Marx; que Engels sistematizó simplificándola, pero también haciéndola eficaz, una teoría que en realidad era extraordinariamente compleja y estaba llena de contradicciones.

J. J. F.—Algo de eso hay. Por cierto, y ya que mencionas el cristianismo, me voy a permitir salirnos un poco del tema para contarte una teoría que yo tengo: sin el cristianismo no habría existido el socialismo. Antes de la irrupción de la mentalidad cristiana —yo prefiero el término mentalidad a la palabra ideología—, no hubo ninguna sociedad en la que se viera la pobreza no como una indignidad, sino como algo digno y hasta benéfico, que en el caso de los cristianos te hace llegar a lo máximo, al Reino de los Cielos.

P. B.—«Antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico por la puerta del Reino de los Cielos».

J. J. F.—Exacto. El voto de pobreza; la pobreza como algo digno y honorable. Sin embargo, antes de la aparición de esa mentalidad, la pobreza era un vicio, algo deleznable, una vergüenza para el pobre.

P. B.—Y por esa puerta que el cristianismo abrió entró siglos más tarde el marxismo, también él una ideología de dignificación de la pobreza y maldición de la riqueza, aunque de otra manera.

J. J. F.—Exacto. El marxismo, igual que otras ideologías, no deja de ser un sustituto de la religión.

P. B.—Una religión laica en la que la manifestación reemplaza a la procesión, el mitin a la prédica del cura, etcétera, y hay también una sustitución mimética de arquetipos como el papa —Marx—, el profeta —Lenin—, los santos, los mártires, los sacerdotes…

J. J. F.—Eso es. Y la idea de salvación es sustituida por la de objetivo final: la sociedad sin clases. Y, también como en el cristianismo, entre que la salvación llega y no, también hay una serie de mandamientos y de objetivos más prosaicos, del día a día.

P. B.—El programa mínimo y el programa máximo de los socialistas.

J. J. F.—Exactamente. Bien, volviendo a lo que nos ocupa, a los jóvenes socialistas les interesan sobre todo los Manuscritos de 1844, porque allí encuentran un Marx que no es el Marx mecanicista posterior; que no es el Marx que habla del devenir histórico necesario —necesario en el sentido ontológico, de inevitable— de un modo de producción a otro hasta la crisis terminal del capitalismo que dé lugar a la sociedad sin clases socialista; sino uno que lo que dice es que hay que buscar la felicidad, que es la plenitud de la humanidad, y que para buscar la felicidad lo que hay que hacer es eliminar la alienación en la que el hombre ha caído; terminar con ese hombre alienado por su propio producto y convertido él mismo en un objeto, en mercancía.

P. B.—Que el hombre posea las cosas en lugar de que las cosas posean al hombre.

J. J. F.—Claro.

P. B.—Un Marx como más naíf, ¿no? Y más manipulable, también.

J. J. F.—No sé si más naíf, pero sí menos mecanicista, menos darwinista que el Marx posterior tamizado por la intervención de Engels, que es quien se había interesado más por las teorías evolucionistas, e incluso llegó a obsesionarse con ellas después de morir Marx. Fue entonces cuando efectuó esa simplificación de las teorías de Marx. De las de Marx y de las de él mismo, porque La ideología alemana, que es el primer libro marxista potente, es un libro escrito por los dos. La de Engels hacia la simplificación es una evolución de senectud. Ojo, Marx, como todo genio, era humano, ¿eh? Tiene sus contradicciones, y no hay por qué negarlas. A veces se habla de que Engels distorsionó la obra de Marx, pero distorsionar es una palabra muy peligrosa, porque implica que había una teoría muy clara y muy perfecta que luego alguien estropea. Y no, no.

P. B.—Nuevamente, sucede como con las religiones, con la cristiana en particular: se convierte en la palabra de Dios y hasta en la ley un libro, la Biblia, lleno de contradicciones.

J. J. F.—Efectivamente. Y luego, con el marxismo también pasa otra cosa que pasa con todas las religiones: que esas contradicciones y esa variedad de interpretaciones posibles generan herejías, rupturas, cismas, movimientos purificadores y radicalizados…

P. B.—Creo que el propio Marx escribió en alguna ocasión que nada le resultaba tan estomagante como los marxistas.

J. J. F.—Es verdad que lo dice, sí. Concretamente, dice de Jules Guesde, que es una figura en la que se inspiró mucho el primer PSOE, algo así como: «Si ese tío es marxista, yo no soy marxista» (risas). Lo veía muy fanático, muy simplificador.

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P. B.—El caso es que esa simplificación del marxismo se convirtió en una fuerza motriz de la historia de un modo del que un marxismo que hubiera conservado toda su riqueza de matices no hubiera sido capaz. Ha sucedido con todos los grandes movimientos sociales y políticos de la historia: por más que se hicieran en nombre de una determinada ideología compleja y desarrollada por intelectuales, lo que movilizaba a las masas era la reducción, el abstract, el resumen fácilmente comprensible, no el pack intelectual completo, sólo accesible a mentes privilegiadas.

J. J. F.—Es verdad, sí. Lo de Marx de «yo no soy marxista» también pasó un poco con Marcuse, que fue otro de los intelectuales que fascinaron a aquellos socialistas. Marcuse era un marxista de la primera Escuela de Frankfurt. Su obra maestra es Eros y civilización, pero la más conocida es El hombre tridimensional. La de Marcuse es una obra dura, complicada, pero tremendamente interesante. Su principal aportación fue mezclar a Freud con Marx; relacionar las categorías de represión sexual de Freud con las de represión económico-social marxistas y explicar que la sociedad capitalista moderna es una sociedad alienante también en lo sexual. Aquello fascinó a los jóvenes de Mayo del 68 y a los hippies, que convirtieron a Marcuse en una especie de ídolo. Eso a Marcuse le dejó perplejo: «¡¿Yo soy un ídolo de la juventud?! ¿Yo?» (risas).

P. B.—Así que tenemos Marx simplificado, a un Marcuse simplificado… ¿Qué mas simplificaciones componían el centón gonzalista-guerrista?

J. J. F.—Estaba Marta Harnecker, aunque era demasiado intelectualista en el peor sentido de la palabra, que es el francés. Era seguidora de Althusser, que tuvo más influencia en otros círculos, no tanto en los socialistas. Y luego estaba Rosa Luxemburgo, que también les influyó mucho.

P. B.—Pero, nuevamente, una Rosa Luxemburgo de la que tomaron lo que les interesó.

J. J. F.—Sí. Alfonso Guerra dice que la descubrió a través de una biografía de Lelio Basso que le impresionó mucho. Curiosamente, Rosa Luxemburgo era comunista: es decir, fue una de las dirigentes que se salió del SPD para fundar el Partido Comunista Alemán, el KPD, y Guerra, en las campañas que hace en El Socialista para que todos los socialistas aprendan la ortodoxia que a él le parece oportuna, nunca cita a comunistas. Jamás cita a Lenin, a no ser que sea para criticarlo. ¿Por qué a Rosa Luxemburgo sí? Pues porque Rosa Luxemburgo había hecho una crítica de la Revolución soviética, y además creía mucho en la espontaneidad de las masas.

P. B.—Autogestión socialista avant la lettre.

J. J. F.—Exactamente. Rosa Luxemburgo convenía por eso y también por otra cosa que, según Lelio Basso, había querido hacer: una síntesis de revolución y reforma. Siempre según Basso, Luxemburgo había dicho que ya no había que hablar en los términos de Kautsky, que era un ortodoxo que creía en ese mecanicismo que hablábamos antes de los pasos obligatorios hacia la meta final del socialismo, sino que entendía el socialismo al mismo tiempo como estadio último y como tendencia y a la reforma y la revolución como dos caras inseparables de la misma moneda. Ahí, los socialistas encontraron una forma de ser al mismo tiempo reformistas y revolucionarios; de mantener un discurso revolucionario pero ser flexibles en la práctica. Claro, estamos hablando de lo que Guerra decía que Lelio Basso decía que Rosa Luxemburgo decía…

P. B.—Un teléfono escacharrao socialista (risas).

J. J. F.—Eso es, sí (risas). La Rosa Luxemburgo real quedaba probablemente demasiado desvirtuada. Pero fíjate que ese centón del que hablamos es muy heterodoxo y muy heterogéneo, pero en absoluto caótico. Todo responde a un sentimiento, a una forma que ellos tienen de entender el socialismo. Buscan lo que encaja con ese sentimiento. Pero esto ha pasado siempre en la historia, ¿eh? Lo hicieron los propios Marx y Engels.

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Rosa de Luxemburgo

P. B.—Tomaron de Hegel lo que les interesó, de los socialistas utópicos lo que les interesó, de Morgan lo que les interesó…

J. J. F.—Claro, claro. La historia intelectual de la humanidad es eso.

P. B.—El problema de aquellos jóvenes socialistas era que tenían referentes, pero no modelos.

J. J. F.—Claro. Si su modelo no era la Unión Soviética, si su modelo tampoco eran las democracias liberales, si ni siquiera los países nórdicos eran el modelo, ¿cuál era el modelo? ¡No había el modelo! Se dieron cuenta, y lo dijeron así, literalmente, que nunca había existido el verdadero socialismo. De hecho, Marcuse lo decía así también respecto a la democracia: nunca ha existido una sociedad verdaderamente democrática.

P. B.—¿Ni siquiera les interesaba Suecia?

J. J. F.—No, ni siquiera Suecia. Ellos querían ir más allá. Y como no había ningún modelo al que mirar, ni pasado ni presente, la conclusión fue: «Seamos nosotros, los españoles, los primeros que intentemos una sociedad socialista».

P. B.—Pardiez que eran ambiciosos.

J. J. F.—Sí. Al menos de palabra lo eran: decían que la punta de lanza de la autogestión socialista en Europa sería España y que luego se iría extendiendo por todo el continente y más tarde por todo el mundo. Claro, las cosas son un poco más complicadas. Yo no sé hasta qué punto estaban convencidos de esa aspiración que declaraban tener de construir la primera sociedad socialista de la historia o era una cosa meramente teórica o sentimental.

P. B.—Posverdadera.

J. J. F.—Posverdadera, sí (risas).

P. B.—De todas maneras, el PSOE formuló su propuesta autogestionaria con bastante minuciosidad.

J. J. F.—La explicaron Miguel Boyer y otros economistas del PSOE en varios artículos sí. Básicamente pretendían dividir todo el sistema productivo español en tres sectores: uno en el que estarían todas las empresas estratégicas —minería, energía, etcétera— y que sería nacionalizado directamente, a la antigua, y gestionado por el Estado socialista; un tercer sector privado, el de las pequeñas empresas familiares, que ellos no creían que tuvieran que ser privatizadas; y un segundo sector (el más importante, por ser el de mayor tamaño) correspondiente a las grandes y medianas empresas, que sería el autogestionado. Esas empresas serían expropiadas a sus dueños —pagándoles, obviamente— y su control sería cedido a los trabajadores. Lo que proponían, vamos a decir, era una especie de NEP (risas). Claro, no lo decían así, porque Lenin era anatema. Tampoco decían en qué términos se traspasaría la propiedad de las empresas a los trabajadores. ¿Propiedad privada de los trabajadores? En el momento en que dejaran de ser trabajadores, dejarían de ser gestores, ¿no? Habría casi que volver a la Edad Media, a la propiedad de uso o algo así. Lo que por otra parte sí decían es que eso sería sólo el paso intermedio hacia la sociedad socialista, en la que la autogestión sería no sólo económica sino también política y social: en cada barrio habría comités autogestionarios, etcétera. Ésa era la idea general.

P. B.—Y la proponía Miguel Boyer.

J. J. F.—Sí. Increíble, ¿verdad? (risas).

P. B.—Futuro consejero económico de FAES.

J. J. F.—Eso es.

P. B.—Diablos.

J. J. F.—Ja, ja… Ésa era la idea, sí. Veían la autogestión, la autogestión socialista —a veces decían socialismo autogestionario— como un instrumento o camino hacia el socialismo y a la vez como la propia meta del socialismo. Esto no lo escribieron así, explícitamente, pero es lo que se puede leer entre líneas: la idea de la sociedad autogestionaria como la sociedad más democrática que existe y como una manera de superar el problema de las sociedades democráticas al uso, que no eran lo suficientemente democráticas porque, entre otras cosas, en ellas decidían los partidos y en los partidos eran unos poquitos los que se arrogaban la representación del pueblo. La autogestión resolvía todo eso y además no significaba dar un golpe de Estado violento o un giro brusco, aunque fuera legislativo, sino una transición más o menos paulatina, más o menos rápida y sobre todo pacífica.

P. B.—El PSOE, por otra parte, no era la única organización que reivindicaba la autogestión.

J. J. F.—No. La USO ya se declaraba autogestionaria a principios de los sesenta, cuando se fundó, aunque no tenía muy elaborado el concepto. Y la Federación de Partidos Socialistas de Enrique Barón también era autogestionaria.

P. B.—También lo era el Partido Carlista, que había experimentado una curiosísima evolución hacia la izquierda bajo la égida de Carlos Hugo de Borbón-Parma.

J. J. F.—También, también. Hasta Tierno Galván acabó sumándose a la autogestión, supongo que por oportunismo. Y la UGT adoptó la autogestión antes incluso que el PSOE, en abril de 1976. De hecho, en aquel congreso se escribió un artículo hablando maravillas de la autogestión que no va firmado pero que yo estoy convencido, y lo está también Abdón Mateos, de que lo escribió Nicolás Redondo. Yo le pregunté si era él efectivamente su autor. En ese momento, se enfurruñó un poco y, revolviéndose en su asiento, me dijo: «¡Si es sobre la autogestión, no es mío!». Claro, la idea de la autogestión chocaba frontalmente con la idea misma de un sindicato, y más de UGT, que era un sindicato a la antigua, burocrático y vertical; no era la Comisiones Obreras de los años sesenta. La autogestión fue algo impuesto por un grupo muy reducido de personas que se sirvieron de su superioridad moral —que la tenían en esa época, y mucha— para obligar en cierto modo al partido y al sindicato a caminar por ahí, pero gente como Redondo no podía asimilar algo así. Por cierto, ¡qué salud tan envidiable la de Redondo! Se le podría aplicar aquello que dijo Joan Reventós sobre Antonio Amat: «Era en aquel entonces un hombre que mantenía toda la fortaleza física de su condición de vasco».

P. B.—¿En qué consistía concretamente la autogestión que predicaba el PSOE?

J. J. F.—En copiar las quince tesis de la autogestión francesa. Las copiaron literalmente; punto por punto, tesis por tesis. Ellos no lo han reconocido nunca, claro, pero si tú ves las quince tesis francesas y las comparas con los escritos de Boyer y con lo que se aprobó en el XXVII Congreso, de 1976, es calcado todo. Los franceses adoptaron la autogestión en 1975, aunque el concepto ya llevaba unos años en auge, sobre todo a través de los sindicatos, y los españoles la adoptaron a finales de 1976. Y es curioso: ya Llopis se había fijado en la autogestión yugoslava en los años cincuenta, e incluso fue a Yugoslavia y después escribió unos cuantos artículos en El Socialista contando lo que había visto. Claro, a Llopis, como gran anticomunista, aquello le veía muy bien. Tito era el gran hereje que se había salvado del yugo de Stalin. Sin embargo, no me parece que hubiera ninguna comunicación directa con respecto a la autogestión entre Llopis y González y Guerra. Creo que González y Guerra la predicaron como una cosa totalmente nueva, sin saber que Llopis ya se había ocupado de ello. Y la predicaron por interés. Esto, Donald Sassoon lo explica muy bien: el Partido Socialista francés, cuando adoptó la autogestión, era un partido carente de ideas; siempre lo había sido, y se agarró a la autogestión como un clavo ardiendo porque vio en ello esa idea distintiva que necesitaba para venderse como una opción socialista diferente y definida. Luego quedó en agua de borrajas

P. B.—Igual que en el caso del PSOE.

J. J. F.—Sí. La autogestión que fue oficialmente adoptada en diciembre de 1976, fue olvidada a la semana siguiente. Con «olvidada» no quiero decir que desapareciera del todo: en el año 1979, el del famoso congreso del marxismo sí, marxismo no, la volvieron a recuperar, sobre todo porque el sector crítico había pasado a asumirla, pero como una cosa meramente simbólica; como una retahíla que permitía a los críticos diferenciarse y distanciarse ideológicamente del sector felipista pero nunca llegaba a efectos. Por otro lado, autogestión también era una manera de introducir en el socialismo la idea del mercado como algo bueno, aceptable. A los dirigentes yugoslavos les sirvió para eso: para reconciliarse con el mercado y con sus propias conciencias y no sentirse mal moralmente con lo que ya estaban haciendo en la práctica, que era firmar acuerdos de comercio con Estados Unidos y otros países. La autogestión fue una especie de caballo de Troya que fue acostumbrando a los yugoslavos a la idea de que el mercado capitalista no era malo. Además, hay otra cosa: si tú conviertes a los trabajadores en gestores, también los obligas a responsabilizarse de ciertas decisiones que el libremercado obliga a veces a tomar. Para hacer una empresa competitiva, hay dos vías: la innovación y la moderación salarial. Si un empresario no le sube el sueldo a sus trabajadores es un explotador, pero si son los propios trabajadores los que deciden no subirse el sueldo para hacer competitiva su empresa, nadie dirá que se están explotando a sí mismos.

P. B.—Todo lo contrario: se les considerará héroes estajanovistas.

J. J. F.—Claro. Pues bien, en el caso español, aunque la autogestión no llegó a llevarse a cabo, me da la impresión de que sucedió algo así también, aunque probablemente de forma inconsciente; que la bandera autogestionaria fue una manera de ir introduciendo en el socialismo español, en cuyas carnes la idea antimercado estaba grabada a fuego, la idea del mercado como algo bueno. La mayor parte de la gente es conservadora con respecto a ideas nuevas, pero si tú disfrazas una idea nueva haciéndola pasar por una idea vieja, ya aceptada, entra mucho mejor. Si dices: «Oíd, esto que estamos haciendo no es de ahora: ya lo hacía Pablo Iglesias, ya lo hacía no sé quién». Es un mecanismo que se ha utilizado siempre y los sevillanos eran muy hábiles utilizándolo. Y había más cosas: el PSOE también tenía un gran complejo de inferioridad frente al PCE; a un PCE probablemente muy inflado por la propaganda franquista y por la suya propia, pero que efectivamente estaba presente en muchos más sitios que los socialistas. Y también estaba preocupado por la pluralidad de siglas socialistas que existía en aquel entonces.

P. B.—Y la bandera autogestionaria sirvió para conjurar todo eso: otorgaba al PSOE la identidad que necesitaba para diferenciarse del PCE y lo convertía en un polo de atracción para los militantes de otros partidos socialistas.

J. J. F.—Eso es. En ese sentido, la autogestión, de la que por lo demás podemos pensar que a efectos prácticos no pareció servir para nada, sí sirvió para mucho; sí fue más importante de lo que parece.

P. B.—El PSOE también abogaba por integrar a España en el orbe de los países no alineados: ni OTAN, ni Pacto de Varsovia.

J. J. F.—Efectivamente. Y aquí también entra la fascinación que en algún momento los socialistas sintieron por Tito, que era uno de los adalides de los No Alineados junto con Nehru y otros.

P. B.—Otro era Fidel Castro, cuya figura también sedujo a los socialistas durante mucho tiempo. No le metían en el mismo saco que a Lenin o a Stalin, como sí harían después.

J. J. F.—Es que la Revolución cubana fue un hito fundamental. Ahora las cosas han cambiado, porque la Revolución lleva paso de acercarse a la duración de la Unión Soviética como régimen, pero en aquella época, que unos jóvenes barbudos fueran capaces de derrocar a un gobierno apoyado por la mayor potencia mundial fascinó a toda la izquierda mundial, y particularmente a la de España, donde además había un vínculo muy especial con Cuba. Fíjate hasta qué punto les interesaba la experiencia cubana que en el congreso de 1964, que es el más importante de toda esta historia de viaje hacia el extremismo político junto con el de 1976, los jóvenes radicales tanto del exterior como del interior —la segunda generación de la Agrupación Socialista Universitaria, especialmente— impusieron una resolución política tremendamente radical en la que se ponía explícitamente a Cuba como modelo y se decía que España podía ser una Cuba en Europa; que el socialismo podía instaurarse primero en España y luego ir extendiéndose a más sitios. Santos Juliá dijo cuando explicó todo este proceso que aquel congreso fue una balsa de aceite, y desde entonces lo han venido sosteniendo otros historiadores, pero no fue así en absoluto: hubo un choque brutal entre estos jóvenes radicales y sus mayores, que había sido gente muy moderada. Yo no sé por qué los historiadores no se leen, como mínimo, las resoluciones políticas… En fin. Pues bueno, sí, tenían a Cuba como modelo, y sí, ellos querían formar parte del movimiento de los No Alineados, y de hecho reivindicaban la Segunda República como la base de la que partir con respecto a ello, porque la República había seguido, decían, una política internacional de buscar y promover el equilibrio y la paz.

P. B.—Mencionaba antes la moderación que caracterizó al PSOE hasta la irrupción de los jóvenes radicales de los años sesenta. No es algo que se conozca mucho, y es curioso: en la memoria popular quedó que el marxismo que Felipe González eliminó de los estatutos socialistas en 1979 llevaba inscrito en ellos desde los tiempos de Pablo Iglesias, pero nada más lejos de la realidad.

J. J. F.—Sobre la cuestión del marxismo sí, marxismo no hay muchos mitos. Y el primero es ése, sí: el marxismo, que en su vertiente guesdiana había sido la base del primer PSOE, apareció por primera vez de forma explícita en el congreso de diciembre de 1976. ¡Pero es que en 1979 no se eliminó! Fíjate en lo que pasaron a decir los estatutos: «El PSOE asume el marxismo como instrumento teórico, crítico y no dogmático para el análisis y transformación de la realidad social, recogiendo las distintas aportaciones, marxistas y no marxistas, que han contribuido a hacer del socialismo la gran alternativa emancipadora de nuestro tiempo y respetando plenamente las creencias personales».

P. B.—El marxismo no se eliminaba, sino que se lo convertía en una tendencia socialista más entre otras.

J. J. F.—Claro. El PSOE no eliminó el marxismo. Es más: el SPD tampoco eliminó el marxismo en el famoso congreso de Bad Godesberg de 1959, como también suele decirse. ¡No lo eliminó porque no aparecía! Y tampoco se renunció a él: simplemente se pasó a considerar el marxismo como una tendencia socialista más, tan válida como otras. Y es que además llevaban toda la razón. Yo lo digo en el libro: el socialismo ya existía antes de nacer Marx —lo que él llamaba despreciativamente socialismo utópico— y siguió existiendo después de morir Marx. El socialismo no es una ideología homogénea. Ninguna ideología lo es, y el socialismo tampoco. Michael Newman hace una definición muy buena en su Socialism: a very short introduction, que es parte de una serie de breves historias de la Universidad de Oxford: dice algo así como que el socialismo es la idea según la cual los hombres podemos vivir en común, en igualdad y de forma armoniosa. ¡Nada más, y nada menos!

P. B.—Sobre esa base elemental, el socialismo se puede construir de maneras muy diferentes.

J. J. F.—Claro, claro: se puede construir y concebir de maneras muy diferentes.

P. B.—El propio PCE aspiraba en su Manifiesto Programa de 1975 a «aunar todas las tendencias socialistas sin sofocar a ninguna».

J. J. F.—Sí. La propia Pasionaria solía hablar de «nuestros hermanos socialistas» y de la necesidad de integrarse. Esto me recuerda una anécdota: en un Aula Debate en la Universidad de Salamanca, Santos Juliá dijo que él fue del PCE cuando el PCE era socialdemócrata, y provocó un escándalo tremendo, porque en Salamanca me temo que hay algunos franquistas de toda la vida que ahora se han subido al carro de la extrema izquierda, eso dicen. Se preparó un revuelo tremendo (risas), pero Juliá dio en la diana. ¿Qué era, al fin y al cabo, el eurocomunismo sino una forma de socialdemocracia? El lema del PCE en aquellos años era «Socialismo en democracia»; el del PSOE, «Socialismo es libertad». No hay mucha diferencia, ¿no? Carrillo, aunque era mayor que todos éstos, estaba en la misma onda, porque había visto que el llamado socialismo real era un fraude y que hasta Jrushchov, que él pensaba que iba a hacer un socialismo distinto, se había acabado limitando a cuatro símbolos y había terminado en lo mismo.

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La Pasionaria

P. B.—Y luego se lo cargaron.

J. J. F.—Sí, se lo cargaron y vino el otro, Brezhnev, a quien yo llamo el Carrero Blanco soviético, porque se parecía mucho, y no sólo físicamente. Era más que un conservador, un reaccionario. Y Carrillo rechazó eso. Ahora no lo tragan ni en Podemos ni en la Izquierda Unida de Alberto Garzón, porque lo ven como un traidor, también por aquello de la bandera de España y de la Monarquía. Pero es que hay que entender una cosa: ¿qué era lo importante en esos momentos para el PCE o para el PSOE, después de cuarenta años de exilio y represión? Lo importante era la democracia. A mí me da igual que España sea una monarquía mientras sea una democracia y el monarca no mande.

P. B.—El problema de Carrillo es que esas prédicas democráticas suyas se compadecían muy mal con la escasa democracia interna que había en el partido bajo su dirección. Todas esas decisiones dolorosas y polémicas, Carrillo las tomaba sin consultarlas con nadie. De la noche a la mañana, los militantes comunistas pasaron a tener que colgar en sus sedes la bandera contra la que habían luchado —y habían luchado con razón— durante cuarenta años. También hay que entender lo doloroso que fue aquello para mucha gente, máxime cuando aquellas decisiones no le reportaron ningún beneficio electoral al partido, sino todo lo contrario.

J. J. F.—Bueno, pero ¿qué partido era entonces internamente democrático? ¿Qué partido lo es hoy? ¿Lo son siguiera los nuevos partidos: lo es Podemos, lo es Ciudadanos? «El que se mueva, no sale en la foto». Esa frase se atribuye a Alfonso Guerra. Él dice que nunca lo dijo, pero si no lo dijo, al menos sí lo aplicó. Pero es una cosa general, y no sólo de la política. En la Universidad, en el Bachillerato, en la Educación Secundaria Obligatoria, el que se mueve tampoco sale en la foto. Si tú quieres sacar buenas notas, ¿qué tienes que hacer? Acoplarte a la idea que tenga el profesor del asunto. Si tienes la suerte de que el profesor tiene la misma idea que tú, cojonudo. Si no, una de dos: o decides seguir con tu idea y suspender o sacar mala nota, o te engañas a ti mismo o al profesor poniendo lo que el profesor quiere oír. En España, las cosas son así. Y también te digo otra cosa: yo no sé si Carrillo era un dictador dentro del partido, pero, si lo fue, no le importó a nadie mientras al partido le fue bien. Los comunistas han tenido muchas tragaderas en ese sentido. Por otra parte, el descalabro del PCE, yo no creo que se debiera a aquellas decisiones. Se debió a que las posiciones extremas no funcionan en las sociedades a no ser que haya un problema muy gordo, como en la República de Weimar después de 1929: un incumplimiento brutal de las expectativas que se tenían y una sociedad tremendamente polarizada debido a unos problemas económicos y políticos muy gordos. Sin la crisis de 1929, Hitler no hubiera sido nada. Y lo mismo pasó con la Unión Soviética: el bolchevismo triunfa en un momento de crisis absoluta, con el país perdiendo la guerra y la gente pasando hambre bajo un régimen tremendo, como era el zarismo.

P. B.—Y de todas maneras, Lenin triunfa prometiendo «paz, pan y trabajo», nada más.

J. J. F.—Es que Lenin era un tío inteligentísimo; un fenómeno de la estrategia. Pero también le ayudó el contexto. En sociedades que no tienen esos terribles problemas de frustración de expectativas y de anhelos y polarización, las posiciones extremas de un lado o del otro son siempre minoritarias. Y eso es lo que le pasó al PCE. Los comunistas, que son expertos y maestros consumados en la propaganda, siempre se pintaron como los campeones de la lucha antifranquista, y además Franco les ayudaba en eso sin querer, porque todo lo que pasaba era culpa de los comunistas. Se cogía a unos cuantos socialistas, se los metía en la cárcel y la prensa decía que se había encarcelado a unos comunistas. Franco era el centinela de Occidente frente al comunismo, etcétera. Sin embargo, llegó el 15 de junio de 1977 y los comunistas se quedaron por los suelos; los arrasó el PSOE. ¿Qué pasó ahí? Las teorías de la conspiración al uso dicen que al PSOE le dieron cantidades ingentes de dinero los socialdemócratas alemanes, pero oiga, ¿acaso al PCE no le habían dado dinero los rumanos y los rusos durante lustros? No todo es dinero, hay otras cosas.

P. B.—Hombre, el dinero también es importante, y al PSOE le dieron muchísimo.

J. J. F.—Sí, pero también se le dio a los comunistas. De hecho, más que a los socialistas.

P. B.—¿Más?

J. J. F.—Sí, lo ha demostrado Antonio Muñoz Sánchez. El PSOE empezó a recibir dinero del SPD en mayo de 1975. Y recibió mucho, sí, pero, ¿cuánto dinero habían recibido los comunistas de la Unión Soviética hasta entonces? En parte por eso Carrillo tuvo que retractarse de su condena a la invasión de Checoslovaquia. Todavía a mediados de los setenta, el PSOE tenía dos liberados mientras el PCE tenía cien. Eso sólo se consigue con dinero. También pasa ahora: cuando Podemos sacó sus cinco eurodiputados en 2014, con un millón y pico de votos, todo el mundo alabó muchísimo la campaña que habían hecho, pero a mí que no me cuenten historias. Por muy maestros que sean los de Podemos en el uso de las redes sociales, que sin duda lo son, para conseguir eso hay que tener dinero.

P. B.—Napoleón decía que para ganar una guerra hacían falta tres cosas: dinero, dinero y dinero.

J. J. F.—Pues eso. Es que es evidente. Ojo, yo con esto no pretendo atacar ni a Podemos, ni al PSOE, ni a PCE: es algo normal. Lo que no se puede hacer es demagogia, y en historia menos. Por supuesto que el dinero fue importante, pero los comunistas tenían mucho más y lo llevaban recibiendo muchísimo tiempo.

P. B.—De todas formas, no eran sólo los dineros alemanes. Al PSOE también le ayudó mucho el apoyo del régimen franquista, que permitía sus actividades mientras reprimía las del PCE. Usted mismo cuenta en el libro que las radios policiales dieron la orden de que «al señor González, ni tocarlo» durante el Primero de Mayo de 1976.

J. J. F.—Es cierto. Hubo cierto trato de favor a los socialistas respecto a los comunistas al final de la dictadura. Eso ellos lo niegan, claro, pero a González se le fue la lengua en 1995 con Victoria Prego y vino a reconocerlo. A mí me lo confirmó Nicolás Redondo. Cuando la policía fue a darle palos en mayo de 1975, González fue a hablar con los agentes y éstos automáticamente dejaron a Redondo en paz.

P. B.—Y para ir a Suresnes, Carrero Blanco decretó que se le diera el pasaporte y se le pusieran todas las facilidades para salir y entrar de España.

J. J. F.—Sí, sí. Claro, es que el partido socialista tenía una ventaja muy grande sobre el comunismo: no tenía la palabra comunismo en las siglas ni la hoz y el martillo como símbolo. Cuando una parte del régimen llegó a la conclusión de que una cierta apertura democrática iba a ser inevitable, le interesó promocionar, como quien dice, al PSOE. Pero bueno, tampoco esto basta para explicar el éxito del PSOE, ¿eh? Hubo otra cosa fundamental: digan lo que digan, todos los votantes socialistas que el PSOE tuvo durante la República no se habían olvidado del partido, ni lo habían hecho sus hijos y nietos.

P. B.—La famosa teoría del balcón que solía repetir Llopis: al PSOE no le hacía falta arriesgar la integridad física de sus militantes enviándolos a España como hacía el PCE, porque cuando adviniera la democracia bastaría colgar la bandera socialista y la de la UGT de algún balcón para que la gente hiciera cola para afiliarse.

J. J. F.—Es que aquellas siglas tiraban. Felipe González, a diferencia de algunos de la ASU, siempre se empeñó en que el partido tenía que llamarse PSOE; que no podían hacer un partido socialista aparte. Y se empeñó, y lucharon como leones por las siglas contra Llopis, porque sabían que esas siglas seguían tirando.

P. B.—El capital simbólico que decía Bourdieu.

J. J. F.—Claro. El PSOE era el partido socialista por excelencia. La gente razonaba: si yo soy socialista, el partido al que tengo que votar es al PSOE. ¿Federación de Partidos Socialistas? Eso, ¿qué es?

P. B.—Ciertas malas decisiones tácticas del PCE también ayudaron mucho al PSOE.

J. J. F.—Eso lo reconoció Carrillo. Carrillo era de una generación anterior a la de Felipe González, y era alguien que la gente asociaba a la guerra civil, el gran drama que todo el mundo estaba obsesionado con conjurar. Y no digamos la Pasionaria, que además soltaba unos exabruptos tremendos en los mítines. Yo tengo un amigo dos años mayor que yo —yo soy de 1969 y él de 1967— cuyo padre es del PCE y lo llevaba a los mítines desde pequeño, y siempre recuerda, porque quedó impactado, a Pasionaria refiriéndose a la Unión Soviética como la Madre Patria Socialista. Aquello era una metedura de pata tremenda de cara a la gente que se identificaba con el PCE pero no estaba en esas claves. Frente a eso, Felipe González era un tío joven, abierto de carácter, guapo…

P. B.—Guerra recuerda en sus memorias, y usted lo registra en su libro, la impresión que causaba en la Universidad cuando entraba en clase con su tez agitanada, su tabardo de piel y oliendo al establo de su padre.

J. J. F.—El tío tenía tirón, sí. Tenía carisma. Carrillo nunca lo tuvo, y además tenía el problema de ser 27 años más viejo que Felipe González. Ideas, tenía las mismas o muy parecidas que las que predicaba González, como hemos dicho antes. El PCE de entonces abogaba por la reconciliación nacional, algo que yo creo que comenzaron predicando por cierto oportunismo en 1956 pero que se acabaron creyendo. Y su modelo no era la URSS. Había dejado de serlo y había dejado de serlo de verdad, abandono que por cierto fue muy curioso, porque Carrillo expulsó a Claudín y a Semprún del partido e inmediatamente después asumió gran parte de sus ideas.

P. B.—Yo creo que los expulsó justamente por eso: tenían las mismas ideas que él y por lo tanto suponían una competencia en lo que respectaba al control del partido.

J. J. F.—Fíjate, yo no pienso eso. Pienso que no tenía las mismas ideas, pero que estaba a punto de tenerlas, que es algo que pasa a veces. Pasó también con González y Guerra: tenían ya la idea de hacer una cosa más moderada, pero a veces pasa que justo cuando vas a dar el paso hacia la moderación es cuando te radicalizas más que nunca.

P. B.—El sol nunca brilla tanto como cuando está a punto de ponerse.

J. J. F.—Eso es. Yo creo que ése fue el caso de Carrillo. Justamente cuando él ya está pensando en si dar ese salto, llegan unos tíos más jóvenes que él y le dicen que tiene que darlo, y le sienta fatal.

P. B.—Un poco como el homosexual reprimido que detesta, porque los envidia, a quienes viven su homosexualidad con naturalidad.

J. J. F.—Algo así, algo así. A mí, los libros de historia me interesan cuando tratan también estas cosas psicológicas. El marxismo puro, si es que existe tal cosa, por más que me guste mucho Marx, no me cautiva, porque es demasiado aséptico, demasiado teórico, rígido. Estas variables también influyen. La psicología individual y la colectiva, que yo creo que también existe. Hay quien piensa que la psicología sólo puede ser individual, pero yo creo que sí que existe un cierto espíritu colectivo, una cierta psicología colectiva, igual que existen ciertas memorias colectivas además de las individuales.

P. B.—Frente a lo que decía Margaret Thatcher, la sociedad sí existe.

J. J. F.—Hombre, ya lo creo. Ella lo debía de saber muy bien.

P. B.—El PSOE está muy de actualidad, con estas primarias que probablemente sean o vayan a ser uno de los hitos de la historia del partido, al nivel de Suresnes y otros congresos clave. Hay mucho en juego, el PSOE atraviesa una crisis profunda y libros como el suyo pueden ayudarnos a comprender qué polvos trajeron estos lodos. ¿Cuánto de lo que pasó y de lo que se hizo entonces explica los males actuales del partido socialista?

J. J. F.—Hay una cosa que está clara y que ya vieron entonces Francisco Bustelo y sobre todo Pablo Castellano, que además escribió sobre ello en un informe para la Comisión Ejecutiva de octubre de 1976, poco antes de celebrarse el congreso de la radialización marxista. En ese informe, Castellano denuncia lo que él considera la deriva del PSOE hacia la derecha; hacia un partido muy centralista y que en absoluto camina hacia el federalismo prometido y hacia un hiperliderazgo de Felipe González. Yo en el libro hablo de culto de la personalidad, una expresión un tanto exagerada pero que considero útil a efectos prácticos.

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Felipe González en una foto reciente.

P. B.—Culto a la personalidad sin llegar a extremos maoístas.

J. J. F.—Eso es. Felipe González tampoco es Mao. Son situaciones distintas, pero cierto culto sí que hay. ¿Quién lo organiza? Alfonso Guerra, que es quien controla la prensa, la propaganda y la organización. Lo controla todo, en pocas palabras; claro, con el permiso y supervisión de Felipe González. Ese culto servía para tapar muchos defectos o carencias ideológicas que tenía el PSOE y sirvió para superar la crisis del marxismo sí, marxismo no 1979, cuando una parte de los dirigentes del PSOE estaba en contra no de las ideas de González, sino de su forma de actuar, de su táctica; de aquello de «¡hay que ser socialistas antes que marxistas!». Cuando se aprobó una resolución política con la que Felipe González ya no podía estar de acuerdo y dimitió diciendo que no quería tirar de un carro en el que no creía, que ni se iba a subir ni iba a tirar de él, los críticos entraron en pánico, porque, por más que se opusieran a los planes de González con respecto al marxismo o la autogestión, no veían que otro líder pudiera dirigir el partido: tal había sido el impacto de Felipe González en el PSOE y de ese culto a la personalidad que se había promovido desde El Socialista y otros medios.

P. B.—Castellano, Bustelo, Gómez Llorente, etcétera, ¿no se veían capaces de liderar ellos el partido?

J. J. F.—Yo creo que no.

P. B.—¿Preferían ser una especie de voz de la conciencia, de Pepito Grillo del PSOE?

J. J. F.—Era más complicado. Castellano había sido el jefecillo del PSOE en Madrid a principios de los años setenta, y todas las reuniones que se hacían en el PSOE entonces se hacían en su casa y en su despacho de abogado. Desde allí promovió una plataforma llamada Conferencia Socialista Ibérica, pero en cuanto Felipe González tomó las riendas del partido acabó con ello. González tenía mucha clarividencia con respecto a que socialistas sólo debía haber unos, a que los otros debían o juntarse al PSOE o irse a su casa, y destruyó sin miramientos aquélla y otras campañas de Castellano en la misma dirección. En la prensa se hacían unas campañas brutales contra Castellano, contra Múgica —que aunque había sido comunista había pasado a ser la derecha del PSOE—… A Múgica le llamaron de todo y le acusaban hasta de ser un propagandista del Estado de Israel debido a sus orígenes judíos, y a Castellano lo acusaban de querer meter falangistas en el PSOE. Por todo ello, yo creo que en aquel momento Pablo Castellano no tenía la fuerza necesaria para postularse como alternativa a Felipe González. Estaba muy desgastado, muy frustrado, también porque la Agrupación Socialista de Madrid siempre ha sido una jaula de grillos. Él estaba muy resentido contra González y Guerra, pero no le habían quedado ganas de liderar nada. Bustelo tampoco se atrevía; Tierno Galván ya se sabía: tiraba la piedra y escondía la mano; Gómez Llorente andaba por ahí con su pipa pero siempre fue muy templado, tanto que Guerra fue a buscarlo para que formase parte de la Ejecutiva del congreso extraordinario de 1979 a pesar de que era crítico… Por lo demás, ¿quién quedaba? Pues o gente muy joven, porque gente como Antonio García-Santesmases era un crío, o gente que sí que no tenía la talla suficiente para enfrentarse a González, como Alonso Puerta y compañía. Medirse a Felipe González no era fácil, ¿eh?

P. B.—No, claro que no.

J. J. F.—Hay que pensar que Felipe González no es el de ahora: era visto entonces como la izquierda de la izquierda del PSOE y tenía mucha labia, mucha presencia y mucho apoyo. Lo dice el mismo Bustelo, por lo demás muy crítico con González: «Queríamos al mismo líder con unas ideas que él no quería».

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Felipe González en 1979 y en la actualidad.

P. B.—Y cuando se obligó a los socialistas a escoger entre el líder y las ideas, escogieron al líder.

J. J. F.—Escogieron al líder por mayoría aplastante.

P. B.—El hiperliderazgo gonzaliano, entonces, ¿sigue pesando hoy?

J. J. F.—Claro, porque impidió durante años que emergiera cualquier posible líder alternativo. Y si emergía, ahí estaba el aparato del partido para cortarle el paso. Esto no lo he contado en el libro, pero se sabe que fue así: en 1979 se hicieron unas purgas enormes en el PSOE en todas las ciudades. A mí me lo han contado diferentes personas de diferentes sitios, y Bustelo también lo cuenta. En Salamanca, por ejemplo, se puso uno de los que todavía están en el PSOE en una mesa y fue llamando a los militantes uno por uno y leyéndoles la cartilla. El que pasaba por el aro, seguía; al que no, le quitaban el carné. Esto me lo corroboró un profesor de historia de la Universidad de Salamanca. Muchos militantes se marcharon espantados, porque vieron que aquello era como el partido comunista de los peores tiempos, y los que no se marcharon o se adaptaron, o los echaron, o recibieron unas presiones tremendas. El aparato lo controlaba todo estrechamente. Ya era así sin llegar al poder, y cuando el PSOE llegó al poder, la cosa se intensificó más todavía: el partido se gubernamentalizó; pasó a ser controlado por el Gobierno.

P. B.—Se suele contar la anécdota de que en los años ochenta era frecuente que a los congresos y asambleas del partido todos sus integrantes llegaran en coche oficial, porque todos detentaban un cargo público.

J. J. F.—Claro, eso dice mucho. Es interesante en este sentido leer las memorias de Joaquín Almunia o la entrevista que Tom Burns le hizo en 1996.

P. B.—Cuando uno detenta un cargo público se mueve menos, porque le va la vida en mantenerlo y sólo lo mantiene si conserva la confianza de quienes tienen el poder de otorgárselo.

J. J. F.—Claro. Y hay que pensar que en los años ochenta la gente entró en el PSOE como un aluvión, atraída por los cargos que el partido ofrecía casi a cualquier persona válida que jurase, por así decirlo, fidelidad al aparato del partido, o sea, a sus líderes máximos.

P. B.—Aquel partido que tenía 202 escaños en las Cortes y gobernaba prácticamente todas las comunidades autónomas y ciudades importantes tenía sillones para todos.

J. J. F.—Eso es. Después de 1979, salvo en Ávila, Santander y poco más, el PSOE, bien en solitario, bien pactando con el PCE, gobernaba todas las capitales de provincia. Había sillones para todos, sí. Pero claro, para conseguirlos y mantenerlos había que ser obediente. Y la gente con talento que no estaba dispuesta a pasar por ese aro, o se iba, o no entraba, o se quedaba arrinconada en la esquina de los críticos, a quienes nadie se tomaba demasiado en serio. Pablo Castellano siempre era la nota discordante, pero cuando aparecía la gente se lo tomaba a chirigota: «Bueno, va a hablar Pablo, nos va a decir alguna cosa». No se lo tomaban en serio.

P. B.Izquierda Socialista, la tendencia interna que Castellano y Bustelo lideraban y con la que Guerra hizo con Izquierda Socialista o la única excepción a su política de no permitir la constitución de tendencias internas organizadas, ¿era, y por eso se la mantuvo, una especie de Izquierda Unida del PSOE: ese rincón del descontento que no sólo no preocupa al sistema, sino que le conviene, porque le proporciona una válvula de escape para drenar el descontento interno; para que los antisistema se desahoguen controladamente?

J. J. F.—Algo así, sí. En efecto, las tendencias internas estaban prohibidas en el PSOE, solo se admitían corrientes de opinión, como se decía entonces. ¿Por qué Izquierda Socialista sí? Pues por eso, porque de alguna forma servía para canalizar el descontento. Por lo demás, el control de Guerra era férreo. Guerra también impulsó una forma de acceder a los congresos que se basaba en que prácticamente todos los delegados que cada territorio enviara fueran de la facción que hubiese resultado mayoritaria en ellos. Simplificando mucho, si una facción ganaba el 51% de los votos en un territorio, se llevaba el 100% de los delegados.

P. B.—Además, Andalucía era y sigue siendo el mayor territorio; el que más delegados envía.

J. J. F.—Y se votaba por orden alfabético, con lo cual Andalucía era la primera en votar. Se levantaba Guerra, decía tal o cual cosa y los demás se acojonaban y seguían la directriz así marcada. Todo esto, ¿a qué lleva? Pues lleva a reprimir el talento y la honradez ideológica. Ésa es mi opinión. Yo creo que la repercusión más grande que pueda tener lo que se hizo en aquellos años es ésa.

P. B.—Se acabó configurando un sistema que encumbraba a gente mediocre.

J. J. F.—Efectivamente. Que figuras como Susana Díaz o Pedro Sánchez aspiren a liderar el Partido Socialista Obrero Español, que lo ha sido todo en este país, es de locos. Estamos hablando de un partido en el que había gente muy brillante. Fijémonos en el primer gobierno de González: ahí estaban, aparte de Guerra y González, gente como Enrique Barón, economista eminente; José María Maravall, uno de los mejores sociólogos del país; Miguel Boyer, otro economista eminente que además había sido físico nuclear; Javier Solana disfrutó de una beca Fulbright en Estados Unidos; Fernando Morán, diplomático de carrera… Tipos muy, muy preparados al margen de lo que podamos pensar de ellos por lo demás. La comparación con los ministros de Zapatero, o con los líderes de ahora, es desoladora. Pedro Sánchez, ¿qué elecciones va a ganar? Es un tipo sin carisma ninguno. Se lo pones delante a Pablo Iglesias y se lo come con patatas. Pero es que Susana Díaz no anda muy lejos. Susana Díaz tiene una ventaja, si se quiere, que es que es hija de un fontanero, tal como ella repite constantemente. De un fontanero enchufao, podemos imaginar, pero hija de un fontanero al fin y al cabo. Su padre es obrero, y eso, de cara a los viejos militantes, es importante. Por lo demás, ¿quién es Susana Díaz? ¿Quién es Patxi López? ¿Qué solidez tienen como líderes del más que centenario Partido Socialista Obrero Español? Poca o ninguna.

P. B.—El hiperliderazgo y el control férreo de González y Guerra tuvo otra consecuencia que el PSOE paga hoy muy cara: su desenganche de los movimientos sociales, vivero natural de nuevos líderes para cualquier partido de izquierdas. Los líderes actuales del PSOE no provienen de la calle, sino de su propio y enrarecido interior; de gente que, como Susana Díaz, entra a militar con dieciséis años y no tiene más oficio conocido que ir trepando por la estructura partidaria.

J. J. F.—Por supuesto. Pero eso es muy viejo. El PSOE ya estaba desenganchado de los movimientos sociales en el franquismo. Estuvo enganchado en los años veinte y treinta, cuando llegó un punto en que no era el PSOE el que dominaba a UGT, sino UGT la que dominaba al PSOE. Después, durante el franquismo, la represión tan tremenda que el PSOE sufrió por un lado, y por otro su negativa a infiltrarse en las estructuras del régimen, como sí hacía el PCE, hicieron que el PSOE sólo tuviera enganche con la sociedad en Asturias y en Vizcaya.

P. B.—Y poco, en todo caso.

J. J. F.—Y cada vez menos, sí. Les fue comiendo la tostada Comisiones Obreras, que de hecho nació en Asturias. El PCE sí tenía un fuerte enganche con la sociedad gracias a su infiltración en los colegios profesionales, el Sindicato Vertical, las asociaciones de vecinos, etcétera. El PSOE, no. Y cuando llegó la democracia, siguió sin engancharse, entre otras cosas porque a González y Guerra no les entusiasmaba la entrada de nuevos líderes frescos y carismáticos que pudieran hacerles sombra. Todo este tipo de cosas acaba convirtiendo al partido en una maquinaria, si no podrida, sí anquilosada, como si se le hubiera metido arena entre los engranajes y ya no funcionase. No hay brillantez, no hay crítica, no hay debate y lo que sí hay es una mediocridad enorme.

P. B.—Del PSOE también se diagnostica que entró en crisis cuando lo hizo el eslogan que acuñó en los setenta para camuflar su desideologización: aquello de la modernización de España. Una vez España se modernizó, el partido se quedó sin identidad.

J. J. F.—Exacto. El PSOE se desideologizó —aunque Pablo Castellano dice que lo que querían González y Guerra no era desideologizar el partido, sino ideologizarlo en otra dirección— y reemplazó esa ideología perdida por la idea de modernización de España. Hombre, podrían haber modernizado España un poco mejor, ¿eh? Podrían haber llevado la modernización a sitios a los que no llegó y podrían no haber hecho una reconversión industrial que más que reconvertir la industria lo que hizo fue destruirla. Pero bueno, el PSOE sí que hizo cosas bien, como anular el Ejército como arma política. Serra quitó de en medio a los militares que veía más profranquistas dándoles buenas jubilaciones, y eso es algo que hay que agradecerle.

P. B.—También mantuvieron el servicio militar y encarcelaron durante años a los insumisos, a los que incluso sometían a una kafkiana muerte civil cuando la condena terminaba.

J. J. F.—Sí. La mili la quitó Aznar, que ya tiene cojones.

P. B.—Hay quien dice que en realidad el PSOE lleva en crisis desde 1996. Lo de Zapatero fue un simple espejismo debido al trauma del 11-M. Sin el atentado, Aznar habría seguido gobernando, Zapatero se habría desgastado en la oposición y la crisis del PSOE se hubiera ido agravando.

J. J. F.—Bueno, es hacer historia virtual, pero sí, algo de eso hay.

9-11-m1
Estación de Atocha, Madrid, 11 de marzo de 2004

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