Narrativa

En el laberinto de la fantasía: ‘Exotique’, o una épica de la oscuridad

Manuel Fernández Labrada reseña 'Exotique', tercer volumen de ficción publicado por Trea del oscense Agustín Vidaller, un escritor portentoso que combina la fantasía más exaltada con una meticulosa documentación histórica y cultural, fraguadas en un lenguaje exuberante, trabajado con el esmero propio de la poesía.

/ una reseña de Manuel Fernández Labrada /

Todo buen relato de intriga o de fantasía tiene su parte de laberinto: un dédalo de palabras en el que nos sumergimos voluntariamente y que no deseamos abandonar antes de alcanzar su final. Aunque al principio carecemos de una visión de conjunto ―la trama se nos va descubriendo por etapas―, avanzamos convencidos de que una valiosa revelación nos aguarda tras el último recodo. No encuentro mejor imagen para iniciar mi reseña de este extraordinario libro, Exotique (2020), del escritor oscense Agustín Vidaller. Gozosamente perdido en el laberinto de sus páginas, rendido a su portentosa fabulación, siempre he interrumpido mi lectura con la convicción de que tenía entre las manos un exquisito refugio al que podría regresar en cualquier momento. Hay celdas de papel que son preferibles a la realidad. Con la reciente publicación de Exotique, Ediciones Trea añade la última pieza de una trilogía de la que también forman parte dos novelas de Vidaller: Costas perfumadas (2005, 2018) y Oasis: una odisea negra (2017). Tres títulos que configuran un universo narrativo de gran coherencia, donde la fantasía más exaltada se combina con una meticulosa documentación histórica y cultural, fraguadas en un lenguaje exuberante, de gran intensidad y belleza, trabajado con un esmero propio de la poesía. Un discurso literario abierto también a variadas interpretaciones, que en el caso particular de Exotique alcanza, gracias a la multiplicidad de historias que recoge, su punto de mayor riqueza. En cada párrafo se nos invita a soñar con nuestro propio laberinto.

Como las anteriores obras del autor, Exotique exhibe también una prosa compleja, en ocasiones hermética, casi inextricable, donde abundan las frases felices, a veces sentenciosas, casi aforísticas, siempre ingeniosas. Un libro al que deberemos acercarnos con el respeto que inspira un texto sagrado o de magia, que solo tras una intensa interpelación nos descubre sus secretos. O como un arma exótica y desconocida que manejamos con prudencia, sin saber de qué manera y en qué momento va a infligirnos la herida ―no letal― de la revelación. Cuando el artista cifra su meta en la densidad, el enigma y la sugerencia, su prosa puede convertirse en un discurso muy cercano a la poesía, y reclama, como ella, una aproximación diferente, particularizada. Enrique Jordá, el director de orquesta donostiarra, aseguraba que lo más importante en la interpretación de una pieza era la elección del tempo: una decisión que traslucía, más que la propia perfección técnica, el grado de comprensión de la obra. No cabe duda de que el libro de Agustín Vidaller se nos ofrece como una partitura exigente, para la que deberemos hallar el ritmo y nivel de lectura más adecuados en cada momento, incluida la relectura —tal sucede con la música—, o incluso su momentánea interrupción. Lectura y escritura son ―o deberían de ser― actividades simétricas, equidistantes. Así nos lo insinuó quizás Borges, cuando se vanagloriaba más de sus hazañas de lector que de su propia escritura. Así se cumple forzosamente en este libro. El lector de Exotique deberá sentirse cómplice de su creación, se pondrá a la altura de su autor o no podrá ser llamado lector.

Aunque Exotique se nos presenta como un conjunto de relatos, el libro está cuidadosamente estructurado y unificado, con diferentes grados de conexión entre sus partes. Un breve y enigmático texto preliminar, Perorata, nos ilustra quizás sobre el destino del artista, su marginalidad necesaria, su voluntario presidio. La primera sección, Turán. Los vericuetos del poema, comprende cinco relatos, y se desarrolla, tal como cabía esperar, en uno de esos escenarios exóticos tan queridos por el autor. En el corazón de Asia, al este de los mares Caspio (Hircanio) y Aral, se extiende un territorio abonado por la historia, pero también fértil para la imaginación. Es el solar de la antigua Turán: una geografía de ciudades misteriosas y pueblos nómadas, de desiertos y lagos, de montañas y estepas. Es la patria por excelencia de la aventura, el tipo de país que más le gusta frecuentar a la musa de Agustín Vidaller: aquel donde lo real adquiere carácter de fantasía, y lo inventado, impronta de realidad. Un universo de gestas cuyo límite occidental se encuentra allí donde descubrimos un ovillo de lana caído a las puertas de un laberinto (Primacía). Puede ser la gesta de Toktamish (Evangelio), el gran guerrero mongol que, despreciando los vaticinios contrarios de sus hechiceros, parte a la búsqueda de una aventura que libere a su pueblo de siglos de no historia: la gesta que se hace acreedora de la epopeya. Pero también puede ser el testimonio del superviviente de una ciudad asolada (Rostro donde contemplo el mundo). Herido por una flecha tártara que no es posible extraer, el exiliado regresa a su Ulugh natal acompañado de «cien jinetes suicidas» cedidos por el emperador de China. O quizás sea la peripecia de un principe de la dinastía Tang (Anábasis), desterrado a la frontera tártara por culpa de un amor ilícito, y que se obstina en no morir, entregado, a orillas del lago Aral, a las más fantásticas vivencias oníricas. Esta primera sección de Exotique concluye con Regreso a Titania, el relato más extenso y enigmático de todos, cuya trama parece desenvolverse en un mundo distópico (Ôm Titán). Es la epopeya de quien emprende la aventura de encontrar el limes de esa gran ciudad en la que se ha convertido el Mundo, pero que termina sus días sobreviviendo bajo la tutoría implacable de Klima: un líder espiritual y guerrero, cortado por el mismo patrón del monstruo, que hace del nomadismo más radical su bandera.

La siguiente serie de relatos, reunidos bajo el epígrafe Versiones de Qármatan. Su imperio, sus canciones, manifiesta un mayor grado de integración. Son cinco textos que nos ofrecen visiones complementarias de Qármatan: una personalidad enigmática cuya identidad se nos va descubriendo poco a poco, y que parece representar el poder omnímodo, la encarnación del horror. Nos internamos en el reino de Gog y Magog. Dentro de esta aproximación poliédrica al monstruo (Qármatan) y a su legado (el Poema), Caligrafía constituye el testimonio del primer compilador de su odiosa filosofía: un escriba que, tras la aparente muerte del Funesto, destruye los papiros que la contenían, dispersándolos en los cuatro elementos primordiales de la naturaleza. Una aniquilación inútil, pues, como él mismo reconoce, el legado permanecerá en la tradición oral. Por el contrario, Heredad recoge una mirada más íntima y comprensiva, la de su esposa favorita, único testigo del horror de sus noches, del infierno donde habita el insomne y enmascarado Qármatan. Nos habla la única mujer que ha conseguido concebir del monstruo, y que se vanagloria también de haber alumbrado, a partir de las confidencias nocturnas de su esposo, el Poema: un discurso que se nos insinúa veladamente (los actos de Qármatan son ya bastante elocuentes) y cuya abreviatura puede definirse como «la multiforme blasfemia que afecta a Dios a través de su nombre». Un relato más breve, Conciliábulo, protagonizado por los cuatro supuestos asesinos del monstruo y su herencia de crimen, nos conduce a Apostura (En el principio), uno de los textos más cargados de aventura y significado de todo el libro. Un eunuco sogdiano, acompañado por un soldado de Alejandro (Sikander), emprende una arriesgada singladura hacia el brumoso e inescrutable Norte. Allí se topará con una siniestra torre donde Qármatan, todavía un desconocido, aguarda el cumplimiento de su destino de sangre escoltado por una reducida tropa de indeseables. Siguiendo el modelo de los relatos anteriores, el narrador también se confiesa ahora depositario del Poema, testigo de la «descorazonadora oralidad de cínico» con la que Qármatan (que lo ha convertido en su bardo) lo instruye. Y es que Qármatan, como todo autócrata, se complace en la pervivencia de su memoria, y todos cuantos lo tratan quedan contaminados por su legado. La historia de Qármatan se convierte entonces en una crónica de la humanidad y de sus dioses, que arranca de un mundo distópico que vio el enfrentamiento entre la tradición y el progreso, y que culminó con la derrota de la Máquina, seguida de una aniquilación generalizada. Pero el capítulo más significativo en la indagación del enigmático Qármatan y su destino es Epitafio, último movimiento de esta sinfonía de la oscuridad que se nos ha ido revelando como una suerte de teofanía, y donde el propio Qármatan —ahora sin intermediarios y desde un futuro tan impreciso o atemporal como el de los propios dioses— nos informa (desautorizando de paso a los anteriores testigos: escriba, esposa, asesinos y bardo) de su verdadero origen y legado, de su papel decisivo como gran repoblador de un mundo extinto (más algunas sorpresas añadidas que no desvelaremos al lector). Hemos alcanzado el corazón del laberinto.

Pero aún nos queda la última sección del libro, Además, donde nos aguarda un notable cambio de escenario; como también una cierta atenuación del discurso fantástico, que se repliega hacia horizontes más cercanos al lector. Khat o El Corazón del Infiel (Un suicidio etíope) se inicia como un delicioso capítulo de geografía fantástica. Inspirado por el verbo y la leyenda de personajes como el Preste Juan o el caballero Juan de Mandeville, Vidaller nos descubre una Etiopía tan fabulosa como los propios unicornios. Pero enseguida la historia se abre paso en su discurso, con el relato de la intervención portuguesa en Etiopía: una especie de cruzada suicida (1542) en defensa del emperador cristiano Galawdewos (Claudio), heredero espiritual del mítico Preste Juan. Con su portentosa capacidad de fabulación, Vidaller nos muestra la derrota del desventurado Cristóbal de Gama (hijo del famoso navegante) a manos del invasor, el imán somalí Ahmed Gragn (El Zurdo), tranfigurándola en una metáfora más del horror y el sinsentido que mueven el destino de los hombres. Pero sobre todo, el autor nos pinta el alucinado cautiverio ―y posterior conversión al islam― de João Mistral, un portugués que logra fascinar con sus leyendas y discursos occidentales el fanático y montaraz corazón del somalí. La anhelada conversación entre Oriente y Occidente; la imposible síntesis. Tras este sugestivo paréntesis etíope, el segundo texto, O Fortuna, entronca de manera evidente con los relatos anteriores, con esa épica de las tinieblas que ha tenido como principal protagonista a Qármatan, y que ahora veremos trasladada a latitudes muy diferentes. En plena pandemia de la peste negra (1348), un monje benedictino italiano, Donatello de Esquilace, viaja a París con el mandato de copiar un códice para su monasterio: un libro sospechoso (aparentemente, una versión del Apocalipsis) que se le manifiesta enseguida como indescifrable. Desesperado por no poder desentrañar su fantasiosa caligrafía, el joven religioso se entregará a una vida de disipación, perdiéndose entre el lumpen parisino que padece los horrores de la plaga. Pero antes de desaparecer bajo las arenas de la historia, un inesperado encuentro con la Bestia y la suscripción del inevitable pacto le capacitarán no solo para desentrañar, al fin, el misterioso texto, sino también para prolongarlo en un cantar propio no menos impío. El Poema que no cesa.


Extracto:

«Ya desde el principio me había preguntado sobre el misterio capital de la máscara, cuya materia era el resto de un meteoro trabajado por un genio maligno conocedor de la forja. El resultado era la representación de un rostro de algún modo humano, sorprendido en una mueca que no daba lugar a esperanza alguna. Es imposible olvidar aquella sonrisa que abarcaba todas las perfidias, aquel ceño que sumaba toda cólera. La antisimétrica presencia de un solo ojo ―más allá de cuya ranura ardía la muerte antes que la vida― abundaba en el temor que aún tan exigua monarquía estaba obligada a inspirar. Concierne a cada hombre, ante la veleidad de rebelarse, medir su miedo antes que su voluntad».

[EN PORTADA: Odalisca con esclavo, de Jean Auguste Dominique Ingres y Paul Flandrin (1839)]


Exotique
Agustín Vidaller
Trea, 2020
246 páginas
18€

Manuel Fernández Labrada es doctor en filología hispánica y catedrático de enseñanza secundaria. Desde 1996 reside en Granada, donde ha colaborado con la Universidad en el estudio y edición del Teatro completo de Mira de Amescua. Ha publicado diversos trabajos de investigación sobre literatura española del Siglo de Oro, y es autor de las novelas El refugio (2014) y La mano de nieve (2015), así como de un volumen de minificciones, Ciervos en África (Trea, 2018). También escribe en su blog de literatura Saltus Altus.

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