Opinión

Las lenguas españolas

Tan española es cualquiera de las lenguas minoritarias del país como la castellana; y tan español se es o se puede ser hablando y defendiendo el asturiano, el euskera o el catalán como haciendo lo propio con el castellano. La propia Constitución reconoce a aquéllas como «lenguas españolas», pero ése es un concepto que se ha manejado poco y se ha reivindicado menos y del que, sobre todo, nunca ha sido llevado a la práctica la que debería ser consecuencia natural de su inclusión en la Carta Magna: un desventramiento inmisericorde de las presas que limitan el conocimiento de esas lenguas y esas literaturas a sus respectivas regiones, de tal manera que pasaran a regar todo el resto del país, tal vez a través de una asignatura que llevara ese nombre, «lenguas españolas», y que a través de la educación pública otorgase a todos los españoles un dominio elemental de esos idiomas y un conocimiento general de sus respectivas producciones literarias y artísticas.

Suiza tiene cuatro lenguas oficiales. Tres de ellas forman parte de la aristocracia lingüística de Europa: son el alemán, el francés y el italiano. La cuarta, en cambio, se halla en serio peligro de extinción. Se trata del romanche, una de las hijas innúmeras del latín, hablada por apenas sesenta mil personas (esto es, un 0,6% de la población suiza) en un puñado de aldeas del cantón de los Grisones. Esa pequeñez no impide al romanche subdividirse en cinco dialectos bastante diferentes entre sí (pero cuya unidad intrínseca es reconocida por los lingüistas): el suprasilvano, el subsilvano, el supramirano, el alto engadino y el bajo engadino. «Gallina» se dice gaglina en suprasilvano, gagliena en subsilvano y gillina en alto engadino. Al ojo se le dice îl en subsilvano y ögl en alto y bajo engadino. La normalización del idioma es tardía: data sólo de 1982 y se le debe a Heinrich Schmid, un lingüista de Zúrich que cumplía un encargo de la Lia Rumantscha, institución fundada en 1919 para fomentar la lengua y la cultura romanches y que agrupa a distintas asociaciones consagradas a la promoción de cada uno de los dialectos. La carrera de la lengua romanche hacia la cooficialidad fue, sin embargo, fugaz: fue sólo catorce años después, en 1996, cuando los suizos aprobaron en referéndum elevar al romanche a la categoría de lengua nacional de la Confederación Helvética, condición que, sancionada por el artículo 70 de la Constitución de ese país, ostenta desde entonces y la iguala a los otros tres idiomas de la nación. Tan digno y motivo de orgullo para todos los suizos es el romanche como las lenguas de Goethe, Montaigne y Petrarca; y nada hay en ese plurilingüismo que ponga en peligro la admirable unidad de la nación helvética. Muy al contrario, según una encuesta de 2012, un 82% de los suizos están orgullosos de serlo; y ello a pesar de que ni siquiera la religión es un aglutinante en esta variopinta confederación que parece resumir toda la extraordinaria diversidad europea, con la particularidad de que lo que en otros lares ha abierto y abre trincheras profundas, allí tiende puentes y amarra complicidades. En Suiza hay alrededor de un cuarenta por ciento de católicos y en torno a un veintiséis por ciento de protestantes; y el país de Guillermo Tell, cuya única argamasa es el tesón con que sostiene su inveterada neutralidad, emerge así como una enmienda a la totalidad de los viejos axiomas nacionalistas, y en particular a aquél que afirma que las naciones deben necesariamente tender a lo Uno para sobrevivir y ser fuertes.

La lección es pertinente en casi todos los países europeos, pero también en España, un país curioso que destaca tanto como Suiza en el conjunto europeo por el reconocimiento que presta a su propia diversidad lingüística, pero cuyos motivos para hacerlo parecen muy distintos de los suizos para equiparar el romanche al alemán o al francés. Lo que en Suiza se hace con regocijo, en España siempre se ha hecho porque no había más remedio, y la maravillosa panoplia de lenguas oficiales españolas, mucho más que orgullo, genera suspicacias en una buena parte de la población en la que prende sin mayor problema la identificación que sectores interesados hacen de esas lenguas como caballos de Troya de la balcanización del país. Francia es el país que humedece los sueños de estas masas transversales que reúnen por igual a arrechos derechistas e izquierdistas por lo demás: allá, que sólo haya una lengua de la República y que el bretón, el corso o el occitano deben ser tratados sobre la base de que su fin más deseable es la desaparición es un axioma pétreo que ensombrece el resto de indudables conquistas de que el país puede enorgullecerse ante el mundo. Y en España, siempre deslumbrada por el rumboso vecino, nunca le ha faltado predicamento a la idea de que entrar en el selecto club europeo pasaba no sólo por tomar al niño, sino también por beberse el agua sucia del barreño galo. Se han solido ver las lenguas de España como resabios feudales, testimonios vergonzantes de la incompletitud de la revolución liberal a este lado de los Pirineos, y Ortega y Gasset decía que la diversidad interna del país era algo que había que conllevar. Es exactamente así, aunque sea con palabras más toscas y argumentaciones menos refinadas, como ven al catalán o al euskera los galicanistas hispánicos: como una enfermedad crónica o un hijo tonto.

Sea como sea, mal que bien y quizá partiendo del principio de que si no se puede con los enemigos no cabe sino unirse a ellos, la coexistencia del catalán, el euskera y el gallego al lado del castellano es una realidad aceptada por cuantos quisieran una España francesizada, y las iniciativas que se montan para combatirla así lo revelan en sus formas. En Cataluña hasta el españolismo más numantino se ve obligado a emplear el catalán y en Galicia los enemigos de la lengua gallega se agrupan en una plataforma cuyo nombre es Galicia Bilingüe, y que sigue una estrategia habilidosa consistente en replicar para el castellano —que ellos consideran marginado con respecto al gallego— el argumentario y las reivindicaciones típicos de los defensores de las lenguas minorizadas: escolarización, toponimia, relación con la Administración, etcétera. La verdadera sensibilidad de estas gentes para con los compañeros de piso del castellano sólo se revela en todo su esplendor cuando con quien se trata no es con el gallego, el vascuence o el catalán, sino con otras dos lenguas habladas en España pero que no gozan del mismo reconocimiento y, por tanto, pueden ser agredidas con menos escrúpulos: el asturiano y el aragonés. La primera podría ser elevada próximamente al estatus de cooficialidad merced al cambio operado en el PSOE regional, históricamente enemigo del asturiano pero que ahora —consagrado un relevo generacional que ha apartado de la cúpula de la Federación Socialista Asturiana a toda una generación educada en un socialismo de corte jacobino— acaba de aprobar un cambio de postura a instancias del nuevo secretario general, Adrián Barbón. Y ello ha abierto la caja de los truenos del unitarismo español. En Asturias, la asociación hermana de Galicia Bilingüe, una plataforma de reciente creación llamada Contra Cooficialidad y activa sobre todo en redes sociales, no sólo no se siente obligada a simular respeto por el asturiano, sino que puede permitirse desprecios soeces y groserías que en otros lugares conducirían al mayor de los ostracismos. Sus impulsores, vinculados al partido ultraderechista Vox, identifican el asturiano con el atraso y el paletismo, y su greatest hit más desolador fue un tuit en el que identificaban al asturiano con la geofagia y que acompañaban de una foto de un hombre negro comiendo hierba; pero semejante indigencia argumentativa no ha impedido a este sindicato de asturófobos recibir el apoyo de La Nueva España, el mayor periódico de la región, así como el del PP y la simpatía explícita de figuras de calado nacional, como Hermann Tertsch o el filósofo Pedro Insúa. Ello amplifica considerablemente el eco de sus invectivas, que también se ven favorecidas por la hipersensibilidad españolista que ha desatado en todo el país el conflicto abierto en Cataluña. Una de las líneas preferidas por los agitadores de Contra Cooficialidad es presentar la normalización del asturiano como la primera piedra de un proyecto de batasunización de Asturias, esto es, de prendimiento en la región de una sensibilidad independentista de corte bolchevique. Para ello sobredimensionan sistemáticamente al más que irrelevante nacionalismo asturiano de izquierdas, un enano político cuyo techo son los 4250 votos obtenidos en las municipales de 2003, que le permitieron obtener dos ediles en los concejos de Riosa y Carreño y que hoy, por lo demás, resultan estratosféricos, toda vez que los apoyos de los partidos que hacen profesión explícita de fe nacionalista asturiana han ido decreciendo dramáticamente. Otro partido asturianista, pero de derechas y no independentista, el Partíu Asturianista, logró un escaño para su líder, Xuan Xosé Sánchez Vicente, en el parlamento regional en las elecciones de 1991 y 1995, pero lo perdió en 1999 y con el tiempo acabó prácticamente desapareciendo.

Cuando se escruta la realidad sin anteojeras ni prejuicios, el asturianismo cultural (del mismo modo que el antiasturianismo) se revela enormemente transversal: amigos del asturiano hay muchos en los entornos de Podemos e Izquierda Unida, un número notable de ellos en el PSOE y alguno que otro en la derecha; y quienes más han hecho en los últimos cuarenta años por la normalización del asturiano (los lingüistas Xosé Lluis García Arias y Ramón d’Andrés, el editor Antón García, el escritor Xuan Bello…) tienden a adscribirse no a ninguna de las capillas de la izquierda revolucionaria, sino a un liberalismo progresista que se identificaría de forma natural con el PSOE de no ser por la veta antiasturianista que hasta ahora ha sido dominante en el partido. En algunos casos, el alineamiento ni siquiera es izquierdista: es el caso de Humberto Gonzali, exmilitante destacado del PP y uno de los escritores más prolíficos del Surdimientu, la eclosión literaria que el asturiano comenzó a experimentar a partir de los años setenta.

Este asturianismo variopinto enfrenta hoy los ataques de sus enemigos con estoicismo y evidenciando la serenidad y la moderación de la que carecen aquéllos, partiendo del saludable principio (aprendido en los noventa, cuando el maximalismo y las prisas de los sectores asturianistas dieron al traste con la cooficialidad, que también entonces había llegado a estar al alcance de la mano) de que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Frente al asturianismo geófago o al retoque de retratos de Stalin para hacerlo saludar a las masas soviéticas al grito de «¡Collacios!», la simple apelación a la Constitución española, que decreta que las lenguas regionales «serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos»; al Estatuto asturiano, cuyo artículo cuarto reconoce al asturiano como «lengua tradicional de Asturias», y a la academia lingüística, que también considera al asturiano lengua y no dialecto, modalidad o «entrañable forma de hablar», sin que la similitud del asturiano con el castellano nuble ese juicio que es un juicio justo, porque, como ilustra el filólogo Enrique del Teso, un pato y una oca son especies diferentes aunque se parezcan, y un ornitorrinco no es más especie que una oca aunque se parezca menos al pato. La convicción de que las encuestas no mienten cuando revelan que la cooficialidad cuenta con el apoyo de entre el cincuenta y el sesenta por ciento de la sociedad asturiana hace que no sea preciso ir más allá: la fruta está madura y no hace falta más que un golpecito para que caiga.

Hay, con todo, cierta pedagogía que no estaría de más que el asturianismo hiciera y que sin embargo no es habitual espigar entre los discursos con que la defensa de la lengua asturiana se legitima a sí misma, tal vez porque en principio podría resultar evidente; y es la enseñanza que desprende el caso suizo. Tan española es cualquiera de las lenguas minoritarias del país como la castellana; y tan español se es o se puede ser hablando y defendiendo el asturiano, el euskera o el catalán como haciendo lo propio con el castellano. La propia Constitución reconoce a aquéllas como «lenguas españolas», pero ése es un concepto que se ha manejado poco y se ha reivindicado menos y del que, sobre todo, nunca ha sido llevado a la práctica la que debería ser consecuencia natural de su inclusión en la Carta Magna: un desventramiento inmisericorde de las presas que limitan el conocimiento de esas lenguas y esas literaturas a sus respectivas regiones, de tal manera que pasaran a regar todo el resto del país, tal vez a través de una asignatura que llevara ese nombre, «lenguas españolas», y que a través de la educación pública otorgase a todos los españoles un dominio elemental de esos idiomas y un conocimiento general de sus respectivas producciones literarias y artísticas. Que se recitara a Rosalía de Castro en Ciudad Real, se escuchara cantar a Mikel Laboa en los colegios de Zaragoza y se leyera la Historia universal de Paniceiros en Badajoz; y Salvador Espriu no fuera un nombre desconocido en Santander o Granada. Y todo ello sin merma, claro está, de seguir bendiciendo a los niños españoles haciéndolos formar parte de la segunda mayor República de las Letras del globo: un gigantesco paraguas cultural que cobija a más de quinientos millones de seres humanos y al que, aunque pueda negársele la legitimidad de origen —la sangrienta Conquista—, no puede dudársele la legitimidad de ejercicio que otorga haber parido a Gabriel García Márquez, a Pablo Neruda y a Julio Cortázar.

La propuesta así formulada es sin duda utópica; pero no tendría por qué serlo si el sarcoma del pragmatismo neoliberal no hubiera infectado dramáticamente nuestra concepción de qué debe ser y para qué debe servir un sistema educativo: si para formar hombres y mujeres libres, justos, sensibles y con compasión hacia el débil o nada más que buenos movedores de las aspas de los satanic mills del capitalismo y ávidos compradores de mercancías estandarizadas, propósito para el cual no sólo es un obstáculo el asturiano, sino también, de otra manera y a otra escala, el castellano, cada vez más arrinconado frente a un inglés que ni siquiera es el de Shakespeare o el de Emily Dickinson, sino un basic English de mercachifles; un tok pisin apto para nada más que compraventar y declararse la guerra entre barcos piratas. Contra él no protestan nuestros sedicentes guardianes de las esencias de España, que cuando gobiernan implantan inmersiones en inglés y asignaturas bilingües, y eso da la medida de su hipocresía, que es la hipocresía de un sistema perverso que dice aspirar a liberar a los individuos de la tiranía del colectivismo pero lo que hace es nivelar sus idiosincrasias a serruchazos y perpetrar el mayor proyecto de ingeniería social que hayan conocido los siglos.

Insurge aquí otra pedagogía necesaria: la de que la lucha del asturiano no es una lucha que exista sólo para sí, sino un subcombate de una causa mayor, que es la causa de las humanidades; de erigir, como dice Xuan Bello, «una cúpula de libros en la que resuene la voz culta de Europa»; de ponerle todas las trabas posibles a un Leviatán disolvente y embrutecedor que ha hecho realidad las profecías de Orwell en mucho mayor grado que el estalinismo. De que quienes creen en un mundo en el que no se valga tanto como se tiene hagan exactamente lo que el clérigo vascofrancés Bernat Etxepare pedía a la lengua vasca en Kontrapas, el primer poema en euskera de que se tiene noticia, escrito en el siglo XVI: «jalgi hadi kanpora», «jalgi hadi plazara» y «jalgi hadi mundura», esto es, salir afuera, salir a la plaza, salir al mundo entero.


 

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