Creación El Cuento Semanal

Trayectoria de un jarrón chino

Estrenamos sección en EL CUADERNO, El Cuento Semanal, con un relato del escritor leonés Alberto R. Torices.

Nueva sección en EL CUADERNO

Iniciamos en EL CUADERNO una nueva sección semanal que en realidad recupera una vieja tradición española: la del cuento semanal, que fue habitual en los diarios del primer tercio del siglo XX y hasta la Segunda República, y que como tantas otras cosas fue devorada por la guerra civil. Así se llamaba justamente, El Cuento Semanal, una publicación seriada de novelas cortas que, por iniciativa de Eduardo Zamacois, apareció semanalmente en Madrid entre 1907 y 1912, la primera de tales características en España, por cuyas páginas fueron desfilando autores como Jacinto Benavente, Emilia Pardo Bazán, Manuel Bueno, Juan Pérez Zúñiga, Joaquín Dicenta, Antonio Palomero, José María Salaverría, Ramón Pérez de Ayala, Julio Camba o Felipe Trigo, y que inspiró las iniciativas similares que fueron apareciendo después. La nuestra consistirá en, con el mismo espíritu que animó aquéllas, publicar un cuento o pequeño relato cada viernes de cada semana.

Estrenamos la propuesta con un cuento del escritor leonés Alberto Rodríguez Torices: Trayectoria de un jarrón chino. Hasta la fecha, Torices (Guernica, 1972) ha publicado la novela Trata de olvidarlas (Trea, 2017), la selección de relatos breves Yo, el monstruo (2002), la colección de cuentos Los sueños apócrifos (2009) y las novelas cortas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004) y Sacrificio (Premio Fundación Monteleón, 2015). Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) desde 2007 y trabaja como maquetador y corrector editorial.


Trayectoria de un jarrón chino

(de la Dinastía Tung Chih) al ser arrojado por una ventana de una casa de reposo (estilo rural-chic) en la agreste campiña inglesa.

/por Alberto Rodríguez Torices/

«Era el Valle del Olvido, donde aquel que se queda dormido no añora a sus padres ni el lugar donde ha nacido».

Mircea Cartarescu: Lulu

Tenemos doce segundos para volar: no es mucho tiempo pero podemos elegir destino. Esta vez nos dirigimos a un valle azul, verde y amarillo. Grandes insectos se tambalean de flor en flor, en los arroyos nadan peces iridiscentes que saludan al paseante e impregnan el aire densos aromas de fantasía y putrefacción. Ya está, hemos llegado. A partir de aquí seguimos a pie.

Está a punto de tener lugar «la primera vez» y ella lleva un vestido blanco bordado y zapatillas de deporte rojas, estrepitosa combinación que nos obliga a fijarnos al menos dos veces. Las zapatillas, en realidad, las lleva siempre, ha de tratarse de una debilidad o un amuleto personal: de marca aunque muy usadas, con unos cordones que se le deshacen fácilmente, o tal vez no los aprieta demasiado. El vestido es de manga corta, fruncido en torno al pecho y sobre la curva de los hombros, que ni cubre ni descubre por completo; un pequeño lazo al final de la espalda (un lazo que también se deshace con facilidad y que yo le anudaré más tarde) lo ciñe al vientre y las caderas, y más abajo la tela se despega del cuerpo y ondea velando y desvelando las rodillas, algo sucias.

El sendero avanza trabajosamente en medio de una compacta masa vegetal: enredaderas y espinos, zarzas, helechos, ramas bajas de los árboles que delimitan prados y huertas. Otra masa es la que segrega el zumbido de los insectos, abarrotando el aire y haciéndolo denso y pesado, casi sólido. Y otra más, la de los mil aromas que exuda la vegetación y que al mezclarse forman un perfume espeso, mareante. En medio de tanto trajín, nosotros dos como personajes de leyenda, como hobbits

No hablamos mucho durante el camino. A mí al menos me parece innecesario y hasta excesivo, desbordante, la gota que colmaría el vaso en esta saturación de estímulos agravada por el intenso calor, que la sombra de los árboles apenas alivia.Aún falta un buen trecho hasta la playa cuando le digo que lleva un cordón suelto. Hace rato que lo he visto, pero por algún motivo he tardado en animarme a hablar. Ella clava una rodilla en tierra y su espalda se curva, el cabello pardo cae borrándole el rostro. Se ha detenido en un tramo donde el sendero se ensancha escasamente. Muy cerca, a nuestra derecha, la gruesa muralla vegetal se interrumpe para acoger una valla de madera que sin duda tuvo que conocer tiempos mejores. Me acerco para mirar, para demostrar o comprobar que puedo dejar de mirarla a ella al menos por un instante, de cuando en cuando. Veo el lomo de una gran pradera que se curva hacia un valle largo y estrecho, cuya ladera opuesta domina un bosque de cuento. En seguida la siento a ella otra vez a mi lado, lista para seguir el camino. Y oigo:

—Joder, qué bonito.

Yo suscribo la observación con un gesto y seguimos mirando un rato más el fastuoso espectáculo, la gran pradera multicolor que hierve al sol y de la que sólo vemos un primer tramo, pues rápido se inclina hacia el vértice profundo del valle.

—¿Vamos?

Podría ser yo el que ha hecho la pregunta, seguramente habría sido yo si ella hubiese tardado un segundo más en hacerlo. Pero la verdad es que ha sido ella, y no espera respuesta: apoyándose en los maderos, descuidada y ágil, trepa la valla y pasa una pierna, luego la otra y ya está al otro lado.

—Venga, pasmao

La secundo sin demora y nos adentramos en esta nueva aglomeración de colores, sonidos, olores. Avanzamos muy despacio, con miedo no tanto a estropear algo delicado, irreparable, como a ser engullidos por una criatura ignota y colosal: el ser inmenso que se mece cansinamente a nuestros pies, por ejemplo, ya que eso parece la pradera, una gran bestia dormida, entregada a una formidable digestión, y eso sentimos mi amiga y yo, una mezcla de fascinación y espanto, de embrujo, inconsciencia y horror…

La hierba es suave y muy alta, el avance es más bien un hundimiento. Caminamos y la pradera se curva, insisto, como el vientre de un animal tendido, un animal lanudo contra el que apetece frotarse. Como una cadera de mujer, si nos gusta más, hacia la hendidura. Atrás han quedado la sombra y el relativo frescor del sendero, ahora hemos entrado en el corazón mismo del verano, cuyas palpitaciones se propagan desde nuestros pies hasta nuestros cerebros, nublándonos la visión. Nos detenemos de nuevo, yo ligeramente retrasado. Desde allí se ven algunas casetas o cabañas sobre la otra ladera, en medio del bosque, y también el fino corte de la carretera que discurre por el fondo del valle y que a tramos ocultan las copas de los árboles. Parece el dibujo de un niño primoroso y feliz. Pero la gran maravilla absorbente, magnética, es nuestra pradera, que libera el invasivo aroma de su hervor y el sonido de un millón de insectos, o más bien el griterío, un estallido prolongado, sostenido en su clímax. Toda ella, la pradera, está cubierta de pequeñas flores rosas y azules, y también amarillas, blancas, moradas, aunque predomina el rojo vivo de las amapolas, que la cubren tumultuosamente, como cubren las estrellas las noches de verano. Veo entonces que ella, mi amiga, cierra los ojos para contener esta invasión; pero es inútil, pues también penetra en ella por su nariz y sus oídos, y por cada poro de su piel. Veo cómo le infla el pecho este aire sobrecargado y caliente. Veo al fin que se vuelve hacia mí y despega los labios, sonriendo:

—Hostia puta…

Y abre los brazos, comienza a dar vueltas. Radiante y cursi, es la pura imagen de la dicha, tan pura que me cuesta un poco creer lo que estoy viendo. Da vueltas y vueltas, y su vestido da vueltas tras ella acariciado por las amapolas, queriendo también alzarse, volar… Finalmente cae, o se abandona, ebria. Durante unos segundos dejo de verla, oculta entre la hierba. Acudo a saltos como una gacela, como un inquieto cervatillo, dichoso y ebrio yo también. La hallo hundida en el colchón de espigas y flores, de manzanillas y correhuelas. Sobre ella flotan como grandes motas de polvo los vilanos plumosos de los salsifíes… Sonríe y tiene la mirada extraviada y un hombro desnudo, la respiración agita su vientre y el vestido blanco deja ver ahora toda la extensión de sus piernas. Sé que podría estar horas mirándola. Horas, eones, a pesar del vértigo que me empuja a caer sobre ella, a caer horas y eones también. Me tiendo a su lado, mi hombro muy próximo al suyo pero sin rozarlo, apenas. Escucho su agobiada respiración y veo que se cubre el vientre con las manos como para apaciguar un íntimo desorden. Ahora vuelve a cerrar los ojos, desbordada, mientras sus labios permanecen despegados, unidos tan sólo por el ingrávido y finísimo puente de saliva que cuelga entre uno y otro…

Ya está. Es «la primera vez» y es la mejor, la más próxima a la perfección. Nada perturba su éxtasis allí tendida. Entregada y disponible, y milagrosamente intacta: como la Virgen Santísima. Su gozo es total y es autosuficiente, completo y puro. Sobra incluso mi presencia, mi mirada, aunque al final ella se vuelve hacia mí y me sonríe como lo hacen en el cine las amantes colmadas. Despacio y en silencio, profundamente trastornados, regresamos al camino y luego yo le digo:

—Espera, se te ha soltado el lazo del vestido.

Y eso podría o debería haber sido todo, pero no es más que el principio. Sí…

Al día siguiente elige un vestido verde pálido, verde pastel con diminutas flores blancas y amarillas. Pero vuelve a ponerse las zapatillas rojas, y en el mismo punto del camino se detiene para anudarlas… Inclinada, la rodilla hincada en tierra, me mira de reojo y sonríe. Entramos deprisa en la pradera y comienza a correr con los brazos abiertos, a dar vueltas y más vueltas. Algo agobiado ya por lo empalagoso de la escena, esta vez corro tras ella, ridículo y muy feliz. La atrapo y la suelto, incluso damos vueltas cogidos de las manos y también la pradera da vueltas con nosotros, disolviendo sus colores. Reímos y gritamos y al final caemos juntos. Caigo a su lado, para ser exacto, pero muy pegado a ella. El vestido verde le dibuja con mayor precisión el busto y la curva lenta del vientre, sobre el que esta vez es mi mano la que descansa e impone su gobierno. Mi mano, esta mano, que oscila como una balsa sobre el oleaje de su respiración. Más tarde sus dedos acarician los míos y más tarde aún se vuelve hacia mí, sus labios a sólo unos centímetros de los míos. Sonríe, sus párpados se abaten a cámara lenta y, en el mismo instante en que se produce el contacto, técnicamente el beso, sufro la sacudida, me desbordo todo y tengo una visión: las puertas de un colegio por las que salen en tromba los niños a la hora del recreo. Luego descanso sobre su hombro, ella me acaricia el pelo.

El tercer día va un poco mejor conjuntada: pantalones cortos color rosa, camiseta de tirantes blanca, las mismas zapatillas. Esta vez, al cruzar la valla, me toma de la mano, de esta incrédula mano, y tira de mí. Tira y tira y en el centro de la pradera se detiene y rodea mi cuello para besarme como si tuviera mucha sed, mucha hambre. Después, me hace caer sobre ella, que a su vez se deja caer sobre el blando tapiz que cubre nuestro edén. Tendido todo a lo largo sobre su largo cuerpo, no tardo en convulsionarme, en derramarme y ver de nuevo las puertas que se abren, la riada de niños que corren a llenar el patio y mi pantalón de nuevo empapado, y esta vez estoy seguro de que ha tenido que notarlo. Luego me hace a un lado y toma mi mano prestada, esta pobre mano, para conducirla a su pantaloncito rosa. Sabia y brevemente la guía y enseña y veo cómo su espalda se arquea cuando alcanza el fin.

—¡¡Dios…!!

El cuarto día trae de nuevo el vestido verde. Otra vez corremos por la pradera y caemos, pero en esta ocasión es ella la que se echa sobre mí. Abierta sobre mi cintura, comienza a frotarse con prisa, con avidez. Siento asustado su violencia, el duro vértice de su cuerpo avasallador tratando de erosionarme, no, de aniquilarme. Sobrecogido, me aferro a sus senos sobre la tela, que enseguida aparto hacia abajo. El griterío infantil es aún mayor en mi cabeza, el tumulto aún más copioso en mi pantalón. Al poco, llega ella, y después se tiende sobre mí, dormimos.

El quinto día, tal como intuyo, viene con el vestido blanco. Esta vez me desnuda primero:

—Así no te mancharás —explica y se ríe—: je, je.

Me mira, me toma, se inclina sobre mí y me besa dulce y profundamente, cobrándose casi al instante la prenda del gozo. Pienso que es allí donde al fin muero, entre sus labios, aplastado por la manada de niños histéricos. Pero no mucho más tarde me advierte listo de nuevo y se quita el vestido, se quita todo. Vuelve a cabalgarme, me dirige con su mano y siento que me alcanza definitivamente el rayo de Júpiter, el desgarro abrasador que soporto exprimiendo desesperadamente sus senos, clavando las uñas en su carne y apretando los dientes hasta que me estalla un molar.

El sexto día yo llevo cigarrillos y ella preservativos. Fumamos y usamos varios. Y el séptimo es domingo y no vamos a la pradera. Vamos a misa, descansamos. Pero aún quedan muchos días de verano, muchas vacaciones por delante. Días y días que van dejando atrás, más y más lejos, La Primera Vez, que hoy sigue pareciéndome la mejor, la más perfecta y la única, en cierto modo.

*

Nos encontrábamos cada mañana en el recodo del puente, junto al molino, donde el primero que llegaba esperaba al otro para seguir luego juntos hasta la playa. Porque al principio íbamos a la playa, antes de cambiar la playa por la pradera, la farragosa arena y los numerosos bañistas por la hierba suave y la soledad. Generalmente era yo el primero en llegar al viejo molino, ella solía dormir un poco más. Pero alguna vez también fue ella la primera, sobre todo hacia el final del verano, cuando se volvió insaciable y despótica. En esas ocasiones me esperaba tirando piedras a los árboles, haciendo peligrosos equilibrios sobre el pretil o escupiendo en el agua para seguir el curso de las burbujas de saliva arroyo abajo. Típicos juegos de niños solitarios, de niños marcados.

La conocía del instituto, ella iba a otro curso. Resultó que también pasaba el verano en el pueblo de sus abuelos, muy próximo al de los míos. El primer día nos encontramos por casualidad, es un decir, en ese recodo donde se juntan los dos caminos. De la manera más afortunada e inverosímil, los dos íbamos solos a la playa. En aquella ocasión me miró frunciendo el ceño, como si mi cara apenas le sonara. Yo también me hice el sorprendido:

—¡Isabel!

—¿Eh…? ¿Te conozco…?

Le dije que sí, del instituto, pero no terminaba de ubicarme. No me ofendí.

—¿Vas a la playa? —pregunté sin necesidad a la vista del biquini que traslucía su camisola estampada, que la envolvía como un aire blanco. Con cierta desconfianza quizá, asintió. Le informé—: ¡Yo también!

Nos hicimos amigos, al final le caí bien. Nos bañamos juntos y luego tomamos el sol, toalla con toalla.

A la mañana siguiente acudí al recodo un poco antes y la esperé en el molino abandonado, vigilando su camino desde el ventanuco. Tardó en aparecer, mucho, muchísimo. Al verla, no salí corriendo a su encuentro. Esperé, no sé por qué, a que llegara a la altura del molino y la abordé.

—¡Joder! —decía muchas palabrotas—. Qué susto me has dado. ¿Me estabas esperando…?

Parecía sorprendida, pero sonreía. Quizá hasta ese día nadie había esperado por ella. Yo sonreía también, sonreía mi vida entera.

Todas las mañanas la esperé, desde entonces. Isabel no era puntual, podía tardar veinte minutos o dos horas. Me daba igual, no tenía otra cosa que hacer. Alguna mañana no llegó, es verdad, y al día siguiente, al verla aparecer de nuevo por su camino, en mi pecho estallaba una flor muy roja y dolorosa.

—Ayer no viniste… —le comentaba más tarde, como sin querer.

—Ya, y qué.

No llevaríamos más de diez días yendo juntos a la playa, cuando tuvo lugar el acontecimiento del cordón suelto, la vieja valla, la gran pradera.

Hasta entonces, Isabel había sido diferente. Toleraba mi compañía, de acuerdo, como quien acepta cualquier cosa, por humilde que sea, que le ayude a sobrellevar su aburrimiento. Incluso su risa parecía un poco desganada, para ser sincero. Tan igual le daba yo que incluso permitía que le aplicara la crema solar. Pero aquella mañana, al ver la pradera y saltar la valla, algo sucedió. Yo diría que se convirtió en otra, pero también es posible que viera en mí a otro. Quizá…

*

Bien, entonces yo era presa de vívidas ensoñaciones, todavía no habían empezado a medicarme. Quizá Isabel no saltó nunca aquella valla, o lo hizo sólo la primera vez, que fue perfecta e insuperable, y el resto es lo que yo fantaseé en el molino abandonado cada mañana, mientras la esperaba. Quizá incluso la primera vez no fue más que la derivación en mi mente de un anuncio de compresas, a mí mismo la imagen me resulta algo sospechosa. Quizá ni siquiera me encontraba cada mañana con ella en el recodo del puente y sólo miraba embobado el camino hasta que en mi imaginación brotaba ella de blanco, de verde, de todas las maneras y colores. Quizá incluso yo no era él, sino otro que se escondía y espiaba. Quizá la gran bóveda que el cielo azul formaba exclusivamente para nosotros dos no era otra cosa que la bóveda de mi cráneo, sobre la que mi hipófisis proyectaba la imagen de Isabel extática y vencida, gimiente y ensartada como una mariposa por un alfiler. Quizá nunca hubo camino, ni molino, ni pradera. Quizá Isabel no pasó de ser aquella belleza del instituto, tan mayor, tan bonita, tan excepcional y tan indiferente a mi existencia, la chica que todos los días, antes o después, se inclinaba para anudar los cordones de sus flamantes deportivas rojas; la misma que se pasaba los recreos pegada a Adrián, un chico de su curso que fumaba y tenía moto, y quién sabe cómo, dónde y con quién pasaría los veranos. Hasta me parece posible que en aquel instituto ni siquiera hubiera chicas, y que no fuese un animado instituto público sino un lóbrego seminario diocesano. Bah.

El doctor Askle dice que sólo hay una realidad: esta casa y las pastillas, mi cuarto, cosas concretas como ese jarrón y la próxima actividad, las sesiones de terapia, etcétera. Una realidad a la que yo he de aferrarme, porque lo demás ocurre sólo en mi cabeza y me perjudica, dice.

La realidad, mi cabeza. No sé, yo no digo nada. Pero Isabel tenía un lunar en el seno izquierdo, encima y a un lado de la areola, como un pequeño satélite orbitando en torno a un gran planeta rosado y gaseoso. Un pequeño lunar, un diminuto satélite, yo. Mi recuerdo es nítido, pero no sé si bastará para despejar alguna duda. También tenía una cicatriz en la rodilla derecha, ángulo interior; una cicatriz con forma de alubia, o de luna menguante, o de pabellón auditivo. Una cicatriz fruto de una caída, quizá; de una caída en moto, pudiera ser. Tenía los ojos marrones con motas verde oliva y una risa bronca y procaz que en mis oídos era música celestial. Tenía el pelo ondulado y muy largo, una pulsera de hilo, chicles de sabores; un pecho más descolgado que el otro, una curiosa afición por la imagen de Jim Morrison, una inconcebible manera de gemir. Y le gustaba tanto estar desnuda… Con los días, las semanas, el centro de la gran pradera se convirtió en redondo lecho, mullida alfombra sobre la que desplegábamos nuestras toallas de playa, que de vuelta a casa no guardaban granos de arena sino briznas de hierba, semillas de lino, mariquitas…

—Dónde habrás andado… —preguntaba la abuela en casa.

También en su melena parda se enredaban palitos y briznas de hierba, florecillas, un escarabajo azul, el polvo dorado del polen que la hacía parecer una virgen ascendente y descendente sobre mí, una virgen sonriendo gozosa, inalcanzable en su cielo particular. Recuerdo todo esto y muchas más cosas de forma vívida, de la más cinematográfica manera, así que no sé… En todos los maderos del molino grabé su nombre, Isabel, Isabel, Isabel, y con la misma navaja lo grabé en mi piel, donde cada día se arruga y se desvanece un poco más, maldita sea. Tallaba, repasaba su nombre y lo miraba como si nunca hubiera visto nada más incomprensible y fascinante, ninguna escritura más asombrosa que su nombre: Isabel… Yo allí inclinado y sangrando, murmurando de rodillas en el suelo negro del mugriento y cochambroso molino, lleno de cascotes y cristales, de colillas y condones y tablas podridas, el molino que en el tejado tenía un boquete por el que elevarse hacia la gran bóveda celestial. El viejo molino ya habrá terminado de desmoronarse y desaparecer. Pero yo todavía la recuerdo, vivamente, y los recuerdos son surcos de lágrimas… Vuelvo a verla aparecer tras esa curva, justo ahí mismo tras ese árbol, mirad: hoy trae un short amarillo y una camiseta que pone The Doors of Perception, el largo pelo al viento y unas tetas… Aparece y dinamita mi pecho, en mi cabeza estalla la rosa de cristal y salgo a su encuentro, me planto a su lado haciendo cabriolas como un perrito y continuamos juntos por el camino del verano hasta la valla, donde ella se detiene un día y otro día para anudar su zapatilla. Y el cielo es intensamente azul, y la pradera, fragante y florida; ella sigue teniendo dieciséis años como entonces y yo apenas trece, aunque casi somos igual de altos.

Las pacientes del sanatorio, a cual más chiflada, son amables y casi siempre están dispuestas, pero nunca habrá otra como ella, ni tiempo como aquel, ni paraíso como el nuestro. Tampoco locura como la mía, dirán ustedes. Lo que sea. La realidad del doctor Askle, sólida y tangible, sigue plantada sobre mi mesa, pero también la realidad puede romperse. Alguien canta: Hark, the herald angels sing… y al otro lado de la ventana nieva, al otro lado de dónde.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con el universal, tanto hispánico como de otras culturas. Un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

0 comments on “Trayectoria de un jarrón chino

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: