Poéticas

Demoler poco a poco la sombra: el proyecto Genialogías

Presentamos el proyecto Genialogías, que reivindica y trata de rescatar del olvido y el ninguneo la poesía escrita por mujeres en España durante el último siglo. Reunimos tres piezas distintas: una presentación del proyecto a cargo de Yaiza Martínez; un pequeño estudio de cada uno de los libros publicados en su marco, escrito en este caso por María Ángeles Pérez López y, finalmente, una generosa selección de poemas de las distintas autoras: María Victoria Atencia, Juana Castro, Julia Uceda, Francisca Aguirre, Ángela Figuera Aymerich y Esther Zarraluki.

DEMOLER POCO A POCO LA SOMBRA

Presentamos con todo lujo de detalles y gran satisfacción el proyecto Genialogías, que agrupa a una pequeña nómina de grandes poetisas en una orgullosa reivindicación de la poesía con firma de mujer. Reunimos aquí tres piezas distintas: una presentación del proyecto a cargo de Yaiza Martínez; un pequeño estudio de cada uno de los libros publicados en su marco, escrito en este caso por María Ángeles Pérez López y, finalmente, una generosa selección de poemas de las distintas autoras.



Presentación del proyecto Genialogías

/por Yaiza Martínez/

Hay que ir demoliendo
poco a poco la sombra
que vemos. Que nos dieron.
Que nos dijeron: eres.

Julia Uceda: La caída (1962).

En octubre de 2013, un grupo formado por unas treinta mujeres poetas de distintas partes de España nos reunimos en Madrid, en la sede de la Fundación Entredós, sin saber muy bien para qué. La iniciativa había surgido en Córdoba, en la casa de Juana Castro, tras una estimulante conversación con la propia Castro y Concha García sobre los «Encuentros entre mujeres poetas»[1] que tuvieron lugar entre 1996 y 2005 en distintas partes de España, y en los que participaron figuras tan destacadas de la poesía de nuestro país como Noni Benegas, Elsa López, Olvido García Valdés, Aurora Luque, Chantal Maillard, Ángela Serna, Chus Pato, Ángeles Mora, Ana Rossetti, María Cinta Montagut o Julia Barella.

Nuestro primer encuentro en la Fundación Entredós fue realizado, por tanto, en parte siguiendo esa estela de nuestras predecesoras, aunque aún no sabíamos muy bien cómo echar a andar. Sin embargo, desde entonces no hemos parado de inventar y de desarrollar proyectos cuyo propósito ha sido siempre el mismo: conservar el patrimonio de la voz poética de las mujeres o, en términos más metafóricos, que es lo que nos corresponde, ayudar a mantener encendida esa llama para que pueda alumbrar, pues hay que ir demoliendo/ poco a poco la sombra.

Nuestra inquietud de alumbramiento surgió desde la primera reunión, en la que se hizo patente el ninguneo a la poesía escrita por mujeres en España a lo largo de la historia. Empezamos preguntándonos a qué se debía. Las poetas profesoras de la Asociación Genialogías señalaban como causa la ausencia de autoras en los libros de texto,[2] la imposibilidad de encontrar sus obras para poder programarlas en clase, y así difundirlas, o la escasez de estudios académicos críticos sobre los libros de nuestras poetas que las dieran a conocer. El resto apuntamos la escasa aparición en prensa a lo largo del tiempo de artículos sobre la poesía escrita por mujeres en España, la desigual representación de las mujeres en los títulos de las editoriales, la falta de consideración a los textos poéticos escritos por mujeres o la patente desigualdad de género en los premios de poesía públicos de nuestro país.

Aunque estos aspectos señalados, afortunadamente, han ido cambiando un poco en los últimos lustros en España, y el mérito de las poetas cada vez puede brillar más, todavía queda mucho trabajo por hacer.

Dos ejemplos recientes sobre el estado de la cuestión que nos permiten entender la necesidad de esta labor. Hace tan sólo unos años (25 de junio de 2015) tuvimos que leer unas denostadoras declaraciones del principal editor de poesía en España, Chus Visor, sobre la poesía escrita por mujeres en nuestro país. Fue nada menos que en el suplemento El Cultural del diario El Mundo: «Lo siento, la poesía femenina en España no está a la altura de la masculina. No hay mujeres poetas comparables a lo que suponen en la novela Ana María Matute o Martín Gaite».

En julio de ese mismo año, las poetas de la Asociación Genialogías hicimos notar lo infundado e injusto de estas palabras a través del manifiesto Justicia poética ya, con el que conseguimos reunir más de tres mil firmas del mundo de la cultura en contra de dichas declaraciones; así como que los principales medios de comunicación se hicieran eco de nuestra protesta.

Como expliqué en 2016 en la Revista Canaria de las Letras,[3] creemos que este apoyo social y este revuelo mediático ayudaron a que en las editoriales surgiera una mayor conciencia de la necesidad de reconocer y promocionar la poesía escrita por mujeres (la aparición de numerosas antologías[4] de poesía de mujeres en muy poco tiempo así lo constata).

El segundo ejemplo sobre el estado de la cuestión se refiere a los premios de poesía públicos de nuestro país. Según un reciente informe[5] de la Asociación Genialogías, elaborado por Nieves Álvarez y publicado por Ediciones Tigres de Papel, entre 1923 y 2016 los hombres ganaron el 82% de 48 premios otorgados por jurados en los que la participación de las mujeres se situó en un exiguo 15,82%. Además, muchas de estas mujeres participantes en los jurados no tuvieron en ellos ni voz ni voto, pues actuaron solo como secretarias.

Noni Benegas ha explicado[6] que el ninguneo hacia la voz poética de las mujeres que estos dos ejemplos ilustran tiene su origen, no en razones de calidad, sino en «intereses muy precisos del campo literario», entendido este, con Pierre Bourdieu,[7] como el espacio conformado a partir de la revolución industrial como centro generador de prestigio y poder alrededor de la literatura.

Otros campos se han visto igualmente afectados por esta discriminación hacia la mujer a lo largo de la historia y en el presente, como han hecho ver en los últimos años iniciativas de distintos ámbitos del conocimiento y de la creación como CIMA, la Asociación Clásicas y Modernas, MAV o la iniciativa «Mujeres con ciencia» de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco, entre otras.

La dificultad de nuestra tarea, por tanto, es obvia, dado que nos enfrentamos a una discriminación que no se limita solo al campo literario, sino que está por todas partes conformando una cosmovisión. La sombra es casi omnipresente. Por eso la Asociación Genialogías tiene ya muy claro su propósito: demoler poco a poco la sombra, entre otras vías, poniendo nuestro granito de arena para recuperar y honrar la voz poética de nuestras madres y preservarla, de manera que pueda llegar a más personas hoy y en el futuro.

Desde nuestras posibilidades, pretendemos ayudar a que las voces poéticas de las mujeres alcancen la autoridad que merecen (para la cual es tan preciso el reconocimiento de la autoría) y se conviertan en una tradición valorada en la que insertarse (ahora y en adelante); desde la que las poetas del futuro puedan trabajar para nombrar las mismas cosas de siempre, de formas hoy tal vez inimaginables. Ayudar a que siga ramificándose la riqueza de la imaginación y de las palabras de las mujeres.

En esta dirección, una de las iniciativas puestas en marcha por nuestra asociación ha sido la Colección Genialogías. Nacida en 2016 bajo el sello conjunto de Genialogías y Ediciones Tigres de Papel, esta colección reedita títulos de gran valor poético del siglo XX y principios del XXI, escritos por autoras de nuestro país.

Así, en 2016, vieron la luz los libros Marta & María, de María Victoria Atencia; y Los cuerpos oscuros, de Juana Castro. En 2017, Poemas de Cherry Lane, de Julia Uceda, e Ítaca, de Francisca Aguirre. En 2018 fueron publicados El grito inútil, de Ángela Figuera Aymerich, y Cobalto, de Esther Zarraluki. Todos los poemarios van acompañados de prólogos sobre las autoras y sus obras y/o entrevistas, con los que se pretende generar conocimiento sobre su poesía.

Con la recuperación de la luz de estas voces alternativas, pretendemos ayudar a demoler lo que nos dijeron eres. Ya tenemos claro para qué nos reunimos en 2013, para qué nos acercamos a Madrid cada medio año, muchas (hoy somos más de sesenta poetas) desde distintas partes de España y haciendo un gran esfuerzo para no faltar. Era absolutamente necesario abrir esas puertas a la intimidad de nuestra palabra y también al lenguaje común. Son una vía (una más de las muchas que hoy se están sumando) para acabar con la sombra de una vez por todas.


[1] María Cinta Montagut ha expuesto información sobre estos Encuentros en el capítulo «La explosión de la poesía escrita por mujeres en España», recogido en su libro Tomar la palabra:aproximación a la poesía escrita por mujeres, de la editorial Aresta (2014).

[2] Esta circunstancia no afecta sólo a las mujeres poetas, sino que se da en general con mujeres destacadas en cualquier disciplina. Ver Ana López-Navajas: Análisis de la ausencia de las mujeres en los manuales de la ESO: una genealogía de conocimiento ocultada, Ministerio de Educación de España (2014).

[3] Yaiza Martínez: «Luz sobre el campo interior: el proyecto Genialogías (de mujeres poetas)», Revista Digital Cuatrimestral de la ACADEMIA CANARIA DE LA LENGUA (diciembre de 2016).

[4] A lo largo de 2016, se publicaron varias antologías de poesía escrita por mujeres, como Tras(lúcidas), realizada por Marta López Vilar (Bartleby) o 20 con 20: diálogo con poetas españolas actuales (de Rosa García y Marisol Sánchez, Huerga & Fierro). Incluso la editorial Visor pareció aprovechar la coyuntura con la publicación de Poesía soy yo: poetas en español del siglo XX (1886-1960), antología realizada por Raquel Lanseros y Ana Merino. En 2017, además, vio la luz Sombras di-versas (Vaso Roto, con selección y prólogo de Amalia Iglesias); y en 2018 la Antología de poetas españolas de la editorial Alba, realizada por Ana Gorría, que recogía poemas de la primera poeta de la que se tiene noticia, Florencia del Pinar, así como textos de poetas vanguardistas de la Generación del 27, de escritoras románticas, de autoras barrocas o de poetas enmarcadas en la tradición religiosa.

[5] Nieves Álvarez: Descubrir lo que se sabe: estudio de género en 48 premios de poesía, Asociación Genialogías-Ediciones Tigres de papel (2017).

[6] Noni Benegas: Ellas tienen la palabra. Las mujeres y la escritura, Fondo de Cultura Económica (2017).

[7] Pierre Bourdieu. Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario. Anagrama (1992).



Decir en los límites: la colección Genialogías

/por María Ángeles Pérez López (Universidad de Salamanca)/

¿Cómo hacer visible el importante legado de las autoras precedentes? ¿Recibimos de ellas su alto patrimonio intangible, que trasciende nombres sueltos, datos más o menos anecdóticos y una larga relación de ausencias?

Cuando desde la Asociación Genialogías nos preguntamos cómo relacionarnos con ese legado de menor visibilidad, de menor prestigio o peso en los manuales a los que accedíamos, las ediciones que consultábamos, las referencias que nos iban conformando como lectoras y escritoras, pensamos en la acuciante necesidad de reeditar aquellos textos que de algún modo podían completarnos y completar a otros, a otras.

Veníamos así a sumarnos a notables esfuerzos, como los de las editoriales Torremozas o Sabina, las antologías de género que se habían ido publicando en los noventa y 2000, el documental Se dice poeta dirigido en 2014 por Sofía Castañón o el blog ciendecien de Elena Medel.

Decirse poetisa o poeta, decirse en una sociedad todavía lastrada por el peso de la cultura que jerarquiza lo masculino sobre lo femenino en tantos de sus órdenes, resulta una tarea no menor: algo así como inventar un lenguaje diferente, un espacio de enunciación a la vez propio y a la vez compartido que no desconoce los límites y fricciones en la construcción de un yo marcado, genéricamente no neutro, cuyas experiencias y textualidades son también liminares, otras.

Y al reeditar esos libros, que de un modo u otro nos parecían centrales pero no se encontraban con facilidad en las librerías o las historias de la poesía en español, que estaban agotados o descatalogados, que raramente se habían vuelto a publicar exentos, queríamos incorporar miradas que pusieran en diálogo esos textos con otras voces y otros tiempos. De ese modo, cada libro cuenta con un prólogo significativo y una entrevista a la autora, siempre que ha sido posible. Se abren así nuevos perfiles, diálogos que quedan abiertos para que quien se acerque al bello libro editado pueda establecer su propia indagación. Porque también era importante que se tratase de libros cuidados, con una maquetación y tipografía capaces de hacer gozosa la experiencia lectora.

Una campaña de micromecenazgo permitió poner en pie los primeros ejemplares. Después, el dinamismo de la Asociación Genialogías y su compromiso con la poesía escrita por autoras está logrando la reedición anual de dos títulos que hayan sido significativos y no estén incorporados plenamente a ese caudal de lecturas necesarias con las que dialoga el tiempo en que vivimos. Ediciones Tigres de Papel abrió sus puertas y la colección es hoy una realidad pujante: seis libros editados a lo largo de los últimos tres años, todos ellos de gran calidad.

1/ MARTA & MARÍA, DE MARÍA VICTORIA ATENCIA

La malagueña María Victoria Atencia (1931) ha enriquecido la tradición que los poetas de la revista Caracola, el grupo Cántico o más tarde los novísimos conformaron para la poesía de nuestro país incorporando acentos propios de raíz clásica y a la vez moderna, y una mirada sobre el sujeto femenino profundamente personal.

El mundo de M.V. (1978) marca un hito en la producción de la autora. En el título, la presencia del nombre propio configura un sujeto plenamente consciente de sí que ya en Marta & María (Málaga, Dardo, 1976) había dado un salto definitivo, según advirtió Clara Janés, una de sus grandes estudiosas. Es Janés la que hace el prólogo a La señal (1961-1989), que recopiló la obra de la autora hasta ese momento y donde podía leerse Marta & María, hasta que esa edición se agota. En Marta & María, las dos hermanas de Lázaro se ven confrontadas por su distinta actitud hacia Jesús y, en ágil sucesión de alejandrinos y heptasílabos, concluye el poema homónimo afirmando que «solo amor cuenta». Junto a la belleza del poema en la extrema perfección de su forma, la rotundidad en la defensa del amor parece convertirse en poética de la luz, hacia su altura.

2/ LOS CUERPOS OSCUROS, DE JUANA CASTRO

Fue publicado en 2005 por la editorial Hiperión después de que la autora ganara el Premio Jaén de poesía. Se encuentra agotado, y de ahí esta reedición, dada su gran calidad y el deseo de recuperar su propuesta en un contexto y enfoque más amplios.

La poeta (Villanueva de Córdoba,1945) obtuvo en 2010 el Premio Nacional de la Crítica por su libro Cartas de enero. Se distingue por haber nombrado lo femenino de modo singular en libros como Narcisia de 1986 o La extranjera de 2006. Como indicó Olvido García Valdés en el prólogo a su antología Heredad (2010), la poesía de Castro da voz a las mujeres, constituyendo en sujetos de la historia a quienes no han tenido la posibilidad de serlo.

En Los cuerpos oscuros, Juana Castro acompaña a sus padres en el difícil tránsito de la enfermedad y la muerte. Desde el magisterio y la cercanía de la obra de Emily Dickinson, el libro nombra la piedad y el desgarro frente a los cuerpos que quedan huérfanos de sí. Pone en pie, en un lenguaje prodigioso, una ética del cuidado que hoy podemos pedir no como ciudadanía sino como cuidadanía.

3/ POEMAS DE CHERRY LANE, DE JULIA UCEDA

En 2003 Julia Uceda (Sevilla, 1925) se convirtió en la primera autora española en ganar el Premio Nacional de poesía por su libro En el viento, hacia el mar (1959-2002), que reunió toda su obra hasta ese momento. Comprendía varios libros: uno de ellos es Poemas de Cherry Lane (1968). Fue editado por Ágora en Madrid, en la colección que dirigía Concha Lagos y en su momento apenas circuló.

El libro de Uceda sugiere una historia de amor imposible o frustrado, e indaga de modo extraordinario sobre otros espacios y tiempos distintos a los vividos en España. Es, pues, el libro que da cuenta de esa apertura a un espacio nuevo que no se percibe tanto desde el exilio como desde la disidencia, según ha apuntado la propia autora, al ser su marcha de España voluntaria (entre 1965 y 1976 se radicó primero en Estados Unidos, donde fue profesora en Michigan State University y luego en Irlanda). El título del poemario es el de la calle donde estuvo el primer apartamento en que vivió Uceda en Estados Unidos. Y su escritura surge de una ajenidad fecunda ante otros ámbitos y otras textualidades. No es casual que su publicación coincida con un momento clave de la historia cultural: 1968.

4/ ÍTACA, DE FRANCISCA AGUIRRE

La trayectoria poética de Francisca Aguirre (Alicante, 1930) comienza en Ítaca (1972). Con este primer libro, y a causa de su potencia extraordinaria, Aguirre abrió para la poesía española del momento una voz insólita y profundamente personal en la que Ítaca es el lugar de la asfixia, el círculo insular que aplasta a Penélope.

En lugar de la obsesión por llegar, que moviliza a Ulises y conforma nuestra tradición cultural, lo que persigue a la poeta es la obsesión por salir: Ítaca es condena, no deseo. Es clausura. Con ella están el silencio, el «cortejo disgregado», el «arenal en marcha», porque desde ella se mira el horizonte con la avidez del fugitivo. Como un «Sísifo de los acantilados», la mujer que se enuncia en el poema se siente atrapada y no puede escapar del abrazo de ceniza que representa Ítaca.

El libro recibió el Premio Leopoldo Panero dada su alta calidad. No se conseguía exento, estaba incluido en la compilación completa de su obra que hizo Calambur en el año 2000: Ensayo general. Poesía completa 1966-2000, y que esta misma editorial acaba de reeditar ampliada.

5/ EL GRITO INÚTIL, DE ÁNGELA FIGUERA AYMERICH

El rescate de la escritora vasca Ángela Figuera (1902-1984) es verdaderamente destacado en los últimos años. Al leerla en las ediciones de Torremozas pudimos descubrir una voz relevante dentro de la poesía española de fines de los cuarenta y primeros cincuenta. Su libro Belleza cruel (1958) ha sido recuperado con pujanza. El grito inútil, que se editó en 1952 tras ganar el Premio Ifach, ya se dice desde una voz personal en la que la mujer se nombra a sí misma y nombra su tiempo adolorido y combativo.

Como ha escrito en su prólogo Nieves Muriel, «en El grito inútil no hay lugar para la huida. Ángela Figuera nos coloca debajo y por encima de la piel de la que ha concebido y pare sin deseo, en la piel del obrero y en la de la poeta, en todas las pieles de la pobreza, en la piel de las mujeres que van a los mercados, en la del tipo que está en la cárcel, en las del campesino obligado a ser soldado, en la de la mujer que grita “a los que no quieren escuchar”». Al incluir su experiencia como mujer y madre en la reivindicación del mundo, este crece y se ensancha. Siempre recordamos su «Exhortación impertinente a mis hermanas poetisas»: «Levantaos, hermanas./ […] No os quedéis en el margen».

6/ COBALTO, DE ESTHER ZARRALUKI

En 1996, Esther Zarraluki (Barcelona, 1956) publicó Cobalto. Su breve obra ha despertado la atención de los lectores y la crítica porque su mirada penetra con intensidad en realidades y experiencias menos visibles: como ha afirmado Virginia Trueba en el prólogo a esta edición, «no se trata de que haya algo más allá del lenguaje que el lenguaje no alcance a decir. No es una cuestión de misterio sino de extrañeza».

En esa extrañeza, en la dicción poética que nombra lo femenino como una parte de aquello que queda por decir, cobra fuerza Cobalto. Las pescaderas de su poema así lo traen, palpitando, hasta nuestra mesa: «Las pescaderas/ remueven el hielo// hablan con el cliente y piensan/ en sus cosas, algunas/ con los pezones duros bajo/ el milagro de sus puntillas// de noche aman sus carnes// tiran las cabezas al suelo/ descaman la piel/ con encías inocentes// asoman sus uñas rojas cuando/ destripan al pez y/ le cambian el nombre// el poema se les parece».

En la entrevista que cierra el libro, la autora revela hasta qué punto en Cobalto tomó conciencia de que podía escribir como mujer.

*

Nombrar, nombrarse, reconocerse en esa herencia es la tarea de la Asociación y la colección que impulsa. Para Genialogías propongo entonces una definición personal:

n.f. Dícese de la casa de las mujeres. De ahí viene la expresión «Genialogía es casa», aunque funciona como un calambur: genialogía escasa (magra, insólita, a menudo insuficiente).

Para que deje de ser insuficiente, ha nacido la colección del mismo nombre. Desde ella, junto a ella, es posible pensar en un mundo nombrado en mayor plenitud.



Poemas escogidos

Selección de poemas de entre los publicados en el marco del proyecto Genialogías. Entre paréntesis, los años de publicación de las reediciones emprendidas por el propio proyecto (no las originales).

Libro 1. María Victoria Atencia: Marta & María (2016).

La maleta

Bajo la cama tengo otra vez la maleta
pero no con la ropa en espera de un hijo.
Esta vez voy poniendo aquello que carece
de consistencia y forma, y es moneda no obstante.
¡Qué otras cosas habrían de servirme llegada
de improviso, la hora!
Ediciones preciosas de San Juan de la Cruz,
rosas de Alejandría, los Cuadernos de Malte…
Mas no podré pasarlos: se va allí de vacío
si, por añadidura, no se nos ofreciera
otra riqueza contra la que no prevalece
el paso de los tiempos.

Marta y María

Una cosa, amor mío, me será imprescindible
para estar reclinada a tu vera en el suelo:
que mis ojos te miren y tu gracia me llene;
que tu mirada colme mi pecho de ternura
y enajenada toda no encuentre otro motivo
de muerte que tu ausencia.
Mas qué será de mí cuando tú te me vayas.
De poco o nada sirven, fuera de tus razones,
la casa y sus quehaceres, la cocina y el huerto.
Eres todo mi ocio:
qué importa que mi hermana o los demás murmuren,
si en mi defensa sales, ya que solo amor cuenta.

María Victoria Atencia (1931- ).

Libro 2. Juana Castro: Los cuerpos oscuros (2016).

Hubo un manjar de oro

Yo comía garbanzos, y luego mi madre
me daba de su pecho,
eran bolas suaves
y tersas como dedos,
mis canicas rosadas y jugosas
igual que sus pezones que soltaban gotitas.

Una vez hubo un hombre que comía
patatas, y arroz con bacalao,
y hasta miel y naranjas.
Eso dicen mis hijas, pero qué saben ellas
de ese hombre perdido, agarrotado, tierno,
que alzaba en el botijo la sed de las palabras
y que ahora no quiere
esas cosas extrañas, macilentas, que yo
no conozco ni he comido nunca.

Porque tengo dos años y el agua es un exceso,
y un fantasma la carne,
y el pan es un veneno del color del basalto
con dientes como hormigas
que me afrontan de noche.

Cristales, naranjitas, mis esferas con pico,
mis dos cotiledones,
mi grano
con su pezón de oro,
la carne de mi madre,
la leche,
mi plato
de garbanzos.

Sustancia amiloide

Ese perro que ladra cada noche
tiene lengua soez, y me busca la cara.
Ese perro que muerde las meninges.

Los dientes de la cama son azules
igual que los dos ojos de su padre:
«me duele aquí en la luna».

Hace frío y es negra
la colcha de la luna del lavabo.

Muerde aquí, padre mío,
en los pies
de las lágrimas.

Juana Castro (1945- ). Fotografía de Carlos Nievas.

Libro 3. Julia Uceda: Poemas de Cherry Lane (2017).

Alguien que yo solía ser

He creado
una imagen de ti sobre ti mismo.
Cada ser, en su noche,
ilumina la piedra con sus ojos,
despierta con su voz lo cotidiano:
el tacto existe porque se acaricia.
Si no, yace dormido. Todos somos
lo que somos; también lo que nos sueñan.
El verdadero ser nos lo imaginan.

Los que no te soñaron nada saben
de ti. No te conocen. Sombra dura
para ellos eres. Pero yo he vivido
contigo largas horas y he hablado
sin voz —desde otros tiempos
y hacia otros tiempos— de lo que importaba.

En torno de ese sueño me he movido
y tu imagen creó de la indecisa
sombra que fui lo que soñé que era.

El sueño no es dormir: quien sueña vive
y muere quien tropieza
con bultos al no ver lo transparente
del árbol, del silencio.

Voy hablando de ti en este hacerme
activamente, con trabajo y gracia,
como quien no comprende lo profundo.

El arduo juego
de crearte es mi ocio y mi manera
de crearme a mí misma reflejando
en acción esas horas
que llaman solitarias los que duermen.

Y la imagen de ti que yo modelo
es tu propia materia acariciada
—tu rebelde materia—, que responde
poniendo en marcha mi mejor imagen.

Oh, no. No duermo. Tengo el cuerpo en tierra.
Me vive un sueño: sé cuál es su nombre. 

Metamorfosis

Se ha reducido su tamaño. Ahora
es más y más pequeña
y más oscura. Ahora es solo
una sombrita en la pared,
allá en lo alto, donde están los nidos
desalquilados del invierno:
es sombra en la pared para el sol último.

Solía tener alas
y las vi alguna vez llegarse hasta una frente.
Su sonrisa
era como las otras y quedaba
también iluminando cuando ya era de noche:
tenía su manera de quedarse
cuando ya se había ido hacía mucho tiempo
por el reloj.

¿Qué ocurriría
para hacerse de pronto como el leve
residuo de una luz?

Nadie es culpable —dijo
la última vez—. Alguien creerá que pudo
y dio su última sonrisa—: era
mi viento personal que me esperaba
para soplar sobre la luz que quise
llegar a ser, y transformarme
en sombra, aquí en el muro,
para el último sol.

Y después de un silencio: Yo ya no necesito
estas alas antiguas.

Julia Uceda (1925- ). Fotografía de Xurxo Lobato.

Libro 4. Francisca Aguirre: Ítaca (2017).

Triste fiera

En la noche fui hasta el mar para pedir socorro
y el mar me respondió: socorro.
Fui hasta el mar y lo toqué
con cuidado, como se toca un animal equívoco,
un animal que se come la tierra
y en su límite último intenta confundirse con el cielo.
Fui hasta él con la inerme disposición
con que nos acercamos a lo desconocido
esperando una respuesta mayor que nuestra dolorosa pregunta.

Antes yo había mirado toda mi isla
para llevarla conmigo hasta su sal.
Había agrupado todo mi territorio en la retina
y fui con él al mar: era
tan suyo como mío.
Ítaca y yo fuimos al minotauro acuático
para pedir socorro
y el mar nos respondió: socorro.
Triste fiera: socorro.

El espectáculo

Contempla el espectáculo, Penélope,
sin lágrimas, pero también sin entusiasmo.
Mira cómo se matan con sabia aplicación,
mas no es por ti, pues no eres tú
el odio que los aniquila.
Cuando te miran no ven sino el refugio,
la alcanzable guarida
donde esconder el cansancio y el miedo.
Ninguno sabe bien quién eres,
solo les interesa tu leyenda
y si de pronto sorprendieran en ti
su propio rostro
te escupirían su desprecio
como se escupe a un ídolo falso.
Míralos: van a morir por algo que no existe,
déjate sobornar por la indulgencia:
no les niegues su industriosa mentira.
Sé una vez más tu antiguo límite.
Ellos van a morir mientras contemplas
la impasible sonrisa de los dioses.

Francisca Aguirre (1930- ). Fotografía de Guadalupe Grande.

Libro 5. Ángela Figuera Aymerich: El grito inútil (2018).

Culpa

Si un niñito agoniza, poco a poco, en silencio,
con el vientre abombado y la cara de greda.
Si un bello adolescente se suicida una noche
tan solo porque el alma le pesa demasiado.
Si una madre maldice soplando las cenizas.
Si un soldado cansado se orina en una iglesia
a los pies de una Virgen degollada, sin Hijo.
Si un sabio halla la fórmula que aniquile de un golpe
dos millones de hombres del color elegido.

Si las hembras rehuyen el parir. Si los viejos
a hurtadillas codician a los guapos muchachos.
Si los lobos consiguen mantenerse robustos
consumiendo la sangre que la tierra no empapa.

Si la cárcel, si el miedo, si la tisis, si el hambre.
Es terrible, terrible. Pero yo, ¿qué he de hacerle?
Yo no tengo la culpa. Ni tú, amigo, tampoco.
Somos gentes honradas. Hasta vamos a misa.
Trabajamos. Dormimos. Y así vamos tirando.
Además, ya es sabido, Dios dispone las cosas.

Y nos vamos al cine. O a tomar un tranvía.

Mujeres del mercado

Son de cal y salmuera. Viejas ya desde siempre.
Armadura oxidada con relleno de escombros.
Tienen fríos los ojos como fría cellisca.
Los cabellos marchitos como hierba pisada.
Y un vinagre maligno les recorre las venas.

Van temprano a la compra. Huronean los puestos.
Casi escarban. Eligen los tomates chafados.
Las naranjas mohosas. Maceradas verduras
que ya huelen a estiércol. Compran sangre cocida
en cilindros oscuros como quesos de lodo
y esos bofes que muestran, sonrosados y túmidos,
una obscena apariencia.

Al pagar, un suspiro les separa los labios
explorando morosas en el vientre mugriento
de un enorme y raído monedero sin asas,
con un miedo feroz a topar de improviso
en su fondo la última cochambrosa moneda.

Siempre llevan un hijo, todo greñas y mocos,
que les cuelga y arrastra de la falda pringosa
chupeteando una monda de naranja o de plátano.
Lo manejan a gritos, a empellones. Se alejan
maltratando el esparto de la sucia alpargata.

Van a un patio con moscas. Con chiquillos y perros.
Con vecinas que riñen. A un fogón pestilente.
A un barreño de ropa por lavar. A un marido
con olor a aguardiente y a sudor y a colilla.
Que mastica en silencio. Que blasfema y escupe.

Que tal vez por la noche, en la fétida alcoba,
sin caricias ni halagos, con brutal impaciencia
de animal instintivo, les castigue la entraña
con el peso agobiante de otro mísero fruto.
Otro largo cansancio.

Oh, no. Yo no pretendo pedir explicaciones.
Pero hay cielos tan puros. Existe la belleza.

Ángela Figuera Aymerich (1902-1984).

Libro 6. Esther Zarraluki: Cobalto (2018).

Atardece. Noticias desmienten
la calma frente a mi casa.
Tristona y hermosa
abre su bocadillo a desgana
y parte en dos los escalones
de la entrada, los desagües tendidos
hacia el barranco, el viejo cuidado.
Se enseña con el cansancio de un largo
trayecto, la frente contra el cristal.
Veo sus ojos entornados
y el hondo pecho
respira ante mí. Y una mano alegre me empuja hacia ella,
hacia los escalones, hacia la calma
de la tarde, la calma abierta de la tarde.

*

Una mujer cierra la nevera
y vierte el zumo.
Hay tiempo y
contempla el agua colándose
en el tragaluz.
Dibuja con un dedo en el mármol mojado
y le llegan vagos recuerdos de charcos risas
carreras bajo cielos abriéndose
no respira, sostiene la dicha
breve y jarabe.

Esther Zarraluki (1956- ). Fotografía de Xavier Cervera.

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