Desde la antesala

Soy un pervertido

«Soy un octogenario pervertido. Ése es mi secreto. Soy un degenerado que disimula su manquedad del alma, esa minusvalía que esconde desde la más tierna infancia», escribe José Manuel Vilabella.

Desde la antesala

Soy un pervertido

/por José Manuel Vilabella/

Soy un octogenario pervertido. Ése es mi secreto. Soy un degenerado que disimula su manquedad del alma, esa minusvalía que esconde desde la más tierna infancia. En la guardería le toqueteaba los pechos a la señorita Milagritos, la miraba con mis ojos azules y la seducía con mis rizos rubitos, casi albinos. Ella me cogía en brazos y me besaba y un servidor se regodeaba sin disimulo entre sus brazos. Después, a los seis años, violé a la hermana Soledad del Buen Retiro. La hermana tenía un trasero enorme debajo de aquellos hábitos, refajos y grandes bragas que yo le iba quitando con delectación mientras ella enrojecía de pudor virginal. Metía mi carita infantil entre sus enormes tetas y chupándolas me quedaba dormido. Ella jugueteaba con mi pirulina, con mi falito, que poco a poco aumentaba de tamaño ante el asombro de la religiosa, de aquella santa que estaba casada con Dios, con el Altísimo. Llevaba, como es natural, una doble vida. A los diez años estaba enamorado de Marisa, a la que amaba tiernamente y mi querida era doña Casimira, la esposa de don Jenaro, mi profesor de matemáticas. Mientras el sabio docente me enseñaba los inútiles quebrados y sus misterios, yo me evadía, recorría sigiloso el largo pasillo y me encontraba con mi amante y en el lecho conyugal hacíamos el amor con furia desatada. Qué bonitas eran aquellas orgías. Ahora, cuando las recuerdo, aparece en mi rostro arrugado una sonrisa candorosa y algo bobalicona.

Mi vida de digno caballero ha sido una falsedad. Lo confieso. Lo proclamo. He engañado a todos y sigo a mi edad provecta con mis perversiones cada día más placenteras y retorcidas. He sido un hombre feliz con mi vida de crápula. Unos coleccionan sellos, yo amantes. Aquí donde me ven, tan bajito, tan gordo, tan calvo, tan poquita cosa, he sido un depredador sexual, una bestia de la pornografía. No es por presumir pero he dormido con la mítica Marilyn Monroe, yacido con la inquietante Jane Russell, pasado tórridas noches con Silvana Mangano y mantenido una relación secreta y duradera con mi Elizabeth, con Elizabeth Taylor, mi amante perpetua. En mi harem han cabido cientos de concubinas, desde la vecina del tercero a la asistenta colombiana. A veces bajo al sótano para comprobar que los eunucos las tienen alojadas como reinas, que no les falta de nada, que comen manjares exóticos y que el ejército de cuidadores, masajistas, dietistas y maquilladores las mantienen excitantes envueltas en tules primorosos. Yo las observo cuando se ponen las medias, las sujetan al liguero rojo y enfundan sus pies en los zapatos de tacón alto. Exijo 15 centímetros como mínimo. Permanezco horas y horas espiándolas. Las adoro, las quiero, las cuido, las deseo.

Cumplidos los ochenta y desde mi sillita de ruedas que empujaba Mario Felisardo de la Santísima Trinidad y Albricias, el servicial nicaragüense, observaba el ir y venir de las criaturas que tan feliz me han hecho. En mi vejez me han atraído las gordas, las orondas, las hembras de caderas generosas y pechos exuberantes. Debajo del pantalón vaquero adivino sus enormes culos, respingones y prietos.

Ahora que todos me rodean, que mi confesor don Delfín, al que he mentido durante toda la vida de hipócrita y fervoroso católico, me administra la extremaunción y los santos óleos, en este momento en que me ungen con todo lo que manda el reglamento y suena a lo lejos la campanilla del monaguillo y pronto tañerán a muerto las campanas de mi ciudad, no me arrepiento de ninguna de mis perversiones y espero que el futuro me trate bien, pero eso sí, rodeado de mi legión de amantes y querindongas. Renuncio a las pompas y vanidades y me cisco en la vida eterna. Me llevo a la tumba mi secreto y muero rodeado de mis familiares y de mis deudos. He sido un perdulario silencioso e hipócrita. Todo ha sido una fantasía, nunca he hecho mal a nadie, el pensamiento no delinque. Si alguien pregunta por mí decidle sin tapujos: «Vilabella está en el infierno». «¿En el infierno un caballero tan correcto?», inquirirá asombrado además de escandalizado el que me trató en vida. «Sí, en el infierno; no tiene pérdida, oiga. Ignore el limbo, llegue al purgatorio, tome la primera salida a la derecha y llegará al infierno. El bueno de Vilabella está en la sala de las fornicaciones perpetuas. Vive feliz con sus amantes de siempre. Es muy popular entre las meretrices pompeyanas y las prostitutas del medievo».


José Manuel Vilabella Guardiola (Lugo, 1938) ha publicado más de 2500 artículos en prestigiosos diarios y revistas: entre otros, La Voz de AsturiasLa Nueva EspañaEl ComercioEl ProgresoDuniaEl ExtramundiGastronómikaAbcLa Voz de GaliciaHeraldo de AragónEl PeriódicoLar (Buenos Aires) o Gourmand (Santiago de Chile). Mantiene desde hace más de 23 años la columna literaria «Hasta la cocina» en la revista Sobremesa y firmó durante dos décadas «Gastrónomos y caballeros» en la revista Restauradores. Entre sus libros destacan: La cocina de los excesosDelirios gastronómicosGastromaníaCocinadeasturiasLos humoristasEl crimen de don BenitoCuerda de santos, infames y profetasTeoría del insulto en Asturias El día de matamos a Kennedy y otros relatos poco edificantes. Próximamente pubicará Memorias de un gastrónomo incompetente. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Juan Mari Arzak 1999 por el mejor artículo gastronómico del año; el Premio Nacional de Gastronomía 2002 por su libro La cocina extravagante o el arte de no saber comer y el Premio de Periodismo Gastronómico Álvaro Cunqueiro 2005. Pertenece a la Academia de Gastronomía de Asturias, a la Academia de Gastronomía de Aragón y al Colegio de Críticos Gastronómicos de Asturias.

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